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Número 38
Sobre la traducción

Ídish invisible

  • por Emily Adelman Hunsberger
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  • June, 2026

En “Ídish invisible”, Emily Adelman Hunsberger reflexiona sobre la decisión de una traductora judía estadounidense de intercalar palabras en ídish en sus traducciones del inglés al español. Es decir, en la traducción de unos cuentos escritos por una autora judía argentina. De igual modo se rinde homenaje a las mujeres asquenazi, responsables de legar el ídish, y cuyo trabajo se conecta con la historia entrelazada de los judíos en las Américas.

 

 La primera vez que me topé con la voz de Tali Goldman, no fue en la página sino en los oídos. La periodista argentina produjo un episodio del podcast Las raras, titulado “Seria y dulce”, en el que documenta su experiencia escuchando las grabaciones en audio de su fallecida abuela paterna, que era de Polonia y sobrevivió al Holocausto. Me conmovió profundamente la historia de Tali. Le llevo apenas un par de años y soy la bisnieta estadounidense de ocho inmigrantes judíos de Europa del Este. Curiosamente, además de mi primer idioma, el inglés, no hablo ídish ni ruso, sino español y portugués. Esto me ha llevado a preguntarme en más de una ocasión si algunos de mis parientes no abandonaron sus shtetls a principios de siglo XX y navegaron hasta el puerto de Buenos Aires en lugar de Ellis Island en Nueva York, sus descendientes destinados a aprender castellano en vez de inglés.

Después de escuchar su historia, me conecté con Tali en la red social que antes se llamaba Twitter, lo que me permitió descubrir que, además de su trabajo periodístico, había escrito un libro de cuentos. Pude pedir Larga distancia (Concreto Editorial, 2020) de una librería argentina y mandarlo por correo internacional a mi casa en Filadelfia. En una entrevista de diciembre de 2020 con María Elvira Woinilowicz para el diario argentino Página 12, Tali describió el universo de Larga distancia como uno habitado por “mujeres, viejas, judías”. (¿Acaso esa frase significaba un grupo de yentas y sus esposos alter kocker como personajes secundarios?) Cuando el libro por fin me llegó, me impresionaron la astucia, el sentido de humor y la perspicaz inteligencia emocional de Tali. Manejaba temas solemnes como la migración, las ataduras de la tradición, la enfermedad, la muerte, el dolor y el duelo, pero como si nos estuviera guiñando el ojo a los lectores, con una dosis de levedad para poder digerirlo mejor (y con solo un par de yentas). La manera en que había entretejido la comedia y la tragedia también me pareció algo muy judío, lo cual no es fácil de definir, pero que reconozco cuando lo veo. Me hizo acordar a una historia muy repetida entre mi familia sobre mi propia abuela paterna, Raye, de cuando yacía moribunda pero aún lúcida en el hospital. En algún momento se despertó de una siesta, reparó en todos los miembros de la familia reunidos ceremoniosamente a su alrededor y cortó la tensión con un chiste: “¿Ya estoy muerta?”

En seguida le envié un email a Tali para pedirle permiso para traducir sus cuentos al inglés, y muy amablemente ella hizo la mitzvá de aceptarme.

Cuando leí el cuento que da título a Larga distancia, que está escrito como un flujo continuo de diálogo telefónico entre una argentina de mediana edad que vive en Israel y su madre en Buenos Aires, pude oír llamadas con mis abuelas Raye y Sandra de décadas atrás (y algunas más recientes con mi tía Robbie) reproduciéndose en mi cabeza. Más tarde, mientras traducía el cuento, estas mujeres se convirtieron en el arquetipo para la voz de la madre en inglés. Otra cosa que oí en mi cabeza, que no estaba presente en el texto original, fueron los fragmentos de un tercer idioma: el yiddish. (En mi español estadounidense, se puede escribir así, pero en el español rioplatense, hay que escribirlo así: ídish.) Solo sé unas cuantas palabras, pero en mi cerebro estas están indeleblemente asociadas con mis parientes judíos mayores. Y aunque hoy hay muchos menos judíos argentinos que hablan ídish que en el siglo pasado, era como si el ídish fuera una presencia intangible en el texto de Tali; palabras impresas en tinta invisible entre líneas, que solo las podía ver una lectora con una impoluta culpa judía en el corazón.

De nuevo le mandé un email a Tali, esta vez para pedirle permiso para usar algunas palabras en ídish en mis traducciones, y por segunda vez me aceptó.

Para mí, y para muchos judíos estadounidenses, el ídish es una lengua y una herencia perdida de la cual solo nos quedan algunas palabras. En mi familia, gracias a un tipo de diario de recuerdos que pertenecía a mi ya mencionada abuela, Grandma Raye, sabemos que al principio no le gustaba ir a la escuela porque solo hablaba en “judío”, un término común en aquella época que se refería a la lengua que hablaban los inmigrantes asquenazi en Nueva York (por no mencionar el significado literal de la palabra “ídish”). Una vez que mi abuela aprendió inglés, pudo hacer amigos más fácilmente y con eso se embarcó hacia el dominio y la dominación del inglés, un viaje emprendido de forma casi universal por todos los estadounidenses de segunda generación. Del lado materno de mi árbol genealógico, mis abuelos nacidos en Nueva York hablaban ídish entre sí para que sus hijas no los entendieran. Y aunque yo no le decía zeide a mi abuelo materno (que se llamaba Jacob, pero para nosotros era Grandpa Jack), él siempre me decía sheine meidele. Al igual que la cantidad de ídish que mi familia habla ahora, solo un bisl aparece en mis traducciones de los cuentos de Tali.

Aquí en Estados Unidos, un bisl de palabras en ídish cuidadosamente elegidas e intercaladas en un pasaje o una performance muchas veces es el pan diario (o mejor dicho, los bagels con salmón) de las sensibilidades cómicas del judío estadounidense. Puede que Mel Brooks sea el ejemplo supremo de esto. La forma en que mi papá imitaba a sus parientes mayores “de las viejas tierras” era una versión amateur de la rutina de Brooks del Hombre de 2,000 Años, algo de lo que me daría cuenta ya de adulta. Lamentablemente, la mayoría de los miembros de mi familia hablantes de ídish y que venían de Polonia, Ucrania y Rusia fallecieron antes de que yo naciera. No nos legaron de manera completa su lengua, pero sí nos legaron, aparentemente indemnes, sus schticks.

Es más, ¿cuántos son los comediantes judíos estadounidenses que, como Brooks, han hecho una fortuna gracias a sus schticks? Está, por ejemplo, Billy Crystal, un actor y comediante que ya se había colado en mi conciencia cultural cuando era una niña de seis años. Lo sé porque aún tengo mi diario escolar de primer grado, un cuaderno blanco y negro de papel con renglones donde escribí (e ilustré) mis respuestas a las preguntas que la maestra escribía en el pizarrón todos los días. En una de las amarillentas páginas con fecha de 22 de mayo de 1990, la pregunta es: “If you could meet a famous person, who would it be?” [“Si pudieras conocer a una persona famosa, ¿quién sería?”] ¿Y mi respuesta en letras redondas de colores? “Billy Cristel” [sic]. Entre mi generación, uno de los personajes por el que Crystal es conocido es el de Miracle Max en la comedia de aventura fantástica de 1987 The Princess Bride (una película dirigida por el gran, y recientemente fallecido, Rob Reiner, también judío), en la que interpretó el papel de un brujo, típico de los cuentos de hadas, como un viejo judío que hablaba inglés con un acento ídish exagerado, e incluso hizo un bit con una palabra de ídish inventada.

El espectador no necesariamente tiene que tener ancestros hablantes de ídish para percibir el origen asquenazi de Miracle Max, ya que Crystal es conocido por su ídish falso, rebosante de sonidos guturales y saliva. Brooks y Crystal son solo dos de las incontables figuras judías en el panorama del entretenimiento estadounidense que son responsables de conectar el uso del ídish con la comedia judía en inglés, lo cual ha marcado fuertemente la comedia estadounidense en general. Palabras como schmuck, schmooze, schlep y schnoz tienen entradas en el diccionario online Merriam Webster del inglés estadounidense. (Hace poco escuché un podcast donde Leanne Morgan, una comediante goy y rubia que creció en un pueblito en Tennessee, usó las palabras schtick y schlep, dichas en su acento natural y sin pestañear.) Los judíos estadounidenses tuvieron que meterse en el show business porque se les cerraron las puertas a otras profesiones por prejuicio antisemita, pero encontraron una puerta trasera a la cultura popular poniendo el condimento de un poco de jerga en ídish.

Que me perdonen los puristas de la traducción, pero cuando se asoman en los textos de Tali los rastros de aquel conocido sentido de humor judío, no puedo evitarlo, se me ocurren palabras en ídish aunque la autora no representa eso ni en su narración ni en el diálogo entre personajes judíos. (De hecho, son palabras en inglés, no ídish, las que puntúan el español hablado por uno de sus personajes que lleva décadas viviendo en Estados Unidos). Cuando indagaba sobre la presencia de ídish en el español argentino, encontré una tesis de pregrado escrita en 2024 por Shannon Rebecca Friel, una estudiante argentina (ahora graduada) de Swarthmore College. En la introducción a su investigación sociolingüística sobre la inteligibilidad mutua de palabras en ídish entre hablantes actuales de Argentina y Estados Unidos, la autora describe que se crió en Buenos Aires en una familia donde el ídish siempre estaba presente, “even though nobody could articulate more than two whole sentences” [“aunque nadie podía hilar más de dos oraciones completas”]. Más adelante señala que “code-switching is in Yiddish’s soul” [“la alternancia de códigos está en el alma del ídish”] como una lengua nacida del contacto entre varios idiomas y hablada por un pueblo en movimiento. De la investigación de Friel aprendí además que el ídish tuvo una relación distinta con el idioma español y la cultura gauchesca en las zonas rurales de Argentina de la que tuvo en Buenos Aires, y aunque el uso del ídish entre los judíos de la capital disminuyó en su intento por asimilarse, la lengua sí influyó en el lunfardo, la jerga porteña creada por inmigrantes.

Para ponerle algo de carne a mi comprensión esquelética de cómo se figuran las palabras en ídish en el castellano argentino moderno, hablé con Tali sobre su experiencia personal. Se le ocurrieron pocos ejemplos aparte de “”o me rompas el tujes”, una frase común que se puede escuchar aunque la mayoría de la gente no se da cuenta de que “tujes” deriva del ídish. Tardé un momento en captar que “tujes” es la versión argentina de tuchus, pero una vez que lo hice, me dio un ataque de risa. Las pronunciaciones que varían según la región también son parte del alma del ídish, y el escuchar una palabra tan familiar para mí cortada y pegada en una frase tan, pero tan porteña me resultó inesperadamente divertido.

Dado que las palabras en ídish son mucho más prevalentes en el inglés estadounidense que en el castellano argentino, estoy abierta al argumento de que estoy proyectando mi perspectiva judía norteamericana en la obra de Tali, pero también estoy convencida de que existen momentos en mis traducciones cuando la palabra acertada en ídish realza la historia sin domesticarla. Por ejemplo, en “La Doctora Venturini”, cuento por el que Tali recibió un premio de la Bienal de Arte Joven Buenos Aires en 2019, la protagonista es una mujer judía ortodoxa de la capital argentina que relata que su ginecóloga le dio una solución aparentemente milagrosa para ayudarla a quedar embarazada y evitar que su esposo se divorciara de ella. (A la versión en inglés de este cuento le he dado el título “The Miracle Worker” y apenas ahora me doy cuenta de que quizás haya sido un homenaje subconsciente a Miracle Max). La protagonista no es capaz de nombrar los genitales de su esposo, solo puede decir la palabra “miembro”. Hablé con Tali sobre la idea de utilizar en mi traducción una palabra en ídish, como una manera en la que el personaje evita la vergüenza de decirlo en español o inglés. Mientras considero ahora el tema del uso de palabras en ídish como eufemismos de los nombres de los genitales en inglés, recuerdo el libro de 2001 de la comediante Amy Borkowsky, Amy’s Answering Machine, en el que transcribe y comenta mensajes reales que su madre dejó en su contestador automático, una tecnología ahora obsoleta pero alguna vez omnipresente. Un día de golpe, su eternamente nerviosa madre judía grabó una admonición sobre los preservativos hechos de piel de cordero, que son “the same as if the guy had a totally naked shmekel” [“lo mismo que si el tipo tuviera el schmekel totalmente desnudo”]. Al traducir el cómico cuento de Tali, consideré, de hecho, schmeckle (¡tantas farkakte transliteraciones y deletreos diferentes!) como una posibilidad, pero al final elegí schtupper, una palabra cuya connotación mecánica y poco romántica funciona perfectamente en este contexto, por razones que dejaré a futuros lectores descubrir por su cuenta.

Y hablando de la tecnología telefónica, las madres judías y el ídish, en mi traducción de “Larga distancia” (“Long Distance” en inglés), del libro de Tali que lleva el mismo título, la hija trata de convencer a su madre a emigrar a Israel, diciendo “Pero, mami, estarías más tranquila, sin renegar todo el día como estás allá…” o en mi traducción: “But, Mami, I’m telling you, you’d be better off here, you wouldn’t have so much to kvetch about like you do there…” Aquí el verbo “renegar” significa “complain”, “gripe” o “grumble” en inglés [quejarse, refunfuñar o gruñir]. ¿Por qué no circunvalar entonces la imprecisión del inglés y optar por kvetch en ídish? A pesar de su trabalenguas de consonantes, kvetch es una palabra tan útil que también cuenta con su propia entrada en el diccionario Merriam Webster.

Mientras más ídish utilizaba en mis traducciones de los cuentos de Tali, más analizaba mi propia elección (¿o era más bien una compulsión?). Empecé a vislumbrar una red de conexiones desde Alaska hasta la Patagonia y desde el momento actual en la historia de América hasta la época colonial. En Estados Unidos, el español es tanto un idioma colonial que se ha hablado aquí por más de cinco siglos como la lengua de diáspora de millones de inmigrantes latinoamericanos. El ídish y el ladino, las dos lenguas judías más comunes que se hablan en las Américas, son diaspóricas por naturaleza. Algo que el español y el ídish tienen en común, entonces, es que son un tipo de tejido conectivo que une familias y comunidades sacudidas por las tempestades a través de generaciones y fronteras.

El último cuento del libro de Tali, que lleva el título “Walking Distance” tanto en español como en inglés, está escrito como una serie de emails entre un viejo judío argentino que vive con su esposa en Nueva York y su cuñada viuda que vive en una residencia para ancianos judíos en Buenos Aires. En uno de los emails, el hombre le cuenta a su cuñada sobre la mujer mexicana que los cuida a él y a su esposa. Observa que ella apenas habla un poco de inglés y sus nietos no hablan español, entonces casi no pueden comunicarse. Luego él confiesa que enfrenta una barrera menos extrema pero parecida con sus propios nietos. “A mí me dicen abuelo y a Rita abuela, pero después el resto todo, todo en inglés”. En mi familia, el ídish sucumbió al mismo destino que el español de la abuela mexicana; el primer idioma de mis cuatro abuelos nacidos en Nueva York está casi totalmente perdido dos generaciones después. Sin embargo, para las familias que hablan español y ídish (y otras lenguas) en Estados Unidos, una pequeña colección de palabras sigue transmitiéndose de generación en generación, como reliquias atesoradas.

Se me ocurre que, aunque hombres como Crystal y Brooks hayan dejado huellas importantes en mi consciencia de las sensibilidades cómicas judías, las reliquias en ídish que habitan mi cabeza fueron depositadas allí por las mujeres de mi familia. La investigadora Alicia Ramos-González ha mostrado que, en Europa del Este entre los siglos XVI y XIX, el ídish era la lengua de los espacios femeninos mientras las mujeres navegaban y superaban barreras lingüísticas en sus interacciones sociales diarias, trayendo las noticias desde afuera del barrio a la casa y adentro de la cocina, donde los niños seguramente estaban reunidos para un nosh y una lección de lengua. Excluidas de la educación formal en hebreo reservada solamente para los hombres, las mujeres asquenazi se convirtieron en las escritoras y lectoras de la literatura en ídish durante esta época. En un artículo para Jewish Women’s Archive, Nurit Orchan describe algunos de los temas sobre los cuales las mujeres hablantes de ídish escribían en sus artículos, cuentos y cartas al editor, incluidas inquietudes sobre la transición de la vida comunal a la urbana, las condiciones laborales y los sindicatos, el estatus de la mujer en la sociedad, y la difícil tarea de inculcar a sus hijos la identidad judía. (Estos no son tan distintos de los temas de la narrativa de Tali, y ella incluso escribió, como periodista, un libro sobre las mujeres y el movimiento sindical en Argentina). A partir del siglo XIX, los hombres asquenazi empezaron a adoptar el ídish como lengua literaria, lo cual ha eclipsado parcialmente el rol importante de las mujeres en nuestro entendimiento histórico de la literatura en ídish. Ahora en el siglo XXI, el acto de traer palabras en ídish a mis traducciones de historias donde las protagonistas son mayoritariamente mujeres judías me parece una pequeña obra de tikkun olam, remendando un agujero en el pañuelo babushka amarrado alrededor del continuo espacio-temporal para conectar el texto de Tali con nuestras bobes ancestrales (o bubbes ancestrales en mi versión de ídish) en Europa del Este y agregando otro hilo que conecta a todos los judíos aquí en las Américas.

Para comprender hasta qué punto la historia de los judíos en las Américas está profundamente entrelazada, debemos desviarnos cinco siglos hasta el año 1492, cuando Colón se fue al mar y nunca a la India pudo llegar (¡vaya schlep!) y los Reyes Católicos echaron a los judíos de España (¡oy vey, otra vez el mismo cuento!). Muchos judíos conversos abandonaron España por el llamado Nuevo Mundo, donde continuaron practicando sus tradiciones clandestinamente, y para el siglo XVII había una comunidad sefardí importante en las colonias holandesas de Brasil y Surinam. (El ladino, o el judeoespañol, es como una postal lingüística de los judíos sefardíes que huyeron de la Península Ibérica en el siglo XV mostrando el contacto que su español tuvo con distintos idiomas). De hecho, de las colonias holandesas provino el primer grupo organizado de judíos en asentarse en Estados Unidos; huyeron de Brasil después de que los colonos portugueses tomaron por la fuerza el ya robado territorio de los holandeses. Frente a la amenaza de la Inquisición ibérica, estos judíos fueron de colonia en colonia buscando refugio solo para ser rechazados por los españoles e ingleses hasta que algunos de sus hermanos judíos en el consejo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales movieron sus influencias para que el grupo pudiera quedarse en la colonia que más adelante se convertiría en Manhattan.

La expulsión y el éxodo de los judíos de los cuatro rincones de Europa, desde la Edad Media hasta mediados de siglo XX, ayudaron a moldear y conectar comunidades a lo largo de todo el Hemisferio Occidental. (Y reconozco que hasta ahora solo me he referido de manera superficial al Holocausto y distintos lugares de la Zona de Asentamiento, donde los pogromos antisemitas obligaron a mis bisabuelos a emigrar a principios de siglo XX). En su libro autobiográfico Las genealogías, la autora judía mexicana Margo Glantz retrata a su padre, el poeta Jacobo (Yaacov) Glantz, quien nació en Ucrania y hablaba ruso, hebreo, ídish y español. (Margo Glantz escribe también sobre su tío que vivía en Filadelfia, ciudad desde la cual escribo ahora). Hace poco descubrí que en 1938, Jacobo Glantz publicó un poema épico en ídish sobre las Américas titulado Kristobal Kolon, lo que entiendo como la transliteración en letras inglesas de la pronunciación de Cristóbal Colón con acento ídish. Dado que no puedo leer el poema, debo depender de la descripción que aparece en un artículo por Rachel Rubenstein que se publicó en 2022 en In geveb: A Journal of Yiddish Studies:

[Glantz] recuenta el mito fundacional más icónico de las Américas usando dos guías improbables: Luis de Torres, mencionado de paso por Colón como un judío contratado para servir de intérprete, está en el centro del recuento de Glantz, con pasajes sustanciales dedicadas a la narrativa de Guacanagari, un cacique también descrito brevemente en los diarios de Colón. En el poema de Glantz, tanto de Torres como Guacanagari son sobrevivientes traumatizados por la Inquisición y la Conquista, cuyas experiencias imaginadas de guerra y esclavización en el Nuevo Mundo sirven para conectar diversas geografías, historias y pueblos en una potente narrativa revisionista. Escrito en un ídish multilingüe con préstamos de español, taíno, latín y hebreo, la obra maestra de Glantz ofrece una visión transnacional de las Américas que insiste — en ídish— en sus orígenes judíos, musulmanes, indígenas y africanos, sugiriendo una nueva geografía para la literatura judía americana que supera los límites de lo que entendemos como las Américas y lo judío, y desafiando nuestras expectativas de lo que puede contener la literatura en ídish.

Rubenstein propone que Kristobal Kolon derroca nuestras definiciones fijas de las Américas (un lugar), lo judío (una identidad) y la literatura en ídish (una colección de textos en un idioma). Mientras reflexiono sobre lo que me lleva a intercalar el ídish en mis traducciones al inglés de los cuentos de una autora judía argentina escritos en español, encuentro que yo también estoy flotando en la lámpara de lava metafísica de Jacobo Glantz, donde nuestras ideas sobre la lengua, la literatura y la traducción son maleables y están en constante movimiento y transformación.

Según la ley internacional, todos aquellos traductores que escriban sobre su vocación se verán obligados a inventar metáforas de la traducción, por ende presento la siguiente para su consideración: la traducción quita la cáscara incomestible de un fruto para que el lector pueda disfrutar la carne fragante adentro. Es decir, nosotros los traductores metabolizamos lo que es, a los ojos del lector, la rugosa y amarga apariencia exterior de una diferencia insuperable (un idioma ininteligible) para que dicho lector pueda digerir más fácilmente las historias que revelan no solo nuestras diferencias sino también nuestras flaquezas comunes y nuestra extraordinaria resiliencia como seres humanos. Al utilizar ídish en mis traducciones de los cuentos de Tali Goldman, también espero realzar para el lector angloparlante la comprensión de que su universo de “mujeres, viejas, judías” es parte del reino cósmico de lo americano, en el sentido hemisférico de la palabra. Un poco como los alimentos en el plato del séder de Pésaj ofrecen una experiencia sensorial para realzar nuestra comprensión de la historia del Éxodo: no es solo agua salada, sino las lágrimas de un pueblo por mucho tiempo oprimido.

Aun después de todo este schpiel, admito que todavía siento un poco de melancolía sobre mi escaso conocimiento del ídish. Tengo un bisl para esparcir en mis traducciones, eso sí, pero con ese poquito no se puede hacer una olla entera de sopa de bolitas de matzá. A menudo se siente como una señal telefónica que se ha caído de manera permanente, cortando la llamada de larga distancia entre mis ancestros y yo. Y para colmo, en vez de aprender mi lengua de herencia, durante muchos años de mi vida he dedicado un esfuerzo enorme para aprender el español y el portugués. Soy como Miami después de la revolución cubana: alguna vez una ciudad playera con una mayoría de habitantes judíos, ahora la Puerta de Latinoamérica. (¡Quédense para el show, apenas estoy arrancando!)

A lo mejor me haya atraído Larga distancia porque reconocí una melancolía parecida en los personajes de Tali, junto con el impulso de usar el humor para sobrellevarla. A lo mejor me haya atraído la idea de utilizar el ídish en mis traducciones de la escritura de Tali para poder conectarme con los sentimientos panamericanos del desarraigo perpetuo, el anhelo de conectarnos con nuestros respectivos ancestros y tierras ancestrales, y la preocupación existencial por ser echados o rechazados.

O quizás simplemente fue beshert.

 

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Foto: Dmitry Kropachev, Unsplash.
  • Emily Adelman Hunsberger

Emily Adelman Hunsberger is a bilingual writer and literary translator. Her translation of Wonderland: Crónicas of Belonging in América, a collection of essays by Melanie Márquez Adams, was published by Mouthfeel Press in 2025. Her translations of short works of fiction, nonfiction, and poetry have appeared in Latin American Literature Today, The Southern Review, PRISM international, The Common, Southwest Review, and Grist. In addition to publishing reporting, research, and criticism in English and Spanish, her poetry has appeared in Anfibias Literarias and Spanglish Voces and is forthcoming in Literary Mama. She lives with her family in Philadelphia.

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