Miembro fantasma (2026) es la obra más reciente de Fernanda Trías, escritora uruguaya residente en Colombia, dos veces galardonada con el premio Sor Juana Inés de la Cruz por las novelas Mugre rosa y El monte de las furias. Los numerosos premios que ha ganado por su trayectoria como narradora y las traducciones de sus novelas la sitúan en un lugar importante, de resonancia mundial, junto con un selecto grupo de escritoras latinoamericanas entre las que se cuentan Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi, Agustina Bazterrica, Samanta Schweblin, Dolores Reyes, entre otras. En el siglo XXI, estas narradoras se han destacado por la fuerza de sus relatos y por la capacidad de construir lenguajes propios que se resisten a las clasificaciones. Han impactado por la multiplicidad de sus propuestas, que la crítica argentina Florencia Garramuño sintetiza en los verbos descentrar, perforar y excavar.
¿Qué es un miembro fantasma? Es la “presencia” de la ausencia de un miembro amputado. Quienes han perdido un brazo o un pie declaran que continúan sintiendo sensaciones físicas del miembro ausente: dolor, adormecimiento, cosquilleos. La imagen del miembro fantasma está presente en el relato que da nombre al volumen de cuentos. Y sí, hay un pie físico amputado, el de la madre del narrador, pero la idea del fantasma se erige en alegoría de la memoria, del trauma y de una herida profunda. El cuento escenifica un monodiálogo en un bar, en un lugar helado, un país lejano del norte. Se trata de una conversación de la que solo conocemos lo que dice uno de los interlocutores, que toma la palabra para relatar las vivencias de su infancia durante la época del terror de la dictadura uruguaya en los años setenta. El relato va dando cuenta de cómo fue crecer en un barrio donde él, siendo niño, sus padres, los vecinos y la niña de la muñeca negra sufrieron ausencias, exilios, desapariciones, casas allanadas. La madre por mucho tiempo se negaba a hablar de ese pasado. Del padre dice el narrador: “Él creía en la verdad, yo solo creía en la venganza”. Lo que ya no se ve, permanece. La herida vive en el interior de los personajes, como un miembro fantasma. El narrador busca un culpable, investiga, indaga en archivos y para ello, —qué sincronía— caben los verbos “perforar” y “excavar”. La venganza se hará posible.
La escritora feminista Rebecca Solnit escribió un interesante libro titulado Los hombres me explican cosas, en el que narra cómo en una reunión social un hombre le preguntó en qué trabajaba y ella le contestó que acababa de publicar un libro sobre el fotógrafo Eadweard Muybridge. El hombre la interrumpió y de manera jactanciosa, con aires de superioridad, le habló sobre un importante libro recién publicado sobre el mismo personaje. Sin dejarla hablar, resumió y explicó el libro del que apenas había leído una reseña, con la pose de un gran conocedor. Al principio ella llegó a dudar si se le había pasado una fuente importante. Finalmente, otra mujer le aclaró al hombre que el libro del que estaba hablando era exactamente el que acababa de publicar Solnit. La reacción del hombre fue de confusión y vergüenza. Esto llevó a Solnit a explorar ese patrón social que lleva a muchos hombres a dudar de lo que las mujeres saben, a ignorar lo que ellas dicen, a no escuchar, a adoptar actitudes paternales o condescendientes. Dice Solnit: “La arrogancia nos educa en la baja autoestima y en la autolimitación de la misma manera que ejerce el infundado exceso de confianza de los hombres”. El efecto en las mujeres puede ser el silencio. De ese silencio nos habla el cuento “Intimidad irremplazable”. Una mujer está arrinconada en su propia casa: “Fue hasta el escritorio que estaba en su cuarto. Era su lugar de trabajo. Su marido tenía un estudio, aunque nunca lo usaba y esa habitación no hacía más que acumular polvo. ¿Por qué entonces no se lo cedía a ella? […]. Pero, ¿qué cosa tan importante hacía ella como para merecer un estudio?”. La soledad y el alcohol, el silenciamiento en que se hunde, la rutina doméstica, el proyecto abandonado de unas bicicletas eléctricas para la ciudad a causa de una discusión con el marido y el pensamiento de que “Igual no hubiera funcionado, qué idea loca pensar que ella sola podría llevar adelante una cosa así”, nos recuerdan el ensayo de Solnit. Ahora bien, el cuento toma un giro especial cuando la protagonista establece una peculiar comunicación con un pequeño gorrión recién nacido, abandonado por la madre en un nido del alféizar de la ventana. Algo se mueve en ella en su secreta relación con esa criatura frágil.
La enfermedad, la vejez, la proximidad de la muerte se exploran en los cuentos “Ciclón” y “Una mujer de su época”. El primero escarba en la memoria bloqueada de la infancia, y en la negación tanto de un primer amor prohibido como del despertar sexual; el segundo, en la memoria de toda una vida de relaciones fallidas de pareja, con hombres y mujeres, en contraste con el presente indiferente encarnado en un perro callejero visto desde la ventana de un hospital. El animal es un aquí y ahora; la memoria, una ristra de frustraciones. La vuelta al presente, con la compañera de cuarto, supone una forma de soltarlo todo.
“Personaje en construcción”, “Grupo de foco” y “Última carta a Claudia” son experimentos lúdicos metaficcionales, con elaboraciones sorprendentes. La puesta en escena de escritores y escritoras cuyas vidas se entrelazan con el acto de narrar o con lo que pareciera un taller de escritura da lugar a estructuras novedosas. Hacer del escritor o escritora un personaje de ficción explora distintas facetas de la creación. Humor y dolor se reúnen en estos cuentos y aparece hasta un guiño a una escritora cercana a la autora.
Las adicciones son formas de huir de las ausencias y las heridas en “El orador” y “Si el mundo parara de hacer lo que hace”. En estos cuentos se exploran formas de demencia y heridas antiguas. Los sanatorios albergan personajes penosos y sin esperanza, como los de “El orador”: “Se alejaban arrastrando los pies; de verdad parecían muy maltratados por la vida. Los pantalones caídos, el pelo blanco e indefectiblemente largo, con una aureola de piel rosada y bruñida en la parte de atrás de la cabeza, esa parte que nunca se verían en el espejo, y las manos rígidas como el pico de un pájaro”. Las figuras del orador, en el primer cuento, y del jefe, en el segundo son parodias inquietantes de figuras de poder. En estos relatos, el mundo no es un lugar seguro, ni dentro del sanatorio ni fuera de él. El recuerdo del ataque a las Torres Gemelas se vincula con las memorias de abuso del narrador protagonista de “Si el mundo parara de hacer lo que hace”.
Ese mundo inseguro aparece de otras maneras en “De frontera solo aire”, que presenta formas diversas de banalización de la muerte. El relato transcurre durante la pandemia. Comienza con un asesinato que deja indiferentes a los transeúntes —una mujer salta por encima del muerto—, pero obsesiona a la narradora, quien no puede desprenderse de la imagen. La obsesión por la imagen del muerto es solo de ella y de un perro que adquiere para poder salir del confinamiento. Su pareja y un amigo permanecen indiferentes. Las balaceras son parte de su vida. La narradora recuerda diversas historias sobre cenizas de muertos en situaciones extrañas, con tintes de humor negro. La violencia urbana se hace parte del paisaje cotidiano y el cuento se cierra con otro asesinato.
Miembro fantasma está poblada de personajes inmersos en su soledad, afectados por traumas antiguos; son habitantes de un mundo incierto. El humor ácido, la exploración interior, los finales inesperados mantienen en vilo al lector. El pasado traumático se hace en estos relatos el miembro fantasma del presente.
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