Morteros se inundaba con facilidad y sin causas. Algunos días de algunos años, los campos se llenaban de agua y, sin que nadie supiera muy bien porqué, Morteros se transformaba en un pueblo flotante: flotaban las vacas, flotaban los coches, flotaban los perros y las bicicletas, flotaban los maceteros, flotaban los bancos de la plaza, flotaban las barreras del ferrocarril y el escenario del Tiro. Un año también flotaron los muertos. La imagen no es fácil de recordar y, sin embargo, es imborrable: flotaron noventa ataúdes y todos hicieron el mismo recorrido, marcharon en fila india desde el cementerio hasta el monumento que está frente a la plaza, en el centro del pueblo. Algunos, al pasar por la estación de tren, quedaron enganchados en las barreras, pero de eso se dieron cuenta los conductores del Norteño al día siguiente, cuando en su trayecto San Francisco–Suardi pasaron por Morteros y vieron que a la barrera le había nacido un ataúd.
Era el Día del Niño y estábamos en la plaza, frente a la iglesia, con medio cuerpo en el agua, divirtiéndonos. Cuando los mayores vieron aparecer los cajones, el griterío anuló cualquier atisbo de racionalidad y enseguida vimos que aquello iba a ser una gran aventura. Nuestros padres comenzaron a nadar intentando reconocer los féretros con los restos de sus cadáveres queridos, mientras nosotros organizábamos una batalla naval subiéndonos a la última morada de nuestros antepasados. Navegando por el bulevar como corsarios, como piratas, como niños flotantes nacidos en Morteros.
Nuestras madres sufrieron ataques de nervios. Nuestros padres también, pero los disimularon mejor. Cuarenta niños nos subimos a cuarenta ataúdes y jugamos durante más de una hora a la batalla naval, al Titanic, a matarnos y a morir.
Yo navegaba al lado de Martín Mattioli y de la Mínima Suárez y, entre los tres, intentábamos hundir al Fede Fenoglio, que tenía ventaja porque había logrado domar dos corceles de madera que había puesto en paralelo juntándolos con sus largas piernas, lo que hacía difícil la misión de tirar por la borda al capitán.
Me acuerdo de que la Pía Tonetti iba encima de un cajón blanco, precioso, y que detrás de ella, aferrado a su cintura, iba el Toti Liteli. Eran los únicos que navegaban a dúo. Primero jugamos a todos contra todos y, cuando nos cansamos, alguien propuso que organizáramos ejércitos.
—Los de los ataúdes marrones, contra los de los ataúdes negros —dijo Martín Mattioli.
—Y los de los ataúdes blancos somos los jueces —dijo la Pía Tonetti.
Así fue.
Al finalizar la batalla, alguien propuso hacer una carrera, y todos pusimos proa hacia la línea de salida que era, sin discusión alguna, el monumento que hacía las veces de rotonda en el único cruce de calles grandes de toda la comarca.
—La meta es el colegio Cristo Rey —dijo el Rafa Capellino, el único niño que había visto cosas extraordinarias el año que lo llevaron lejos, a pasar unas vacaciones míticas. Tan lejos había ido el Rafa Capellino, tanto, que vio algo que ni siquiera todos los niños de Morteros pensando juntos como un cardumen de niños imaginativos imaginando al unísono nos hubiéramos podido imaginar. La llanura, dijo el Rafa al volver de su viaje, puede ir hacia arriba. Algunas veces, dijo, sobrepasa las nubes. Si la llanura sube mucho, el pasto se pone blanco en la punta, dijo. Esas formaciones extrañísimas de esos lugares lejanos, esas llanuras verticales, no se llaman llanuras verticales, se llaman montañas, dijo. Montañas, dijimos todos juntos aquel día. Y el pasto blanco se llama nieve, dijo el Rafa Capellino el día que volvió de su viaje, y, mientras todos los niños de Morteros decían Oooooh, yo pensé que no podía ser que existieran palabras que yo no conociera porque eso quería decir que existían cosas que esas palabras nombraban que tampoco conocía, y que eso era algo terrible porque, entonces, todo aquello en lo que uno creía, todo aquello en lo que uno confiaba, todo aquello que uno defendía podía ser refutado por alguien que supiera cosas que uno no sabía, por alguien que hubiera visto cosas que uno desconocía, por alguien que pronunciara palabras que uno ni había pronunciado, ni pronunciaba, ni pronunciaría jamás.
Estuve a punto de gritar a causa del pánico que experimenté al darme cuenta, por primera vez, de la posibilidad de que el mundo que quedaba pasando Morteros, el mundo que quedaba más allá de nuestros campos, más allá de la SanCor y del monumento que daba la bienvenida a nuestro pueblo, que era lo más lejos que habíamos ido nunca, no fuera idéntico a nosotros, a nuestras creencias y a nuestro paisaje y de que, además, nuestras palabras no fueran todas las palabras habidas y por haber y de que así, entonces, por consiguiente, de esta manera, en conclusión, la verdad con mayúsculas no fuera verdadera en sí, sino solo en mí.
En nosotros.
No tuve tiempo de gritar porque el Rafa Capellino contó la mejor parte de todas las partes de su viaje a las llanuras verticales llamadas montañas. Que una tarde, sentado en la puerta del hotel de carretera, mientras sus padres se duchaban juntos en el baño de la habitación, él sintió cómo el asfalto y el aire empezaban a vibrar más y más y más y más y más y más y más y cómo, de repente, en vez de un terremoto lo que apareció fue la mitad de la palabra: una moto sin terre, dijo. Una moto sin terre capaz de hacer temblar el corazón de un hombre, dijo. Y de una mujer, lo corrigió la Nina Boturi. Que pasó por delante de sus ojos y aparcó justo a su lado, dijo el Rafa Capellino. Que el hombre, dijo el Rafa Capellino, al ver al Rafa Capellino mirarlo con los ojos tan abiertos, le sonrió y le habló en una lengua que no era la nuestra, una lengua que sonaba como las palabras de las canciones de Hank Williams. Y acá venía el porqué de la admiración que todos le prodigábamos al Rafa Capellino: que el hombre, dijo, no solo lo dejó subir a su moto sin terre sino que, además, lo llevó a dar una vuelta y llegaron hasta la mitad de las llanuras verticales llamadas montañas.
Dijo el Rafa Capellino que vio un río que, en vez de ir horizontal, como iban la laguna Mar Chiquita y el agua de las cunetas, caía vertical entre las rocas. Y que, en la mitad de la precipitación, había un arco iris. El arco iris que es la señal que Dios se puso a sí mismo para recordar su promesa a Noé de no volver a inundar la tierra, de no volver a hacernos naufragar, de no exterminarnos nunca más, dijo el Rafa Capellino que dijo Noé que dijo Dios. Amén, dijimos todos los niños de Morteros y, con las manitos en modo rezo, enunciamos: Génesis 9, versículos del 1 al 16.
Enseguida, como si no fuera todo lo suficientemente extraordinario, el Rafa Capellino nos dijo que la ruta no era recta sino curva. Una curva detrás de otra, muchas, decenas, cientos de curvas, dijo el Rafa Capellino, y nosotros nos frotamos los ojos porque lo único curvo en nuestra vida llana y recta de niños morterenses eran la rotonda del supermercado Larguirucho, la rotonda del cruce del bulevar donde estaba el monumento a la Pachamama y una desviación mínima del camino, justo antes de llegar a Suardi, el pueblo del costado. Dijo el Rafa Capellino que nadie puede describir lo que uno siente cuando está encima de una moto sin terre: el viento en la cara, la libertad, el paisaje pasando a la velocidad de la mano que acelera. Yo le dije que mi Fantic, la moto que me habían regalado mis padres el día que cumplí seis años, también hacía que me diera el aire en la cara, que yo también sabía acelerar con la manito y, en cuanto al paisaje y su pasar a una determinada velocidad mientras nosotros pasamos por él, aseveré que era así dado que las cosas van para atrás mientras nosotros vamos para delante y que todo se hace con total libertad porque uno elige el camino: o vas al basural, o vas al aero club, le dije, y él se rió con ternura y conmiseración. Dijo el Rafa Capellino que la tapa del filtro de aire de la moto sin terre era de cromo y que tenía grabada una calavera, que las alforjas de cuero tenían grabadas dos calaveras, que el llavero era una calavera y que todas las calaveras que habitaban esa moto tenían dos piedras rojas que brillaban como si fueran ojos de verdad. Nosotros aplaudimos porque si algo nos gustaba a los niños de Morteros eran los esqueletos. Dijo el Rafa Capellino que, en el tanque de nafta, en vez de estar escrito el nombre de la moto, estaba escrito el nombre y el apellido del hombre que hablaba igual que si cantara canciones de Hank Williams, el hombre que ahora era su amigo: Harley Davidson, dijo. Harley Davidson, repetimos todos, como si invocáramos al Espíritu Santo en la misa del domingo. Y que, entonces, él había deducido, y nos pedía que dedujéramos con él para confirmar o descartar la deducción, que la moto de Harley Davidson era de marca Sin Terre. Sin Terre, dijimos todos, para demostrarle al Rafa Capellino que deducíamos con él sin inducir lo contrario. Y, para acabar la explicación, el Rafa Capellino nos contó que Harley Davidson, después de llevarlo a dar una vuelta por las llanuras verticales llamadas montañas, habló con las mismas palabras que nosotros, en nuestra lengua, con un
acento raro, pero comprensible: “Hasta la vista, baby”, dijo el Rafa Capellino que dijo Harley Davidson y que él, entonces, le escribió el nombre de nuestro pueblo y le dibujó un mapa de la Pampa Húmeda para que no se perdiera cuando viniera a visitarlo. Dijo que él estaba seguro de que vendría. Y que nos llevaría a todos a dar vueltas por el aero club. O por el basural, dije yo.
Con tal currículum a cuestas, nadie discutió la decisión del Rafa Capellino cuando dijo que la meta de nuestra batalla naval era el colegio Cristo Rey. Él era el más experimentado de todos, él había viajado en una moto Sin Terre que sonaba como un terremoto, conducida por Harley Davidson, un señor que ponía piedras a los ojos de las calaveras y que hablaba con las palabras de las canciones de Hank Williams. Él había paseado por curvas que llevaban a las llanuras verticales llamadas montañas, donde había ríos que caían entre las rocas justo en el lugar en el que Dios puso el arco iris para no olvidarse de detener la lluvia en caso de tentarse con ahogarnos de nuevo. Nosotros, en cambio, solo conducíamos ataúdes y ninguno tenía nuestro nombre grabado.
La Lali Farías, que no había conseguido subir a bordo de ningún féretro, se trepó a un árbol de la plaza y gritó:
—En sus marcas, listos, ¡ya!
Nosotros pusimos proa al viento, usando nuestras piernas y nuestros brazos como remos. Después de cinco horas de diversión, risas, gritos, llantos y persecuciones, nuestros antepasados regresaron al cementerio y nuestros barcos volvieron a ser ataúdes atracados en sus nichos. Unos días más tarde, mientras la gente grande intentaba responder al porqué de una inundación tan repentina, yo me encaminé al cementerio, abrí la puerta de un panteón, cogí un hacha y golpeé los herrajes de un cajón para liberar al capitán de mi navío. Encontré jirones, del alma no quedaba ni rastro y, en lugar de ojos, había vacío, ausencia. Nada.
—Los muertos no pueden leer —dije, mientras metía los dedos en la calavera. Y pensé cómo contarle a la Mínima Suárez lo que acababa de descubrir. No ya que la muerte abolía la lectura, sino que la señorita Susana, la maestra de lengua, nos había mentido cuando la Mínima y yo le habíamos preguntado cómo leían los muertos, y ella nos había respondido que leían para atrás, como en espejo, porque estaban boca arriba, y nosotras, la Mínima y yo, concluimos que, entonces, debía haber libros escritos al revés, para que los muertos entendieran lo que les estaban contando. Que, por consiguiente, había escritores que descontaban la historia en vez de contarla. Desenlace. Nudo. Presentación.
Entonces, mientras desentrañaba el engaño de nuestra maestra, pensé en Harley Davidson, el hombre que hablaba con palabras que no conocíamos, pensé en la existencia de otras maneras de ser de las cosas, incluso en el ser de las llanuras y en el ser de los ríos, pensé que, si todo era tan pero tan relativo, bien podía suceder que la mentira solo fuera otra forma de explicar el mundo, que la mentira fuera, si acaso, la mejor versión de una historia. Una verdad a medida.
Nada más.
Cerré el cajón, corrí hasta mi moto y aceleré para hacer que el paisaje pasara a la misma velocidad que pasaba yo por él, y me fui a la salida del pueblo, al lugar donde los niños de Morteros nos juntábamos cada día a mirar la larga recta que llegaba al final del horizonte, para no perdernos el momento exacto en que Harley Davidson apareciera con sus calaveras con ojos llenos de piedras rojas conduciendo su moto Sin Terre.
Capítulo de la novela El fino arte de crear monstruos (H&O Editorial, 2025)
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