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Issue 39
Sobre la traducción

“Hay una infinidad de libros que me habría gustado traducir”: Una conversación con Jordi Fibla Feito

  • por Eduardo Suárez Fernández-Miranda
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  • September, 2026

Jordi Fibla Feito (Barcelona, 1946) es uno de los traductores más prestigiosos de nuestro país. Tras realizar estudios en Filosofía y Letras, se inicia en el mundo de la edición como corrector de estilo y redactor en las editoriales Noguer y Plaza y Janés. En el año 2015 obtuvo el Premio Nacional a la Obra de un Traductor por “su larga trayectoria como traductor profesional, su versatilidad y la calidad de su obra”. Entre los autores que ha traducido figuran Philip Roth, Saul Bellow, Lawrence Durrell o Henry James. Son destacadas sus traducciones del japonés junto a Keiko Takahashi. En los años ochenta colaboró con la revista Quimera como traductor.

 

Eduardo Suárez Fernández-Miranda: Decía Don Quijote, sobre el ejercicio del traductor, que “en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen”. ¿Qué le impulsó a ejercer esta profesión?

Jordi Fibla: Tenía una vocación latente que descubrí al comienzo de la juventud. Desde muy niño me apasionaba la lectura y, a menudo, me preguntaba cómo sería lo que estaba leyendo traducido en su lengua original. A los dieciocho años, cuando empecé a trabajar en una editorial, soñaba con llegar a ser escritor, pero tropezaba con una capacidad creativa demasiado limitada. En la editorial conocí a Andrés Bosch, un novelista que también traducía, o más bien un traductor que también escribía, y me pareció que esa forma de enfocar la vida era la ideal: escribes un libro y luego te dedicas a traducir hasta que has concebido una nueva idea para ponerte a escribir el siguiente. Bosch no me dio ningún consejo sobre la escritura, pero sí que me aleccionó acerca de la traducción. Transcurrió una década, durante la que compatibilicé trabajo y estudio, hasta que intenté llevar a la práctica ese ideal, cuya realización ha resultado cojitranca: he sido traductor profesional durante treinta y cinco años, pero no he escrito nada creativo digno de publicación.

E.S.F-M.: ¿Cuáles son, desde su punto de vista, las principales virtudes de un buen traductor?

J.F.: Pasión por la lectura, curiosidad por las lenguas en general, lo cual no significa que uno trate de ser políglota, sino que el hecho de que los seres humanos hablemos de maneras tan distintas siempre le intriga, y cuando lee una novela de Márkaris, por ejemplo, se dice: “Cuánto me gustaría poder leer esto en griego moderno. A lo mejor, si llego a los cien años…”. El estoicismo es una virtud importante para el traductor, puesto que la suya sigue siendo una profesión muy mal pagada y en la que se plantean muchas exigencias únicamente a cambio de seguir teniendo trabajo eternamente mal pagado. La paciencia, la tenacidad y la disciplina completan, a mi juicio, la serie de virtudes que ha de tener un traductor literario.

E.S.F-M.: Joaquim Mallafrè recuerda en su ensayo Llengua de tribu i llengua de polis: Bases d’una traducció literària, que “otro traductor que prescindirá de la literalidad para fiarse de la intuición es Ezra Pound. ‘More sense and less syntax’ eran sus palabras”. ¿Es importante para usted la “intuición” de la que habla Mallafrè?

J.F.: A mi modo de ver, es absolutamente imposible hacer una traducción directa sin conocer la lengua de partida. Es evidente que la intuición no puede bastar para adivinar sin error las relaciones, los matices, los modismos, las alusiones, las referencias que se establecen entre millares de ideogramas. Una cosa es aprender el significado y la pronunciación de unos cuantos ideogramas para incrustarlos en un poema propio y otra tener el don mágico de traducir fielmente el gran poema “El templo”, de Po Chü-i, sin haber estudiado en serio el chino clásico. 

Hay una intuición que actúa automáticamente y que te hace saber que la elección que tomas es la correcta. En esto mi opinión coincide con la de Conrad. Aniela Zagórska, sobrina de Conrad, tradujo sus obras. Un caso curioso: la sobrina polaca traduce al polaco las novelas que su tío polaco ha escrito en inglés. Pues bien, Conrad le dijo que la traducción, al igual que otras artes, requiere elegir, y elegir supone interpretar. Le aconsejó: “No te empeñes en ser demasiado escrupulosa. En mi opinión es mejor interpretar que traducir. Se trata de encontrar las expresiones equivalentes, y para ello te ruego que te dejes guiar más por tu temperamento que por una conciencia estricta”.

Además de esa intuición automática, existe una intuición más honda, lo que coloquialmente llamamos “estrujarte los sesos”, que uno pone a trabajar conscientemente cuando se encuentra ante una dificultad de tal envergadura que no ve la manera de conservar el sentido, aunque utilice unas palabras totalmente distintas a las del original. 

E.S.F-M.: Por otro lado, Feliu Formosa señala en su libro El gest i la paraula que “[Bernhard] demanda literalidad, al margen de la reordenación que la sintaxis alemana hace inevitable”. ¿Se ha encontrado, en su labor como traductor, con autores donde esa literalidad sea la mejor opción a la hora de abordar la traducción?

J.F.: Creo que Bernhard está pidiendo que si él fuerza, por razones creativas, la sintaxis alemana, los traductores hagan lo mismo en sus lenguas respectivas. En principio el traductor debe plegarse a los deseos del autor, siempre que no exija algo que no puede o no debe hacerse en la lengua de llegada. Puede darse el caso de que la capacidad de los lectores del original para asumir las libertades que se tome el autor con la gramática y el léxico no se correspondan con las de quienes leen la obra en su propia lengua. Finnegans Wake debe de tener muy pocos lectores en inglés, pero con toda seguridad son muchísimos más que los lectores de la traducción española de la obra. Y los libros se editan para ser vendidos. El medio en el que surge la traducción es una realidad que no se puede perder de vista.

E.S.F-M.: A propósito de Thomas Bernhard, fue un escritor que se mantuvo al margen de la traducción de su obra. ¿Qué relación ha mantenido con los autores que ha traducido? ¿Han colaborado con usted?

J.F.: Algunos a los que hubiera querido conocer personalmente habían muerto o estaban a punto de desaparecer, como es el caso del incomparable Patrick Leigh Fermor, con quien apenas tuve tiempo de intercambiar un par de cartas antes de que falleciera. No es conveniente tratar de resolver dificultades abordando a los autores. Si son anglosajones, por lo menos en mi experiencia, no tienen ni idea de español, y a algunos la traducción les parece una empresa quijotesca. No recuerdo qué me dijo exactamente William Kennedy cuando le planteé mis dudas sobre ciertas frases sin aparente sentido en una de sus novelas, pero creo que una traducción libre que conservara intacto el sentido sería: “Ni aunque me amenazaran con atarme a la cola de un caballo desbocado que me arrastrara por una llanura cubierta de espinos en Nuevo México me dedicaría a un trabajo como el tuyo”.

E.S.F-M.: Alianza Editorial ha publicado el libro de relatos Mi marido es de otra especie, de Yukiko Motoya, y la novela Si los gatos desaparecieran del mundo, de Genki Kawamura. Son libros traducidos por usted y por Keiko Takahashi. ¿Cómo se plantea la colaboración con otro traductor?

J.F.: En el apartado de mis traducciones del japonés no puedo hablar simplemente de “colaboración con otro traductor”. Digamos que he tenido la ayuda generosa y paciente, porque a veces me ponía muy pesado al no aceptar sin más las soluciones que ella me proponía, de mi mujer, Keiko Takahashi. Como nos conocimos hace medio siglo, como ella habló a nuestros hijos en japonés desde el primer momento y esa lengua sigue siendo la segunda en nuestro hogar, como hemos visitado Japón una infinidad de veces a lo largo de ese medio siglo y he tenido una buena relación con su familia, que solo habla japonés, pero es condescendiente conmigo cuando les hablo como Tarzán hablaba el inglés, como he pasado por épocas en las que he hincado los codos tratando de aprender a fondo la lengua, pero me ha faltado constancia, tengo un conocimiento que me permite ver un texto y saber de qué va, leer perfectamente los silabarios hiragana y katakana, entender un número de kanjis notable, pero insuficiente, de modo que, si bien sigo expresándome en japonés como un principiante, tengo una clara habilidad para descifrar un texto, todo lo que acabo de decir más la imprescindible ayuda de Keiko me ha permitido traducir unas cuantas obras en su lengua.

E.S.F-M.: El último libro de Yukiko Motoya, Selección automática, ha sido traducido por Emilio Masiá. ¿Es preferible, para el lector, que el mismo traductor se ocupe de toda la obra de un escritor?

J.F.: No es imprescindible que a un autor le traduzca siempre el mismo traductor, pero lo cierto es que pueden crearse profundas simpatías que dificultan la aceptación de un nuevo traductor. Así me sucedió, por ejemplo, con La montaña mágica. Hace años que tengo sobre la mesa de los libros pendientes de lectura la nueva traducción de Isabel García Adánez, pero, a pesar de que, cuatro años antes de que apareciera, había leído en una revista literaria que “la versión muy antigua de Mario Verdaguer se reedita constantemente y pide a gritos un pase a la licencia”, ésa fue la versión que leí en mi adolescencia, una traducción de la que tengo un recuerdo imborrable y, aunque le pido disculpas a Isabel, todavía no he podido licenciarla.

 

Cosas transparentes
Cosas transparentes
El rumor del oleaje
El rumor del oleaje
La historia de Genji
La historia de Genji
Sale el espectro
Sale el espectro
Traducciones de Jordi Fibla: Cosas transparentes de Vladimir Nabokov (Anagrama), El rumor del oleaje de Yukio Mishima (Alianza), La historia de Genji de Murasaki Shikibu (Atalanta) y Sale el espectro de Philip Roth (Random House).

 

E.S.F-M.: En el año 2005, Atalanta editó La historia de Genji, de Murasaki Shikibu, uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Usted fue el encargado de traducir esta obra. ¿Cómo afrontó una labor de tanta magnitud?

J.F.: Quien afrontó realmente la traducción de una obra gigantesca, escrita antes del Cantar de Mío Cid, para situarnos en el tiempo, y en un lenguaje que los japoneses, excepto los eruditos, no pueden entender desde hace siglos, por lo que requieren una traducción al japonés moderno, fue Royall Tyler, experto en la lengua de la era Heian (siglo XI). Yo me limité a traducir su texto en inglés. No es que esto fuese coser y cantar, puesto que es necesario mantener el tono apropiado y utilizar un lenguaje lo más atemporal posible, que en ningún momento parezca demasiado actual ni demasiado anacrónico. Tyler lo consigue, en contraste con los traductores de la obra que le precedieron, Arthur Waley, que con una prosa encantadora describe aquel mundo remoto en un tono que podría usar para describir la aristocracia de la época victoriana, y Edward Seidensticker, cuya versión, un tanto pedestre, carece del tono poético que tiene la de Tyler. Este incluso tradujo los poemas waka de manera que las sílabas en inglés coincidieran con las del japonés. Al igual que el haiku, el waka carece de rima, pero el número de sílabas, 5-7-5-7-7, ha de ser exacto. Aunque los poemas están colocados en dos líneas porque de lo contrario el volumen sería todavía más grueso de lo que es, si cualquiera de ellos se divide en segmentos con el número de sílabas que he indicado, tenemos un auténtico waka en inglés. No sucede lo mismo con mi versión. La obra contiene ochocientos poemas, y obtener auténticos waka en castellano traduciendo los poemas ingleses era imposible de por sí, aparte de que disponía de poco más de un año para entregar el trabajo en la fecha asignada. Así pues, prescindí de esa exquisita minuciosidad de Tyler y me concentré en transmitir el tono poético de los waka, dejando de lado la métrica.

E.S.F-M.: Muchnick Editores publicó su traducción de La llave, de Junichiro Tanizaki —editada más tarde por Siruela—, también en colaboración con Keiko Takahashi. Parece tener una predilección especial por la literatura japonesa. ¿Es así?

J.F.: En efecto, me interesa la cultura japonesa en general y su literatura en particular. Supongo que fui uno de los primeros lectores españoles que descubrieron a Haruki Murakami, ya que leí El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas en inglés casi veinte años antes de que lo publicara Tusquets. En 1976 pasé seis meses en Osaka, donde frecuentaba la biblioteca municipal de Nakanoshima y leía en inglés obras de Shusaku Endo, Osamu Dazai, Soseki Natsume, Seicho Matsumoto, Akiyuki Nozaka, Kobo Abe… Mi cuñado es un gran lector y sosteníamos interesantes charlas sobre literatura, con mi mujer como intérprete. Es una lástima que tantos años después, cuando viajamos allá y nos vemos, la situación siga siendo la misma. Ni él habla más de media docena de palabras en español ni yo soy capaz de ir más allá de un intercambio de frases sencillas, pero seguimos charlando de literatura y Keiko sigue haciendo de intérprete.

E.S.F-M.: Ha traducido gran parte de la narrativa de Philip Roth. ¿Qué nos puede contar del escritor estadounidense? De toda su obra, ¿qué novelas destacaría?

J.F.: Con Philip Roth me sucede como con Thomas Mann, André Gide, Henry Miller, Patrick Modiano, Julio Cortázar o Vila-Matas: me interesa su obra en bloque. Sé que con todos los autores sucede que unos libros son obras maestras, otros no están tan logrados y algunos son prescindibles, pero eso no me importa en el caso de los citados. Hagan lo que hagan (o hayan hecho) voy a leerlo y disfrutarlo sea cual sea su calidad objetiva, si es que en arte se puede hablar de calidad objetiva.

Podría decir que la obra que el mismo Roth prefiere entre todas las suyas, El teatro de Sabbath, es también mi preferida. Por lo menos es la novela que traduje con un regocijo, a pesar de que en realidad se trata de una narración trágica, solo comparable al que me produjo otra obra no traducida por mí, El profesor del deseo. Pero si he de destacar una de sus obras, me inclino por otra que no tuve la suerte de traducir, Mi vida como hombre, por una cuestión personal, una coincidencia peculiar. A medida que leía, observé que no solo había leído todos los libros mencionados en la novela, y no son pocos, sino que en mis ejemplares, desde Retrato de mí mismo, de Thomas Mann, hasta Psicoanálisis del arte y del artista, de Ernst Kris, había subrayado a lápiz cuando los leí, mucho antes de que leyera la obra de Roth, exactamente las mismas citas que aparecen en esta. Yo diría que esto es una coincidencia como las que solo ocurren en las novelas de Vila-Matas.

E.S.F-M.: John Updike, Thomas Pynchon o Saul Bellow son otros de los escritores norteamericanos de los que se ha ocupado. ¿Ha sido complicado encontrar una voz para cada uno de ellos?

J.F.: La verdad es que cuando abordas un libro no te pones previamente a buscar la voz, el tono, el estilo o como quiera llamarlo. Como dije antes, la intuición actúa por sí sola, mientras que la elección de tal giro de frase, tal adjetivo, tal equivalencia de una metáfora depende del sentido del idioma y de la experiencia que uno tenga. Es lo que llamo la intuición profunda para diferenciarla de la automática. Se produce algo similar a lo que sucede con las neuronas espejo: la voz de la lengua de partida hace que aparezca la voz de la lengua de llegada, eso sí, adaptada a las peculiaridades lingüísticas del nuevo medio.

E.S.F-M.: Para finalizar, me gustaría saber si hay algún escritor o alguna obra que le gustaría traducir especialmente.

J.F.: Me habría gustado traducir todo lo que se ha publicado de y sobre Philip Roth después de su muerte. Acabo de leer Baumgartner, de Paul Auster, y lamento profundamente no tener la oportunidad de traducirla (sin prisas, pero sin pausas). Me habría encantado traducir El banquete anual de la cofradía de los sepultureros, de Mathias Enard. Hay una infinidad de libros que me habría gustado traducir. Leo mucho en inglés y francés (aunque no tanto como quisiera porque me flaquea la vista), y con cada obra que me satisface experimento el deseo de traducirla. Pero, de hecho, la lectura en la lengua original de una obra extranjera es ya la primera fase de una traducción.

 

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Foto: Jordi Fibla, traductor español.
  • Eduardo Suárez Fernández-Miranda

Eduardo Suárez Fernández-Miranda was born in Gijón. He holds a law degree from the University of Seville, where he is currently preparing his doctoral thesis on Asturian writer and diplomat Julián Ayesta in the Department of Spanish and Hispano-American Literature. As a literary critic, he contributes to Spanish magazines El Ciervo, Gràffica, Quimera, and Serra d’Or. He also writes for American publications Cine y Literatura (Chile), La Tempestad (Mexico), Latin American Literature Today (University of Oklahoma), and the Papel Literario supplement of El Nacional (Venezuela). He occasionally contributes to Asturian newspapers El Comercio and La Nueva España.

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