El jurado que le otorgó el “Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2025” a Carmen Ollé destacó “el valor artístico, experimental y político de su obra, marcada por la escritura corporal y nómade”. Y reconoció su trayectoria fundamental en la literatura latinoamericana. Celebro el reconocimiento, aunque —todo hay que decirlo— debió llegar mucho, mucho antes. Y es que la obra de Ollé, que se inicia en 1981 con la publicación de Noches de adrenalina, es una de las más sólidas, completas y originales entre las que transitan del siglo XX al XXI.
Por diferentes razones, cada cierto tiempo vuelvo a Noches de adrenalina. Hace menos de un año, lo hice para escribir una breve presentación en la contracaratula y, como siempre, fui presa, una vez más, del estupor, la sorpresa, el asombro, la incomodidad. Noches de adrenalina fue, y sigue siendo, un libro iluminador. Escribí: “No me alcanzan las palabras para expresar el efecto que causó en mí Noches de adrenalina cuando se publicó en 1981. Nunca había leído una poesía que me interpelara como lo hacía la voz de esa mujer que transitaba entre Lima y París, que hacía hablar a su cuerpo; esa mujer que declaraba tener 30 años y se aproximaba ‘al ataque cardiaco o al vaciado uterino’; que desafiaba a Descartes, al psicoanálisis y a Sartre: ‘¿Por qué el psicoanálisis olvida el problema de ser o no ser / gorda / pequeña / imberbe / velluda / transparente / raquítica / ojerosa…?’”. Fue una cachetada en plena cara, un balde de agua fría. Una voz que nos interpelaba: ¡Despierta! ¡Mírate!
Sin duda alguna, Noches de adrenalina es un libro fundacional no solo de la poesía escrita por mujeres, sino de la poesía peruana y latinoamericana; y hoy, más de 40 años después de su publicación, ha devenido en un clásico y un libro de culto. Porque ¿qué es un libro clásico sino uno que se mantiene vigente más allá —mucho más allá— del tiempo de su publicación? Y por vigente entiendo aquello que asombra, conmueve, enseña, se comunica y dialoga con cada nueva generación de lectores.
La actualidad de Noches de adrenalina se debe en gran medida al lenguaje, a la manera como cada poema plantea los temas vinculados con ser mujer, con el cuerpo. Pero no es la poesía del cuerpo femenino dispuesto al placer, a buscarlo o a darlo, como lo entendió la crítica que la calificó como “erótica”, “impúdica”, en consonancia con los nuevos vientos de la “liberación femenina”. Los poemas de Noches de adrenalina, como bien señala Rossella Di Paolo, “no solo trastornan la ‘pureza’ de los géneros literarios al optar por el tono del ensayo científico o sociológico, en el que se le enroscan de pronto imágenes de fuerte lirismo, sino que trastornan valores convencionales como el ahorro, el aseo, la cortesía, el matrimonio o la belleza”.
El tiempo ha demostrado que las transgresiones de Noches de adrenalina corrieron, de una vez y para siempre, el tupido velo del pudor, de la vergüenza, del silencio, de los estereotipos. La prueba es que aún hoy miles de lectores y lectoras seguimos leyendo el libro de Carmen Ollé, y las palabras no nos alcanzan para expresar cuánto nos revela. Sus temas, su lenguaje, su mirada siguen siendo nuevos porque nadie escribió como ella, ni antes ni ahora.
Le hubiera bastado a Ollé Noches de adrenalina para consagrarse como una de las voces más importantes de la poesía del siglo XX. Y tal vez esa sea la potencia de este libro fundacional: la razón por la que se tiende a olvidar, invisibilizar, otorgarle menos valor al conjunto de su obra, que, sin embargo, es compleja, diversa, arriesgada, siempre transgresora, siempre nueva. Ollé ha transitado desde la poesía —su producción más breve: solo el poemario Todo orgullo humea la noche (1988), aparte de Noches de adrenalina— a la narrativa, la autoficción, el teatro, el ensayo, las memorias.
A la publicación de Noches de adrenalina le sigue, siete años después, Todo orgullo humea la noche. La crítica lo leyó como un poemario que pareció una suerte de “vuelta al orden”, a la mesura. Su lenguaje recuerda a Safo, a Catulo: “Deja ya, Carmen, de andar por ahí contando a / todos tus dolores”; sus menciones a Dante, Beatriz, a Cavalcanti funcionan como evidencias de un giro a lo clásico. Pero, si bien el uso del lenguaje para hablar de los temas del cuerpo, del amor, del deseo es más “recatado”, y el cambio de registro es evidente, también es cierto que Ollé realiza una serie de operaciones transgresoras en tanto que experimenta con un formato híbrido en el que se difuminan las fronteras del verso y la prosa, reescribe la lírica clásica, las elegantes formas del amor cortés y, sutilmente —aunque no tanto—, las subvierte con ironía y mantiene la exploración de la subjetividad del sujeto femenino. El poema “Recuerda cuerpo”, que “copia” el título de Cavafis, es un ejemplo:
Recuerda ahora, vencida por su desdén y su partida,
aquellos momentos en el ridículo motel pintado de
azahares y jazmines.
Cuando, a tu lado, medio calvo, las piernas al desnudo,
como una perezosa de trapo, te amó
tan torpemente (Ollé, 1988).
Este cambio de registro, aunque mantiene el género lírico, marcará la poética de Ollé en el sentido en que, permanentemente, sin cambiar su temática, su mirada, su capacidad de observación, su naturaleza transgresora, transitará por diversos géneros, siempre desafiándolos, innovándolos, reescribiéndolos. Así, después del poemario Todo orgullo humea la noche, que no tuvo la repercusión de Noches, publica Por qué hacen tanto ruido (1992), un libro difícil de clasificar, como señala Reisz: “Monólogo interior, riguroso autoanálisis, reflexión sobre la poesía como forma de vida, performance poética constantemente interrumpida por una mirada crítica implacable: todo eso, y mucho más, es este pequeño libro que escudriña valientemente el abismo del propio ser”. ¿Autobiografía?, ¿ficción?, ¿autoficción? “Ni una cosa ni la otra”, afirma Reisz. “Es, ante todo, una feroz batalla interna por encontrar la propia voz dentro de una encarnizada confrontación entre distintos lenguajes y visiones del mundo que resuenan en la conciencia de la escritora” (12). Y que Blanca Varela no duda en elogiar: “Me place decir que este libro, donde la poesía ‘hace tanto ruido’, es la confesión inevitable de la más obstinada y legítima vocación. Obra lúcida y explosiva que no debe dejar de leerse y que enciende una luz reveladora sobre la literatura peruana de nuestros días”.
Noches de adrenalina | Destino: vagabunda | Me gustan los atardeceres tristes |
Portadas de Noches de adrenalina, Destino: vagabunda y Me gustan los atardeceres tristes de Carmen Ollé, publicados por Grupo Editorial Peisa.
Luego vendrán las novelas Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Halcones en el parque (2012) y textos de difícil clasificación genérica: Una muchacha bajo su paraguas (2002), Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007), Monólogos de Lima (2015), Halo de luna (2017), Me gustan los atardeceres tristes (2025), y sus memorias, Destino vagabunda (2024). Más allá del evidente abandono de la poesía, en estas publicaciones Ollé explora el policial, el ensayo, el teatro, la biografía, la autobiografía, la autoficción, la crónica y hasta el testimonio; pero lo hace “a su manera”, cuya marca, más allá de las diferencias, es la persistente transgresión, no solo genérica.
Y es que, desde Noches de adrenalina hasta Me gustan los atardeceres tristes, cada publicación desafía las expectativas de los lectores. Así como ocurrió con Todo orgullo humea la noche luego de Noches de adrenalina, cada una de las publicaciones de Ollé no solo desafía a la anterior, al tiempo que subvierte el género en el que la escritora las inscribe. Basta pensar en Pista falsa como ejemplo. Publicada inmediatamente después de Las dos caras del deseo, es un policial que transgrede no solo al policial clásico y al negro, sino al neopolicial más transgresor, como puede ser el de Mario Levrero. Y se ubica en un registro muy distinto al de Las dos caras del deseo, novela que da cuenta del día a día de una mujer de mediana edad en una Lima violenta y degradada.
Este incesante desafío a su propia obra y a la de sus antecesores podría explicarse recurriendo a la “ansiedad de la influencia”, noción acuñada por Harold Bloom, que refiere a la sensación de ansiedad de los poetas frente a la obra de sus precursores. Ollé pertenecería a la pequeña minoría de poetas fuertes, aquellos capaces de crear, en términos de Bloom, una obra original, radicalmente nueva, que será luego imitada por innumerables epígonos, es decir, una precursora. Pero esto es cierto solo en tanto que alude a la marca de la originalidad que atraviesa toda la obra de Ollé. Mas no lo es en lo de la “ansiedad”, en esa suerte de desesperación que arrebata, como sugiere Bloom, a los poetas fuertes cuya resistencia a la influencia de los grandes que los antecedieron los lleva a rupturas radicales. Ollé no busca ansiosamente la originalidad porque se resiste a ser epígona de un precursor; lo que ocurre es que su manera de estar en el mundo, de procesar aquello que observa, que vive, que padece, su manera de leer a otros escritores, de procesar sus lecturas se escapan siempre de los lugares comunes, de lo normalizado, de las generalizaciones, de lo que se repite. Y, si de alguna ansiedad hablamos, la de Ollé sería “de la repetición”, expresada en la persistente necesidad de explorar nuevas formas, nuevos lenguajes y nuevos géneros.
Refiriéndose al impacto de Noches de adrenalina, Modesta Suárez señaló que este libro tan provocador, en 1981, no se constituirá, sin embargo, en “modelo” para las demás escritoras. “Está ahí como clímax, siendo incluso el primero escrito por Carmen Ollé. Pero tampoco la autora lo retoma o prosigue en sus publicaciones posteriores. Libro proa, será, sin embargo, una seguridad para las demás. Novedosos [los versos], llenos de esta energía y adrenalina inyectadas, el campo y el canto están abiertos, ya definitivamente, para las poetas venideras”. Pienso que esta afirmación se puede extender a toda la obra de Ollé: ha abierto, y lo seguirá haciendo, nuevos caminos, mas no ha instaurado modelos para que sean imitados.
En suma, Ollé ha recorrido, incansable, diferentes géneros, formatos y lenguajes sin repetirse nunca, como si huyera de su propia producción; y, sin embargo, su obra está marcada por la unidad. Me refiero a que identificamos la “poética Ollé” en cada una de sus publicaciones. La unidad en la diversidad caracteriza una obra única, reconocible, muy personal.
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