RESEÑA GANADORA
Estados Unidos: Mariner Books (HarperCollins). 2024. 240 páginas.
Ruben Reyes Jr. llega a su debut en libro con un perfil poco frecuente: formación literaria de alto calibre, sensibilidad política y una confianza formal que no busca “demostrar” nada, sino encontrar la forma más eficaz de contar una experiencia histórica y afectiva. Hijo de inmigrantes salvadoreños, formado en el Iowa Writers’ Workshop y en Harvard University, Reyes ha publicado en medios como The Washington Post y ha declarado su interés por usar la ciencia ficción y lo especulativo para iluminar aquello que, para muchas vidas migrantes, ya funciona como una distopía cotidiana. Ese punto de partida —biográfico y estético— se siente en cada página de There Is a Rio Grande in Heaven, una colección que combina la imaginación más desbordada con una brújula moral siempre atenta a la injusticia.
El libro se presenta como un conjunto de relatos que atraviesan tiempos y registros: pasado, presente, futuros cercanos o improbables; escenarios reconocibles y otros deliberadamente extraños. En esa variedad hay un riesgo (la dispersión) y una apuesta (que el mosaico construya un retrato). En manos de Reyes, gana la apuesta: los cuentos dialogan entre sí por resonancia, no por continuidad, y terminan componiendo una misma pregunta insistente: ¿qué ocurre cuando tu vida deja de pertenecerte del todo —por la burocracia, por el mercado, por la violencia política, por la tecnología, por la frontera— y, aun así, debes seguir llamando “hogar” a algún lugar?
Una de las virtudes más visibles del libro es su capacidad para convertir ideas “altas” en situaciones concretas. Reyes no predica: dramatiza. Un personaje puede despertar convertido en celebridad musical; una abuela puede transformarse lentamente en un objeto manipulable; un procedimiento administrativo puede adquirir la lógica del horror. La premisa suele ser fulminante, incluso cómica, pero el remate rara vez busca el chiste: busca el golpe de realidad. Allí está el mecanismo emocional del libro: la risa o el asombro abren la puerta; luego entra una verdad incómoda sobre explotación, desarraigo o precariedad.
Hay también una inteligencia particular en la manera en que Reyes usa lo especulativo. No se trata de “futurismo” decorativo ni de tecnología como simple atmósfera; se trata de herramientas narrativas para nombrar cosas que, en el realismo tradicional, a veces quedan atrapadas en el discurso. En estos relatos, la “menacing technology” y la “unchecked bureaucracy” (por usar el tono de la presentación editorial) no son abstracciones: son fuerzas que operan sobre cuerpos, familias y memorias, recortando posibilidades vitales. El resultado es un libro que habla de migración sin repetir el repertorio habitual de escenas esperables; en cambio, desplaza el foco hacia los sistemas —legales, económicos, culturales— que moldean la experiencia migrante y lo hace con inventiva formal.
Esa inventiva se nota en el manejo de la forma breve. Reyes cambia de densidad y de ritmo con soltura: hay relatos que se sostienen en una progresión lenta, casi hipnótica; otros avanzan por cortes rápidos, como flashes; otros se acercan a lo documental o lo pseudoarchivístico, jugando con la idea de “registro” y “prueba” (y, por extensión, con la sospecha de que a ciertas vidas siempre se les exige demostrarse). En reseñas en inglés se ha destacado precisamente esa mezcla de géneros y estilos —del reportaje a la ciencia ficción, de la miniatura al relato más expansivo— como parte central de su efecto. Lo notable es que, pese al vaivén de técnicas, el libro mantiene una voz reconocible: una voz que no teme ser irreverente, pero tampoco se desentiende del dolor.
“Más allá de la vitrina de galardones, lo que queda es una lectura inquietante y, por momentos, bellamente triste: un libro que no ofrece consuelo fácil, pero sí una forma de claridad.”
En el centro temático está Centroamérica —en particular El Salvador—, pero sería un error leer el libro como “ficción identitaria” en el sentido estrecho. Reyes trabaja con identidades en fricción: la del migrante, la del hijo de migrantes, la del que se quedó atrás, la del que se asimila, la del que no encaja ni “aquí” ni “allá”. Lo que emerge no es un retrato unívoco, sino una constelación de vidas atravesadas por decisiones forzadas. De hecho, el libro parece sugerir que el “destino” migrante a menudo no es una elección individual, sino una negociación permanente con fuerzas que exceden al sujeto. Esa lectura dialoga con el consenso crítico que ha recibido el volumen: para algunos medios, su audacia imaginativa conduce a una comprensión “más profunda” de vidas centroamericanas en distintos roles y circunstancias.
A nivel de tono, la colección se mueve entre la ternura y la sátira, entre lo íntimo y lo político. En sus mejores momentos, Reyes consigue algo difícil: que la denuncia no aplaste a los personajes. Incluso cuando el mundo del relato se vuelve cruel —y a veces lo es de forma frontal—, los personajes no quedan reducidos a víctimas ejemplares. Tienen deseos, contradicciones, sentido del humor, momentos de egoísmo o de lucidez. Esa complejidad le da al libro un espesor humano que impide leerlo como alegoría plana. Y, cuando la alegoría aparece, aparece tensionada por la emoción.
Dicho esto, la misma audacia que potencia el libro también puede generar resistencia en algunos lectores. Quien busque relatos cerrados, de realismo clásico, con una lógica causal estable, puede sentir que Reyes juega “demasiado” con las reglas. Pero ese juego no es capricho: es parte de su propuesta estética y ética. La vida migrante —y, más ampliamente, la vida bajo vigilancia burocrática o precariedad estructural— no siempre se experimenta como una línea ordenada, sino como una sucesión de arbitrariedades, interrupciones y traducciones forzadas. La forma del libro, con sus saltos y metamorfosis, reproduce esa sensación sin convertirla en teoría: la hace sentir.
El reconocimiento que ha acumulado la colección en el circuito literario anglosajón —finalista y longlist en varios premios— confirma que no estamos ante un debut menor, sino ante la aparición de una voz con proyecto. Pero, más allá de la vitrina de galardones, lo que queda es una lectura inquietante y, por momentos, bellamente triste: un libro que no ofrece consuelo fácil, pero sí una forma de claridad. La claridad de mirar la maquinaria —frontera, mercado, archivo, pantalla, permiso— y preguntarse qué le hace a una vida.
There Is a Rio Grande in Heaven es una colección ideal para lectores que disfrutan la ficción contemporánea cuando arriesga: quienes leen cuento literario, pero también quienes se interesan por lo especulativo, lo surreal y las formas híbridas. Es especialmente pertinente para lectores atraídos por narrativas sobre migración y Centroamérica que busquen algo distinto del realismo testimonial: aquí la imaginación no escapista funciona como un reflector. En suma, un debut poderoso, formalmente libre y emocionalmente preciso, que invita a leer (y releer) con la sensación de que lo extraño, a veces, es el modo más honesto de nombrar lo real.
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