Entre la poesía y la vanguardia, pionero del rock argentino.
Luis Alberto “el Flaco” Spinetta es el artista que une el barrio con el cosmos, la literatura con los versos de rock y la sencillez con la sofisticación en una búsqueda exigente e inconformista. Compositor, multiinstrumentista, poeta, dibujante, gran lector, autodidacta, inquieto, curioso, carismático, rebelde y escurridizo a la hora de encajar en catalogaciones; canta jugando. Su estilo para ubicar los versos dentro de la melodía de voz es asimétrico, libre. No hay tensión en sus cambios de tono, altera la acentuación de las palabras, su pronunciación resuena rioplatense sin impostar y su canto es placentero y natural, aun en las voces rotas y en los falsetes. Su timbre es muy reconocible: una huella sonora, un llamado íntimo amplificado, el instrumento de un mensaje complejo arropado con capas de sentidos complementarios y superpuestos. Tiene un amplio rango vocal, llega cómodo a los agudos, y varía recursos en función de la expresión salvaje, rasposa o dulce que requiera el verso, con cambios abruptos que se visualizan en sus movimientos de cuello y cabeza, tan peculiares, como si imitara involuntariamente a un pájaro.
El sociólogo y escritor Horacio González, en el prólogo de Spinetta, los libros de la buena memoria (BN, 2012), se refiere a la forma de hablar del Flaco como un aspecto necesario para entender su obra: “Un tono que entremezcla la plegaria, el rezo, la esquiva eternidad y una reverencia para entendidos con la que se saluda al mundo: lo tremendo. Adjetivo spinetteano, quizás del acervo más prístino del rock, pero que en él era el reemplazo de una palabra ausente que no sabríamos decir cuál es. Lo tremendo es lo indecible, pero dicho con una palabra genérica, habitual. Era un homenaje a la necesaria cuota de hermetismo de su música”.
El despliegue artístico de Luis Alberto Spinetta comienza en su adolescencia y se interrumpe con su partida el 8 de febrero de 2012, a los sesenta y dos años, dejando discos inéditos que se publican en los años siguientes, sumándose a los más de treinta lanzados en vida como solista o con cada una de sus bandas: Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade y Los Socios del Desierto. Hay gemas y diamantes en todas las etapas de su obra, pero el período de gran influencia sobre la escena musical y la contracultura argentina abarca desde 1969 hasta 1979. Diez años de vértigo total que culminan con los conciertos de la vuelta de Almendra en Obras los días 7, 8 y 9 de diciembre de 1979.
En 1970, a tres años del inicio de su actividad, Almendra anuncia su disolución. Luis Alberto Spinetta y el guitarrista Edelmiro Molinari hablan de la separación como un nuevo comienzo, una decisión estratégica de expansión, en la que cada uno de los músicos del cuarteto tomará caminos distintos sin perder la identidad creada en conjunto. La frase arriesgada de Edelmiro —“no nos separamos, nos multiplicamos”— se cumple con la formación de Color Humano por parte del mencionado integrante; Aquelarre, con el baterista Rodolfo García junto a Emilio del Guercio; y Luis con dos nuevos proyectos, primero como solista y luego con Pescado Rabioso.
En el registro audiovisual en blanco y negro de la por entonces estudiante de cine cordobesa Alcira Luengas, se infiere que los integrantes de Almendra tuvieron una larga conversación previa, elaborada durante las horas compartidas en la casa de la familia Spinetta, donde se reúnen preponderantemente para ensayar y crear. Pero también para merendar, filosofar y soñar. Tardes y noches intercambiando libros, comentando citas poéticas, dando espacio a debates sobre los temas de la época, perfilando el rumbo musical y puliendo diferencias y zozobras antes de comunicar un puñado de conclusiones y algunas pinceladas inconclusas sobre la temática de la disolución. Luis Alberto Spinetta tiene veinte años cuando se termina su primer grupo, con el que publicó dos discos homónimos, Almendra (1969) y Almendra II (1970), exitosos simples, realizó shows en el Instituto Di Tella, cantidad de conciertos y estableció con su generación un vínculo inquebrantable.
La irrupción de Almendra aporta una característica inesperada —o al menos no tan transitada— en el rock de la época: la aparición de la poesía en estado puro en algunos versos con tintes surrealistas y en estrofas que intercalan mensajes directos con otros cifrados, con una cuidada y precisa elección de las palabras. Un falso antagonismo en las filas del rock ubica a Manal, la banda precursora del blues, rock pesado y jazz fusión, como oponente o adversaria de Almendra. La banda de Luis es pionera del rock psicodélico, progresivo y artístico, con un guiño folklórico, pero sumergiéndose en aguas tangueras, aunque su lírica tiende a imágenes campestres —“al cromatismo de la naturaleza”, en términos de Luis—, en contraposición con la narrativa urbana de Manal, con imágenes de humo fabril y asfalto. De gran influencia una sobre la otra, ambas comparten el objetivo de plasmar una identidad nacional dentro de géneros que llegan de otras latitudes.
“Luis Alberto “el Flaco” Spinetta es el artista que une el barrio con el cosmos, la literatura con los versos de rock y la sencillez con la sofisticación en una búsqueda exigente e inconformista”.
En el primer álbum homónimo se encuentran canciones inmortales que van a incorporarse al cancionero popular: “Muchacha (ojos de papel)”, “Fermín”, “Plegaria para un niño dormido” y “Laura va”, con bandoneón de Rodolfo Mederos. Es probable que, en ámbitos alejados del rock, “Muchacha (ojos de papel)” alcance un lugar de reconocimiento desprendida del autor. Es una canción de desamor. La letra está situada en un momento anterior a la ruptura: el narrador sabe que su amada va a dejarlo, pero no se resigna y la convoca al amor y al placer. Pone por encima del conflicto la armonía y la belleza que pueden suceder si ella deja que las cosas fluyan. Pide una oportunidad de demostrarle que van a estar bien. Por lo tanto, lo original no es lo que dice, sino cómo lo dice, y esa cualidad se aplica a toda la poética de Spinetta. “Plegaria para un niño dormido”, tal como el nombre lo indica, toma el tópico del inocente que duerme sin conocer el dolor y la injusticia del mundo: “Déjenlo que siga soñando felicidad”, dice Luis en un verso que se emparenta —no en las formas, pero sí en la temática— con las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández: “No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”, y con el estribillo de la popular canción “Duerme negrito”. La infancia como un palacio inmaterial que se puede habitar desconociendo las tragedias que lo rodean.
El segundo álbum doble homónimo expresa la búsqueda de nuevos horizontes: la energía musical de los integrantes necesita expandirse, experimentar. La canción más conocida y atemporal de estas placas es “Rutas argentinas”, con una letra que se inscribe en las premisas viajeras de la generación beat representadas por la novela En el camino, de Jack Kerouac. Solo que, en la versión argentina, el camino es siempre hacia el sur, hacia la Patagonia, el territorio idealizado para un nuevo comienzo. En cuanto a lo musical, es una canción que homenajea a Manal: blues directo y con fuerza.
Hay más referencias literarias en Almendra II, como la canción “Vete de mí, cuervo negro”, que indefectiblemente lleva a Edgar Allan Poe y su clásico El cuervo, ese mensajero del más allá que se queda para siempre y perturba al narrador. De las veintiuna canciones que forman este registro, tal vez la más enigmática y cautivadora sea “Los elefantes”. En el libro Spinetta, crónica e iluminaciones, el autor Eduardo Berti indaga sobre la inspiración para componer “Los elefantes”, una letra espiritual y filosófica que también resulta una fábula juvenil, vigente en este siglo XXI de riesgo de extinción masiva de especies. Cuenta Luis Alberto Spinetta: “Había quedado impactado con las imágenes de una matanza de elefantes a los que les clavaban unas lanzas enormes. La letra simboliza el zen que se advierte en esos paquidermos que dan la sensación de que el tiempo es eterno. Creo que su magnitud y su forma de vida son las del conocimiento; hablan de un perfeccionamiento de la razón y de la memoria, de una calma, una blanca calma, que permite más de lo que se ve”.
En otro tramo, Berti le pregunta si es verdad que la estrofa de la segunda parte de “Campos verdes”, llamada “Continuación del hielo en la ciudad” —que fue dejada de lado por pedido de la discográfica—, se relaciona con la resistencia a la dictadura de Juan Carlos Onganía: “Hay que perforar el hielo / la gente pierde el miedo”. Dice Luis Alberto Spinetta: “Sí, es cierto. Pero te quiero aclarar que nunca consideré que ningún tema mío fuese un alegato contra nada. En las letras de Almendra lo que hay de contracultural no está dado por un contenido contestatario sino por la poesía y la ruptura en imágenes”.
En la transición hacia Pescado Rabioso se graba el primer disco solista de Luis Alberto, Spinettalandia y sus amigos (1971), una placa que deja para la posteridad una canción identitaria, con el sello compositivo de Luis: “Descalza camina”. Mara Favoretto, en su libro Luis Alberto Spinetta, mito y mitología (Gourmet Musical, 2017), define este álbum en concordancia con la imagen de portada: “La tapa del disco muestra la cara de Luis descansando sobre su brazo, relajado, como suspendido entre los colores de las letras desparejas del título. Sugiere un mundo aparte, un territorio imaginario, suspendido, libre, variado como esos colores e irregular como las letras. Las canciones de este disco hablan de libertad, de salir a buscar las estrellas, de salir de la autorrepresión, del individualismo y de lo que nos limita”.
Pescado Rabioso es la banda con la cual Spinetta va contra su obra anterior. Él lo define como un intento de romper la ternura que había en Almendra —es decir, su propia ternura— y crear una música violenta, de choque. Primero como trío, con Black Amaya en batería y Osvaldo “Bocón” Frascino en bajo. Luego, como cuarteto, con el ingreso de Carlos Cutaia en teclados y, más tarde, con una segunda formación integrada por David Lebón en bajo. Publican los dos primeros discos, Desatormentándonos (1972) y Pescado 2 (1973). Para el tercero, el célebre Artaud (1973), la banda ya está disuelta y el álbum se realiza con Spinetta tocando casi todos los instrumentos. Durante mucho tiempo se dijo que Artaud, a pesar de ser un disco solista, llevaba el nombre del grupo por cuestiones contractuales con la discográfica, hasta que Luis aclaró que su intención había sido demostrar que Pescado Rabioso era él.
“Pescado Rabioso es la banda con la cual Spinetta va contra su obra anterior. Él lo define como un intento de romper la ternura que había en Almendra”.
Artaud es el disco que inicia a las y los adolescentes de al menos dos generaciones en la lectura del poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud. Spinetta compone las letras bajo la influencia de los libros Heliogábalo o el anarquista coronado, El teatro y su doble y Van Gogh, el suicidado por la sociedad, pero los oyentes spinetteanos ampliaron la búsqueda y el disco solía prestarse acompañado de El ombligo de los limbos y El pesanervios, en ediciones antiguas, con las hojas amarillas.
Los intérpretes de la poética de Spinetta han relacionado una y otra vez los versos “con esta sangre alrededor / no sé qué puedo yo mirar” de “Cantata de puentes amarillos” con el contexto violento de la Argentina de la época. Luego de negarlo con una carcajada, en diálogo con Berti, Spinetta acepta que esas líneas se originan en un episodio personal: una noche en la que es detenido por la policía y trasladado a una comisaría donde hay un joven fusilado, tirado en el piso del patio, con la sangre tibia brotando y formando un charco.
La letra más rupturista de este álbum fue realizada en coautoría con su compañera Patricia Salazar y está compuesta por palabras sueltas, elegidas casi al azar, como un juego. Eduardo Berti, en su libro Por, lectura y reescritura de una canción de Luis Alberto Spinetta (Gourmet Musical, 2019), dice: “Lo surrealista de ‘Por’ reside en que las palabras valen por su sonoridad, tanto o más que por su significación; no conforman un sintagma”.
En la presentación de Artaud en el teatro Astral, en octubre de 1973, se le entrega a la concurrencia un texto titulado “Rock: música dura, la suicidada por la sociedad”, en el que Spinetta denuncia a los músicos parasitarios y repetitivos, y expresa que el rock no es solamente una forma de ritmo o melodía sino un instinto de vida y transformación.
Invisible es la tercera banda de Spinetta durante la década del setenta y probablemente la que concentra y sintetiza todas sus búsquedas hasta ese momento. El tercer álbum, El jardín de los presentes (1976), comienza con dos canciones que entran en la categoría de obras maestras: “El anillo del capitán Beto” y “Los libros de la buena memoria”. En la primera, un colectivero sensible y melancólico viaja por el espacio inmune a los peligros, añorando su vida anterior. En principio parece que algo involuntario lo arrojó a su extraña suerte. Luego la historia da un giro inesperado: “¿Por qué habré venido hasta aquí? / Si no puedo más de soledad”, se pregunta Beto, y en esos versos se comprende que fueron sus propias decisiones las que lo llevaron a tan desesperante situación.
Martín E. Graziano, en su libro Tigres en la lluvia (Vademécum, 2017), dice: “Inspirada en La suerte está echada de Jean-Paul Sartre, la canción trabaja con el material inflamable de la distancia. Pierre y Eve, los protagonistas de Sartre, son dos muertos que observan el mundo de los vivos y se ríen de sus propias pasiones y desgracias. Beto, sin embargo, no tiene el escudo del cinismo. A diferencia de ‘A los jóvenes de ayer’, de Serú Girán, la canción de Spinetta no se mofa del tango: se deja permear por su universo”.
Spinetta busca tigres en la lluvia, describe lo invisible, entra a un territorio sonoro inexplorado, toma riesgos estéticos y se incomoda voluntariamente. Los músicos, cuando hablan de él, suelen mencionar que utilizaba acordes inexistentes, y las y los seguidores lo elevan a la categoría de mito. Tal vez lo más estimulante sea preguntarnos dónde hay destellos de su legado.

