Estación Leopoldo María Panero
Estación Leopoldo María Panero
todo lo que escribo y diviso
se va al fondo de la sangre.
Fumo para mirar la vida que pasa
mientras el cenicero acumula
voces e ideas de locos rematados.
El dipsómano baja urgente en la estación
]a beberse un Nevermore.
Nuestra suerte sigue en manos de los ciegos
y lo que escribimos tal vez sea leído por parejas del 2050
en el follaje de un bosque agitado por el viento.
Hay luces harapientas, tumbas sin sosiego,
]niebla sobre el césped de la calle Miguel de Cervantes.
El dipsómano sale urgente de la estación
a beberse el crepúsculo Nevermore.
Aquí dejamos latas de cervezas,
colillas que se acumulan en ceniceros,
cenizas que se acumulan en cementerios.
Observamos el funcionamiento del camión de la basura
mientras el dipsómano vuelve urgente a la estación
a beberse el crepúsculo Nevermore.
Es tan bella la ruina, tan profunda
]que ni siquiera el tiempo puede hacernos morir.
Manuscrito encontrado en una mesa de restaurante
Si el abismo no nos llamara con su silencio
no podríamos leer a Trakl, ni permanecer horas
mirando estas lápidas anónimas que golpea la tempestad
como el grito del ave que acompaña a los muertos.
Líneas de Sebastián en sueños al fin de una playa
de arenas movedizas como náufragos. Nuestro tiempo
debería ser infinito como las arenas de esa playa.
Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia
es innecesaria porque perecemos. Y en la costa —como se sabe— sigue
el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos
sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,
caminamos para abrir tantas puertas;
puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,
—mudanza interior de la cual queremos desprendernos—
donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.
La casa
Esta casa es la última casa del mundo.
Rainer Maria Rilke
En esta casa,
invadida de oscuras resonancias,
lo único visible son los gatos
sentados frente a la chimenea,
una lámpara que se prende y apaga,
se prende y apaga,
y los estantes repletos de libros.
Ahora debería estar nevando en Santiago,
pero una bola de fuego
recorre sus calles.
Yo solo espero que sobreviva tu rostro
porque tú me enseñaste a hablar con los gatos
y encendiste mi lámpara
y ahora me estás leyendo poemas de Rilke
frente a la chimenea.
Ciudad escindida
Calles
]y un centenar de sílabas
cifradas
furtivas
con derrumbes de casas
y heridas en sus aceras.
Pero siempre habrá algo que te guste;
el vuelo del mirlo sobre el parque
o la muda compañía de los árboles.
La vibración del río sobre el parque
Hemos visto árboles desnudos en la ciudad
rompiendo veredas y reclamando lo suyo.
Sus raíces se abrazan como amantes subterráneos
que saben de sueños y pérdidas.
Es extraño estar aquí y oír el grito de las gaviotas
que caen inciertas sobre el agua.
Esperar una barcaza de madera
o la huida del sol en el océano.
Seis y media de la tarde en las riberas del Mapocho,
la cicatriz de Santiago.
Estos escritos se perderán con el fluir del río
y su eco será como verse en una película
cuyos actores han sido dados de baja.
El fracaso
Al principio todo semejaba el paraíso:
vistas al mar en plenitud,
días y días reescribiendo el amor,
en playas escondidas.
Allí trazamos nuevos planes
y dilucidamos los poemas
que imprimía el paisaje.
Luego aparecieron delfines
en el campo visual
que presagiaban estabilidad,
pero llegó el fin de ese verano
y extrañas aves vinieron a posarse,
en distintos puntos de nuestro hogar.
Eran aves carroñeras
que traían otras visitas a la casa,
visitas que nos hicieron descender al infierno.
Más tarde, el sol
se desvaneció en el horizonte.
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