“La relación de Donoso con la labor literaria es asfixiante. Se alimenta tanto de la entrega hacia una vocación y destino que no alentó otras posibilidades, como también de las obsesiones e inseguridades de una psiquis brillante y compleja.”
I
El 5 de octubre del 2024 se celebró en Chile el centenario del nacimiento del escritor chileno José Donoso. Durante ese año su figura fue rescatada y analizada en un sinnúmero de formas: reportajes, charlas, análisis y un gran etcétera, iluminadas todas ellas por la publicación de la segunda parte de sus diarios en 2023, Diarios centrales. A Season in Hell, 1966–1980 (Ediciones Universidad Diego Portales). La reaparición de Donoso en los medios y en la esfera literaria me llevó a pensar y recordar su trayectoria, su lugar en nuestra frágil memoria. Su recuerdo y posición distan de la de los consagrados poetas que forman parte de una especie de olimpo en Chile. No existe una fundación o casa museo (su hogar fue destruido en la especulación inmobiliaria de comienzos de este siglo), tampoco avenida o busto en medio de una plaza. No lo veo transformado en símbolo. Algo en él se resiste a abandonar su condición humana, una esencia compleja y menos accesible.
Hay quienes postulan que los buenos escritores mueren dos veces; la primera de esas muertes es cuando la escritura, el pozo desde donde proviene, comienza a secarse. La segunda es la natural e inevitable: el fin físico. En cierta medida, esta teoría empalidece cuando se trata de grandes novelistas. Nacen, mueren, resurgen, para luego volver a morir. Algo continúa agitándose al interior y alrededor de la obra. Y en Donoso, esa intermitencia, ese pestañear entre vida y muerte, sigue latiendo, lejos de un último suspiro.
Si nos remitimos a una línea biográfica y temporal, la carrera literaria de Donoso comienza con la publicación de sus primeros relatos en 1955; contaba con 31 años y, junto a su escritura, da inicio a sus viajes. Esta relación indisoluble entre movimiento y literatura lo va a llevar a vivir en varios países, principalmente en España y Estados Unidos, durante los años más importantes de su carrera. Es afuera, lejos de Chile, país con el cual mantuvo una relación tensa y complicada, donde va a fraguar sus novelas más importantes: El lugar sin límite, El obsceno pájaro de la noche, Casa de campo y El jardín de al lado. Y es durante el mismo periodo que se sitúa como parte del boom. Pero su participación del explosivo auge que irrumpió en la literatura hispanoamericana fue momentánea y oblicua. Esa posición secundaria, ese paso al costado, no se debió a una postura o filosofía particular. Siempre deseó éxito y lectores. La razón puede estar alojada en los elementos más profundos de su obra. Donoso, al contrario de sus contemporáneos, no fue un escritor político. Tal vez sus libros no contenían los ingredientes deseados en medio de esa explosión. En Historia personal del boom da cuenta de ese tiempo de forma certera y aguda, a veces desde el interior y a veces desde fuera. No como crítico o teórico, más bien como novelista y como el gran lector que era.
La relación de Donoso con la labor literaria es asfixiante. Se alimenta tanto de la entrega hacia una vocación y destino que no alentó otras posibilidades, como también de las obsesiones e inseguridades de una psiquis brillante y compleja. Esos elementos van a formar a un escritor incapaz de dar espacio a las concesiones. Ese paso al costado lo llevó a vivir cerca de Barcelona, centro editorial de la época, pero no dentro. Vivió en pequeños pueblos: Vallvidrera, luego Calaceite y después Sitges, junto al Mediterráneo; atmósfera que no permeó lo suficiente para atenuar a los demonios que traía consigo. Donoso es oscuro y esa oscuridad radica en donde pone el ojo; está presente en los detalles que le interesan y definen lo que quiere contar: una fisura que destruye la perfección “superficial de toda visión”. Es en su clase social, la burguesía o aristocracia chilena, donde identifica esa grieta. Detrás de una supuesta normalidad, cohabita lo monstruoso. Cohabita en los patios traseros, en la noche, en los prostíbulos de pueblo, en la pobreza y el frío atenuado por braseros humeantes. Reside en sus desperdicios y desechos sobre los cuales se acumula el polvo, en trapos, astillas y viejas fotografías desde donde puede reconstruir habitaciones y casas esperpénticas. Reside también en el cuerpo, en la enfermedad, en la homosexualidad velada, en la vejez trasplantada a camas cuyos ocupantes no abandonarán. En antiguas sirvientas confinadas en residencias lóbregas donde conviven la deformidad, el olvido y el encierro. Ese mundo postrero le resulta fascinante y misterioso, y la forma de acercarse a él, a través del uso de las palabras, es vertiginosa y singular. Una atmósfera distorsionada para señalar la miseria de la que somos capaces, donde se van clausurando todas las posibilidades. Es el uso que hace del imbunche en El obsceno pájaro de la noche, echando mano de la mitología de su propio país:
…y hablaron del miedo, del de antes y del de ahora y del de siempre… porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a los pobres inocentes y los guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cocidos, el sexo cocido, el culo cocido, la boca, las narices, los oídos, todo cocido, dejándoles crecer el pelo y las uñas de las manos y de los pies, idiotizándolos.
(…)
Mi cuerpo está encogido por la fuerza con que cocieron los sacos. Sé que esta es la única forma de existencia, el escozor de las raspaduras, el ahogo de las pelusas, el dolor del agarrotamiento, porque si hubiera otra forma de existencia tendría que haber también pasado y futuro, y no recuerdo el pasado y no sé de futuro, alojado aquí en el descanso venturoso del olvido porque he olvidado todo y todo se ha olvidado de mí.
Las imágenes de la novela comenzaron a crecer dentro de él cuando en el Santiago de los años cincuenta vio a un joven al interior de un auto elegante, en el cual se conjugaban todas las deformidades que podía contener un ser humano. La visión, de pocos segundos, le pareció intensa y alucinatoria. De ahí comienza a desencadenar una serie de preguntas que lo llevarán a crear este mundo laberíntico e intrincado donde un patrón de fundo construye un país privado, habitado por seres anómalos, donde su hijo nacido con deformidades tendrá la posibilidad de ser normal en medio de la rareza. Termina la novela en España, tal vez su mayor obra y la que contiene todos los elementos que se pueden comenzar a llamar “donosianos”. Elementos que no son fáciles de sobrellevar, independiente de la pericia con que están relatados. Y al mismo tiempo son una exposición alegórica de sus obsesiones con su país, “con los fantasmas de ese Chile reaccionario, residual, donde había crecido, que me repelía y me fascinaba a la vez, pero que en todo caso me tenía —y tal vez todavía me tenga— preso en sus garras”.
“Con el golpe militar en Chile, Donoso sufre un estremecimiento doble. La violencia, la instauración de la dictadura, las noticias cambiantes desde el hogar influyen en su neurosis, tanto como la certeza de que los acontecimientos del presente deben ocupar un espacio en la temática de su obra.”
Hay algo en Donoso que duele, pone el dedo en la llaga de nuestros fallos, nos refriega lo que no queremos ver como seres humanos y como sociedad. Eso lo hace duro y difícil. No creo que tuviese pretensiones de hacer crítica social a través de sus ficciones; sus motivaciones eran psicológicas y personales, solo deseaba romper el saco que lo asfixiaba, la posibilidad de tener pasado y futuro, y el único mecanismo para lograrlo estaba en la escritura y en el arte.
Con el golpe militar en Chile, Donoso sufre un estremecimiento doble. La violencia, la instauración de la dictadura, las noticias cambiantes desde el hogar influyen en su neurosis, tanto como la certeza de que los acontecimientos del presente deben ocupar un espacio en la temática de su obra. Ya no es solo la fisura en su clase social reaccionaria; la política se impone de forma protagónica. No puede pasar de ella, se ve obligado a incorporar algo que no le acomoda del todo, que no era parte de sus obsesiones y pensamientos. Lo hace en clave en Casa de Campo, donde incorpora metáforas no tan fáciles de descifrar y directamente en El jardín de al lado, libro que posee mayor luminosidad y humor, pero también habita el fracaso de un escritor chileno en Cataluña y la ambigüedad afectiva y sexual. Con el libro recién publicado, José Donoso vuelve a Chile en 1981 junto a su mujer y Pilar, la hija que ambos adoptaron
II
El regreso al país fue una experiencia agridulce; se encontró con las mismas fisuras que tanto detestaba, como también con un ambiente cultural empobrecido por la dictadura y el provincianismo. Continuó escribiendo con la misma dificultad energética de siempre, pero con resultados ambivalentes. Acompañado de una fragilidad física, tal vez derivada de la hipocondría, de una vejez prematura en su autopercepción o desengaño. Sintió de forma amarga que sus libros dejaban de generar interés; comenzó a descreer de sus antiguas temáticas. Pero es posible que cada una de esas impresiones lo haya acompañado desde un comienzo. El saco comenzó a cerrarse alrededor de él, y la escritura ya no tuvo la fuerza necesaria para rasgarlo. La desesperanza, Donde van a morir los elefantes, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu y El Mocho, las novelas que escribió durante el último periodo, tuvieron menor reconocimiento. Antes de morir en 1996, sospechó el olvido de su obra; el tiempo comenzó a correr rápido a finales del siglo XX, acosado por una modernidad cambiante y, en cierta medida, sus sospechas se hicieron reales.
Santiago, 19 de agosto de 1981.
Tengo 57 años, una carrera literaria más respetada fuera de Chile que adentro; veo, lejos aún, pero la veo, la vejez, y no tengo energía ni ganas para seguir vagando por el mundo. Pero con Santiago —con el mundo de Santiago tanto como con el pretencioso y horrible Santiago físico—, por ahora, no sé más tarde, me es muy difícil relacionarme y sentir el flujo de electricidad que me motive y me llame/lleve a escribir algo libremente, desde afuera. Siento que todo lo que me rodea es falso, insuficiente y negativo. Y sin embargo, me reconozco que soy de aquí, que este aquí no querido me amarra y me determina. (Adelanto del tercer tomo de los diarios. Revista Santiago, 2024)
A lo largo de su vida, José Donoso llevó escrupulosamente un diario, en el cual se describe en detalle su proceso creativo y donde también plasma sus obsesiones, inseguridades y problemas personales. Al parecer, no esconde nada. Son más de sesenta cuadernos que están repartidos entre la Universidad de Iowa y Princeton, legados por el mismo autor. No tengo conocimiento de los detalles y las condiciones con que fueron adquiridos sus cuadernos, pero no me cabe duda de que Donoso estaba consciente de que algún día serían leídos. Donoso era un animal literario; habitó el mundo de los libros en todas sus formas, como profesor en Estados Unidos, desde el periodismo, como parte del movimiento latinoamericano más significativo de la historia y como un lector excepcional. El destino de los libros, la trascendencia difícil de anticipar, tiene que haber sido parte de sus reflexiones. Me gusta la idea de que Donoso, sobre el tablero de su obra, hiciese algunos cálculos, dejara pistas, instalara anzuelos.
En 2009, Pilar Donoso, la hija del escritor, publicó Correr el tupido velo luego de sumergirse durante años en los diarios de Donoso. Se sabía de la existencia de los cuadernos, pero no pasaban de ser más que una curiosidad para académicos y estudiosos. El libro de Pilar, una exploración catártica, donde una hija adoptiva intenta reevaluar su vida e identidad a través de las anotaciones personales de su padre, generó revuelo y un nuevo interés. Esta obra fue un primer soplo, valiente y bien escrita. Un libro que va a perdurar y que se inscribe en el mundo del autor, pero para ella la aventura no terminó bien. Se quitó la vida dos años después.
Fue esta difícil declaración de amor filial la que impulsó el interés por los diarios, donde se expone una nueva dimensión del autor. Sus secretos y mezquindades, la envidia frente a sus pares, el difícil laboratorio de su escritura, que nos lleva a preguntarnos si tanto sufrimiento en el proceso escritural se condice con el resultado de la obra. Y, sobre todo, una entrega hacia la literatura que es total, donde se funden la realidad con la ficción y conviven sin diferencias jerárquicas. El primer tomo de estos diarios, siempre bajo la cuidada edición de Cecilia García-Huidobro, se publicó en 2016, el segundo en 2023, y estamos a la espera de la tercera entrega. En ellos hay una simbiosis entre creador y creación que insufla con nueva vida, igual de compleja o más aún, la obra y la existencia del autor.