Hablemos, escritoras: Episodio 706
Cynthia Rimsky (Santiago de Chile, 1962) es escritora, periodista y académica chilena residente en Argentina. Su obra se caracteriza por una escritura híbrida que transita entre la crónica de viajes, la autobiografía, la autoficción y el ensayo. Sus libros exploran temas como la memoria, el desplazamiento, la identidad y las formas contemporáneas del relato. Su debut literario llegó con la novela Poste restante (2001), inspirada en un viaje personal por Europa tras encontrar un álbum de fotografías familiares en una feria persa. Desde entonces, ha desarrollado una obra narrativa que combina investigación, viaje y exploración autobiográfica. En 2024 publicó Clara y confusa, novela que obtuvo el Premio Herralde de Novela, convirtiéndose en la primera mujer chilena en recibir este galardón. El primer escritor chileno en recibir este premio fue Roberto Bolaño.
Esta entrevista es un extracto adaptado de la conversación del podcast Hablemos, escritoras, conducida por Adriana Pacheco.
Adriana Pacheco: Es un gusto recibir el día de hoy a Cynthia Rimsky, periodista y académica con una obra verdaderamente singular. En esta conversación nos dice cómo el humor la ha salvado de la melancolía y cómo ve la curiosidad como una forma de conocimiento. Cynthia, bienvenida a Hablemos, escritoras.
Cynthia Rimsky: Hola, gracias. Muchas gracias por la invitación.
A.P.: Quisiera empezar hablando del Premio Herralde de Novela que ganas con Clara y confusa. Qué emoción, qué gusto. ¿Qué fue para ti, Cynthia, recibir este premio?
C.R.: Fue muy sorpresivo, porque estaba viviendo un momento un poco triste, donde tuve algunos problemas para publicar, porque decían que mis libros no se entendían o que eran pesados. Entonces estaba viviendo como un bajón de energía, porque me habían rechazado mi última novela publicada en Argentina; la encontraron un poco compleja. Y cuando llegó el Herralde fue como una sorpresa, fue como decir: “No es así, no tengo por qué estar triste, no es así”. Una tiene que encontrarse con sus lectores. Entonces fue como un espaldarazo bastante grande en ese momento. Y también en términos de lectores, como que mis lectores, esos más anónimos, que yo digo que son como náufragos sueltos, de repente se vieron juntos y como respaldados en algún punto, siento.
A.P.: ¿Cómo empiezas en las letras? Estuviste un tiempo en el periódico El Mercurio, ¿verdad?
C.R.: Bueno, desde chica quería ser escritora. Me acuerdo de que salí de la universidad de periodismo, me fui a vivir a Valparaíso, hice la práctica en El Mercurio, del cual me echaron. Ostento el honor de ser la primera periodista a la que le han rechazado la práctica, y traté de escribir y no podía. Creía que uno tiene que expresarse en la literatura, que era como expresar lo que uno siente, y es justamente lo contrario. Porque yo expresaba lo que sentía y después lo leía y no era lo que yo sentía, porque las palabras no son vehículos, son entes vivos. Entonces no es cosa de que vayan a decir lo que uno quiere. Fue un proceso muy largo hasta que una amiga —yo siempre lo cuento— me pasó un libro de viajes de Walter Benjamin, donde él habla sobre las cosas, y entonces algo cambió, como que me cayó un rayo. Y justo hice ese viaje. Entonces, en vez de mirarme hacia adentro, empecé a mirar hacia afuera y en el afuera encontré mi adentro; entonces aprendí a mirar.
A.P.: Cynthia, tú naciste en Chile, pero vives en Argentina; dos países en donde hubo represión por sistemas totalitarios y dictaduras. ¿Cómo se recupera desde la literatura la memoria de algo así?
C.R.: Para mí es importante no quedarse con la idea de recuperar la memoria lineal, directa, sino cuestionar. A mí me interesa cuestionar el “buenismo” de la izquierda, que todos eran buenos, santos, y que los otros eran los malos. Ir indagando un poco más en eso. Yo siempre digo que hay que partir del olvido. El trabajo me parece más enriquecedor en el sentido del olvido, porque permite trabajar más la ficción que la memoria, además de una memoria que se oficializa tan rápido.
A.P.: Me parece más interesante trabajar el olvido. Claro que sí, hay cosas que incluso se olvidan, se quieren olvidar y, a veces, casi se impone que se olviden.
C.R.: Yo creo que justamente, en algún momento de la dictadura, era tan difícil la libertad de expresión o era tan difícil combatir esa verdad de la dictadura, de que no pasaba nada, que no había desaparecidos, que todo estaba maravilloso, que la literatura se vio compelida a que las cosas se escribieran de una manera más directa, sin trabajo del lenguaje. Pero hoy día, que ya hay un espacio de tiempo para mirar eso, creo que hay una riqueza que aprovechar. Para hacerse otras preguntas.
A.P.: Claro. Cynthia, platicamos de tu escritura; hablemos de Clara y confusa. Has dicho que al principio sólo tenías el título y nada más. Cuéntanos esta estrategia de empezar a desmenuzar una idea y después crear los personajes, darles un nombre, una cara, un espacio, ubicarlos.
C.R.: Sí, yo trabajo bastante así, como a ciegas. Me interesa mucho ese estado de ir a ciegas. Y tenía el título porque justamente me habían dicho que mis textos que aparecían en los periódicos, como periodista, eran confusos. Entonces decidí, después de leer un libro muy lindo que se llama Fallar otra vez, de Alan Pauls, encarar esa confusión, porque en ese libro Pauls plantea que hay ciertos escritores y escritoras que tienen como una falla y que han logrado hacer de esa falla su proyecto. Entonces yo dije: “Bueno, si mi falla es que soy confusa, lo voy a asumir”. Y me pregunté: “¿Y qué va a pasar con la claridad?”. Yo creo que lo que pasa es que cuando uno está muy cerrado en una idea de novela, hay un montón de cosas que se te ocurren, pero que dejas de lado porque estás encerrado en una idea de novela. En cambio, cuando no tienes nada dentro, ninguna idea de novela, las cosas te empiezan a llegar, como si uno fuera un imán; se empiezan a ordenar solas. O sea, esta pregunta que siempre me había hecho: ¿por qué algunas artistas, con una obra tan valiosa, alcanzan popularidad y otras jamás son reconocidas? Y de repente me acordé de un personaje, Clara, que era una artista. Y dije: “Bueno, ahí tengo un personaje”. Después yo estaba obsesionada con los plomeros y conocí un plomero que era guapísimo y medio melancólico, y me encantó. Y dije: “Ya, tengo un plomero, tengo una artista; ¿por qué un plomero no se puede enamorar de una artista?”. Después me acordé de una imagen que había visto en la playa. Bueno, ¿y qué pasa si parto con esta imagen? Era como darle rienda suelta a lo que me iba pasando y se me iba ocurriendo.
A.P.: ¡Qué belleza! Claro que sí. Bueno, pues esa es una invitación a leerte, porque si empiezas un libro así, de verdad vale la pena. Me fascina. Cynthia, yo veo en tu obra una literatura de viaje, pero además tienes un foco muy interesante en los objetos, en las cosas. Hay un cosismo en la manera en la que escribes y cómo reconstruyes. ¿Cómo piensas esta construcción de la historia a través de los objetos?
C.R.: Bueno, creo que las cosas tienen que ver, en alguna parte, con tu biografía. Me acuerdo de que el departamento de mi abuelita estaba lleno —ellos eran inmigrantes de Ucrania y de Polonia— de objetos, lleno de objetos de todo tipo, y ellos iban a dormir siesta y yo me quedaba ahí a inventar historias con esos objetos. Había un camello, me acuerdo; había una bailarina que danzaba con una cajita de música y había un tapiz con una pirámide, y yo me inventaba que iba a esos lugares e inventaba historias que ocurrían en esos lugares, generalmente de aventura. Y creo que viene de ahí. Me interesa ese tipo de pensamiento que se construye así. Es que ser niña, creo que el tránsito de la niñez, o la vida, era fundamentalmente ir descubriendo cómo era el mundo, ¿no? Era como llegar hasta acá; no tienes idea de qué son las cosas, hay que darles nombre. Yo veo la curiosidad como forma de conocimiento.
A.P.: Cynthia, yo siento que las escrituras nacidas en los sesenta —y tengo varios nombres que me vienen a la cabeza: Rosa Beltrán, Sandra Lorenzano, Carla Suárez, Ana García Bergua, y tantas que han nacido en esta década— tienen mucho en común en sus obras: una gran capacidad de experimentación, pero a partir de la curiosidad y de la observación. Me parece que hay mucho menos esta escritura del “yo”, con sus excepciones, siempre, y me parece que hay una mirada mucho más hacia afuera, hacia el contexto, hacia el contorno. ¿Sientes tú que hay algo también generacional? Porque además todas ellas, incluyéndote a ti, son grandes lectoras y basan principalmente su escritura en la lectura, y ya después escriben.
C.R.: Así, tentativamente, creo que fuimos como el último pliegue en esta idea de escritora, que es la persona que busca, que descubre, que piensa, y no una persona con fama, con todas estas actividades de promoción, con llegar y publicar para ser influencer; o sea, con todo tan metido en esta cosa comercial de la literatura. Y, además, como esa última generación que creyó que la literatura tenía un papel de cambio, que se tomaba en serio, en ese sentido, como agente de cambio; que un libro podía cambiar una cabeza, por ejemplo, cambiarle la vida a alguien. Creo que veíamos al escritor como una persona más bien recluida, no como una persona que tiene que ir a todas partes dando vueltas ahí con los periodistas o con la prensa. Creo que hay algo ahí con la figura de la escritora, y que fuimos como el último eslabón de eso. Y también una diferencia entre la intimidad, una barrera o una separación entre la intimidad y la escritura, y la exposición pública, que hoy día ya no existe. Y además también hay una cosa de formación literaria; creo que todas nosotras nos formamos con los rusos, con los existencialistas, con Marguerite Duras; o sea, hay una formación con esos clásicos que evidentemente da otra cosa.
A.P.: Pasando a otro tema. En tu libro El futuro es un lugar extraño estás hablando de la dictadura chilena y has dicho que tú no escribes sobre política; sin embargo, este libro, que escribes en 2016, está cumpliendo diez años de publicación. Me quedé pensando que ustedes, los chilenos, viendo todo lo que ha pasado en Chile en los últimos años, tal vez si en algún momento tuvieras que reescribir este libro, ¿pondrías algo más, algo que sientes que ahora lo actualizaría en lo que está sucediendo en Chile y en otros países a nivel de dictaduras y sistemas totalitarios?
C.R.: No, creo que no, porque quizás escribiría —de hecho, ahora estoy escribiendo un libro que, lo más probable, es que esté ambientado en la dictadura—, creo que quizás me quedaron algunas interrogantes que probablemente voy a trabajar ahora. Pero en ese libro lo que yo me planteaba, que era como lo nuevo para mí, es que no quería ningún tipo de explicaciones sobre la dictadura ni descripciones sobre la dictadura. Lo que yo quería era llevar a los lectores o las lectoras a que por un segundo estuvieran ahí y sintieran, con los sentidos, con la emoción, lo que es vivir bajo la dictadura. Una cosa muy pequeña quería y, a la vez, bastante enorme.
A.P.: Cynthia, tú tienes varios libros traducidos y cómo estas traducciones van abriendo estas brechas. ¿Qué opinas sobre esta cuestión de la traducción?
C.R.: Me cuestiono sobre la traducción. Por ejemplo, ¿qué se traduce de Latinoamérica para Europa o para Estados Unidos y qué no? Pensando antes en el boom o pensando en esta literatura fantástica, que tanto les gustaba, y ahora, por ejemplo, en el horror, el misterio, lo policial o lo político. Te lo digo porque hay una editorial que en un principio quería publicar Clara y confusa, una editorial importante en inglés, y después dijo que no, que en el comité editorial le habían dicho que no, que la historia de un plomero era muy insignificante. También hay una cosa con la traducción: ¿qué es lo que se exporta?, ¿cuál es la mirada que se exporta? Y hay que estar atentos a eso.
A.P.: En tus libros tú mezclas los géneros. Hay crónica, autobiografía, ensayo y ficción. Riquísima esa escritura híbrida que tiene tu obra. Cuéntanos un poco acerca de esta curiosidad también de brincar de géneros y de no asirte a uno.
C.R.: Quizás tiene que ver con la manera en la que trabajo, que es como que a mí no me llega la inspiración del cielo, sino que tengo que buscarla. Entonces, al buscarla, voy a elementos reales y los voy manipulando. Entonces yo creo que es una manera de búsqueda que amplía todos los materiales.
A.P.: ¿Qué es para ti el humor en la literatura?
C.R.: El humor me ha salvado mucho de la melancolía, porque mis primeros libros eran muy melancólicos. Mi padre era un gran melancólico y como que en un momento dije que no. Hay algo acá, este padecimiento, esta cosa de la nostalgia, que no me funciona. Bueno, y mis grandes lecturas también eran muy nostálgicas. Y empecé a decir: “¿Por qué no trasladar eso a la literatura?”. Y en vez de mirar la tristeza de las cosas, miraba el equívoco, o miraba la tensión entre la apariencia y la forma, entre lo que la gente pensaba y lo que realmente creía. Y empecé a desviar la mirada hacia ese lugar y me pareció súper interesante, porque creo que la gente hasta un poco se aburría del tono de denuncia. Además, me encanta porque la escritura de por sí es una cosa tensa y hay que trabajar mucho; hasta que uno se empieza a reír también cuando está trabajando. Entonces se empieza a incorporar la risa en tu propio trabajo y eso es muy alentador.
A.P.: Cynthia, qué placer, muchísimas gracias. Ha sido una conversación de lo más deliciosa, enriquecedora, y nos dejas curiosos por leer tus libros.
C.R.: Muchas gracias a ti.
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