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Issue 39
Autora destacada: Fernanda Trías

Trabajar con la historia oculta e hilar todo lo que no se ve: Una entrevista a Fernanda Trías sobre Miembro fantasma

  • por Juan Camilo Rincón
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  • September, 2026

Explorar debajo de la superficie, ir más allá de lo visible, aprehender lo que se nos escapa. Eso intentamos, de manera casi ineludible, con cada cuento de Miembro fantasma (Páginas de Espuma, 2026), el libro más reciente de la novelista, cuentista y traductora uruguaya Fernanda Trías.

Un escritor cuya máxima preocupación es crear una obra de valor literario; una madre que se olvida de sí misma para dar lo mejor a sus hijos; el alcohol como el mejor psicólogo; montañas que quieren hacerse nube; la memoria como un animal asustadizo. Así, la dos veces ganadora, entre otros reconocimientos, del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, nos permite asomarnos a realidades cotidianas desde una mirada de extrañeza con la que reconocemos “el misterio del otro, que siempre se está transformando”.

 

Trabajar con la historia oculta e hilar todo lo que no se ve: Una entrevista a Fernanda Trías sobre Miembro fantasma

Juan Camilo Rincón: ¿Cómo construiste la arquitectura de este libro? ¿Cómo fue volver al cuento después de El monte de las furias?

Fernanda Trías: Yo no tengo una sensación de haber vuelto al cuento, en el sentido de que he estado escribiendo cuentos al mismo tiempo que iba escribiendo las novelas Mugre rosa y El monte de las furias. Escribí las dos una detrás de otra, casi sin parar, aunque en el medio sí hubo un pequeño descanso en el que estuve concretando los cuentos que ya había empezado a esbozar cuando todavía estaba con Mugre rosa.

Yo no me había sentado realmente a encararlos, sino que los esbozaba, iba tomando notas, escribía las ideas cuando venían y habían quedado en una carpeta. Cuando estoy en ese periodo del medio, entre novelas, estaba tan cansada que no me daba la energía para meterme a concebir otra novela. Entonces decidí, como para descansar, tomar todos esos cuentos que habían quedado en borrador e ir uno por uno, de manera más sistemática, retrabajándolos y corrigiéndolos de nuevo.

Yo siento que es un descanso, no porque sea más fácil escribirlos, sino porque me sacaba del esfuerzo de la novela y me llevaba a otro género, a pensar de otra manera, a buscar otras cosas.

J.C.R.: Precisamente sobre eso, hay una mirada muy aguda sobre el oficio de la escritura, las exigencias que los autores se autoimponen como producto de la demanda del mercado, el machismo en la literatura, la aspiración a ser una escritora. ¿De qué manera la mirada sobre el oficio de la escritura te dio material para escribir estos cuentos?

F.T.: Creo que eso tiene que ver con que estoy en una etapa de mucha reflexión sobre estas cosas. Llevo años reflexionando sobre eso y creo que el tiempo, la experiencia y el hecho de poder decir: “Ya pasaron casi veinticinco años desde que publiqué por primera vez La azotea —mi primer libro, que salió en 2001—”, me han llevado a mirar hacia atrás y a pensar muchas cosas.”

Algunas son positivas respecto a cómo ha cambiado el mundo y el lugar desde donde se reciben mis libros y los libros de mis compañeras. Pero también hay algunas cosas que permanecen: prejuicios que continúan, ideas recibidas que siguen muy enquistadas.

Al tiempo que reflexionaba sobre todo esto, sentía que el cuento era un buen lugar donde podía sacar esto que no he desarrollado a un nivel muy profundo en mis novelas, pero que en el cuento sí encontraba su espacio, de otra manera.

Para mí, este libro fue un laboratorio de exploración de formas y temas, y una de las cosas con las que más quería experimentar era con esa ironía: hablar de todas estas cosas escabrosas, pero con cierto humor y, al mismo tiempo, sin restarle seriedad.

J.C.R.: Háblanos de lo oculto como motor de los cuentos, eso que se sugiere pero no se revela del todo y que siempre termina llevando al lector a la pregunta, más que a un lugar de certezas o de respuestas.

F.T.: Yo disfruto mucho leer a los grandes maestros del cuento que trabajan magistralmente con esa historia oculta o, como diría Piglia, la historia dos; o Hemingway y su teoría del iceberg: todo eso que está por debajo de la superficie, que es la línea de lo visible. La historia uno es la anécdota, pero siempre me ha interesado mucho más lo que está por debajo, que es lo que realmente le da peso al cuento y hace que no se agote en una relectura; que lo puedas releer y volver a disfrutar porque hay algo que siempre se te termina por escapar. Hay algo de desafío técnico muy interesante en ir hilando esa historia dos en los intersticios, en los silencios, en todo eso que no se dice en la historia uno y que al final converge. Cuando terminas, hay algo que hace clic, donde la historia uno y la historia dos salen juntas a la superficie.

J.C.R.: Otro asunto común a muchos de los cuentos es una sensación de extrañeza o de extrañamiento respecto a uno mismo y a los demás. Siento que haces una especie de desplazamiento de la mirada hacia otros lugares.

F.T.: Creo que eso tiene mucho que ver con la manera de mirar. Yo llevo mucho tiempo en este camino de la escritura tratando de afinar eso. Ese es el trabajo de mi vida: ir afinando esa mirada con el trabajo de precisión de las palabras, de las frases. Entonces la pregunta es: ¿cómo veo yo la realidad? Seguramente de manera un poco extrañada, porque yo veo la extrañeza en todas las cosas. Yo puedo ver lo extraño que es ser uno mismo o una misma y no ser el otro, por ejemplo, y cómo ese otro es un misterio imposible de descifrar. Incluso te diría que lo que más extrañeza me genera es cómo el otro más cercano es un misterio imposible de descifrar. Por eso, para mí, los vínculos son un tema inagotable en la narrativa; nunca se pueden agotar porque hay algo que es casi imposible de aprehender, que tiene que ver con el hecho de que el misterio del otro, que es el misterio de la personalidad, siempre se está transformando. En ese sentido es inagotable porque, cuando te parece que lo conocés, muta; no es que lo desconozcas, sino que se convierte en otro. Luego, ni qué hablar de muchas cosas que cada vez más me generan extrañeza, que tienen que ver con el funcionamiento del mundo, del afuera, de todo eso que no sabemos: todos los misterios que van desde un insecto hasta el universo.

J.C.R.: Con eso del insecto me haces pensar en la presencia de los animales en varios de los cuentos (un gorrión, los perros, los gatos), y en uno de ellos preguntas: “¿Qué hay más humano que una mascota?”. ¿Qué te permiten los animales para abrir preguntas sobre lo humano?

F.T.: Precisamente por eso que estás diciendo: porque te permiten hacer preguntas sobre lo humano, pero también constituyen una otredad que me fascina, me intriga. Yo haría cualquier cosa por poder entender algún día el lenguaje de los perros, de los gatos, de los pájaros; entender qué pueden estar diciendo. Por otro lado, te diría que casi que ya me parece imposible escribir sin tener en cuenta a estos otros seres, personas más que humanas. Para mí es indispensable integrarlos en la mirada que tenemos sobre el mundo. En el cuento del pichón, por ejemplo, él se convierte para la protagonista en un ser cargado de misterio, que luego ella va llenando de una promesa, de otra cosa mucho más colmada de símbolos. También pensaba eso: que hay mucho para aprender de esos seres más que humanos a partir de cómo manejan la soledad, cómo se apropian del espacio público, cómo se vinculan con otras especies. Eso me interesa cada vez más.

J.C.R.: Hay algo que me pareció muy bello en este libro y que siento como una característica muy tuya: el cambio en las formas del lenguaje. Por ejemplo, la lengua popular versus el lenguaje literario, o el lenguaje local versus el lenguaje neutro.

F.T.: Yo vengo reflexionando hace tiempo sobre cómo integrar estas dos variantes del español que siento muy propias. Creo que soy el resultado de esa hibridez; incluso te diría que tengo otras, que hay más mezcla todavía porque he vivido en muchos lugares y hay palabras que nunca abandoné del todo. Llevo más de once años viviendo en Colombia, así que es lo más cercano que he sentido a esa otra patria. Pero, por ejemplo, en No soñarás flores hay cuentos que ocurren en Buenos Aires y está más metido el lenguaje, las palabras específicas porteñas, pero ya han pasado tantos años de todo eso que también las fui perdiendo. Vengo investigando cómo hacer para trabajar con esa mezcla que soy, pero de una manera que yo sienta propia.

J.C.R.: Esa experimentación parece muy evidente en El monte de las furias.

F.T.: Y en algunos de los cuentos de Miembro fantasma vas viendo los paralelismos; ahí se nota que fueron escritos en un periodo similar porque hay conexiones, puntos de contacto. De todas maneras, yo siempre estoy buscando que esas intrusiones del lenguaje colombiano en mi lenguaje rioplatense y, más específicamente, uruguayo, tengan sentido; que orgánicamente vengan de la mano de personajes que están atravesados, como yo, por la extranjería. Uno de los cuentos tiene que ver con una sensación de extranjería que va más allá del lenguaje, porque tiene que ver también con cómo esa extranjera vive un tipo específico de violencia que hasta ese momento no había experimentado. Es una reflexión más profunda que va más allá del lenguaje, pero que también reside en él y en pensar cómo hay palabras que se sienten más apropiadas para nombrar una realidad específica, porque son las palabras de ese lugar. En “Última carta a Claudia” también se trata de esa mujer que suponemos uruguaya porque está escribiendo un cuento; es una montevideana que viaja a Lima pero vive en Bogotá. Eso no se explica en el cuento pero, nuevamente, es una mujer que está entre lugares. Eso es algo que siempre he sentido: como escritora, esa escritura está entre lugares y se puede hacer de eso un valor.

J.C.R.: Con eso de los lugares me haces pensar, por ejemplo, en el centro de rehabilitación o en ese sótano que acoge una especie de secta de autoayuda, uno y otro como espacios no tan cercanos a nuestra experiencia cotidiana general. ¿Cómo los trabajas narrativamente?

F.T.: Siempre hay una tensión entre el adentro y el afuera, algo que se repite una y otra vez en mis libros, pero que no fue consciente; recién lo veo ahora. Están estos espacios y estos lugares que son como salas, pero siempre es un adentro que mira hacia afuera, o un afuera que, de alguna manera, sientes que no logra penetrar en el adentro, como esos pies que se ven pasar por la ventana, por ejemplo. Muchas veces hay ventanas, y esto es algo que me han hecho ver —yo no lo había notado—. La gente me dice: “¿Por qué hay tantas ventanas en tus cuentos, tantas personas mirando por la ventana?”. En “Una mujer de su época”, la que mira por la ventana al perro callejero; la mujer que mira por la ventana al pichón; la que en “Última carta a Claudia” mira las montañas de Bogotá a través de las ventanas; los muchachos del centro de rehabilitación que se cuelan por una ventana para irrumpir en una casa, etcétera. Esa pregunta me hizo darme cuenta de la importancia que tiene la ventana como una frontera entre el adentro y el afuera, pero una frontera penetrable que permite ese intercambio, ya sea de miradas a través de un vidrio o como un hueco por el que se puede pasar. Me parece muy interesante este concepto de la ventana como un límite entre lugares.

J.C.R.: En estos cuentos también aparecen algunos hechos históricos: la dictadura en Uruguay, el Mundial de fútbol del 82, el atentado contra las Torres Gemelas…

F.T.: Todos son hechos históricos que creo que nos han marcado a todos, o por lo menos a muchos de mi generación. Está la dictadura de Uruguay, ni qué hablar; la caída de las Torres Gemelas, que transformó el mundo; el COVID, que también transformó el mundo. Hay ciertos momentos que te dan esta sensación de que hay un antes y un después. El tema del COVID, por ejemplo, me permitió pensar varias cosas que tienen que ver con los duelos no construidos, no hechos, que como sociedad tenemos pendientes. La dictadura en Uruguay también es una cuenta pendiente: todas esas personas que fueron desaparecidas y hoy todavía no sabemos dónde están, las seguimos buscando. Todo eso es algo que no se ha saldado.

Por otro lado, está la caída de las Torres Gemelas, un hecho que, además de haber transformado el mundo, algunos dicen que fue cuando empezó realmente el siglo XXI: en septiembre de 2001, no el primero de enero del 2000. De eso me interesaba el trauma tan brutal acerca del derrumbamiento, porque hay un derrumbamiento que ocurre en el corazón del imperio y, al mismo tiempo, hay un muchacho que atraviesa su propio derrumbamiento, que está obsesionado con esa imagen que se derrumba y con esas imágenes que se repetían en loop en la televisión, que quedaron tan fijadas en el inconsciente colectivo, como puede ser el derrumbamiento de las Torres Gemelas. En mis cuentos hay muchos personajes que atraviesan derrumbamientos. Esos son también hilos de sentido que voy tejiendo entre un cuento y otro para darle cohesión y toda esa densidad semántica que le quise dar al libro como totalidad.

 

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Foto: Fernanda Trías, escritora uruguaya, por Carlos Escobar.
  • Juan Camilo Rincón

Juan Camilo Rincón is a writer, journalist, and cultural researcher focusing on Hispano-American literature. He earned his Master’s in Literary Studies from the Universidad Nacional de Colombia and is a former grantee of FONCA (Mexico). He is the author of Ser colombiano es un acto de fe: Historias de Jorge Luis Borges y Colombia, Viaje al corazón de Cortázar, Nuestra memoria es para siempre, and Colombia y México: entre la sangre y la palabra. He has written on cultural topics for outlets in Latin America and Spain, and has been a guest author at international book fairs in Bogotá, Culiacán, Guadalajara, Guayaquil, Havana, and Pachuca.

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