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BOOK REVIEWS
Issue 39
Mares y halagos: variaciones poéticas de Carmen Verde Arocha
Por Miguel Gomes
“Mares y halagos, libro pulsional —no racional— que nos habla con los signos del silencio, tiene los contornos de una psique en la que todos los seres humanos podríamos reconocernos.”
Poesía
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  • September, 2026

Madrid: Visor, 2026. 86 páginas. 

Mares y halagos: variaciones poéticas de Carmen Verde ArochaCon este libro Carmen Verde Arocha (Caracas, 1967) recibió en España el II Premio Antonio Bouza para poetas de América, galardón que se suma a un proceso de difusión internacional de su labor. Visor, en efecto, había publicado poco antes una antología de su poesía, Que el río responda (2025), y LP5 Editora había puesto a circular su obra reunida, Magdalena en Ginebra, La concubina y otras voces de fuego (2022). Mares y halagos consolida el prestigio de la autora mientras le permite ahondar en sus exploraciones previas.

La fidelidad a sí misma se capta de inmediato en el epígrafe autoral con que se abre la colección: “Tus ojos de fuego sobre fuego / bajo el azul de los mares”. Más allá de las claves privadas que la falta de referentes compartidos pueda estar velando —la posición de la inscripción en el volumen nunca dejará de sugerir algún tipo de hermética dedicatoria—, todo lector familiarizado con Verde identificará una elocución y un acervo de tópicos que se reiteran en su quehacer, evidentes en poemarios juveniles como Magdalena en Ginebra (1994): “…como quien avanza / después de muchas leguas / de fuego / del fuego de mi infancia…”; o, más recientemente, en Canción gótica (2017): “El amor se baña / en los lagos arroyuelos y mares”. Empédocles, no lo pasemos por alto, añadía a las cuatro raíces de la materia (agua, aire, fuego, tierra) dos fuerzas cósmicas que las unían o separaban (amor, discordia): los lectores, al tanto o no de su trayectoria, empezarán a imaginar que Verde despliega una cosmología elemental. Quienes tengan esa impresión no se equivocan, pues un poema de Canción gótica inspirado por Mary Shelley (“El sueño de Frankenstein”) corrobora cierta lucidez al respecto: “El agua un vuelo para entrar al mundo / Los pájaros un cauce para salir de él / Cuando el fuego sostiene nuestras almas / Todo es devorado por la tierra // —Así nace el amor”. Ahora bien, si ampliamos los alcances de los códigos elocutivos a los que la poeta acude, pronto habríamos de asociarlos a los de la tradición surrealista de posvanguardia. Pienso en el Octavio Paz de Semillas para un himno (1954), donde varios pasajes son impresionantes derroches de agua y fuego, o, en el terreno de la plástica, aludo a la Remedios Varo de Exploración de las fuentes del Orinoco (1959) o la Leonora Carrington de sus muchas marinas o pozos oníricos. 

“En el plano dramático, la unidad del conjunto es de veras ‘enigmática’, un desafío en especial para aquellos lectores, hoy en día proliferantes, que tienden a rastrear entre versos confesiones de la persona que escribe, sin comprender que en la lírica el lenguaje se somete a usos rituales y ficticios.”

Creo que el linaje poético de Verde es indiscutible y que su decir obedece los deseos bretonianos de no detener los derrames del inconsciente. Esos torrentes en Mares y halagos, tal como en la poesía anterior de la autora, no se materializan en incesantes enumeraciones caóticas, repeticiones o sintaxis arbitraria, sino en imágenes para nada filtradas por la razón, a veces constituidas por violentos desbordamientos entre campos semánticos muy distintos: “Respiración de un leopardo frente al mar”; “Hueles a corazón de / mariposa fatigada”; “Me has dicho que te duelen / las palabras en ayuno”. En otras ocasiones, la imaginería líquida se tematiza: “Tu boca que el mar dibuja / con el flujo y reflujo de las olas”. Pero, por supuesto, como lo da a entender el título del volumen, la imagen aislada puede indicar estructuras abarcadoras y profundas. Nótense en la frase Mares y halagos, en primer lugar, la preeminencia de consonantes líquidas u oclusivas relajadas: r-l-g. Enseguida, el trasvase de un espacio (mar) a un acto lingüístico (halago). Y, si continuamos prestando atención, las diversas resonancias del término halagos cuando se junta con mares, lo que hace casi inevitable la autonomización de lagos y nos tienta igualmente a perpetrar calambures arcaizantes: mar es y ha lagos. No son tan descabellados estos calambures como pueden sonar en un momento inicial; de hecho, uno de los poemas del libro se pregunta: “¿Hay lagos en los océanos?”. Aunque el lector no se atreva a llegar tan lejos, adivina posibilidades no descartables por la extrañeza de la concurrencia conceptual titular. Tal indeterminación es señal de un discurso donde lo semiótico y el inconsciente recuperan territorio perdido que lo simbólico y la conciencia se ven forzados, tarde o temprano, a ceder.

Es vasto el repertorio de lo líquido: lo hemos comprobado en unas pocas citas, y está subrayado por los tres epígrafes no autorales tomados de Blanca Varela, Ernesto Pérez Zúñiga y Derek Walcott. El de Pérez Zúñiga me parece de particular relevancia por apuntar a la calculada ambigüedad de la que está imbuido Mares y halagos: “Donde anclaron los marinos viejos barcos / y presagios que devuelve el mar, / tal vez los náufragos cumplan el enigma / y una gema brille entre las horas negras”. En el plano dramático, la unidad del conjunto es de veras “enigmática”, un desafío en especial para aquellos lectores, hoy en día proliferantes, que tienden a rastrear entre versos confesiones de la persona que escribe, sin comprender que en la lírica el lenguaje se somete a usos rituales y ficticios. El evanescente asunto que cohesiona muchos de los poemas parece ser el asedio memorioso a una aspiración erótica frustrada, convertida con los años en obsesión, obligación inconclusa, espectro del deseo. Esa encrucijada de lo anhelado y lo que se disipó se halla, además, en una frontera existencial. El arco anecdótico se insinúa desde el poema inicial, “Nunca fuimos juntos a ver el mar”, hasta el final, “Mudanza”. Si al comienzo la intuida historia pasional ofrece la clave de los extremos de agua y fuego:

Nos cortejamos una y otra vez
—entre los arbustos—
como si fuéramos hienas.
¿Te acuerdas de la risa de las hienas?
Fieras cuidadoras del fuego
que ven en lo insondable de la noche.
[…]
Nunca fuimos juntos a
ver el mar Mediterráneo

porque el viento era muy fuerte
porque nos llenaríamos de miedo.

En el último poema se vislumbra también, sin mayores rodeos, la trama de oportunidades desaprovechadas y lecciones aprendidas:

La lluvia nos abre los ojos […].

Los niños y las hienas
cuidadores del fuego
no entran en esta mudanza […].

Hay dos espejos en el mundo:
el cielo y el sexo […].

Si vas a enamorarte, hazlo.

Si vas a vivir en este mundo
aprende esta máxima:
                                  respira-exhala

de eso va la vida, de entrar y salir.

No obstante, en ese guiño vitalista e irónicamente sentencioso hay algo que no se declara, subentendido desde el primer poema; se trata del descubrimiento de Tánatos durante el largo paréntesis que sucede a la temerosa inacción: “Me distraje buscando la salud/pensando en gatos amarillos/en las olas/ que silban a la muerte”. Si la potencia de Eros es siempre explícita, la de su oscuro acompañante se oculta. Nótese que los cuerpos de agua, usualmente asociados al amor, aquí se equiparan a lo que algunos, por equivocación, suponen su contrario.

“Nunca fuimos juntos a ver el mar” es una composición presentada en dos versiones —hábito de buena parte de la obra de Verde—, y en la segunda muchos motivos y fraseos quedan intactos, salvo dos menciones centrales en la primera, a la noche y a la muerte. ¿Estamos ante un mecanismo de defensa, una suerte de represión o negación? No lo descarto: Mares y halagos, libro pulsional —no racional— que nos habla con los signos del silencio, tiene los contornos de una psique en la que todos los seres humanos podríamos reconocernos.

 

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