Nota del editor: En esta sección compartimos textos publicados originalmente por nuestra casa matriz, World Literature Today (WLT), ahora en edición bilingüe. El presente texto fue publicado originalmente en su vol. 100, Nro. 3 en mayo de 2026.
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Este diario anónimo fue escrito durante la masacre de manifestantes de enero 2026 en Teherán y publicado de forma anónima en un sitio web de la diáspora tras el restablecimiento de la conexión a internet. En él, se narra la incertidumbre a lo largo de estos ocho días a medida que incrementaba el horror.
Miércoles 17 de dey, 1404 / 7 de enero, 2026, 8:00 p.m.
La ciudad está paralizada. Todas las luces en nuestra calle están apagadas. Se oye un zumbido afuera. Nada se puede ver desde la ventana. Subo a la azotea. La calle de al lado también está a oscuras. Incluso el café frente a nuestra casa está cerrado. No sé de dónde proviene el sonido. Vuelvo a entrar y llamo a algunos amigos. R dice que han estado cerrando los negocios a eso de las cuatro de la tarde todos los días. Nadie tiene ganas de salir a comprar nada. Llamo a M. Dice que nada está pasando del lado oeste de la ciudad esta noche, pero, cerca del mediodía, cuando pasó por la avenida Jomhouri y la plaza Ferdowsi antes de llegar a la Embajada de Turquía, la calle se abarrotó; además, había visto bloques de cemento en todas partes. Hasta las cercas de hierro de la línea de bus de tránsito rápido en el medio de la calle habían sido arrancadas. Todos los comercios estaban cerrados.
T me dice que oyó de una fuente fiable que van a empezar a desconectar el internet este jueves. B dice que debería asegurarse de que los niños puedan de alguna manera conectarse al internet, si no, se pondrán ansiosos. Le digo: “Estás pensando en cuentos de hadas. El hombre ha llamado a la Generación Z a salir a la calle, resaltando que su esperanza está en los adolescentes, ¿y tú te estás preocupando porque mis hijos tengan internet?”
Me responde: “Sí, espero que sepas redirigir tu rabia, porque el que mata no es Reza Pahlaví. Por cierto, mañana en la noche no voy a poder llegar a la reunión”.
Le digo: “¿Te hice molestar? Ven mañana, no discutiremos. Vamos a reunirnos, juntémonos. Los cafés están cerrados, nos vamos a volver locos de ansiedad cada uno por su cuenta”.
“Si voy, nos vamos a volver locos el uno al otro solo por estar cerca. Además, me voy a quedar atrapado ahí sin poder regresarme a casa”.
“¿Crees que habrá mucho movimiento?”
“Definitivamente habrá mucho movimiento. Como lo dijo Taraneh, así es una revolución: simplemente se aparece en tu puerta”1.
“Taraneh decía eso en el contexto del movimiento Mujer, Vida, Libertad”.
***
Jueves 18 de dey, 1404 / 8 de enero, 2026, 6:00 p.m.
Los VPN2 han sido desactivados uno tras otro. El único que funciona es el de pago que hemos estado usando para el internet de los niños y no nos hemos atrevido a usar nuestros teléfonos por seguridad. Psiphon apenas logra conectarse. Están llegando noticias de la ciudad de Arak. Las personas han salido a la calle en la ciudad de Shazand. Los habitantes de Abdanan, Malekshahi y cientos de otros lugares en el mapa de Irán, lugares cuyos nombres nunca había oído, han estado en la calle por varios días. Llamo a S. Dice: “Es un caos absoluto en Isfahán”. Él también ha salido.
Le subo la temperatura al horno. Ya puse la mesa. Le digo a mi familia que voy a salir a comprar algunas cosas.
B dice con un toque de sarcasmo: “Buena suerte. Sabes que nuestros invitados van a llegar en dos horas ¿cierto?” Está molesto con todos nosotros. Está harto de las discusiones que he estado teniendo con nuestros amigos últimamente.
“Todavía no son ni las siete. Volveré antes de que te des cuenta”.
Salgo. Cruzo hacia la calle Takht-e Tavoos3. Todos los cafés están cerrados. En la tienda de frutos secos están apagando las luces. Le pregunto al vendedor: “¿Van a cerrar por hoy?”.
“Sí, ¿también va saliendo?”.
“Salí a buscar algunas cosas ¿hacia dónde se dirige?”.
“Todos los de la tienda fueron hacia la calle Vali-e Asr”.
Conduzco hacia los semáforos de la avenida Hafez. Todas las joyerías están cerradas. El número de personas en las aceras es notable. Cerca del puente de Hafez la multitud se densifica. Hay muchachos en grupos, muchachas, familias, mujeres, hombres, niños, niños, niños. En la intersección entre la calle Karim Khan y la plaza Vali-e Asr la gente está aglomerada. Cerca de la plaza, debajo del enorme y llamativo cartel publicitario que está siempre dedicado a propaganda política, donde las fuerzas policiales y especiales hacen guardia regularmente, no hay rastro de ninguna de las dos. La gente en los autos parece estar exageradamente emocionada y tocan la bocina. Los peatones caminan silenciosamente y apretados entre sí. Todavía no se escuchan consignas.
Ya son más de las siete y media de la noche. Conduzco hacia la calle Vali-e Asr. Justo frente al viejo edificio de la tienda Kourosh, por los semáforos de la calle Zartosht, múltiples motocicletas de las fuerzas especiales están en fila sobre la acera cerca de la estación de servicio. Frente a ellos se encuentran esperando en fila hombres vestidos como civiles con aspecto de vendedores de la calle Vali-e Asr, jóvenes altos y corpulentos; pero no son hombres cualesquiera, porque conversan casualmente con las fuerzas especiales. Un hombre alto vestido de negro se aleja del grupo, da unos golpecitos en el parabrisas del auto Pride4 que tengo enfrente y grita con enojo: “¡Muévete! ¡Circula!” Saca un garrote y continúa: “¡O te mueves o te reviento el parabrisas!”. Procede a reunirse nuevamente con las fuerzas especiales. La primera fila de motocicletas ruge implacablemente, inundando el aire con su ruido. Conduzco hacia el norte en la calle Vali-e Asr. La multitud camina hacia la plaza. Están gritando consignas. Aún no han alcanzado la calle Fatemi, no han visto a las fuerzas especiales.
“¡Muerte a los tres grupos corruptos: los mulás5, los izquierdistas y los muyahidines6!” “¡Muerte al dictador!”. “¡Muerte al dictador!”. Por los semáforos de la calle Fatemi la multitud ha crecido más en la oscuridad de las aceras.
“¡Larga vida al rey! ¡Larga vida al rey!”. “¡Pahlaví volverá!”.
Las motocicletas de las fuerzas especiales empiezan a moverse hacia el norte de la calle. Parecen ser los que vi antes en la estación de servicio. Conducen hacia la acera. La multitud corre hacia la calle. Los autos tocan la bocina. El tráfico se empieza a intensificar. Conduzco hacia el norte, cruzo de la calle Vali-e Asr a Takht-e Tavoos. No está pasando la gran cosa acá. Las fuerzas especiales esperan en la calle Mirza-ye Shirazi. Me regreso a casa.
Mi teléfono pierde la recepción en nuestro estacionamiento del garaje.
Cuando abro la puerta del departamento, son las ocho y media. A excepción de uno de los invitados que vino con su hijo y que salió temprano para poder llegar a nuestra casa, todavía no hay nadie más. Noto que han cortado el servicio telefónico. También el internet. Ni siquiera se envían los mensajes de texto.
Cinco invitados más llegan. Todo el vecindario está en vilo. Se alcanzan a oír los gritos: “¡Larga vida al rey! ¡Larga vida al rey!” a través de las ventanas. Como el internet está caído, los niños hacen lo que nunca hacen: han salido para unirse a los adultos a pasar el rato.
Mi respuesta al último mensaje de mi hermana en el exterior, quien me pidió que la llamase cuando llegara a casa de nuestros padres, se quedó congelada en WhatsApp, sin entregar. Le había dicho: “te llamamos mañana” e indicado una hora.
Reconozco en la calle una voz familiar que grita: “¡Muerte al dictador, sea un rey o un mulá!”. A través de una de las ventanas del edificio de enfrente, alguien grita a modo de respuesta: “¡Muerte a los tres grupos corruptos…”! Reconozco la voz de Z, gritando una vez más: “Mujer, Vida, Libertad”. Desde el edificio de enfrente, llega la respuesta: “¡Larga vida al rey! ¡Larga vida al rey!”. R, nuestro vecino de enfrente, dice: “No estaban disparando en la plaza Vali-e Asr, pero en la plaza Palestina había perdigones por todas partes. Algo se clavó en mi llanta, pero no la pinchó. Es como una extraña bola con púas. Se las disparaban a los autos de los que tocaban la bocina”.
Todas las líneas telefónicas están caídas. No solo los celulares, los teléfonos fijos también están fallando. No podemos hacer nada sino esperar a que llegue el resto de los invitados. S, quien fue encarcelada en protestas anteriores, deja a su hijo con nosotros y sale con R a dar vueltas en el auto para ver qué está ocurriendo. Son casi las diez. Las consignas que se oían desde las ventanas se han ido atenuando. Subimos a la azotea. Escuchamos disparos desde la avenida Hafez. Pregunto: “¿Están disparando al aire como advertencia?” oigo a alguien responder: “¡Es una ráfaga de tiros! ¿De qué disparos de advertencia hablas?”.
El olor del gas lacrimógeno nos quema las gargantas y los ojos. Volvemos al departamento. Podemos olerlo adentro también. Quizás han echado más en la calle de abajo; el olor está demasiado cerca. Cierro las ventanas. Apago el horno. A excepción de mi esposo, nuestros hijos y yo, todos han salido. Son las once y media. Alguien toca el timbre. Llegan dos visitas inesperadas. N pide agua. Mi esposo le dice: “No uses agua. Solo hace que te duelan más los ojos”. Los invitados salen al balcón a fumar un cigarrillo para ayudar a aliviar el ardor de los ojos de N. Dicen “Nos dimos cuenta de que no podíamos regresarnos por Vali-e Asr. Las calles hacia nuestra casa están bloqueadas, ¡así que vinimos hacia acá!”
No conozco a la novia de N. No dice ni una sola palabra. Fue alcanzada por los perdigones. Su pierna está herida. Está preocupada de que los niños entiendan lo que está pasando y se asusten. Mandamos a los niños a una de las habitaciones. Ella viene a la nuestra y se quita los pantalones. Su tobillo está herido; está cubierto de sangre. Digo: “S es doctora. Va a volver pronto. Ella sabrá qué hacer. No te preocupes”.
N pide gasa para vendar la pierna de su novia.
“¿Estás segura de que no quedan perdigones en la herida? ¿No será mejor esperar a S?”
No hay señales de S ni de R. Quizás se quedaron atrapados en alguna calle. Oímos disparos. Los niños están aterrorizados. Cerramos la puerta de la habitación de modo que no vean a la joven recostada en nuestra cama.
Veo a S y a R estacionar afuera. Corro a la puerta y les comento sobre la novia herida de N. S dice: “Tiene suerte de que no le hayan dado en la cabeza”.
“¿Les dan a las personas en la cabeza?” pregunto.
“Es un infierno allá afuera. En la intersección de Bozorgmehr, la calle Palestina y Vesal, el suelo está cubierto de sangre. Estaban disparando como desquiciados”.
Suben las escaleras. Q también llega. Se estacionó lejos y caminó hasta acá por las calles secundarias. S dice que la herida de la pierna de la novia de N no es grave; puede esperar a la mañana y después S va a ponerse de acuerdo con el hospital donde trabaja para que le hagan radiografías y así verificar que no queden perdigones en su herida. Nadie tiene hambre. Llevo algo de comida a la habitación para los niños. Cada uno tiene una tableta en las manos y está jugando alguno de esos juegos que no requieren conexión a internet.
Es más de medianoche. No hay ruido afuera. Los invitados quieren irse. R se dirige a los vecindarios del norte de la ciudad. Intercambiamos los números de nuestros teléfonos fijos. Como ninguno ha llamado al otro con teléfonos fijos desde hace años, no tenemos nuestros números. S y su hijo se quedan con nosotros por hoy. Todos los demás se van y dicen que llamarán cuando lleguen a casa.
R llegó a casa. Dice que lo que ha visto en la plaza Tajrish es violencia pura y dura. Más de lo que ya había visto en el centro.
J también llegó a su casa. Dice: “Nuestros vecinos están dando alaridos. Han asesinado a su hijo en la calle Palestina. Tenía una cristalería ahí”.
Oigo lamentos en nuestra calle. S y yo corremos descalzas afuera. El portón del patio de la antigua casa de al lado está abierto de par en par. Dos jóvenes están sentados en el suelo cerca de la puerta. Uno de ellos tiene la sien llena de sangre. Conozco a su madre; alimenta a los gatos sin hogar.
“Mataron a nuestro tío justo frente a mí y a mi hermano. No pudimos recuperar su cuerpo”.
Haaj Khanoom7, su madre, está sentada en el medio del patio delantero sin su hijab habitual. Está sollozando. S se quedó por la puerta para revisar la herida de la sien del muchacho. El otro joven se abalanza a las piernas de su madre. Ella llora desconsoladamente: “Yo sabía que iban a matar. Yo sabía que iban a matar ¿por qué no lo trajeron? ¡…Abbas! ¿Por qué les dieron su cuerpo a las fuerzas de Yazid8? Han asesinado a mi hermano, señora. Le han quitado la vida”.
Aparto al hijo de su madre. La apoyo contra la pared. Me giro hacia el muchacho: “Búscale agua. Dime lo que ocurrió ¿dónde estaban?”.
“Estábamos en Nezam Abad. Estaban asesinando a todos. Solo disparaban hacia las cabezas y los corazones. Una bala alcanzó a mi tío Abbas en el medio de su frente. Perdió la vida frente a nuestros ojos. Atacaban con toda clase de cosas. Toda clase de cosas. Ráfagas de balas. Dagas. Toda clase de cosas”.
Haaj Khanoom se mantiene sumida en lamentos. La llevamos dentro de la casa. Su esposo tiene el teléfono en la mano; sus hombros están temblando; está buscando el número de su cuñado mayor. No obstante, las líneas de teléfono fijo fueron desconectadas de nuevo. Trato de darle esperanza a Haaj Khanoom de que su hermano podría seguir vivo. Dice: “Lo vamos a encontrar esta noche. Había un tipo de las fuerzas Basij de la mezquita de Javad Al-Aemmeh que era un cliente de Abbas. Lo llamaré esta noche… Lo vamos a encontrar. Quizás lo llevaron al hospital”.
Uno de los hijos se dirige a su padre: “Papá ¿no entiendes? El tío Abbas está muerto. El tipo que le disparaba estaba gritando que esta noche eran tan solo las celebraciones preliminares. Que la verdadera celebración va a ser mañana. Van a disparar con ametralladoras pesadas”.
S trajo algo de Betadine de nuestra casa para su hijo que está herido. Le da a Haaj Khanoom algo de clordiazepóxido9 para ayudarla a calmarse. Los muchachos entran a la casa. Cerramos el portón y volvemos a nuestro edificio. En menos de media hora, varios autos llegan a nuestra calle y mujeres con velos negros corren hacia la casa del vecino. Están llorando a gritos. Una joven estalla en un llanto desconsolado: “¡Abbas! ¡Abbas! ¡Mi Abbas!”.
Los niños están dormidos. Las líneas telefónicas siguen caídas.
S dice: “La frente del muchacho estaba llena de perdigones. Tiene que ir al hospital”.
Pasa la noche y no logro dormir.
***
Viernes, 19 de dey, 1404 / 9 de enero, 2026
S regresa a su casa. Me subo al auto para ir a ver a mis padres y verificar que estén bien. La intersección de Vali-e Asr está llena de cercas de la línea de bus de tránsito rápido arrancadas y tiradas por ahí. Todavía quedan algunas motocicletas quemadas y una furgoneta de policía abandonadas. Mi madre está en shock. Me sirve algo de té. Mi tío está aquí también. Dice que el Hospital Imam Hossein parecía Kerbala10 anoche. “Ni siquiera sabría cómo describirlo. Había unas 100 o 200 personas. No estoy seguro. Los hospitales de Bou-Ali y Al-Ghadir estaban igual. Todos estaban gravemente heridos; todo el mundo estaba cubierto de sangre”.
A mi madre le consuela que al menos una de sus hijas no esté en Irán; una persona menos de quien preocuparse. Oyó que todos los hijos de su hermana salieron anoche. A uno de ellos le rompieron el hombro en una de las golpizas con garrotes que le dieron a los manifestantes. Al yerno de mi tía le dieron en el ojo con perdigones. Mamá dice: “¿Recuerdas cuando votó por Ahmadinejad11? Incluso él salió anoche. Todos salieron anoche”.
Mi madre ha recibido información de primera mano del vecindario Naazi Abad, de Nasimshahr. Dice: “Deberías consultar conmigo sobre las noticias del sur de la ciudad. Realmente no matan en la plaza Vanak12. Guardan sus balas para los muchachos pobres, los que no tienen quien los defienda”.
Le digo: “Anoche R vio lo opuesto de lo que dices en la plaza Tajrish”.
Mi padre dice: “Realmente no importa si son ricos o pobres. El Sr. B dijo que hubo un tiroteo en la plaza Sa’adat Abad13”.
Mi madre dice que abrieron fuego anoche las personas frente a la mezquita Shohada en Naazi Abad anoche. Una familiar suya que es enfermera vio al menos catorce cuerpos en la sala de emergencias de Salim en Ali Abad. Las personas a las que les dispararon en Naazi Abad fueron llevadas a la clínica. Esta familiar dijo que el personal de la clínica estaba caminando en charcos de sangre; dijo que un hombre entró con dedos que recogió del pavimento, acompañando a manifestantes heridos que habían sido atacados con dagas.
Mi madre oyó decir que los manifestantes más jóvenes sentían ira y resentimiento por lo ocurrido en 2022, por las balas que fueron disparadas a Siavash Mahmoudi14. Las fuerzas Basij abrieron fuego y los jóvenes respondieron con más violencia, quitándole la vida a dos miembros de Basij. Mi madre dice: “La gente ya no tiene nada que perder. Allí eliminaron al lider de Basij”.
Mi padre dice: “Pahlaví debería dar la cara y hacerse responsable de las consecuencias de su llamado público a protestar. Una masacre. Violencia pura”. Veo una pelea inminente a punto de estallar entre ambos. Mi madre estampa su vaso de té sobre la mesa, se vuelve hacia mí y dice: “¿Había urnas de votación a la vuelta de la esquina? ¿La gente acaso perdió el juicio para salir así a las calles? Dile que vaya y se lo diga a los que ya están hartos, a ver si los convence de que no escuchen lo que dice Pahlaví”.
Sus canales por satélite ya no están funcionando. Mi madre insiste en que regrese a casa antes que oscurezca, que no me quede aquí solo para verlos discutir. Le hago caso. A lo largo de toda la calle Vali-er Asr las fuerzas de seguridad hacen guardia. Se pueden ver enormes vehículos blindados y pintados de negro en cada intersección.
Llego a casa. Toco el timbre en la casa de Haaj Khanoom. Nadie responde. No hay telones negros15 u otro signo de luto en la pared externa de su casa como suele ser la costumbre. Subo las escaleras. Llamo a R. Le llegaron noticias de Navahand, desde Isfahan. Dice que ha ocurrido una masacre. Dice que va a salir a la calle esta noche en su auto, se dirigirá a la calle Vanak. Promete mantenerme al tanto. Yo también quiero salir, pero sé que a mi familia no le haría gracia la idea. Llamo a L, no lo vi anoche. Me dice: “El vecindario Sadegiyeh fue el escenario de un apocalipsis anoche. Parecía un campo de batalla”. Dice que también va a salir esta noche, solo para ver lo que está pasando. No tengo noticias de ninguno hasta la medianoche.
***
Sábado, 20 de dey, 1404 / 10 de enero, 2026
Voy a la oficina en la mañana. Los repartidores en moto ya están aquí, a excepción de uno. Dicen que el hermano menor del que falta, de tan solo dieciséis años, fue arrestado la noche anterior en Fardis, Karaj, y enviado a una prisión de adultos; parece que fue a ver si puede conseguir alguna noticia suya. El señor Sh nos cuenta lo que pasó en Nezam Abad, nos dijo que hubo tres jóvenes de su vecindario que murieron por impactos de bala en el pecho; que hubo gente allanando la estación de policía de Vahdat porque les dispararon a los manifestantes desde la azotea. Dijo que nunca en su vida había visto tantas dagas, que las fuerzas del régimen habían recurrido a detener a los manifestantes con todo lo que tuviesen a la mano. Dice: “El viernes dejaron de permitir que la gente se reuniera en exteriores, pero disparaban a las ventanas de las casas de todas formas. Cortaron el internet para dar el golpe de gracia. Bajaron el telón para asesinarnos en silencio”.
Nadie puede trabajar realmente en la oficina. No hay internet, así que todos tan solo deambulan de habitación en habitación. Cada uno va llegando con más noticias de los asesinatos. La secretaria se va a casa; parece que mataron a miembros de su familia en Kermanshah. No está segura de cuántos, pero parece que fueron al menos cinco.
Llamo a mi madre. A duras penas puede hablar, pero me cuenta que anoche asesinaron a tiros al hijo del conserje de su edificio en el pueblo de Emam Hosein en Eslamshahr.
Mi madre dice: “La Sra. B dijo que las condiciones en la morgue son espantosas. El hermano de la Sra. B, quien es doctor, firmó de su puño y letra noventa y tres actas de defunción anoche en el hospital. Once muchachas. Seis niños. El resto fueron hombres. Todos fueron asesinados por impactos de bala directos”. Mi madre no lo dice en persa, sino en azerí. Da por sentado que están interviniendo las llamadas y parece pensar que quienquiera que esté escuchando no podrá entender su lengua materna. Mi madre también habla en su lengua materna cuando está de luto. “Biz chik jeffa chakmishik”, dice. “Biz chok tahhje melatik”16.
Llamo a N. Dice: “Anoche la multitud estaba muy esparcida. No había familias afuera. La muchedumbre estaba desorganizada, aunque había bastante gente fuera y la violencia fue diez veces peor que la noche anterior. Yo misma vi cómo asesinaban a por lo menos diez jóvenes en tan solo una hora, y ni siquiera era el foco de lo que estaba ocurriendo”.
Apago mi computadora. Me dirijo a donde mis padres. Han cerrado las escuelas bajo el pretexto de un frío extremo. También han cerrado las universidades. Veo que mi madre me espera en la puerta. Tiene más malas noticias. El hijo de un familiar del guardia del edificio de enfrente fue asesinado en el pueblo de Vavan en Eslamshahr; la familia justo se había mudado allá desde una aldea. Mi madre dice que el conserje de su edificio se fue a la morgue de Kahrizak con el administrador. Oyeron que había montañas de cuerpos de muchachos envueltos en bolsas plásticas negras apilados uno encima del otro. Vieron camiones refrigerados de gran tonelaje en la entrada. No lograron conseguir ninguna respuesta y regresaron con las manos vacías.
Trato de darle a mi madre algunos números de teléfono de abogados para que se los comparta al conserje. Mi madre dice: “Escríbelos en papel. Esa familia no está en la posición de hacer un reclamo o buscar justicia en este momento. Ese muchacho recién había terminado su servicio militar obligatorio; ni siquiera le habían entregado su certificado. En este momento solo esperan poder recuperar su cuerpo”.
Decido volver a casa. Después de varios meses de haber dejado de fumar, siento la tentación de encender un cigarrillo. Bajo a la tienda del vecindario de mis padres a comprar algunos. Saludo al dueño. Oyó sobre lo del hijo del conserje. Dice: “Anoche mataron a muchos en la calle Sattar Khan. Dos de los dueños de sucursales de los Supermercados Daryani fueron asesinados. Nuestro familiar que era dueño de una de las sucursales de los restaurantes Shila en el este de Teherán también fue asesinado. El régimen se robó su cuerpo”. Compro los cigarrillos y me siento en el auto. Conduzco intencionalmente despacio. La calle Vali-e Asr está tomada por fuerzas especiales desplegadas a lo largo de toda la avenida. Varios grupos aislados de manifestantes avanzan hacia la avenida principal, pero el número de fuerzas de represión es tan alto que impide que se formen bloques sólidos de protesta esta noche.
N llega a nuestra casa poco antes de que oscurezca. Tiene noticias de niños menores de dieciocho que están siendo arrestados en Sadeghiyeh, Nasimshahr, Eslamshahr, el pueblo de Gha’emiyeh y Bahram Abad. Dice que los niños han sido llevados en la prisión para adultos de Fashafouyeh. N dice: “En cualquier momento empezarán las ejecuciones”.
N llama a un técnico para instalar una señal de satélite para ver si podemos ver noticias del canal de televisión del BBC persa. Llamo a mi madre, quien una vez más está hablando en su lengua materna. Esto significa que no trae buenas noticias. “Le preguntaron al conserje si tenía dinero para pagar cientos de millones de tomanes17 para recuperar el cuerpo de su hijo. Dijo que no. Luego se dirigieron al administrador del edificio y le dijeron que la familia debería ir a firmar una declaración jurada afirmando que el joven era un miembro de las fuerzas de seguridad del régimen para poder recuperar su cuerpo y enterrarlo el lunes. La familia aceptó”. Mis padres quieren ir al cementerio con ellos el lunes. Les digo que yo también quiero ir. Inmediatamente, mi madre cambia al persa: «Ni se te ocurra», y me cuelga el teléfono.
Apagamos las luces en casa. Todavía no son ni las diez, pero queremos hacer el intento de dormir, aunque sabemos que lo más probable es que no ocurra. Incluso mi esposo, quien no se involucra demasiado en la política, ha oído sobre el llamado de Pahlaví para que la gente vaya a tomar control de los edificios gubernamentales. Se pregunta: “¿Qué puede hacer la gente con las manos vacías? ¿No está consciente de lo despiadado que es el régimen?”.
“Ojalá arrestaran a Khamenei con vida, como lo hicieron con Maduro. No hay otra manera”, digo.
“Te da vergüenza justificar una intervención militar extranjera, así que en su lugar sacas la táctica que aplicaron con Maduro”, me responde.
Ambos nos quedamos en silencio.
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Domingo, 21 de dey, 1404 / 11 de enero, 2026
Duermo todo el día. Envié a los niños a casa de sus abuelos con mi esposo. Ni siquiera enciendo las luces en todo el día.
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Lunes, 22 de dey, 1404 / 12 de enero, 2026
Cerramos la oficina a mediodía. No hemos tenido ni un solo cliente. Me dirijo a donde mis padres. Son casi las cuatro de la tarde y todavía no han vuelto del cementerio. Fueron con el administrador y el conserje del edificio. Pongo a calentar agua para el té. Consulto la agencia de noticias Fars, el propio medio del régimen, por milésima vez. Están publicando fotos de cuerpos apilados con total descaro, diciendo que fueron los terroristas quienes vinieron y mataron a todas estas personas, diciendo que fue todo llevado a cabo por fuerzas antirrevolucionarias, que es culpa de Israel. Nada evita que exhiban los cadáveres. Un reportaje fotográfico muestra montañas de cuerpos en silos de la Organización de Medicina Forense. Por los sonidos provenientes de la entrada me doy cuenta de que mis padres ya llegaron. Todos están sentados en frente al edificio. Llenos de tierra, deshechos, estupefactos. Me avergüenza no saber el nombre del viejo conserje de mis padres. El administrador del edificio rompe en llanto. Ayer le pidieron al conserje que fuera al silo sin compañía para identificar al cuerpo de su hijo. El administrador se metió a la fuerza con él. Dice: “Setecientos cuerpos, ochocientos cuerpos, no, había muchos más que eso. Los cuerpos identificados, con sus nombres al pie de las bolsas plásticas, estaban acomodados hacia un lado; al otro lado, yacían los cuerpos sin nombre. Encontramos al hijo del conserje en la bolsa número 25. Se veía tan pálido como la luna. La luna. Perdió tanta sangre que ya no quedaba un rastro de color en su cara”. El anciano conserje le dio al régimen todas las firmas necesarias y se comprometió a hacer un funeral con menos de diez personas presentes.
Mi madre dice: “El cementerio Behesht-e Zahra parecía sacado de escenas de la época del terremoto de Bam18. Solo durante ese terremoto vi cosas así. Todo el mundo tenía a sus seres queridos —sus jóvenes, sus padres, sus esposas— tendidos frente a ellos en una bolsa negra, esperando a que llegaran las carrozas fúnebres para llevarlos a sus entierros. Ninguna de las miles de personas devastadas que estaban allí lo olvidará jamás. Todos se contaban historias de sus seres queridos. Todos lloraban a sus muertos juntos. Todos daban un paso al frente para abrazar a quienquiera que saliera de los silos tras identificar a sus seres queridos. Perfectos desconocidos se ofrecían un hombro para llorar. Nadie jamás va a olvidar estas cosas”.
El conserje ya se había ido a casa. Su familia va a llegar mañana desde las provincias para poder pasar el luto juntos. Fueron amenazados por el régimen, les dieron permiso de anunciar la muerte de su muchacho solo después del entierro. Les prohibieron poner los acostumbrados telones negros en el exterior de su casa. Su esposa ha sido incapaz de llorar. Había traído con ella el uniforme del servicio militar de su hijo al cementerio, aferrándose a él todo el día.
Todos imaginamos que los estadounidenses harán su aparición para el miércoles para acabar con el régimen. El doctor P dice: “Trump dijo que la ayuda está en camino. El portaaviones Lincoln ya viene. Para el miércoles o el viernes a más tardar, el régimen verá su final”.
Conduzco de regreso a casa. Las calles parecen cubiertas por el polvo de la muerte. La mayoría de las tiendas están cerradas. Hace frío. El aire se siente contaminado, irrespirable.
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Martes, 23 de dey, 1404 / 13 de enero, 2026
Mi conductor de Snapp es de la ciudad de Lahijan19. Dice que sus vecinos fueron asesinados. Su primo fue herido y, por miedo a ser arrestado, lo llevaron a la ciudad de al lado, Kechesfahan. Lo admitieron bajo la falsa premisa de haber tenido un accidente. El conductor dice que hubo una masacre en la ciudad de Rasht.
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Miércoles, 24 de dey, 1404 / 14 de enero, 2026
Relleno el bebedero de los gatos de nuestra calle. Haaj Khanoom no ha dejado comida para ellos por varios días. Nuestra vecina de arriba me ve y me pregunta si he sabido algo de ella. Le digo que estaba punto de ir a tocar su puerta y nos dirigimos juntos hacia allá. El hijo que había sido herido en la cabeza nos recibe. Le pregunto cómo le ha ido, nos dice que con la ayuda de S fue a una clínica de urgencias y se sometió a una cirugía ambulatoria; le extrajeron cuatro perdigones de la sien. El cuerpo de su tío Abbas fue transferido y enterrado en Mashhad. Dice: “Haaji lo ha pasado muy mal”20. Mi tío mayor no tuvo el corazón para visitar la morgue de Kahrizak e identificar el cuerpo, así que mi papá fue en su lugar. Encontró a mi tío entre cientos de bolsas. Pensamos que solo le habían disparado una vez, pero también había una bala en su cuello”. Su familia no ha tenido una ceremonia conmemorativa tampoco. Su madre está en Mashhad por ahora. Los muchachos se han quedado en casa porque tienen miedo de ser arrestados por sus heridas. Me dice: “Nosotros no apoyamos a la monarquía; pero, en este momento ya ni siquiera se trata de eso. Nos van a matar a todos”.
El muchacho continúa: “Es interesante. Tu amiga la doctora que no usa hijab tampoco apoya a la monarquía. Le agradezco tanto, me ayudó muchísimo. Ese día en la clínica llegaron muchas personas y dijeron que tuvieron accidentes o que habían sido golpeados con barrotes de acero en áreas de construcción; todos fueron operados sin costo alguno”.
Vuelvo a casa y llamo a N. Dice que ha oído que el internet será reconectado en los próximos días. Me pregunta si he oído las noticias, las especulaciones de una guerra inminente.
“¿Crees que nos vayan a atacar?”, pregunto.
“¿No quieres que lo hagan?” me pregunta en respuesta.
“¿Es que acaso queda otra opción? Tú crees que amo a la República Islámica, pero solo tengo miedo de lo que pueda pasar después”, le digo.
“Sabes que dicen que más de veinte mil personas han sido asesinadas en dos días. Israel mató tan solo a mil y algo durante doce días de guerra, y muchas de ellas eran militares”.
Nos despedimos. No quiero hablar con nadie últimamente. Tengo pánico de que reconecten el internet. Que empiecen a llegar noticias de todos los pueblos y las miles y miles de personas como el conserje de mis padres. De ver todos los videos que van a salir a la luz. Me aterra que, después de verlos, vaya a perder la razón.
Llamo a mi madre. Puedo oír en su voz que ha estado llorando. Dos hombres jóvenes de su familia han sido asesinados. Uno tenía diecisiete y el otro treinta y cinco. Al igual que el conserje, sus padres tampoco le informaron al resto de la familia sobre los asesinatos. No fue sino hasta dos días después de los entierros que el resto de la familia lo supo, mientras que estaban en el funeral de otro familiar. Mi madre dice: “Ellos también vivían fuera de Teherán ¿No te había dicho que las armas del régimen se vuelven más crueles con la gente desamparada?”.
“Mamá, mataron al hijo del amigo de papá en el área de Sa’adat Abad, en la plaza Kaaj21. Eso no les importa. Todos somos carne de cañón para ellos”, le digo.
Mi madre empieza a despotricar en su lengua materna. Cuelgo el teléfono. Me prometo a mí misma que no hablaré con nadie más. No puedo soportarlo más ¿por qué querría que reconecten el internet?
He sacado del armario todos los forros de los abrigos y de la ropa elegante y los he guardado. No soporto ver esas fundas negras en el armario. Me recuerdan a las pilas de cuerpos en bolsas negras en las morgues. Me recuerdan a la masacre. No puedo soportar nada de esto.
Los días siguientes son todos negros. Silencio absoluto.
Hoy es el 3 de bahman. Desde anoche el internet ha sido reconectado de a ratos. Sé que mi hermana N ha estado muy preocupada los últimos días en este apagón informativo, sin siquiera una noticia de nosotros. Cuando mi Telegram22 se vuelve a conectar, le escribo: “Hola”.
Me escribe: “No sé qué decir”.
Le respondo: “Cuando mi computadora no tenía internet escribí algunas cosas que te voy a enviar”.
Traducción del persa al inglés de poupeh missaghi
Traducción del inglés al español de Andrea Alfaro Álvarez
Notas
1 Referencia a Taraneh Alidoosti, actriz iraní, y a sus declaraciones en una entrevista para un documental emitido por el servicio persa de BBC.
2 Herramienta gratuita y de código abierto diseñada para eludir la censura en internet.
3 Nombre histórico de la actual calle Shahid Motahhari en Teherán. A pesar de su cambio oficial tras la Revolución de 1979, la designación tradicional todavía persiste en el habla cotidiana.
4 El Saipa Pride es el modelo de automóvil más económico y común en Irán.
5 Clérigos chiitas que controlan el poder teocrático.
6 En referencia al Mojahedin-e-Khalq (MEK), un grupo político-militar de oposición en el exilio.
7 Haaj Khanoom es un título honorífico destinado a las mujeres que han realizado la peregrinación a La Meca; sin embargo, en el habla cotidiana se utiliza de manera generalizada para referirse a mujeres de trasfondo religioso o tradicionales.
8 En referencia a los enemigos del imán Huseín (el tercer imán chiita) en la batalla de Ashura.
9 Medicamento ansiolítico perteneciente al grupo de las benzodiazepinas, utilizado principalmente para el alivio a corto plazo de la ansiedad.
10 Lugar donde se dice que ocurrió la batalla entre el imán Huseín, el tercer imán chiita, y Yazid. Es un sitio de gran importancia simbólica en la cultura chiita.
11 Mahmoud Ahmadinejad, expresidente de Irán durante dos mandatos. La victoria de su primer período, que presuntamente se debió a unas elecciones fraudulentas, fue muy controvertida y desencadenó las famosas protestas del Movimiento Verde en 2009.
12 Plaza situada en el norte de Teherán, una zona residencial de clase alta y de gran poder adquisitivo.
13 Otra plaza en la zona norte de Teherán.
14 Joven manifestante asesinado durante las protestas por la muerte de Mahsa Jina Amini en 2022.
15 Es costumbre en la cultura persa colocar telones negros en los muros exteriores de una casa en señal de duelo.
16 Fragmento de una canción en idioma azerí que se transcribe fonéticamente como “Biz chik jeffachakmishik / Biz chok tahhjemelatik“ y cuyo significado se traduce como: “Somos un pueblo que ha sufrido enormemente / Somos un pueblo que ha sido abandonado”.
17 Unidad monetaria utilizada de manera informal en la vida cotidiana en Irán.
18 Alusión al trágico terremoto del 26 de diciembre de 2003 en la ciudad histórica de Bam, que causó la muerte de más de 26,000 personas.
19 Servicio de transporte similar a Uber o Cabify.
20 Haaji (o Hají) es un título honorífico destinado a los hombres que han realizado la peregrinación a La Meca; sin embargo, en el habla cotidiana se utiliza de manera generalizada para referirse a hombres de trasfondo religioso.
21 Otra importante plaza ubicada al norte de Teherán.
22 Aplicación de mensajería.
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