El ensayista, novelista y poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo es integrante de la generación desencantada, fue subgerente cultural del Banco de la República durante 22 años y ganador del Premio Nacional de Poesía en 2017 y del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2018, además de ser reconocido por la Casa Silva como el autor del mejor verso de amor en la poesía colombiana con “Ese otro que también me habita”, de su “Poema de amor N.1”. Conversamos con él sobre su obra, la escritura del amor y la crónica como voz de una Latinoamérica estrambótica.

Natalia Consuegra: Respecto a su Antología (1974-2023), publicada por el Fondo de Cultura Económica, pensaba en la renovación de la poesía amorosa en Colombia y en Latinoamérica. ¿Cree que hoy se está escribiendo una poesía de amor diferente?
Darío Jaramillo Agudelo: Yo creo que en general la poesía toda ha cambiado. Ha perdido, por fortuna, el estiramiento, el engolamiento, la solemnidad declamatoria que tenía. En general, se ha vuelto más conversacional, y no solamente pasa con la poesía de amor. Creo que todo el corpus poético tiende a eso, con todos los riesgos que implica, porque parecía más fácil, pero no lo es. La buena poesía conversacional es mejor, y de la mejor hay menos que de la mala. Hay muchos intentos y muy pocos coronamientos, pero eso ha pasado siempre. Yo creo que en este momento hay muy buenos poetas y hay muy buenos poemas de amor, como hay muy buenos poemas de todos los temas. En Colombia, en particular, hay hermosos poemas de amor. Mientras hablo estoy pensando, por ejemplo, en María Gómez. Ella no es la única; son muchos los poetas que han intentado el género.
N.C.: Y que han logrado eso de comer el poema frío, como usted lo ha dicho.
D.J.A.: La composición del poema tiene dos tiempos. Hay un tiempo que es en caliente: estás enamorado y escribes así, sueltas una especie de espasmo verbal. Una segunda etapa transcurre un tiempo después de la primera, que es en frío. Siempre cito a Jaime Jaramillo Escobar, que dice: “El buen poema se come frío”. Ahí hay un trabajo de taller. Si vas a escribir un poema de amor, para la primera etapa lo primero que necesitas es estar enamorado, lo cual es una contradicción en los términos: cuando estás enamorado, tu verbalidad no es muy buena porque estás perfectamente idiotizado por un enamoramiento. Entonces, el trabajo de taller, en particular con los poemas de amor, es, por necesidad, más intenso, más violento; tiene que ser mucho más despiadado.
N.C.: Es muy interesante esa idea de agarrar el poema cuando ya ha reposado y se ha decantado. ¿Cómo se enfrenta usted al poema en frío? ¿Lo lee de otra manera?
D.J.A.: A veces lo pienso de esta manera: hay que leerlo como si lo hubiera escrito tu peor enemigo, cogerlo a patadas, ser despiadado con él, y nunca la primera vez resulta. Tienes que ser un genio para que el poema salga bien a la primera. En la primera etapa ahí queda; la segunda etapa, la del frío, es dolorosa y es larga, y a lo mejor no es una sola etapa. Lo trabajo, lo dejo otro tiempo reposando a ver si se salva o no. Hay que ser despiadado.
N.C.: Usted afirma que los poemas, incluso los mejores —los de Neruda, Salinas—, se van destiñendo. ¿Cómo sabe usted cuándo un poema ya no es lo que fue en su momento de gloria?
D.J.A.: Te cuento mi experiencia: yo voy escribiendo en cuadernos. De pronto reviso uno del año pasado o del antepasado, veo unos versos y me voy a trabajarles. Es decir, transcribo el poema —a veces en el computador, pero en general ese trabajo prefiero hacerlo a mano—. Lo que queda después de esa transcripción es algo que todavía no está hecho del todo. Hay un momento en que no tienes nada más que hacerle al poema, pero no sabes si quedó. Entonces lo tienes que guardar de nuevo para leerlo dentro de un mes, tres semanas o un año. Ves el resultado y dices: “Bueno, esto quedó, no tengo nada más que hacerle”. La proporción entre la cantidad de poemas que quedan ahí y los que uno publica, en mi caso, es muy grande; publico uno de cada diez o cada veinte; lo demás lo he despreciado por completo. Con mi libro Poemas de amor, del 86, lo que me pasó fue que me encontré en unos borradores unos que yo había descartado del libro y decidí publicar tres o cuatro, 40 años después. Yo nunca los había tocado y seguramente quedaron muchos más que nunca más volveré a tocar.
N.C.: Precisamente, en “Instrucciones para escribir un poema”, usted dice: “Hasta aquí, tenemos ya un soneto, razón por la cual es mejor no seguir adelante”. ¿Cómo sabe cuál es ese momento de la escritura en el que tiene que parar?
D.J.A.: Cuando no puedes y no tienes nada más que hacer. Uno lo sabe por instinto; es una cosa arbitraria y seguramente equivocada. Si no puedo darle más de mí a este texto, lo dejo ahí y voy a ver si sobrevive. Yo no siento que esté escribiendo la Divina comedia; soy un modesto artesano, digamos. Entonces veo si mis poemas quedaron más o menos, hasta donde yo pueda, y así los voy dejando, sin demasiada satisfacción ni demasiado orgullo por haberlo hecho. Hay otro procedimiento, cuando ya uno ha dado todos esos pasos, que es tener a una tercera persona que lea por uno. Yo he tenido a varias que me han ayudado mucho. La que más me ha ayudado en eso es mi editor, que es bendito, Manuel Borrás, director y editor de poesía en Pre-Textos. Él tiene la sinceridad de decirme las cosas. En esa etapa en la que uno tiene el atrevimiento de pensar que puede publicarlos, esa tercera persona es muy importante.
N.C.: Leyendo la antología, uno encuentra temas que atraviesan su obra, y hay uno que me llama particularmente la atención: la confrontación permanente entre la palabra y el silencio. Usted habla de la palabra que puede matar, que puede explotar, habla de “desollar cada sílaba”, de “las cosas que no pueden ser dichas”, la guerra de encontrar las palabras versus el silencio, la idea de cómo a veces es mejor callar.
D.J.A.: Las mejores palabras son las que se parecen al silencio. Es verdad, el contraste existe. Es que hablamos demasiado, creo yo. Tal vez por eso me da tanta tos; me ayuda a no hablar tanto. La música que uno busca con el poema, ahora que los poemas no se leen en voz alta, sino en silencio, es precisamente la música del silencio. Muchas veces los poemas no alcanzan, para el lector en general, la etapa de leerlos en voz alta. En el trabajo de taller sí hay que hacer eso, a ver cómo te suenan, pero en general el destino de los poemas actualmente es leerlos en silencio. Entonces hay palabras, hay texto, pero hay silencio.
N.C.: ¿Cómo se relaciona el lector con esa idea del silencio? A veces tal vez espera mucha palabra, que el poeta le diga tantas cosas.
D.J.A.: El silencio siempre es lo mejor. Y tal vez lo que ocurre es que los poemas cambian cuando uno cambia, porque el poema se vuelve a hacer cuando el lector lo lee. Cuando un poema que yo escribí lo estás leyendo tú, ene años después de que yo lo escribí, puede que te conectes, como puede que no. Lo más curioso del caso es que te puedes conectar, te puede gustar mucho y, a los dos o tres meses, lo vuelves a leer y ya no te gusta nada, o viceversa: lo leí una vez y no me llegó; luego lo leo otra vez y es una revelación. Son muchos los elementos internos del texto y externos a él, que pertenecen al lector, que interactúan para que finalmente haya la sensación, la emoción del poema.
N.C.: Hay quienes hablan de la intención estética y también de la intención ética del poeta. ¿Cómo es eso en su caso?
D.J.A.: Francamente, no soy capaz de distinguirlas. Yo creo que el objetivo del poema es estético, y ahí ya va implícita toda la intención moral; si falla la una, falla la otra, entonces se confunde. No soy capaz de hacer la distinción.
N.C.: Pasando a la antología de crónica latinoamericana que usted hizo en 2012, ¿cómo está narrando el género nuestra región?
D.J.A.: Lo que más me gusta del título de esa antología es lo de crónica actual. Me hace sentir muy bien que esa actualidad no se haya perdido; esa antología sigue viviendo. El asunto es que han pasado varias cosas. Cuando yo hice esa antología se estaba imponiendo el género, pero todavía no era una cosa realizada. Sin embargo, ahí ya estaban las estrellas: Juan Villoro, Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, los grandes que siguen reinando. A mí, Leila me parece cada vez mejor escritora, igual que Salcedo. En la época en que yo hice esa antología se estableció que la crónica era parte de la literatura, aunque era una idea extraña; hoy en día es natural que se piense que los escritores de crónicas son escritores de literatura y no simples periodistas o reporteros. Ha pasado otra cosa, y es que cuando yo hice la antología la crónica tendía a ocupar territorios que nadie antes había ocupado: las situaciones extrañas, el tipo extraño. Tal vez lo que ha pasado es que ya nada nos parece extraño. Y, bueno, hoy hay muchos nombres nuevos de gente muy buena.
C.: Hace unas décadas se publicaba poca crónica, mucho menos que novela o poesía.
J. A.: Salvo unos muy pocos, como los de Germán Castro Caycedo, no se hacían libros de crónica. Ahora hay un montón. Y hay más: uno no puede decir, por ejemplo, que Héctor Abad Faciolince sea un narrador de ficción; el libro más importante de él es una crónica sobre su padre. Hoy hay muchos libros dedicados a un solo tema, como lo hizo Germán con El Karina; ahora eso es muy frecuente. Aunque ya quedan muy pocas revistas de crónica, los periódicos ya no consideran un impudor publicar una crónica entera de dos partes; eso no ocurría en aquella época. Había que escribir para El Malpensante, Gatopardo o alguna de las tres o cuatro especializadas que había en América Latina. Hoy es un género establecido y respetado académicamente. Por ejemplo, parte de la supervivencia de esa antología se debe a que la usan mucho en las universidades, lo cual quiere decir que el género se está estudiando en serio en las facultades de periodismo.
N.C.: ¿El lector promedio también se acerca a la crónica?
D.J.A.: Yo creo que sí, y mucho. Se lee a Martín Caparrós, a Salcedo Ramos; son éxitos en librerías que lee todo el mundo; los libros de Leila, ni se diga. Ya no se habla de periodistas que escriben crónicas; ya se les llama escritores y están establecidos como tales. Están los nuevos nombres que han surgido, este muchacho cubano, Carlos Manuel Álvarez… ese tipo está bendito por Dios; sus crónicas son duras y muy bien hechas. Igual Juan Villoro, un periodista que hace crónica y ahora es uno de los grandes escritores mexicanos. Yo creo que están aceptados y bendecidos.
N.C.: ¿Cuál es el punto más fuerte y lo que tal vez hace particular a la crónica latinoamericana?
D.J.A.: Somos una sociedad muy encendida; hay cosas muy raras que se pueden contar, pero no es tan original. Yo creo que si uno tacha de la historia de la literatura nombres como Truman Capote, para poner el ejemplo más vivo, no existiría la crónica latinoamericana. Esta se copió en buena parte de la crónica en otros idiomas, en otras situaciones y en otras circunstancias, y se volvió propia de América Latina por lo insólita que es esta región, por las cosas tan estrambóticas que pasan aquí.
N.C.: Usted incluso tiene un cronista en Panacea, por ejemplo.
D.J.A.: A mí con esa novela me pasa lo siguiente: yo la escribí hace 15 años y la tenía completamente olvidada, hasta que un día, mirando archivos, encontré algo titulado “Panacea”. Dije: “¿Esto qué será?”. No me acordaba de ella y no sé muy bien qué era lo que estaba pensando ese Darío cuando la hizo. Como recurso, el libro está hecho exactamente en esos dos planos: el tipo hablando de él como abogado, y lo que está pasando en el mundo cuando él mira alrededor y hay una planta que le cambia la vida a todo el mundo. En el fondo es una formidable broma esa crónica de la novela. Creo que es, ante todo, un libro de humor, cuyo objeto es burlarse de esa especie tan rara a la que pertenecemos.
¡Compra libros de los autores y traductores incluidos en este número en nuestra página de Bookshop!
Foto: Darío Jaramillo Agudelo, escritor y poeta colombiano.

