En 1992 Donoso obtiene la apetecida beca de residencia del Woodrow Wilson Center en Washington cuyo principal compromiso es desarrollar un proyecto escritural. Su propuesta era rescatar a una figura histórica cuya vida era más parecida a la ficción que a la realidad: Sir Richard Burton, aventurero, traductor, explorador inglés famoso por su capacidad de disfrazarse y acceder a lugares vedados para occidentales. Un personaje muy donosiano en otras palabras.
Al instalarse en Washington, sin embargo, el plan da un giro radical y comienza una novela donde mezcla la gordura, el amor, un asesinato y peripecias de la vida universitaria, que publicaría en 1995 con el título de Donde van a morir los elefantes.
Vive en la capital desde septiembre 1992 hasta junio 1993, viajando en diversas oportunidades a universidades del país a dictar conferencias que le permitan acrecentar sus ingresos, una de sus obsesiones de su vejez.
A continuación, una selección de sus diarios inéditos durante esta estadía.
Cecilia García-Huidobro
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Washington D.C., 12 de octubre, 1992
Carlos Fuentes llamó para comer “en secreto” conmigo —él está alojado en la casa del senador Kennedy, lo dijo con un tono absolutamente “arribista”—, por desgracia el mismo día que me había convidado el embajador Harry Brown y señora. Tuve que llamarlo para décommander la comida Brown porque me interesan demasiado los entretelones del premio Cervantes, del que Carlos, este año, es dueño absoluto.
Cuaderno 61, p. 157
Washington D.C., 14 de octubre, 1992
Me da pena la decrepitud de María Pilar, una compasión tremenda, pero no puedo pasar por alto que es algo producido por ella misma y su falta de trabajo, su docilidad frente a sus padres y frente a mí, su falta total de habilidad para trabajo de cualquiera clase, su borrachera, las sombras siniestras de las figuras de sus padres, su falta total de voluntad para todo, incluso para aprovechar las indudables oportunidades —posición, belleza a su manera, gente de selección, gusto, cultura, todo a su alcance— que la vida puso a su disposición. Y de todo eso, queda ella, hecha un trapo, un guiñapo, una vieja borracha con paquetitos en el Pájaro: ¡Que extraño como todas las cosas en la vida van formando un pattern, una forma reconocible y no son más que piezas necesarias en el rompecabezas ininteligible que es mi vida —¿o la vida de todos?
Cuaderno 61, p. 163
New York, 20 de octubre, 1992
Viaje a Nueva York a dar una conferencia en NYU con Francisco Ayala, cena, después viaje liviano en avión. Estaban Tila Dellapiane, Rodrigo García Loyer, la hija de Ayala, Heloise Anderson (presidía la mesa). Todo era muy mediocre, Ayala inclusive, con la tonadita de la guerra civil y las ¡jeremías del exilio! La cena larga y aburrida: la hija de Ayala (yo ya lo sabía y temía) me dijo que era amiga de los Rushin. Recuerdo que el año pasado, estando en su casa cuando le dieron el Premio Cervantes a Ayala, comenté que era un escritor mediocre (y bastante desatinadamente) y muy viejo (¡es de más o menos la misma edad de Gene!). Me temo que con el odio que nos han tomado los Rushin, Gene o la Francesca le comenten algo a la hija de lo que yo dije de él, y él vote en contra de mí si se trata del Premio Cervantes dentro de veinte días, con lo cual podrían descartar mis posibilidades del premio, lo que sería fatal ya que, supongo, es mi última oportunidad y este sería el premio más grande que yo sacaré en toda mi vida, si es que me lo saco.
Cuaderno 62, p. 1
Washington D.C., 20 de octubre, 1992
Es muy probable que María Pilar llegue el lunes próximo, lo que por un lado me da mucho gusto (y me quita la preocupación de sus malas relaciones con la Pilarcita, que es constante espina clavada), pero por otro lado no deja de darme miedo, porque aquí se puede desmoronar fácilmente con el asunto de la soledad y de no tener nada que hacer y entonces le puede comenzar de nuevo, en su mundo terrible, privado y oscuro, por volver a su sed alcohólica que la puede llegar a destrozar a ella y a mí.
Cuaderno 62, p. 4
Washington D.C., 25 de octubre, 1992
El viernes estuve en Nueva York, en Grove Press, donde me hizo una larga entrevista para Publisher’s Weekly, Marta Mestrovic, nieta del escultor [Iván Mestrovic]: casi se cayó de la silla de sorpresa cuando se lo pregunté, porque es un nombre, supongo que debido a su mala época oficial y norteamericana al final de su vida, ya casi totalmente olvidado. Su gran época fue la sucesión de Viena. El busto que hay en Bellas Artes, y que es una belleza, no sé cómo llegaría a Chile, y recuerdo su presencia en Duvronik (me dice Marta que el mausoleo donde está enterrado fue totalmente destruido en esta guerra). Mala atmósfera, muy a la chilena, en la embajada: confirmo mi opinión de que la gente de Chile es la menos interesante del mundo.
Cuaderno 62, p. 4
Washington D.C., 26 de octubre, 1992
Me tengo que apurar con esta novela, la idea es demasiado buena, no la vaya a aprovechar alguien antes que yo, como Kurt Vonnegut o Carlos Fuentes.
Cuaderno 62, p. 10
Brown (Providence, R. Island), 5 de noviembre, 1992
Hoy NO me saqué el premio Cervantes. Muy doloroso y muy confundido. ¿Quién diablos es esta cubana [Dulce María Loynaz] que se lo sacó y que nunca nadie oyó mencionar? Es absurdo a estas alturas, decidir “desengañarme” de los premios, ya sé desde hace años que son mentiras, y desde el punto de vista de valoración de mí mismo, no cuentan para nada. En dos sentidos, sí cuentan: uno, en lo que significan como dinero, y dos, en lo que significan como publicidad y en esos dos sentidos me duele, y muchísimo.
(…)
Pero es bueno haber conocido, como esta tarde, a John Hawkes, gran y neurótico novelista americano y gran admirador mío. Un encuentro muy amistoso y franco y confidencial (terapistas, píldoras, etc.) y aunque difícil, un ser real. También increíble el encuentro con Robert Coover, increíble sobre todo su transparencia anglosajona, comparada con la opacidad resentida indoespañola de Oviedo, la entrega de Hawkes y Coover, la reticencia, la falta de franqueza de Ortega.
Cuaderno 62, p. 13
Washington D.C., 11 de noviembre, 1992
Hoy salí de compras con María Pilar, sin que ella me lo pidiera, y gasté una gran cantidad de dinero, compulsivamente, que no tengo, en comprarle cosas en Jaeger. ¿Sick? De repente me parece que sí. ¿Por qué lo hago? Es algo que tiene más que ver con la ropa misma que con ella, lo que significa para mí, la simbología, la semiología de la ropa, no solo porque estoy leyendo The Fashion System de Roland Barthes —que entiendo solo muy por encima— ni porque voy a escribir sobre el problema en Vidas paralelas1, sino desde antes, desde los disfraces de la niñez y la adolescencia, y todos los problemas y las culpas que en relación con todo eso he tenido. Ahora, y quizás siempre, pero ahora estoy más consciente de ello, hay un gran elemento de placer no ajeno a la culpa que expío gastando lo que no puedo y no debo en ropa para María Pilar (para mí gasto lo justo y no compro jamás, fuera de las camisas) donde me doy un poco más de largona —más que lo que estrictamente necesito, sin problemas ni de sobre gastar ni de mezquinarme, pero con María Pilar exagero porque encuentro un placer, no lejano a la expiación en comprar para ella, como lo hacía con mi madre cuando podía.
Cuaderno 62, p. 20
Washington D.C., 27 de noviembre, 1992
All in all, este mes de noviembre en Washington ha sido de los mejores meses de mis últimos años, desde el punto de vista trabajo, tranquilidad personal y económica, desde el punto de vista María Pilar y Pilarcita y vida social. Puedo decir que, si este estado de cosas se prolongara, podría pasar los últimos años de mi vida muy conforme, incluso pese a que la vida social a veces me cuesta tanto, sobre todo ahora último por mi sordera, que día a día se pone peor.
Cuaderno 62, p. 37
Washington D.C., 1 de diciembre, 1992
Anoche fuimos a la cena para Ricardo Lagos. Muy inteligente y de palabra arrolladora. Me gustó especialmente porque es la primera persona, ciertamente el primer hombre político, que hace referencia al peligro que entraña el triunfalismo chileno, y me parece que Foxley2 cabalgó exclusivamente sobre ese caballo. Estuvo muy especialmente cariñoso, con María Pilar y también conmigo, que fui el único a quien nombró en su conferencia. También estaba la Patricia Politzer, pero el ambiente, como de costumbre en los chilenos reunidos, no me gustó nada, me sentí incómodo, sin un lugar adecuado, como privado de identidad, básicamente porque no puedo —ni sé cómo— funcionar socialmente con ellos y entre ellos. No pertenezco, no me reconozco, me siento profundamente incómodo y, además, no me gustan para nada.
Cuaderno 62, p. 40
Washington D.C., 1º de enero, 1993
Salimos a celebrar el Año nuevo con los Biggs y Juan Somavía, Embajador en la ONU y su mujer, en un restorán marroquí nada muy interesante. Hola, año 93, en octubre cumplo 69 años y me falta uno para los setenta y definirme como viejo. De este año quiero:
- Que María Pilar no vuelva a tomar.
- Terminar Vidas paralelas.
- Que mi hija me quiera.
- Hacer un viaje y en 1994 volver a Estados Unidos, a pasar 4 ½ meses, o en Brown (sería invierno) o en Colorado Springs, donde ganaría mucho dinero. Sigo metido en Schnitzler, sin entusiasmo.
Cuaderno 62, p. 89
Washington D.C., 13 de enero, 1993
Leo los últimos días de Flaubert (la biografía de Troyat es mediocre y para el gran público) y me encuentro económica y anímicamente parecido a él.
Cuaderno 62, p. 107
Washington D.C., 20 de enero, 1993
Creo que el desarrollo de este tema como tema central (y el personaje Ruby como encarnando el exceso norteamericano, inteligible, irrefrenable, la obligación de “crecer”, y confundir la hinchazón inútil e incontrolable y sin forma con el crecimiento que es Ruby) puede realmente realzar esta novela y darle toda su fuerza y su carácter, que pueden, y deben ser enormes. Voy por buen camino.
Cuaderno 62, p. 134
Washington D.C., 31 de enero, 1993
Estoy viejo. Lo noto en lo mucho que me demoro en acostarme, en tomar píldoras, en sacar las cosas de un pantalón para meterlas en otro, que no se olviden las llaves, la billetera, los Kleenex, todo lo que antes hacía inconscientemente, ahora me cuesta una elaboración mental.
Cuaderno 63, p. 3
Washington D.C., 17 de febrero, 1993
Leyendo en el diario los comentarios sensacionales de The Crying Game3 con su parecido a El lugar sin límites, me entran las ganas violentas, de nuevo de hacer una película. ¿Pero cómo, con quién…?
Cuaderno 63, p. 19
Washington D.C., 19 de febrero, 1993
He pasado la mañana haciendo las estupideces que tenía que hacer, sobre todo para María Pilar, como pagar cuentas de médico y hospital, que me está quitando un tiempo mental y físico tremendo. Además de salirme carísimo, según compruebo, y no me han llegado las cuentas terribles como las del psiquiatra de María Pilar. Anoche (y antenoche) por primera vez desde hace muchos años, he dejado totalmente de tomar mi Altrivil, y en este momento no estoy tomando nada para los nervios, salvo Dormoriol de 15 en la noche antes de dormirme. Esto me tiene muy contento, en realidad es el tipo de satisfacción que uno puede tener a nuestra edad. En todo caso, anoche antes de dormirme, tuve pánico de que los dolores e incomodidades de que sufro en las piernas y los pies sea alguna forma perniciosa y antiquísima de AIDS aunque no tengo razones para ese temor. Aunque por cierto, en ese tiempo no existía esa enfermedad. El pánico es pánico, nada más, resultado de mi dejar los antidepresivos después de dos años de estarlos tomando consistente y regularmente. Veremos cómo evoluciono.
Cuaderno 63, p. 21
Washington D.C., 1 de marzo, 1993
Fuimos a un brunch de psicoanalistas el domingo, bastante interesante, sobre todo una bellísima judía peruana casada con el psicoanalista más feo del mundo. Y la noche anterior habíamos ido a una comida bastante entretenida donde Jay y Mary Tolson. Había gente simpática, pero no fuimos donde Perry Crister, lo que sentí muchísimo. La mandé Taratuta a Jane Kuczynski y a Lee MacGarth: pueda ser que les lleguen. María Pilar está entrando de nuevo en una depresión. Ya no sé qué es una “depresión” suya, parece que estuviera siempre en el umbral, o de salida o de llegada de la depresión.
Cuaderno 63, p. 34
Washington D.C., 3 de marzo, 1993
Ahora tengo que escribir y me da ese mismo terror. ¿Cómo es posible que después de tantos años de hacer lo mismo, todavía sienta tanto miedo, este vértigo, este vacío frente al vano de las escaleras? En fin, comenzar con una descripción.
Cuaderno 63, p. 48
Washington D.C., 9 de marzo, 1993
Latoso lunch oficial aquí en el Center. Jim Backer, entre los invitados. Muy oficial y muy grandioso, y un poco aterrador. Todos me parecen republicanos, pro-Bush, completamente antintelectuales, antiartísticos, interesados en la política, más en los policies y en las ciencias sociales. Pero son quienes manejan el presupuesto de la Smithsonian, y la gente que se indignará cuando vean que estoy escribiendo una novela sobre una gorda del Midwest. Vamos a ver qué pasa cuando salga el artículo de David Streitfeld4. Puede pasar totalmente desapercibido, como puede resultar un escándalo que destruya los venerables recursos del Smithsonian.
Cuaderno 63, p. 58
Washington D.C., viernes 7 de abril, 1993
Estoy terminando la primera versión de la novela, creo que triunfalmente. Y que tendré la versión antes de regresar al odiado/amado Chile.
Cuaderno 63, p. 119
Washington D.C., 23 de abril, 1993
Tercera nouvelle sobre cantos literarios: muere un escritor. Queda la hija solitaria worshipping at his shine. Carta de la Universidad de Princeton diciéndole que tiene un paquete de diarios y cartas íntimas que su padre había depositado en sus manos. Ella se extraña, porque creía que se habían vendido hacía mucho tiempo, para comprarle la casa cuando se casó. Los vende ahora, por el buen precio que le indican y acepta la proposición de un conspicuo biógrafo para hacer la biografía consultando los papeles. Ella se olvida de este permiso. Los papeles le parecen demasiados, demasiado difíciles de leer y referentes a gente que ella no conoce ni le interesa, su hijo va al pueblo y compra el libro. Se sienta bajo un árbol a leerlo. Se horroriza. Los secretos más nefastos sobre el abuelo admirado. Se enfrenta con su madre sin decirle nada. Ella adivina lo de su padre, con lo que nunca quiso enfrentarse, lo que ha oído murmurar y ha olvidado. No lee el libro. Toma el auto y una pistola para ir a asesinar al autor. El auto choca. Descubren que ella se ha pegado un tiro con el auto a toda velocidad porque no puede soportar lo que sabe.
Comenzar con una alusión clarísima a The Touchstones y The Aspen Papers.
Cuaderno 63, p. 135
Washington D.C., 29 de abril, 1993
Ayer, de vuelta en casa, pipí oscuro de nuevo. ¿El principio del fin? Sin duda siento mi mortality. Me gustaría terminar bien la novela de la gorda antes de morirme. En condiciones óptimas, quisiera hacer mis memorias después, si me da tiempo la pelada.
Cuaderno 63, p. 141
Washington D.C., 11 de mayo, 1993
Mi generación fue la de la construcción de la recuperación de la imagen y la palabra desde el olvido del exilio. No podíamos vivir sin escribir, no podíamos escribir sobre los mundos extraños donde éramos marginales, teníamos que vivir en alguna parte y vivimos en las reconstrucciones de mundos ahora inaccesibles. La memoria es la palabra. Era cuestión de reconstruir con la palabra.
La generación nueva de novelistas es la de la deconstrucción, del regreso: los enormes edificios de palabra/memoria se hunden para los nuevos narradores, y se hace necesario deconstruir las teorías políticas y económicas que nos den una semblanza de estabilidad.
Cuaderno 64, p. 8
Washington D.C., 7 de junio, 1993
La miserable falla de Marcelo Chiriboga es creer que Estados Unidos es la medida de todas las cosas, y si uno no es absorbido por el Estados Unidos mainstream, nada de lo que hace tiene ningún valor. Hablar de colonización e imperialismo norteamericano. Hablar de la penetración de “los bárbaros” del Imperio. Hablar de la invasión de trabajadores sin carta verde, hablar de los miles de miles de profes universitarios nuestros que se autoexilian para poder comer, y porque en el fondo, sea cual sea su visión de las cosas políticas, inconscientemente Estados Unidos sigue siendo la medida de todas las cosas y si Japón está deforestando los bosques del sur y cortándolos y exportándolos y dejando la tierra yerma, Estados Unidos está importando “mano de obra” intelectual barata: los profesores y escritores latinoamericanos que viven de esto. Y de paso, desprovincializándose, sofisticándose, hasta hacer imposible para ellos regresar.
Cuaderno 64, p. 20
Notas:
1 Título inicial de la novela que estaba escribiendo que se publicó con el nombre de Donde van a morir los elefantes.
2 Alejandro Foxley, ministro de Hacienda del gobierno del presidente Patricio Aylwin que por esos mismos días estuvo en Washington y expuso la situación de la economía en Chile.
3 Película del director Neil Jordan estrenada en 1992. Tuvo gran éxito de taquilla y de crítica, fue nominada a seis categorías de los premios Oscar obteniendo el galardón al mejor guión original en marzo de 1993.
4 Entrevista publicada en el Washington Post.