Skip to content
LALT-Iso_1
  • menú
  • English
  • Español
Issue 39
Dossier: Robert Southwell en Latinoamérica

Vencer el silencio: el rescate de Robert Southwell

  • por Nicolás Bernales
Print Friendly, PDF & Email
  • September, 2026

¿Pensamos alguna vez en el destino de los libros? Solo de vez en cuando, frente a esas obras cuya sola existencia parece desafiar toda lógica. Libros que nos obligan a preguntarnos no solo qué dicen, sino por qué fueron escritos, qué obsesión los hizo posibles y qué necesidad —intelectual o espiritual— justificó dedicarles años de trabajo.

La respuesta rara vez se encuentra en la primera lectura. Cada libro esencial parece generar más preguntas que certezas. Tal vez porque los libros no solo hablan de sus autores, sino también de la época que los produce y de aquella que los recibe. Hoy esas preguntas adquieren una resonancia particular. Vivimos un momento en que la literatura parece obligada a justificar constantemente su existencia. Con frecuencia aparecen diagnósticos sobre el agotamiento de la lectura, el predominio de la imagen y el desplazamiento del libro como forma privilegiada de comprender el mundo. Cada cierto tiempo, alguien anuncia el fin de una tradición de varios siglos.

Hace apenas unas semanas, el novelista húngaro László Krasznahorkai declaraba en una entrevista concedida a un medio español: “El mundo entero de la literatura está perdido, desaparecerá; ahora mismo no tengo ninguna esperanza de que, tal como la conocemos, sobreviva. Es una despedida: adiós, fue una hermosa historia que abarcó miles de años, pero ahora, adiós. Muchos creen que la literatura sobrevivirá heroicamente. No tienen en cuenta que antes de la escritura la humanidad ya existía”. Resulta entonces llamativo que, en medio de estos anuncios de extinción, aparezcan libros cuya existencia parece responder exactamente al impulso contrario: rescatar aquello que el tiempo ha dejado caer en el olvido. Ese es el caso de Robert Southwell. Jesuita, poeta y mártir, de Braulio Fernández Biggs, primer estudio escrito íntegramente en español dedicado al poeta inglés Robert Southwell (1561-1595). 

La publicación constituye, además, un acontecimiento editorial: por primera vez, toda la poesía conservada de Southwell —cerca de setenta composiciones— aparece traducida y editada en versión bilingüe para el lector hispanohablante. La empresa resulta sorprendente no solo por su magnitud —cerca de setecientas páginas entre estudio, aparato crítico y traducción—, sino también por el autor escogido. Southwell fue sacerdote jesuita, poeta y mártir, contemporáneo de Shakespeare y figura decisiva para el desarrollo de la poesía metafísica inglesa. Sin embargo, fuera del ámbito académico, su nombre apenas sobrevive, eclipsado por escritores posteriores como John Donne o George Herbert, pese a la profunda influencia que ejerció sobre la poesía inglesa de fines del siglo XVI.

Fernández Biggs parece consciente de esa paradoja. En el prólogo declara que uno de los propósitos del libro es “reparar este… ¿olvido?” La vacilación es significativa. No habla simplemente de un autor desconocido, sino de alguien cuya desaparición del canon plantea una pregunta mayor: ¿cómo puede perderse una obra que en su tiempo fue ampliamente leída, admirada e incluso influyó sobre algunos de los escritores más importantes de Inglaterra?

Responder esa pregunta supone volver al contexto en que Southwell escribió. Nacido en 1561 en una familia católica del condado de Norfolk, en plena consolidación del anglicanismo bajo Isabel I, fue formado por los jesuitas en Europa, ordenado sacerdote en Roma y enviado clandestinamente a Inglaterra en 1586 para asistir a los católicos perseguidos. Durante siete años desarrolló una intensa labor pastoral y literaria. Arrestado en 1592, fue torturado, permaneció casi tres años encarcelado en la Torre de Londres y fue ejecutado en 1595. Paradójicamente, su muerte consolidó su prestigio: sus escritos circularon ampliamente durante décadas y contribuyeron a moldear una sensibilidad poética cuya importancia solo mucho después comenzaría a ser plenamente reconocida.

Plutarco, en sus Vidas paralelas, reflexiona sobre la imposibilidad de que una biografía agote una existencia. Es lo que intenta Boswell en su Vida de Samuel Johnson: responder al desafío de contener una vida en un libro mediante cartas, conversaciones y anécdotas, aceptando implícitamente que toda biografía es una selección. Virginia Woolf, por su parte, observa que toda biografía oscila entre los hechos documentales y una personalidad que inevitablemente se escapa. Pero en este caso, Fernández Biggs se acerca rigurosamente a esa meta. Logra darle sentido, interpretar y fijar en el papel la breve vida de Southwell —apenas treinta y tres años—, dibujándola en la propia arquitectura del libro, en la suma de sus partes, donde somos testigos de sus pensamientos, sus silencios, sus posibilidades no realizadas. ¿Se trata de una obra académica, biográfica, religiosa, de consulta y estudio? Un poco de todo lo anterior, además de dejar ver una impronta personal.

El libro de Fernández Biggs no se limita a recopilar, citar y reconstruir una existencia. Examina el contexto político y religioso de la Inglaterra isabelina, estudia tanto la poesía como la prosa de Southwell, analiza su lugar dentro de la tradición metafísica y dedica un capítulo específico a su posible influencia sobre Shakespeare. El resultado es mucho más que una biografía intelectual: constituye la recuperación de un escritor cuya ausencia obliga también a preguntarse por los mecanismos del canon literario y por las formas en que una tradición decide, con el paso del tiempo, quién permanece y quién desaparece. Pero hay también otra dimensión: la construcción de la vida de un escritor es, en este caso, la construcción de la vida de un santo y, por lo tanto, inevitablemente, una aproximación a la vida espiritual y religiosa.

En el primer capítulo, “These New Made Treasons” (“Estas traiciones recién urdidas”), Fernández Biggs se adentra de manera minuciosa —como lo hará a lo largo del libro— en el período histórico: desde la creación de la Compañía de Jesús, María Tudor y la Contrarreforma hasta los reinados de Isabel I y Jacobo I. El asunto resulta fundamental para comprender no solo la vida de Southwell, sino la naturaleza de su escritura. Fernández Biggs observa: “Es muy relevante detenerse a pensar que el catolicismo y su práctica se hayan convertido, a partir de un determinado momento histórico, en un hecho de alta traición que merecía entonces la muerte. Inglaterra ‘siempre’ había sido católica y ‘siempre’ había sido monárquica. ¿Cómo es que, de un momento a otro, los católicos eran traidores? Estamos hablando de creencias religiosas que, aunque puedan suponer posiciones políticas, son mucho más que eso. No es de extrañar que Isabel haya titubeado al principio: era su pueblo, su mismo y propio pueblo”.

Tanto en este capítulo como en el siguiente, donde se relata la vida de Southwell, se nos va revelando que este viaje, el de penetrar en la energía de otro tiempo, no es un viaje del todo solitario para el escritor: hay una conversación con una multiplicidad de voces. Fernández Biggs hace uso de una bibliografía y de citas que, sin ser abrumadoras, conforman un conjunto vastísimo: T. S. Eliot, San Agustín, San Ignacio de Loyola, Samuel Johnson, John Milton, Peter Ackroyd, Sir Thomas Malory, muy de cerca el trabajo de Eamon Duffy, Virgilio, solo por nombrar a unos pocos que comparten presencia junto a cartas, sentencias judiciales y documentos de la época. Pero, a diferencia de lo que sucede en algunos libros de estudio, donde tienden a interrumpir el relato central, en esta ocasión están intercaladas con fluidez, lo que produce una acumulación de miradas, ecos y resonancias de la cual se desprende una imagen viva de los sucesos acontecidos hace más de cuatrocientos años.

Llama la atención la capacidad que posee el texto de mutar o cambiar frente a nuestra percepción. A veces nos encontramos en medio de una obra de carácter histórico y, en otras, cuando nos adentramos en la biografía del padre Robert, ante episodios dignos de una novela, en los que la tensión va en aumento mientras se va cerrando el cerco alrededor de sus actividades clandestinas. El autor instala las piezas de una forma en que el mecanismo nos va atrapando, nos hace parte de la persecución y de la causa católica que defienden los jesuitas en la isla. “No extraña que, junto con los votos de obediencia, pobreza y castidad, hiciesen también el voto de enseñar el catecismo. Dispuestos a marchar a cualquier parte donde hubiera almas que salvar”. El panorama general no es nada simple; la tensión va más allá de la experiencia personal. Atraviesa el continente en un choque de poderes y sospechas, entre fidelidades y traiciones, a Roma y al papa, a la patria y a la reina, con una España como figura amenazante y la política sobrevolando el panorama. Y en medio de todo esto, en medio de las tareas evangelizadoras de Southwell, comienza también a surgir su poesía. Luego de pasar años en el continente, el padre Robert empieza a recuperar la fluidez en su lengua materna, en el inglés. “Y entre todas las armas que aprendió a utilizar y que de hecho utilizó, la poesía es de la que mejor guardamos testimonio”.

La muestra de esa conjunción entre dimensión literaria y espiritual se puede apreciar en el siguiente extracto de uno de sus poemas más famosos, su factura es de una engañosa simplicidad, en el cual la imaginería religiosa se vuelve casi material: 


El Niño ardiente
(fragmento)

“¡Ay!”, dijo, “recién nacido en fieros calores me abraso,
Pero nadie se acerca a entibiar su corazón o sentir su fuego, sino yo.
Mi inocente pecho es la fragua; el combustible, las hirientes espinas;
El amor es el fuego y el humo son los suspiros; las cenizas, la vergüenza
y el desdén.
La justicia pone el combustible y la misericordia aviva las brasas.
El metal forjado en esta fragua son las almas corrompidas de los hombres,
Por quienes como ahora estoy ardiendo para trabajarlos por su bien,
Así me fundiré en un baño para lavarlos en mi sangre”

 

Los textos que escribirá como parte de su misión —libros religiosos de consolación, un texto devocional meditativo, un tratado breve y polémico y libros de poesía espiritual— circularán y llegarán a ser conocidos en manuscritos, impresos y de boca en boca. Son los mismos textos que rescata el libro de Fernández Biggs y que sabemos se encuentran reunidos algunas páginas más adelante, anotados y explicados por el autor. Allí descubrimos que el trabajo de Southwell no se aleja en lo más mínimo de su labor como sacerdote: se mantiene en un contexto de misión evangelizadora. “La poesía de Southwell apunta a la reconciliación y la comunión, pero también y por lo mismo al rescate de la devoción, la liturgia y la cultura”. El remordimiento y la posibilidad de redención, en el monólogo dramático de Pedro, de un Pedro traidor, funcionan también como un ejemplo de confesión. La sintaxis reproduce el movimiento circular del dolor a través de los sentidos y el pensamiento, un mecanismo físico que podemos ver operando: 


El lamento de san Pedro
(fragmento)

Mi ojo lee lecciones de duelo para mi corazón,
Mi corazón expone las penas a mi pensamiento,
Mi pensamiento lo mismo transmite a mi lengua,
Mi lengua lleva el mensaje a los oídos,
Mis oídos devuelven las penas a mi corazón;
Así, las penas circulares giran sin fin. 

 

La naturaleza del libro de Fernández Biggs, como ya dije, es cambiante. Genera la sensación de detenerse a observar un mismo fenómeno desde distintos ángulos, y cada uno de ellos amplifica el resultado: la concepción de la obra de Southwell, su circulación y lectura, su posición en el canon, entre los poetas metafísicos, el momento histórico y el detalle corriente; las calles de Londres, el teatro, las cárceles de Southwark, las ferias o especulando sobre su posible relación con Shakespeare, en el más curioso de los apartados del libro donde el autor, sin perder la rigurosidad académica que lo caracteriza, se toma la libertad de teorizar sobre una posible influencia (quizás muy probable) y un encuentro y una amistad, tan deseados como difíciles de demostrar: “William Shakespeare habrá derramado lágrimas al ver a su amigo Robert Southwell en el ‘Tyburn del amor, donde se balanceaba nuestra necedad’… Y enmudeció como todos los demás, pues nadie gritó: ‘¡Traidor!’ como era lo habitual”.

Fernández Biggs juega a ensayar sobre todas estas posibilidades, busca pistas en el soneto 73: “En mi vez el fulgor de un fuego semejante / Al que sobre cenizas de mi juventud se halla, / Como lecho de muerte donde debe expirar, / Consumido por eso de lo que se nutrió”. En este intento nos preguntamos por los motivos del autor, del recopilador, del estudioso que está detrás del libro que tenemos en nuestras manos, porque es ahí donde se toma la libertad de confesar un interés personal en ello: “He dedicado buena parte de mi vida académica al estudio del periodo isabelino, especialmente las condiciones de representación en los teatros públicos de Londres y el trabajo mismo de Shakespeare, dramático y poético (incluidas traducciones de sus piezas); y porque la vida y obra de Southwell ha calado en mí de manera muy profunda en los últimos años; muestra obvia de lo cual es, precisamente, este libro”.

Y la muestra precisa de este libro no agota una existencia, la proyecta hacia nuestros días; no parece ser reflejo de una selección, sino de la configuración de un rescate profundo que vence el silencio e ilumina las posibilidades que se desprenden de la simbiosis entre poesía y vida. Y el destino que presentimos en ambas, por medio de la reflexión espiritual, el uso de paradojas religiosas e imágenes sorprendentes y originales contenidas en la obra de Southwell, es un camino entre razonamiento y emoción, una exploración intelectual de la experiencia de la fe, del intento de entender el sufrimiento y prepararse para la muerte. Sentir el fuego. La presencia de la muerte en la vida, la posibilidad de justificar ambas a través del martirio: 

 

Muero en vida
(fragmento)

No vivo sino con una vida que siempre muere.
No muero sino con una muerte que nunca termina.
Mi muerte se niega a acabar con mi vida que muere,
Y la vida no enmienda ni un ápice de mi muerte viva.

 

Citas: 

1. Soneto 73. Traducción de Manuel Mujica Lainez y Pablo Ingberg.
2. Poesía de Robert Southwell. Traducción de Braulio Fernández Biggs. 
Poesía en inglés:
Saint Peters Complaynte (excerpt)
My eye, reades mournefull lessons to my hart,
My hart, doth to my thought the griefes expound,
My thought, the same doth to my tongue impart,
My tounge, the message in the eares doth sound.
My eares, backe to my hart their sorrowes send:
Thus circkling griefes runne round without an end.
The Burning Babe (excerpt)
Alas quoth he but newly borne in fiery heates I frye
Yet none approach to warme their hartes or feele my fire but I
My faultles brest the furnace is the fuell wounding thornes
Love is the fire and sighs the smoke the ashes shame and scornes
The fewell Justice layeth on and Mercy blowes the coales
The metall in this furnace wrought are mens defiled soules
For which as nowe on fire I am to worke them to their good
So will I melt into a bath to wash them in my bloode
I Dye Alive (excerpt)
I live but such a life as ever dyes
I dye but such a death, as never endes
My death to end my dying life denyes
And life my living death no witte amendes

 

¡Compra libros de los autores y traductores incluidos en este número en nuestra página de Bookshop!

 

Foto: Braulio Fernández Biggs, escritor y profesor chileno.
  • Nicolás Bernales

Nicolás Bernales was born in Santiago de Chile in 1975 and lives there today. He completed studies in audiovisual communications and advertising. He is the author of the book of short stories La velocidad del agua (Ojo Literario, 2017), for which he received a creative fellowship from Chile’s Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, and of the novel Geografía de un exilio (Edizioni Ensemble, Rome, 2023 and Zuramérica, Santiago, 2023). He also works as a literary columnist for various outlets, such as El Mostrador, El Mercurio, and the Central American magazine Carátula. 

PrevAnteriorPink Slime, translated by Heather Cleary
SIguienteUna vida ejemplar de Braulio Fernández BiggsNext
RELACIONADOS

Tres poemas

Por Micaela Paredes Barraza

Demasiado arriba: el cielo / sospechosamente blanco. / El día se resiste, la luz huye, se repliega / ocultando lo que halla. Todo busca / su pretexto en la memoria…

Cinco poemas de El lejano oeste

Por Alejandro Castro

Victorio Ferri cuenta un cuento

Por Sergio Pitol

Sé que me llamo Victorio. Sé que creen que estoy loco (versión cuya insensatez a veces me enfurece, otras tan sólo me divierte). Sé que soy diferente a los demás,…

University of Oklahoma
780 Van Vleet Oval
Kaufman Hall, Room 105
Norman, OK 73019-4037

  • Accesibilidad
  • Sostenibilidad
  • HIPAA
  • OU Búsqueda de trabajo
  • Políticas
  • Avisos legales
  • Copyright
  • Recursos y Oficinas
Actualizado: 17/11/2025 15:00:00
  • SUSCRIBIRME
Facebook-f Twitter Instagram Envelope

Suscripciones

Suscríbase a nuestra lista de correos.
Latin American Literature Today
REVISTA

Número Actual

Reseñas

Números Anteriores

Índice de Autores

Índice de Traductores

PUBLICAR EN LALT

Normas de Publicación

LALT Y WLT

Participar

Oportunidades para Estudiantes

CONÓCENOS

Sobre LALT

Equipo Editorial

Misión

Comité Editorial

LALT NOW
OUR DONORS
Suscribirme
  • email

Suscripciones

Suscríbase a nuestra lista de correos.