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BOOK REVIEWS
Issue 39
Montaigne, etc. de Isabel Zapata
Por Carlos Rocha Gutiérrez
“El libro de Zapata no es sólo otro libro sobre Montaigne. Aquí el dato es pretexto, es decir, un previo al texto poético. Su gran acierto radica en lo que Ortega y Gasset llamaba la razón vital: es decir, que la razón no es una abstracción, sino que se encarna, se entraña.”
Poesía
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  • September, 2026

Buenos Aires: Rosa Iceberg, 2025. 93 páginas.

Montaigne, etc. de Isabel ZapataPareciera que cada persona que se acerca a Montaigne leyese a un autor distinto. Hay ciertas cosas que todos y todas compartimos: sabemos que nació en Francia, que “inventó” el ensayo (o siendo más precisos, que instauró una discursividad que retomaba herencias de sus lecturas), que perdió a un amigo, La Boétie (al que quizás tengamos una cierta envidia), que se encerró en una torre a vivir sus años últimos, entre otras minucias íntimas que nos convida en sus textos. 

Compartimos algunas nociones, pero, al interpretarlas, nos dividimos. Cada quien reclama a su Montaigne. Hay quien mira al Montaigne psicólogo, al Montaigne defensor de la diferencia, al Montaigne erudito, al Montaigne errático y disperso. Una versión para cada persona. Algunos hasta hacen libros sobre eso: Stefan Zweig, Jorge Edwards, entre otros. Isabel Zapata hace lo suyo con Montaigne, etc. (Rosa Iceberg, Buenos Aires, 2025).

Cada quien tiene a su Montaigne porque todos, aunque se trate de la misma persona, convivimos con un amigo distinto. Lo leemos tan cercano, tan nuestro como el amigo con quien tomamos una cerveza o al que narramos nuestros descubrimientos y desencantos. Él así lo quiso desde la primera página de sus Ensayos, al invitarnos a leerlo a él como materia de sus textos; al decir Montaigne, decimos “mi Montaigne”. Decir “mío” sin poseer, acercarlo a nuestra subjetividad, a nuestra historia compartida. Estar con el otro y relatarlo desde nuestro crisol es, quizás, uno de los mejores homenajes que podemos hacer para un autor que nos haya sido querido. Ese autor o autora que, desde luego, nos invitó a pasear por nuestros propios pensamientos en compañía de nuestras afinidades elegidas. Lo que contamos de nuestro amigo Montaigne —sea chisme, anécdota, sentencia o alabanza— nos acerca un poco más a él. Y, de paso, a nosotros mismos.

Una escritora como Isabel Zapata, mexicana, interesada en ir más allá del antropoceno (como en su poemario Una ballena es un país) o en los afectos (como en el ensayo novelado In Vitro o en la novela Troika) no podía más que contarnos quién es “su Montaigne”. Pero ahí hay una trampa, porque, en realidad, buscó otro tanto: decidió abrir la caja y permitir a los cercanos a Montaigne contarnos su versión. Ejercicio en que se estiran los incisos y habitamos las voces de los otros para vernos en ellas. Desde la poesía. 

Tras una puerta de entrada puntual sobre los datos biográficos de Montaigne (estos ejercicios siempre me hacen preguntar cómo reducir una vida a sus supuestos momentos cumbres), ella invita a hablar. 

“En Montaigne, etc., no leemos en busca del Montaigne biográfico o del que se nos regala con gusto en los ensayos, sino el que la autora ha vivido y admirado.”

Sean bienvenidos al estrado. Pierre, el padre, y Antoinette, la madre. Descartes y Pascal, los enemigos. La Boétie y Marie de Gournay, los amigos (les copains d’abord, diría George Brassens). Estas seis voces constituyen “yoes” líricos que se alternan la palabra junto con aquella que reconocemos, poetizada: la del propio ensayista francés.

El poemario desglosa —con textos que van del verso libre al poema en prosa, de la entrevista al diario— algunos de estos datos biográficos. Su principal hallazgo está en que esos otros amigos, ese etcétera del libro, nos regala la posibilidad de imaginar lo que pensarían los cercanos al francés. Más allá de lo sucedido como tesis (parafraseando una línea del poemario), el paréntesis del verso. En los costados de ciertas páginas, sin resultar un recurso excesivo, en cursivas encontramos párrafos o frases que sirven como marco para ciertos poemas: anotaciones de la autora que dan contexto biográfico, definen quién habla o sitúan los lugares de la torre en que Montaigne inscribió ciertos recordatorios.

El diálogo está en la base de la amistad y del poemario mismo. Entre los diálogos más interesantes está la expansión del texto famoso “De los caníbales” en formato de entrevista, que tiene una vuelta de tuerca interesante cuando Carlos IX, el rey infante de doce años, es quien responde. 

El libro de Zapata no es sólo otro libro sobre Montaigne. Aquí el dato es pretexto, es decir, un previo al texto poético. Su gran acierto radica en lo que Ortega y Gasset llamaba la razón vital: es decir, que la razón no es una abstracción, sino que se encarna, se entraña. Da cuerpo a quien piensa, como quiso Montaigne. O se recuerda que uno es un amasijo de cuerdas y tendones, como dijo Silvio. Así, la madre reconoce su resentimiento al no verse reflejada en los textos de su hijo, el padre asume los dolores de no saber cómo criar y Marie disecciona su admiración con tintes diversos. Especialmente, Pascal y Descartes, los propulsores de saberes abstractos y sistemas absolutos, se reconocen cuerpos: sienten, envidian, temen, añoran. 

Es posible reconocer algunos temas que interpelan a Isabel Zapata: el cuerpo y su lugar en el mundo, a partir de los cólicos renales de Montaigne; el rol de la paternidad o la maternidad, en las voces de Pierre y Antoinette; la relación con lo no humano, desde la amistad que establece el escritor con el caballo. En Montaigne, etc., no leemos en busca del Montaigne biográfico o del que se nos regala con gusto en los ensayos, sino el que la autora ha vivido y admirado. Un ejercicio de común estar como en ciertos versos: “no sé qué hacer conmigo / y estar juntos resuelve ese dilema”, o como dice el diario de Marie: “como asomarme a otra persona y encontrar un espejo dentro”.

Montaigne, etc., probablemente sería un libro que Montaigne habría sabido apreciar —si bien el ensayista francés no amaba tanto la poesía, como dice la contraportada. Ahí están la duda, el tiento, el abismo. Ahí está él, diminuto e inmenso. Se reiría quizá de verse solemne a ratos, o escucharía, risueño, la anécdota de su vida, no tanto por la historia en sí, sino por el interés personal y la capacidad de quien la cuenta.

 

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