Nota del editor: Este 2026 se cumplen 40 años del fallecimiento del escritor argentino Antonio Di Benedetto. Para celebrar la obra narrativa de este destacado autor, compartimos este ensayo inédito de su compatriota Vanesa Almada Noguerón, poeta y ensayista y frecuente colaboradora de LALT.
Si hay algo que nadie puede negar es que el mundo de las cartas es —objeciones aparte— uno de los más atrapantes y cautivadores mundos.
He aquí los hechos: el 24 de marzo de 1976, pocas horas después del golpe militar que derrocó al gobierno constitucional argentino, un hombre es detenido en su despacho, ubicado en la calle Av. San Martín 1049, en pleno desempeño de sus funciones como subdirector de un reconocido diario mendocino. Se trata —aunque el lector todavía lo ignore— de uno de los primeros escritores apresados por la última dictadura militar.
El país ingresa en uno de los capítulos más oscuros de su historia y el hombre —que asegura no tener la menor idea de por qué se lo están llevando— padece a continuación torturas físicas, degradaciones morales y una violencia psicológica extrema, que va desde una desesperante reclusión hasta cuatro sádicos simulacros de fusilamiento.
En un primer momento, es recluido en el Liceo Militar General Espejo, emplazado dentro de su propia provincia, donde comparte celda con varios de sus colegas periodistas. Los dictadores, no obstante, no tardan en trasladarlo a la Unidad Penal N° 9 de La Plata, a más de mil kilómetros de su ciudad natal, donde permanece detenido casi año y medio, hasta septiembre de 1977.
Por su parte, los directivos del diario hacen agua. Prefieren no intervenir. Elijen no intervenir. Sus intereses y propósitos se alinean en gran medida con los del nuevo régimen.
Además de su labor periodística, el hombre escribe. La ficción narrativa es lo suyo. En vano procura sobrellevar el cautiverio valiéndose de este don: todo lo escrito es incautado, convertido en pedazos y posteriormente desechado. Se le ocurre entonces un ardid: solicita permiso para enviar cartas (muchos presos políticos lo hacían) e inicia una muy particular correspondencia con una amiga. Las cartas simulan a la perfección ser cartas, con sus marcas epistolares típicas y sus nimiedades expresivas justas y cuidadosamente medidas (inofensivas, desde luego, ante los ojos de las autoridades). Pero contienen un componente fuera de serie: en cada una de ellas, se cuenta un sueño. Y cada sueño es un relato ilógico, surreal, disparatado hasta la médula o directamente incomprensible. Son cuentos, claro. Piezas exquisitas de ficción que, como tales, serán reunidas y publicadas dos años después en forma de libro.
Para poner rostros y nombres, habremos de regresar en el tiempo y remontarnos hasta aquellos sombríos y funestos años. Situarnos, en suma, en una Argentina atravesada por la censura, el espanto y la más brutal de las persecuciones. Hacia allá vamos.
El diario en cuestión es Los Andes, uno de los más importantes y antiguos del país y principal medio gráfico de la región de Cuyo. La amiga en cuestión es Adelma Petroni (1907-1987), reconocida artista plástica bonaerense que alcanzó, en los años cincuenta y sesenta, gran prestigio internacional. El libro en cuestión es Absurdos (1978), obra determinante dentro de la narrativa del período dictatorial. Y el hombre en cuestión es Antonio di Benedetto (1922-1986), escritor, periodista y guionista argentino nacido en Mendoza, considerado una de las voces literarias más importantes del siglo XX.
Naturalmente, el contexto de producción del libro resulta inseparable de su lectura. “Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo”, decía Antonio a Adelma en sus cartas. Seguidamente, transcribía el contenido de sus cuentos con una letra microscópica, que debía leerse con lupa. Petroni se convirtió, así, en apoderada y gestora clave de esos relatos clandestinos. Se publicaron en España. La editorial barcelonesa Pomaire fue la encargada de su circulación. El propio Di Benedetto reconoció tiempo después en entrevistas que el título estaba directamente vinculado a la situación que le había tocado vivir: el encierro arbitrario, la acusación nunca formulada (no hubo imputación concreta en su contra), el ensañamiento, la hostilidad, el sinsentido. El absurdo no era únicamente una categoría conceptual: era, ante todo, una fiel denominación de aquello a lo que estaba siendo sometido.
Integrado por quince relatos de extensión y registro muy diverso —once de ellos inéditos (escritos en cautiverio) y otros cuatro previamente publicados en periódicos y revistas—, Absurdos opera como un espacio de proyecciones y correspondencias en el que conviven multiplicidad de géneros: el cuento gauchesco, la fábula fantástica, el relato de horror, la exploración onírica y la parábola existencial, atravesados todos ellos por una misma sensibilidad enrarecida y en permanente tensión.
Uno de los rasgos más distintivos y recurrentes del libro —y, en general, de toda la obra dibenedettiana— es la habitual presencia de animales salvajes o domésticos, y la casi sostenida reincidencia de espacios áridos y radicalmente hostiles del mundo rural pampeano. Este recurso adquiere una carga simbólica y perturbadora que va mucho más allá del costumbrismo regional. Dice Dolly Sales de Nasser en su estudio crítico “El absurdo existencial en la obra de Antonio di Benedetto”:
Si bien cada relato es un cuento acabado, el agrupamiento de los mismos en un único libro responde a su marcada unidad establecida por diferentes aspectos. Entre ellos, la plasmación de un espacio recurrente: el campo cuyano, en cuyo marco se textualiza el drama de la existencia confinada a un espacio que parece no pertenecer al mundo y que se vuelve, a menudo, en contra de aquellos que lo habitan.
Asimismo, la construcción y exposición de personajes dominados por el desamparo —o volcados a la expectativa de una irrupción extraordinaria o “milagrosa” que modifique su existencia o altere su destino—, constituye la base argumental sobre la cual se apoya ese absurdo sofocante que invade paisajes, rutinas y comportamientos.
Pero el hombre en cuestión, el Antonio restringido, vencido y apartado del oficio y la familia, ha acertado todavía en algo más: sus términos temáticos y líneas narrativas (de sentido y de sinsentido) para nada obedecen al capricho o al azar, sino que atienden a un doble propósito que acaso ni él mismo alcanzó del todo a anticipar.
Por un lado, el advenimiento anunciado de lo absurdo encuentra su avance, precisamente, en cada escenario y línea argumental por la que el autor ha optado. La crudeza del entorno, la soledad, la indefensión, el errar sin destino, además del empeño por mostrar a sus personajes en permanentes condiciones de encierro, invasión o peligro constante, remite concreta y particularmente a la experiencia propia del cautiverio y, quizás también, a una concepción más amplia de la existencia humana como estado común y compartido de extrañeza, desconcierto y vulnerabilidad.
La investigadora argentina Jimena Néspolo —cuyo trabajo es, indiscutiblemente, uno de los estudios más completos sobre la obra dibenedettiana— señala que casi todos los relatos de Absurdos fueron escritos en un encierro que, a diferencia del voluntario que rodeó la escritura de Zama (su novela de mayor alcance crítico, publicada en 1956), fue impuesto por la violencia de Estado. Esta distinción, aparentemente externa, confiere a los relatos una pulsión particular: hay en ellos una urgencia contenida, una presión que se filtra, se compacta y se sella a través de la sobriedad expresiva y la economía verbal.
En paralelo, el libro y su enfoque ruralista vienen a ofrecer una clausura o desenlace posible a la sublimación y mitificación depurada que le ha dado durante décadas la ficción literaria al imaginario pampeano. Basta considerar, a modo de ejemplo, “Aballay”, el cuento más celebrado del volumen que cuenta, además, con una versión cinematográfica coescrita y dirigida por Fernando Spiner (Aballay: el hombre sin miedo, 2010).
El texto relata con enorme maestría los últimos años de vida de un gaucho que, tras escuchar un sermón sobre los estilitas —monjes anacoretas que vivían sobre columnas para alejarse del mundo—, decide no bajarse nunca más de su caballo como forma de expiar la culpa por haber dado muerte a un hombre durante su juventud.
El crítico e investigador argentino Julio Premat propone en sus ensayos que Di Benedetto elabora, con este relato, un contrapunto al largo linaje literario que va desde José Hernández hasta Jorge Luis Borges, cerrando el ciclo de las reescrituras reverenciales del gaucho y la pampa. Aballay no es un héroe de la gauchesca sino su inversión: un gaucho expiatorio, torturado por la culpa, cuya penitencia paradójica —permanecer sobre el caballo en permanente movimiento— resulta a la vez elevada y absurda. El personaje equivale, en la lectura de Premat, a un Martín Fierro culpable, plenamente consciente de su falta e inserto en una perspectiva de redención que el texto, sin embargo, no logra resolver de forma sencilla ni reparadora.
Si tuviéramos que referirnos de manera concreta al trabajo con la escritura, el recorrido en torno a ella y la posterior consolidación literaria de Di Benedetto resulta claro, como se ha advertido ya, que Absurdos ocupa un lugar bisagra tanto dentro de su propia obra como en la conformación identitaria de la narrativa argentina del siglo XX.
A este respecto, la académica Teresita Mauro Castellarin señala que la trayectoria cuentística del autor va desde los relatos fantásticos y alegóricos de Mundo animal (1953) hasta las formas objetivistas de la llamada Generación del 55, para luego arribar, en los dos últimos libros publicados —Absurdos (1978) y Cuentos del exilio (1983)—, a una síntesis que integra lo fantástico, lo onírico, lo histórico, lo existencial y lo absurdo en una escritura de mayor densidad. El relato fantástico, apunta también Castellarin, se independiza aquí de toda función alegórica mecánica y opera como una estrategia discursiva de profunda autonomía estética.
Podríamos decir que la escritura de Di Benedetto se acerca, entonces, —en lo expresivo y en lo conceptual— a la tradición narrativa hispanoamericana que incluye, por ejemplo, a Felisberto Hernández, Silvina Ocampo y Virgilio Piñera: autores donde lo fantástico funciona como horizonte antes que como recurso argumental. El tiempo, por su parte, aparece dentro de esta tradición desdibujado, indefinido, intencionalmente ambiguo y presto a contribuir con esa sensación de incertidumbre y extrañamiento a la que se pretende favorecer. Desde luego que no se trata de un tiempo histórico reconocible, sino de una temporalidad suspendida, casi onírica, donde las situaciones parecen regirse por una lógica por completo diferente a la causalidad ordinaria.
Pero retomando el tema de su origen, resulta importante señalar que la circunstancia de producción ha terminado convirtiéndose en factor estructural y no meramente en hecho anecdótico: la escritura misma nace como acto clandestino, encubierto, en las entrañas de lo prohibido y proyectado a la par de esa forma fragmentaria y a menudo enigmática de cada carta (de cada cuento). Di Benedetto explora en ellos
las vivencias de hombres y mujeres en situaciones extremas, en las que el personaje se enfrenta con sus propias limitaciones que son las que se imponen y determinan su destino. (…). La angustia presente en ellos [en los personajes] es una angustia signada por lo cotidiano que surge de algo muy concreto, y está determinada por la espera, o por la conciencia de la imposibilidad de conseguir un objetivo concreto que, muchas veces, puede estar o está efectivamente, al alcance de la mano. (6)
Lo absurdo funciona, entonces, como un dispositivo capaz de traslucir las fisuras de la experiencia propia, ligada a una violencia política que, en tanto altera los marcos de sentido tradicionales, supone y exige nuevas formas de representación.
Y si bien es verdad que, como se ha venido refiriendo, los cuentos de Absurdos constituyen de alguna manera documentos de denuncia (la denuncia está presente, indefectiblemente, en su matriz creadora), corresponde remarcar también que estos cuentos son, antes que nada, literatura: una literatura construida con rigor y habitada por personajes situados en los paisajes más despiadados del mundo rural, que persiguen la redención o un sentido más o menos lógico de existencia que ese entorno ficcional les niega.
La pregunta que el libro termina por plantearnos, por encima de sus innegables aciertos literarios, es la de qué lugar está llamada a ocupar la literatura dentro de la historia que nos contiene y atraviesa, cuál es el papel que debe o es capaz de desempeñar, cuáles son sus alcances, limitaciones y fortalezas.
La recepción tardía de Di Benedetto en Argentina —su obra fue parcialmente ignorada durante el exilio y los años posteriores a su regreso en 1984— contrasta con la recuperación académica y editorial que se aceleró desde finales de los años noventa, especialmente a partir de la reedición de sus obras completas de la mano de Adriana Hidalgo. Absurdos no fue la excepción: fue reeditado por este sello editorial en una edición que incluye, como era razonable suponer, el contexto y las condiciones de creación del libro, propiciando así el acercamiento de nuevos lectores con plena conciencia de su génesis.
En relación a esa coyuntura (escalofriante coyuntura, por cierto), cuenta en una entrevista Rafael Morán, periodista y compañero de Di Benedetto en la redacción de Los Andes: “El mismo 24 de marzo a las cuatro de la madrugada me van a buscar [los militares] a mi casa, con intención de un allanamiento. Ni yo ni mi familia estábamos ahí en ese momento, sabíamos que el Golpe iba a iniciar y habíamos tomado precauciones. Pero me cuentan los vecinos, tiempo después, que esa noche me rompieron con una granada el vidrio del ventanal que daba a mi biblioteca y empezaron a tirar gas lacrimógeno. Lo hicieron con tal torpeza que no pudieron entrar, ya que ellos mismos se ahogaban con los gases y mis propios vecinos tuvieron que acercarse a asistirlos. ‘Tengan cuidado con estos que son peligrosos —les decían— son gente de leer’”.
“Gente de leer”, gente que tiene biblioteca, gente que lee, gente que piensa, gente, por tanto, “peligrosa”. El hombre, claro, también entraba dentro de esta categoría de gente. Doble era el peligro porque, además, el hombre escribía. Y de esa vocación y ese genio narrativo nació, entre otras grandes cosas, Absurdos. El hombre puso en marcha su existencia por medio de una artimaña y el libro vino al mundo dentro de otro, uno mucho más íntimo, introspectivo, confesional, exquisito: el de las cartas, uno que sigue siendo —nadie podría negarlo— de los más atrapantes y cautivadores mundos.
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