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Número 38
Autor destacado: Carlos Granés

Carlos Granés, o el fin de la soledad

  • por Christopher Domínguez Michael
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  • June, 2026

Carlos Granés. El rugido de nuestro tiempo: Batallas culturales, trifulcas políticas. Taurus, Madrid, 2025, 204 páginas.

Hace algunas tardes conversaba yo con el antropólogo Roger Bartra, uno de los pensadores más lúcidos del mundo hispanoamericano, sobre la contribución capital que la obra de Carlos Granés está significando, sobre todo desde Delirio americano (2022), para algunos de nosotros, quienes intentamos preservarnos, en soledad, de los wokismos de la izquierda y de la derecha, ajenos a los populismos, preservando, yo diría (no sé si Roger lo haría) un temperamento liberal escaso y atribulado. Bartra dijo que en Granés se notaba su formación de antropólogo. Lo suyo no es exactamente la crítica literaria ni la política, ni tampoco la filología; no es un literato extraviado placenteramente en la sociología, ni sólo un historiador erudito. Es todo ello, sin duda, pero esencialmente, es un antropólogo, dijo Bartra y tiene razón.  Lo suyo, lo de Granés, es la ciencia del hombre.

Por ello, ajeno también a la etnología, Granés no se preocupa en lo que separa al europeo del latinoamericano, sino de lo que los une, a la manera ilustrada: lo humano. La principal contribución de Granés no es, siendo decisivo, el atisbo genial, minuciosamente desarrollado, de que los modos de actuación de la vanguardia se han trasladado, entrado el siglo XXI, de El manifiesto surrealista a la gran política y a sus tiránicas estrellas. Si el acto surrealista por naturaleza era, para los un tanto ingenuos surrealistas André Breton y Jacques Vaché, disparar indiscriminadamente contra la multitud, es ahora el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien desde su primera campaña electoral hace ya una década, declaró que, de dispararle a un desconocido en la Quinta Avenida, no perdería un solo voto. El exhibicionismo de la vanguardia, que tan rico fue para desempolvar el canon, se trasladó a los artistas de los años sesenta del siglo XX y junto a ellos, al rock y al pop, para convertirse en la forma casi universal de hacer política en la presente, agobiante y en buena medida sorprendente, amén de peligrosa centuria, rotos desde la Casa Blanca, los usos y costumbres cimentados tras 1945 y el fin de la Segunda Guerra Mundial.      

La forma en que Granés ha desnudado la ontología populista ya merecería, sino es que está en curso, la traducción de su obra a las principales lenguas, pero aún hay más. El bogotano, asentado en Madrid, empero, ha hecho otra cosa en verdad significativa. Es autor de una “ruptura epistemológica”, como se decía antes, histórica en el dominio latinoamericano (y hasta español). La “soledad” que aparecía en los títulos de las obras de Bartolomé Mitre (Soledad, 1847), Octavio Paz (El laberinto de la soledad, 1950) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967) ha desaparecido, en buena medida, gracias a Granés, tal cual lo hace explícito en El rugido de nuestro tiempo. 

Aquella soledad atormentó a los hispanoamericanos en dos momentos capitales de reflexión. Un momento es el derrumbe del Imperio Español en América en 1821 que nos urgió, contra la orfandad indeseada, a inventarnos identidades nacionales tergiversadas y postizas. Hoy día con mayor fuerza que nunca y convertidas en una doxa universitaria, condescendiente y racista, en las universidades estadounidenses y europeas, a título del “decolonialismo”, esas identidades son una verdadera “intervención” que falsea por completo nuestra historia. Es una mutación posmoderna del mito del Buen Salvaje, alimentando a lo que queda de la izquierda tras el hundimiento del marxismo. 

Otro momento, de importancia para España, fue 1898, cuando con la pérdida de las islas de Cuba y Filipinas frente a los Estados Unidos, la península –con la excepción de los melancólicos y avispados portugueses quienes décadas atrás empezaron a procesar esa saudade– queda advertida de que el sueño imperial al fin terminó: la intelectualidad del 98 descubre que el sol ya sólo alumbra durante el día a los españoles. La noche es de los otros. Miguel de Unamuno, llama a los españoles a “africanizarse”, pues europeos ya no eran, si es que lo fueron bajo Carlos V y Felipe II. Esa nostalgia alimenta al wokismo de derechas, poco conocido bajo esa forma en América Latina, que retoma los tópicos más rancios de la hispanidad nacionalcatólica (y franquista) e invita a España a reconquistar espiritualmente a la América extraviada en el ensueño protestante y anglosajón de la democracia. Sí, en 2026.

Granés invita a olvidar esa “imitación extralógica” que, tomada de Gabriel Tarde, aún atormentada al Paz de El laberinto de la soledad. Sí, argumento yo, llegamos después al liberalismo y a la democracia, pero en la misma esencia, aunque la cronología sea otra, que el Imperio Romano arribó tarde a las islas británicas o el cristianismo retrasó su dominio en el norte de Europa y en Rusia. No recibimos al liberalismo –en el sentido español original y fundacional de la palabra– desde Europa y sólo a fines de la década anterior a la Independencia prendió el republicanismo norteamericano. “Inventamos” al liberalismo –si es que en esa materia cabe la expresión– en las Cortes de Cádiz de 1812 como muchas otras “modernidades” provienen del tomismo político español de los Siglos de Oro. 

Su examen, desde Delirio americano, coloca a la ecúmene americana (incluyo a Trump en primera fila) como exportadora de populismo a Europa. Desde Juan Domingo Perón a Hugo Chávez todos los regímenes populistas, de izquierda o de derecha, se reconocen en esa filiación, sean el político francés Jean-Luc Mélenchon o el visionario ruso Aleksandr Dugin. Ello no quiere decir que Perón no sea un discípulo de Benito Mussolini (al expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, bien analizado por Granés, le emocionaba que el dictador fascista debiera su nombre propio al liberal oaxaqueño), ni que atrás de Trump esté (aunque él no lo sepa) Silvio Berlusconi, sino que el planeta es redondo. 

Paz y Arturo Uslar Pietri pueden estar tranquilos: con su obra, Granés, nacido en 1975, ha fundamentado teóricamente su impaciencia y América Latina será acaso el Extremo Occidente, pero será Occidente al fin. Su mestizaje es más reciente que el que dio origen a Francia al cruzarse francos, anglos, normandos y romanos; pero México fue un Estado nación treinta años antes que Italia y Alemania, y México, también, separó a la Iglesia y al Estado medio siglo antes que los franceses. Nuestro liberalismo es legítimo, histórico y linajudo; también lo es –como en Europa– la tradición conservadora, las miserias y las barbaries de todo orden, los golpes militares y aunque no el fascismo propiamente dicho, porque ni Hitler era paraguayo ni Mussolini, cubano, nuestra galería de pensadores reaccionarios, desde Laureano Vallenilla Lanz y los García Calderón hasta Nicolas Gómez Dávila, es notable.

Los libros de Granés terminan con esa soledad nuestra, impostada, filosofante y ahistórica. Ya lo he dicho en otras ocasiones: Paz tenía razón, al terminar El laberinto de la soledad, al decir que al fin los mexicanos éramos contemporáneos de todos los hombres. Pongo mi agregado otra vez: siempre lo fuimos, pero lo ignorábamos y después de Granés esa ignorancia se volverá anacrónica y hasta vergonzosa. Lo mismo para la España que hasta 1981, con el Tejerazo, se sintió inmerecidamente europea.

Pero en el siglo XXI América Latina no sólo exporta populismo a Francia o a Hungría, sino desde la Semana de Arte Moderno de São Paulo, en 1922, el Brasil estuvo a la par de la vanguardia europea y Delirio americano lo documenta. No en balde, el México de los años treinta atrajo, por malas y por buenas razones, a tantos intelectuales y políticos europeos. Buscaban exotismo y se llevaron, como los indígenas conquistados en el siglo XVI, espejos donde mirarse a sí mismos.

El análisis de Granés también incide en la teoría literaria, que como lo sospechó hace años José Guilherme Merquior, es una de las fuentes del antiliberalismo contemporáneo. De Friedrich Nietzsche a Michel Foucault –sin menoscabo de la grandeza de cada uno de ellos y de la complejidad de su pensar– el relativismo (“no hay una verdad, sólo interpretaciones”) pasó de los seminarios universitarios a la política callejera, al grado que lectores de Jacques Derrida o de Ernesto Laclau, decidieron “deconstruir” los relatos y acomodarlos “gramscianamente” para ganar “hegemonía” contando historias nacionales  ajenas a la realidad histórica –dada por abolida– y ofreciendo los famosos “otros datos”, interpretaciones nutricias para mayorías electorales deseosas de comer de la mano de los populismos. Castro (que no fue un populista) y Perón, uno en la extrema izquierda y otro en la extrema derecha, comulgaron en el odio por “la modernidad liberal de origen sajón” contra la que predica, también, Dugin, el ideólogo putiniano.

El decolonialismo, arguye Granés, no desterró los viejos mitos exotistas sobre América Latina, sino los potenció, separándola de España y de todo Occidente, fuente de todo horror y hedor en la mala conciencia de los académicos estadounidenses y europeos, no sé si ignorantes del racismo invertido que profesan y practican. Con ello provocan que la nueva derecha reaccionaria haga esa “contorsión contranatura”, leemos en El rugido de nuestro tiempo, para asirse al trumpismo merced al viejo nacionalcatolicismo y el ridículo mito de la Hispanidad.

Si el político populista –sea Gustavo Petro, López Obrador, Donald Trump o Viktor Orbán– es un actor que repite la irresponsabilidad en su día libertaria de los artistas de vanguardia, el wokismo de izquierdas ha convertido al intelectual (y al funcionario cultural) en un padre predicador dedicado a la inquisición, a la cancelación y a la censura (o a la autocensura) en nombre de la vulgata puritana que no duda –otra vez– en deconstruir la historia occidental. La transforma, ahíto de conjuros,  en el pecado original, para beneficio de minorías, frecuentemente universitarias, concentradas en el culto al Yo más escandaloso del que se tenga memoria: cada persona decide ser lo que se la da la gana y exige de la sociedad y de su prójimo, el reconocimiento legal y jurídico de extravagancias, en el mejor de los casos personalísimas y en el peor de los casos, criminales y autolesivas. La sociedad democrática –lo ha dicho nada menos que una psicoanalista lacaniana como Elisabeth Roudinesco– debe ocuparse de proteger a los victimados de sí mismos. 

Todo ello mientras la vieja izquierda, abandonada la lucha por los derechos sociales y políticos de la mayoría, alimenta con sus votos a la extrema derecha, que la ha suplantado como representante de “los condenados de la tierra”, al grado que el anticolonialista Frantz Fanon, conocido por esa expresión, queda en un moderado, según Granés. Países europeos como España e Hungría, remodelan, desde la izquierda y desde la derecha, su narrativa nacional para ajustarse al relato populista, interviniendo museos y haciendo de la fantasía identitaria su prioridad política. 

“En la política y en las artes”, dice Granés en El rugido de nuestro tiempo, “han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes se convertían en rockstars, trols y performers, los creadores asumían la misión de señalar todos los males del mundo” y “la cultura, que solía ser el campo de la experimentación y del libertinaje esta ahora asediada por cuestionamientos morales”. Mientras tanto, “la política, que solía ser el campo de la responsabilidad y del compromiso moral, ahora tiene licencia para polarizar, dividir y sembrar el odio entre los ciudadanos”. Es decir, actualmente, el político es un payaso y el escritor, un sepulturero.

Pero es curioso, dice Granés, gran conocedor de la historia americana, que todo sea vino viejo en odres viejos. La reinvención incesante de la nación, a través de nuevas constituciones ultraigualitarias o enésimas “transformaciones” dizque históricas proviene de un dicho del héroe cubano José Martí que invitaba al gobernante latinoamericano a ser “creador” de un “pueblo nuevo”, necedad megalomaníaca que remite a otro endiosado del populismo, Simón Bolívar, quien mucho antes y bien pronto, renunció a sus sueños republicanos, apostándole a un Poder Moral diseñado especialmente para las irredentas nuevas naciones, incapacitadas “orgánicamente” para ser democracias. Nada de nuevo tienen López Obrador o Petro: encarnan el Eterno Retorno del aprendiz de brujo latinoamericano que parecía condenado, antes del siglo XXI, al libre dominio de la literatura.

Encuentro una hiriente paradoja en la obra de Granés. Por un lado, ha desmontado el mito de nuestra soledad. Sí, vivimos en un laberinto, pero ya no es aquel de salida relativamente fácil, por ser moderna, como la pensó Paz en 1950. Nuestro laberinto no parece que durará los cien años que García Márquez le pronosticó a Macondo antes de entrar a la pesadilla de la Historia. Mal que le pese al decolonialismo académico, esa gringada, somos y seremos Occidente y contra lo que pensaba ese ignaro que fue Edward Said (a quien en Orientalismo se le olvidaron, nada menos, que los siete siglos musulmanes en España) nuestras fronteras con Oriente (así como nuestra “frontera interior” con la civilización mesoamericana) es móvil, difusa y contrahecha, porque vivimos, justamente, en un planeta. La serpiente, por fortuna, se muerde la cola y la Nao de China cruzaba por la Nueva España rumbo al viejo mundo.

Al permitirnos abandonar nuestra soledad, paradójicamente, Granés la intensifica. Todavía somos pocos, quienes como él creemos en una normalidad democrática y liberal sin creadores carismáticos y circenses inventando pueblos; ahora somos menos quienes aspiramos a regresar al arte y a la literatura como a la tierra de promisión donde cabían lo mismo San Juan de la Cruz y Balthus, más cercanos uno del otro de lo que juzga el comisario filisteo. 

En la historia intelectual de América Latina (y de España, al menos, espero) hay un antes y un después: la obra del antropólogo Carlos Granés.

 

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  • Christopher Domínguez Michael

Photo: Irlanda Orrostieta

Christopher Domínguez Michael (Mexico City, 1962) is one of today’s best-known Hispano-American literary critics. He is the biographer of Fray Servando Teresa de Mier (Premio Xavier Villaurrutia, 2004) and of Octavio Paz (Octavio Paz dans son siècle, Gallimard, 2014), and has written essential anthologies and histories of Mexican literature. Also a critic of world literature, he earned the Premio de la Crítica in Santiago de Chile for La sabiduría sin promesa: Vida y letras del siglo XX (2009). His work has been translated to English, French, and Portuguese. He has been a visiting professor at the Sorbonne, the University of Chicago, and Columbia University. He received a Guggenheim Fellowship in 2006, joined Mexico’s Colegio Nacional in 2017, and since 2019 has served as Editor-in-Chief of Letras Libres.

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