Nota de la traductora:
La voz de la casa es una colección de 45 poemas y dos ensayos de Rosabetty Muñoz, una de las poetas contemporáneas más destacadas de Chile.
Escrita durante la cuarentena impuesta a raíz de la pandemia global del 2020 y publicada por Ediciones UCM en el 2021, la colección responde a la permanencia en casa: desde bien adentro, como si la poeta escuchara un álbum de temas caseros tradicionales en Chiloé. Los poemas actúan como una guía para vivir de manera más consciente —del tiempo pasado y del presente— tanto como una colección de viñetas. Dado el largo y fehaciente compromiso de la poeta con su Chiloé natal, su rol de educadora y de escritora situada en el sur, La voz de la casa toca cada punto triunfalmente.
A lo largo de la colección, la voz tiende nostálgicamente hacia la celebración. Muchos de los poemas funcionan como recetas, con sencillas instrucciones a seguir para los mejores resultados. En otros, la voz quietamente observa la degradación de costumbres causada por nuevas industrias y tecnologías introducidas a las islas. En unos pocos, la voz denuncia ciertas actitudes de generaciones pasadas, hoy en día socialmente inaceptables. Para la presente selección de cinco poemas, escogí una serie en tono continuo. Los poemas aquí reunidos enfrentan el confinamiento con optimismo y compasión, revelando la riqueza y significancia de acciones sencillas. Se ha dicho que la voz de Rosabetty Muñoz es a ratos minimalista y de una reverencia casi mística que transporta al lector a un estado de calma y contemplación. Traducir estos poemas al inglés me da, además, profunda alegría, junto con la esperanza de compartir esta alegría con lectores.
Claudia Nuñez de Ibieta
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El pan
Lo siguiente es volver a las cocinas. Todos, a las fragancias y el hermoso paladar, a la lengua original. Ahí está el niño y su hermana con el volcán de harina, poniendo la levadura, esperando que leude mientras la miran fijamente. Los hermanos no pelean y aprenden a hacer el pan.
Saludo
Buenos días, buenos días, decirle a las nubes cargadas de agua que llenarán los pozos y
alegrarán plantas, raíces, cada cuenco, oquedad, boca.
Buenos días al silencio profundo, denso de las primeras horas.
Buenos días a los que se vayan levantando y enrielando en los quehaceres.
Buenos días, disponiéndose a unas horas que podrían ser espléndidas.
Buenos días a pesar de la cuarentena que nos sume un poco más en los pliegues de esta casa.
Las flores
Por ningún motivo olvidar a los muertos. Sentarse con los niños de la casa alrededor de la mesa de la cocina y ponerse a elaborar flores enceradas para cuando se pueda ir otra vez a conversar con los que partieron. Unos cortarán pétalos de papel volantín, otros enderezarán alambre para los tallos; la madre calentará restos de esperma y – si tiene – le agregará velas de colores. Mientras todos trabajan, se irán acordando de los mayores, lo que hacían, cómo eran. Se hablará de ellos hasta que aparezcan y se sienten en el corro con sus cuerpos de aire. Se tomarán las flores desde el alambre y se sumergirán en la cera, se dejarán enfriar y se colocarán en el canasto que se ríe a boca abierta.
Tenedores
Protegerse como un explorador, con linternas, ropa liviana, guantes y salir a buscar objetos perdidos. La casa ha ido tragándose a lo largo de los años calcetines, tazas, manteles, cuadernos de notas, tenedores ¡cuántos tenedores! Hacer un mapa y repartirse las rutas de búsqueda.
Beltrán
Se tratará de dormir intentando retirar pensamientos mezquinos. Como quién busca piojos en la cabeza, abrir el pelo y retirar parásitos que anidan ahí donde tenemos nuestra reserva de energía.
Beltrán me cuenta de sus zanahorias y rabanitos, cuánto han crecido y cómo lleva retratando los amaneceres uno por uno. Asegura que jamás ha visto repetirse las nubes, ni los espesos oleajes, ni la forma en que se va develando el borde de las islas.
Pensar en eso antes de dormir. Escuchar ese acompasado oleaje, esa voz.
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