
Nota del editor: Continuamos con la publicación de los finalistas de nuestro III Concurso de Ensayos Literarios LALT 2025. En este número 38, y en edición bilingüe, ofrecemos el ensayo “Cartografía de cuerpos en tránsito”, del escritor, docente universitario e investigador venezolano Maikel Ramírez: “Son legión quienes sentencian que la distopía es lo opuesto a la utopía. Esta cacareada relación de antonimia, no obstante, incurre en la negligencia de eludir el hecho de que, mientras concebimos las utopías como proyectos imposibles de llevar a cabo, las distopías, en contrapartida, son vistas como mundos posibles, como estados de cosas que corren la desdicha de producirse en la realidad en un futuro cercano o a largo plazo”.
I
Cierta vez, la imaginación humana urdió el más elevado orden de la existencia.
II
Hacia el año 1516, algunas décadas antes de que Shakespeare respirara entre nosotros, un relato del puño del inglés Thomas More inauguraba un conjunto de obras que relataban el prodigioso hallazgo de tierras paradisíacas durante el azaroso viaje trasatlántico de aventureros connacionales. Para la fama ulterior de More, su obra Utopía acuñaría un género del Renacimiento que no se contentaba sólo con soñar un estado de cosas en contrapunto con el real, sino que vislumbraba tierras regidas por formas de vida y órdenes sociales y políticos ideales. Utopías como La ciudad del sol (1623), de Tommaso Campanella, y La nueva Atlántida (1627), de Francis Bacon, estaban poseídas por la misma ensoñación febril de un estado empujado a un estadio de perfección, una tierra cuyos pobladores habían dado con fórmulas con las cuales podían extirpar los conflictos sociales y demás aflicciones a las que estaba sujeta la especie humana. Digamos lo evidente: los utopistas acariciaban la idea de instaurar un reino de los cielos de configuración terrenal.
El deíctico predilecto de las utopías, acordemos, no es acá, sino allá. No se espera la llegada de la utopía, en razón de que su entorno habitual excede el horizonte de nuestro campo visual y el espacio que ocupamos. Dicho escrupulosamente, la utopía es de carácter extraterritorial. Acontece en la lejanía ostensible del lugar que habitamos. El estatismo, por consiguiente, le resulta antagónico, por lo que alcanzarla implica poner en marcha su búsqueda activa. De suyo, la utopía reclama para su matriz conceptual las ideas de viaje, travesía, periplo, tránsito, circulación, peregrinaje, desplazamiento y cualquier otro concepto que nos permita entender a los cuerpos que abandonan su país de origen para asentar raíces en una tierra foránea que les garantice la felicidad.
III
“Bajo el impacto del Descubrimiento de América, el Renacimiento nos entrega su imaginario utópico”, ha escrito el crítico venezolano Víctor Bravo en un notable ensayo volcado al examen de la utopía. Al igual que este estudioso, el crítico M. H. Abrams ha manifestado la convicción de que el arribo de Colón al Nuevo Mundo en 1492 aceitó la imaginación de los autores renacentistas con material y estímulos renovados. Ahora, quizá el ejemplo palmario de este influjo lo recibió La nueva Atlántida, donde leemos que los navegantes europeos zarpan de Perú y terminan alojándose en una tierra aledaña. Como quiera que sea, la exploración del vasto y exótico ecosistema americano, a lo que se suma, a no dudarlo, la otredad de los nativos del continente, encendieron en la mente de los utopistas el optimismo por una sociedad alterna perfecta, un receptáculo en el que verter las ideas y valores del humanismo floreciente en Europa, un campo harto fértil para la praxis de modos de gobierno y de vida que acaso no resultarían más que nuevos castillos de arena adicionados a la decadencia europea.
Desde tal ángulo, apreciamos que el continente americano, el territorio de ultramar desde la apartada geografía europea, anidaba el potencial para cristalizar el imaginario utópico. En una palabra, América devino el continente utópico por antonomasia. Así pues, cualquier inventiva por iniciar y consolidar la utopía debía atender el tránsito del cuerpo desde la Europa nativa hasta algún punto extraterritorial en la vastedad del suelo americano.
IV
Borges distinguió las utopías renacentistas entre la frondosidad del ramaje genealógico de la ciencia ficción. A su entender, los relatos utópicos ocupaban la cúspide del árbol del que se desprendía lo que él denominaba ficción científica, en virtud de que cerraban sus ojos al sueño placentero y reconfortante de sociedades ideales, en las que las posibilidades de la ciencia se materializaban en beneficio de la vida de sus ciudadanos. En continuidad con esta noción del género, Borges apuntó a La nueva Atlántida como el prototipo de ficción científica, por cuanto en esta isla imaginaria lo extraordinario es moneda corriente. Veamos: “Hay manzanas cuya sola fragancia es curativa; hay jardines botánicos y zoológicos que reúnen, mediante experimentos de cruza, todas las especies posibles”. Por nuestra parte, podemos concederle al maestro argentino que cuanto señala corresponde con los rasgos distintivos de la ciencia ficción en su particularidad de correlato ficcional del paradigma positivista del siglo XIX, por lo que, ya sea para alentar o advertir, especula con los alcances de la ciencia y la tecnología y su impacto en el bienestar de la especie humana.
Para Isaac Asimov, la obra progenitora de la ciencia ficción moderna fue Frankenstein (1818), de la escritora inglesa Mary Shelley, cuyos elementos y procesos compositivos transparentan la apropiación del discurso científico y tecnológico a fines de especular sobre la creación de un ser artificial. Dejando a un lado el componente científico, conviene remarcar una pareja de aspectos que entroncan con atributos naturales de las utopías renacentistas: en primera instancia, el tránsito es un elemento clave en esta ficción, empezando por la vida itinerante de su propia autora, quien en 1816 abandonó la asfixiante sociedad inglesa para recalar junto al poeta Percy Shelley en la idílica Villa Diodati, en Suiza, donde serían acogidos por Lord Byron. Con todo y las distancias recorridas por los Shelley, sus viajes palidecen ante los desplazamientos inagotables y orientados hacia parajes remotos, efectuados por los personajes de su magna obra, quienes —ya sea a caballo, en carruaje, a pie, como lo emprende el monstruo, o por cualquier otro medio de transporte a la mano— se mueven entre Suiza, Alemania, Inglaterra, Escocia, Irlanda y el Polo Norte.
Pasemos al otro aspecto clave: durante la interpelación a su padre creador en las alturas de los Alpes suizos, el monstruo le promete a Víctor que, si le construye una compañera en horrible semejanza a él, no destruirá ni a Víctor ni a ningún otro ser humano y que, en cambio, se irá a vivir junto a su pareja a América del Sur. Acá nos topamos con un ser que se estima a sí mismo más despreciado que el Satán de El paraíso perdido, de Milton, pues ha sido ultrajado y magullado por todas las sociedades humanas con las que se ha cruzado, pero entrevé en el suelo sudamericano el lugar para vivir en paz. El memorable monstruo de Shelley piensa surcar las aguas del océano Atlántico para instalarse en una tierra que se le antoja prometida en la medida en que sopesa las taras que minan el viejo continente, tal y como también lo ha aprendido de los libros con los que se transformó en un sujeto consciente.
V
No ha de resultar extraño ni forzoso que fuesen los judíos, el primer pueblo en búsqueda de la Tierra Prometida en la tradición judeocristiana, el modelo de una de las tesis sobre la deshumanización más relevantes de la contemporaneidad. Nos ha explicado el filósofo italiano Giorgio Agamben que homo sacer sirve de categoría para designar a una persona matable, alguien cuyo exterminio se puede ejercer con absoluta impunidad, debido a que ha sido despojada de derechos humanos, paradójicamente, dentro de un marco legal. Entendamos: no puede haber un crimen punible allí donde no existe un sujeto de derechos. La figura del homo sacer, hombre sagrado en términos etimológicos, se originó en el antiguo derecho romano y representaba una persona que había sido expulsada del dominio humano, por lo que podía ser asesinada sin que esto acarreara repercusiones de índole legal.
A la luz provista por esta noción antigua, Agamben encuentra en el pueblo judío un ejemplo prototípico de cómo un Estado se vale de las leyes para someter a un grupo a la deshumanización y el exterminio, reduciéndolos así a una condición biológica a secas, o bien podemos llamarla carne en el sentido desarrollado por el filósofo español Santiago Alba Rico cuando, en su ensayo con título evocativo de Hamlet, Ser o no ser (un cuerpo), afirma que un cuerpo conjuga la carne y el lenguaje y trasciende lo físico, en tanto que la carne es una manifestación básica y material de la existencia, una condición meramente animal, equiparable al porcino o a la carne enlatada en la medida en que estos no están mediados por significados políticos. Bajo estos lentes, asegura Agamben, podemos entender cómo operan el poder y los Estados soberanos contemporáneos, donde la ley y la vida se tensan en estados de excepción perennes.
Uno de los documentales paradigmáticos del nazismo, El eterno judío, sintetiza cuanto hemos discutido en este apartado: en un amañado paralelismo, la migración de los judíos a Alemania se conceptualiza metafóricamente mediante imágenes del desembarco de millones de nauseabundas ratas polizones. A la postre, tal movimiento de los cuerpos significaría no el paso a la utopía, sino el descenso a la distopía.
VI
Son legión quienes sentencian que la distopía es lo opuesto a la utopía. Esta cacareada relación de antonimia, no obstante, incurre en la negligencia de eludir el hecho de que, mientras concebimos las utopías como proyectos imposibles de llevar a cabo, las distopías, en contrapartida, son vistas como mundos posibles, como estados de cosas que corren la desdicha de producirse en la realidad en un futuro cercano o a largo plazo. No es aventurado, de hecho, preguntarnos sobre cuál referente en lo real ha engendrado la distopía que encaramos. ¿Escribió George Orwell sobre un futuro acechante en 1984 o apenas vertió en clave especulativa el estalinismo en la Unión Soviética? ¿Creó Ray Bradbury un futuro en el que los libros son prohibidos y los bomberos los destruyen en la hoguera o sólo alteró levemente la quema de libros en sociedades como la Alemania nazi y la cacería de brujas del macartismo? Quizá nuestra percepción de las distopías se hace más diáfana en memes que circulan en redes sociales, donde exhortan a que hagamos que 1984 sea ficción nuevamente o advierten que vivimos en un punto en el que esta obra se cruza con La naranja mecánica, Un mundo feliz, Fahrenheit 451, Los juegos del hambre, The Matrix y El señor de las moscas. Sentimos que el tiempo de la distopía es el pretérito y que, cuando mucho, las ficciones previenen sobre sus repeticiones o algún tipo de variación posterior. La primera entrada del lema “utopía” en el Diccionario de la lengua española expone nuestra comprensión del concepto: “Plan, proyecto, doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización”.
Naturalmente, el asunto del extranjero no le resulta indiferente a la ciencia ficción, sino que, antes bien, se ha convertido en un interés medular, dada la actual crisis migratoria a escala global. Para su línea distópica, el extranjero puede comportar una figura problemática, por cuanto representa la alteridad periférica que amenaza a la sociedad central cerrada. Si hemos de enmarcarlo con una metáfora conceptual, el extranjero es el agente infeccioso proveniente del afuera caótico capaz de demoler el sistema inmune comunitario. Recurriendo a la refutación a Michel Foucault por parte de Zygmunt Bauman, podemos decir que el modelo de control de las distopías sobre migraciones no es el panóptico, sino el banóptico. En otros términos, las sociedades distópicas despliegan dispositivos de alta tecnología para mantener al extranjero fuera de los límites de la ciudad. Puede, por qué no, que se le abran las puertas, pero esto suele llevar el precio de transmutar el cuerpo en mera carne. A partir de esta animalización del visitante, el poder rector de la sociedad distópica dispone de él como un recurso que puede explotar a su antojo.
A lo largo de este ensayo ha quedado constancia de que su centro de interés es el continente sudamericano como un suelo para levantar el proyecto utópico. Hoy, sin embargo, somos testigos de una distopía de doble filo: por un lado, condiciones de precariedad y la proliferación de dictaduras empujan a millones de personas a ir tras la utopía en otras regiones y continentes, donde son vejados y maltratados; por el otro, las migraciones en pos de la utopía se producen hacia destinos dentro de la propia Latinoamérica, donde, escenificando las ideas del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, el extranjero no encuentra hospitalidad, el signo inequívoco de la política de lo bello y una manifestación de la razón universal.
Ejemplar sin parangón de la política de lo feo es la sombría distopía Cadáver exquisito, de la argentina Agustina Bazterrica. Las acciones acá ocurren tras una pandemia que acabó con los animales, por lo que los humanos resienten la falta de proteínas para alimentarse adecuadamente. Esta situación pretende ser subsanada por los gobiernos mediante leyes que permitan el consumo de carne humana de crianza. Visto todo lo que atañe a la distopía, por tanto, no hay sorpresas en que la primera carne en el radar de Argentina sea la de sus vecinos bolivianos, ni que en otros países también sea la carne de extranjeros. Cuerpos humanos trashumantes reducidos a jugosa carne al asador.
VII
La esperanza conforta al narrador-protagonista en las páginas finales de la novela de Adolfo Bioy Casares La invención de Morel, una de las obras pioneras de la ciencia ficción latinoamericana. Este personaje, un venezolano arquetipo de tantos que migran por persecuciones políticas, sueña con redención desde su desarraigo en una isla lejana.
Y cómo no hemos de anhelar soñar de nuevo con lo más sublime de la existencia.
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