“En el pensamiento de Zaid, como en todo pensamiento complejo y más aún en aquel que se quiere simple, hay un drama sin solución dramática.”
I
Católico y moderno. Cuando se escriba esa historia de la literatura mexicana que soñamos y reclamamos, la posteridad recordará que los vigesémicos fallamos al hacer la suma y la multiplicación de los trabajos y los días. Pero quedarán zonas cartografiadas por críticos como Zaid, verdaderos geógrafos de la imaginación literaria. Tres poetas católicos, reunión de treinta años de curiosidad, bosqueja las rutas, los pasajes y los atolladeros de una narración, nuestra literatura católica, que piadosamente desconocemos.
Zaid, partiendo de ese texto liminar titulado “Muerte y resurrección de la cultura católica”, enfrenta el imperio de ese mutante de dos cabezas autófagas: el jacobinismo y el clericalismo. El primero, vencedor de la Reforma y verdugo durante la guerra cristera, confinó a la cultura católica en sus extremos más lejanos: la procesión y el seminario. El clericalismo, derrotado y humillado, se ocultó tras la mitra, asiduo a las componendas clandestinas o al refresco de nuevos milenarismos, como la teología de la liberación. Las consecuencias fueron nefastas: antes que una anatomía de la espiritualidad mexicana, tuvimos una teratología. México, nación católica fundada en una parénesis, el convenio religioso entre quienes predican y quienes se convierten, es un país que ha vivido oficialmente sin cultura católica.
Esa simulación dramática invadió la historia literaria. Con las excepciones poco conocidas de Antonio Estrada (1927–1968) y Jesús Goytortúa (1910–1969), la novela cristera renunció de principio a la dignidad artística, urgida de justificación martirológica. Tuvo que ser un comunista, José Revueltas, el gran novelista cristiano. Y los intelectuales católicos (esa hermosa anomalía, hija inesperada de la Revolución Francesa y del romanticismo), tuvieron que escoger entre la imaginación y el escándalo, ser como los discretos hermanos Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte, ser como el viejo José Vasconcelos, quien en sus letanías del atardecer fue más católico que cristiano. Otros, como Antonio Caso, el padre Ángel María Garibay K. o Antonio Gómez Robledo, votaron por la prudencia, ubicándose como figuras voluntariamente secundarias ante gran coro pagano, masón, jacobino y agnóstico donde brillaba el gran gorro frigio de Martín Luis Guzmán, la toga socrática de Alfonso Reyes o las mentes metafísicas de los Contemporáneos.
A los poetas católicos le fue concedida cierta franquía. El catolicismo de Ramón López Velarde y de Carlos Pellicer fue tolerado: era aparentemente inofensivo. En el caso del zacatecano se condescendía ante la tristeza provinciana y reaccionaria, y al tabasqueño se le festejó la inocente alegría franciscana frente al paisaje. Pero Zaid rompe con esa tolerancia mustia de manera enfática. Armando el rompecabezas del Partido Católico Nacional, aquel aliado incómodo y luego deturpador del presidente Francisco I. Madero, Zaid termina con el impostado bardo oficial de la Revolución Mexicana y nos lo presenta como esa figura del intelectual católico que el México moderno ha extrañado y que existía, prefigurada y trunca, en López Velarde. Estudiando la relación entre el poeta y su amigo Eduardo J. Correa (como la han hecho también Jean Meyer y Guillermo Sheridan), Zaid presenta una versión distinta de la vida intelectual durante la guerra de 1910.
Tres poetas católicos continúa con Pellicer. No voy a insistir en las cualidades críticas más celebradas de Zaid, su capacidad de enseñar cómo funciona la poesía a espíritus prosaicos como el mío. La lectura de Zaid me hará volver con mayor entendimiento a los poemas pellicerianos. Y más allá de los “azules que se caen de morados”, Zaid recuerda un asunto capital enunciado por Juan Ramón Jiménez e ignorado por la historia literaria: la relación oblicua entre el modernismo poético hispanoamericano y la herejía homónima condenada por el papa Pío X, con la encíclica Pascendi, en septiembre de 1907.
Ante la aberrante condena del mundo moderno proclamada por Pío IX en el Syllabus (1864), los intelectuales católicos, sobre todo en Francia, pasaron a la rebelión. Impresionados por la metafísica alemana, por la crítica bíblica de Ernest Renan o por la lectura de las tradiciones católicas orientales, abiertos a la ciencia moderna y a su implicación sobre los dogmas católicos, modernistas como el gran Alfred Loisy, Édouard Le Roy o el oratoriano Lucien Laberthonnière, apostaron por su cuenta y riesgo al aggiornamento de la Iglesia. Quizá Teilhard de Chardin fue el último miembro de esa estirpe y el Concilio Vaticano II, la victoria parcial y póstuma de los católicos condenados al principiar el siglo.
El influjo de ese modernismo católico fue esencial en México. Alimentó, tanto o más que el positivismo dogmático, la franca heterodoxia cristiana de Amado Nervo o José Juan Tablada cuando eran jóvenes, la incredulidad de Reyes y Guzmán, la ansiedad religiosa jamás saciada de Vasconcelos, el espiritismo de Madero y el espiritualismo de Caso, la (proto) democracia cristiana en López Velarde, y como lo señala Zaid, el optimismo cristiano de Pellicer, sin duda de aliento franciscano, pero doblemente modernista, como lírico y como católico. Pero no creo, como parece suponerlo Zaid en uno de los anexos, que algunos poemas cristianos de ocasión modifiquen un ápice el inverecundo paganismo de Reyes.
El tercer poeta católico examinado es el padre Manuel Ponce (1913–1994), a quien el propio Zaid había presentado ante la sociedad literaria profana a fines de los años setenta. Con Ponce, autor de ese inolvidable Ciclo de vírgenes (1940), uno de los pocos poemas católicos mexicanos que sorprenden a los incrédulos, Zaid cierra un libro que demuestra que el catolicismo estuvo en la política revolucionaria (con López Velarde), entre la poesía moderna (Pellicer) y en el propio púlpito. Y se antoja que los Tres poetas católicos se conviertan en cuatro, cinco, seis, regresando al padre Alfredo R. Plascencia y avanzando hacia Concha Urquiza —nuestra Simone Weil según Zaid—, Francisco Alday, el grupo de la revista Trento (1943–1968) que dirigió Ponce, hasta llegar a los más jóvenes, como Javier Sicilia.
Tres poetas católicos es una pieza esencial en la resurrección literaria de nuestra cultura católica. Falta mucho por hacer, pero el punto de partida será Zaid, que se dibuja a sí mismo en el negativo de mocho, ciudadano que sostiene sus creencias católicas entre la civilidad y creyente que se afirma como laico frente a la catolicidad. Debo decir que Zaid es un tipo extraño de crítico católico: el cardenal Newman y el primer Blanco White hubieran comulgado con un modernista que, a fines del siglo XX, ha censurado tanto el progreso improductivo como las fantasías universitarias.
Un libro como Tres poetas católicos es un ejemplo de la crítica literaria como pensamiento al aire libre, fiesta de la amenidad en casa de la investigación, tiempo de las preguntas por encima de las certezas, invitación a leer poesía que se asemeja a la narración de Zaid sobre los nacimientos navideños de Pellicer, cuya ánima era la luz que permite sentir la orfandad de la bóveda celeste y la inexplicable alegría que produce la miniatura del mundo. Zaid, por ser el escoliasta de una tradición amenazada y herida, ha sabido ser, más que sus tres poetas electivos, católico y moderno. (Servidumbre y grandeza de la vida literaria, 1998)
II
Alcances y limitaciones de un método. Al paso de los años, al leer, releer o tan sólo hojear Plural y Vuelta va desplegándose ante la memoria la matizada riqueza del grupo que animó esas revistas. El peso de Octavio Paz en la literatura mundial, la animadversión política que rodeó a las revistas y el deseo de verlas pronto olvidadas, así como el ánimo desdeñoso de sus protagonistas han impedido registrar cabalmente una experiencia colectiva en la historia de la literatura hispanoamericana. En el diseño intelectual de Plural y de Vuelta tan importantes como Paz fueron Alejandro Rossi, Zaid y, más tarde, Enrique Krauze. Estos tres escritores son, a su vez, figuras capitales para entender las maneras políticas y las seguridades intelectuales con las que el último Paz dominó sobre la cultura mexicana.
Zaid ocupó, en el interior de Plural y de Vuelta una posición excéntrica, la de ser el único católico en un grupo de agnósticos y descreídos. Juan García Ponce y Salvador Elizondo se presentaron como hermanos enemigos, con una genealogía común desarrollada a través de la estética de la transgresión con Bataille y la parte maldita de la literatura occidental. Un poeta como Tomás Segovia es legible a través de la heredad de Juan Ramón Jiménez y de la crítica y la complicidad de la generación del 27, mientras que los cuentos y ensayos de Rossi son una rama del árbol de Borges, Bioy Casares y José Bianco. Y mientras que la poesía de Zaid, tan feliz, cuenta entre sus claridades la de poder ser cabalmente rastreada, su papel como crítico de la poesía, del mundo editorial y del poder político apelaba a una compleja configuración intelectual, que empezó a florecer mediante artículos y reseñas en los años sesenta en La cultura en México, en Diálogos y en Cuadernos del viento. Zaid, luego autor de dos antologías esenciales (el Ómnibus de poesía mexicana en 1970 y la Asamblea de poetas jóvenes de México en 1980) escribió lecturas memorables y polémicas sobre poetas como Alfonso Reyes, Pellicer, José Carlos Becerra, Luis Cernuda, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco o sobre la canalla literaria y el papel de las antologías. Y desde su columna “La cinta de Moebius”, en Plural, Zaid se convirtió en uno de los críticos más afilados del régimen de la revolución institucional, entonces obsesionado por recobrar entre los intelectuales la legitimidad perdida en 1968 y puesta una vez en juego tras la matanza del jueves de Corpus de 1971.
“A Zaid no le interesa una condena del mundo moderno y en ese sentido Paz se equivocó al decir que era un tradicionalista. Hay en Zaid un optimismo evangélico —el de Pellicer y el padre Manuel Ponce, sus poetas electivos más que López Velarde.”
Para desentrañar las maneras críticas zaideanas no basta con señalar una militancia católica que, además, se fue haciendo pública de manera progresiva, hasta llegar a Tres poetas católicos (1997). Zaid se presentó como un crítico literario extrañamente alejado, en apariencia, de todo esencialismo, una suerte de moralista práctico que hubiera sido fácil asociar a cierto espíritu protestante. En un medio intelectual saturado por las reyertas teológicas de los marxistas de todas las escuelas, Zaid, en Leer poesía (1972) y Cómo leer en bicicleta (1975) decidió examinar, en una empresa solitaria que parecía una extravagancia, las condiciones materiales en que se producía la vida literaria y la literatura misma. Su objetivo no era postular un sistema o fundar alguna sociología de la recepción (aunque de alguna manera iluminó ese camino) sino desbrozar al hecho literario de toda la hojarasca metafísica e ideológica que lo rodeaba y exhibir el funcionamiento de la poesía en cuanto La máquina de cantar, como tituló a su célebre libro de 1967.
Pero la crítica de Zaid, de manera aún más sorprendente, no sólo era ajena a la academia sino estaba dirigida contra las mitologías y las prácticas del saber académico. De la exhibición de los mecanismos de la inspiración Zaid pasó a una crítica radical (y que acabó por ser desmesurada) de la clase universitaria como creadora y usufructuaria del poder cultural. Sólo entonces, con libros como El progreso improductivo (1979) y De los libros al poder (1988) pudo comprenderse la naturaleza moral de la crítica zaideana: hacer crítica literaria prescindiendo del eufuismo —el ornato de lo bizarro y sus elipsis— era sólo un paso en la cruzada por librar a la vida pública de la superstición del progreso improductivo que los universitarios ofrecían a la sociedad como panacea.
El mecanismo utilizado por Zaid resultó ser el mismo al analizar una antología poética que una revolución centroamericana: descomponer una realidad en las partes que la componen, despojar a esa totalidad de su prestigio artístico, metafísico, ideológico o humanitarista, y revelarla a la luz del sentido común y, no pocas veces, de la reducción al absurdo. Pero mientras que la crítica literaria de Zaid es un utilitarismo de alcance limitado dado que no desea postular leyes (de lo contrario tendríamos un Emerson o hasta un Chernichevski), su crítica política resultó devastadora y certera dada la envergadura moral de la impostura que denunciaba. Al analizar al gobierno sandinista o la guerrilla salvadoreña con el mismo patrón de un Silvio Zavala en Los intereses particulares en la Conquista de la Nueva España (1991), Zaid hizo una aplicación novedosa de algunas teorías de las élites políticas, y lo hizo con una sorprendente eficacia periodística. El objetivo utilitario era una demostración moral: basados en el marxismo-leninismo, el jesuitismo y el nacionalismo, los guerrilleros centroamericanos, se proponían, al inventar la voluntad popular, usurparla. Tras la derrota de los sandinistas en las urnas (1990) y los acuerdos de Chapultepec entre el gobierno y la guerrilla salvadoreña (1991) hasta un Joaquín Villalobos (el jefe guerrillero que asesinó al poeta Roque Dalton y principal blanco de Zaid en aquellos memorables textos) hubo de reconocer que la democracia política era el único espacio concurrente para dirimir las ambiciones de las élites. Paz mismo había criticado al totalitarismo por razones ideológicas mientras que Zaid dió a esa reserva moral una explicación más pragmática. A diferencia de Paz, de Rossi o de Krauze, Zaid es un demócrata antes un liberal: no le interesan las tradiciones políticas omnicomprensivas sino las ideales comunidades ciudadanas.
El método de Zaid tiene limitaciones evidentes: en muchas de sus críticas del poder cultural o de la industria editorial es palpable que la realidad se resiste al mode d’emploi al que el crítico trata de someterla. En otros casos, Zaid aparece tan sólo como ejemplar de una mutación hace tiempo registrada en los anales, la del intelectual que odia a los intelectuales. Y que uno de los primeros (y más célebres) poemas de Zaid esté dedicado “al diccionario Larousse” no es casualidad: el mundo debería tener, para este humanista católico de nuevo tipo, la forma no de una enciclopedia, sino de un diccionario portátil cuyas definiciones no siempre resultan convincentes.
La bondad, el equilibrio, la dulzura y la generosidad eran las virtudes del hombre perfecto según el humanismo del Renacimiento. Y para que esa máquina espiritual produciese a un humanista católico, como lo fue Erasmo, era necesaria la docilidad cristiana ante la divinidad de todos los empeños humanos. El joven Zaid que ofreció a sus paisanos, en Monterrey, aquel texto crítico inaugural —“La ciudad y los poetas” en 1963— se mostraba ya en tanto que el humanista católico llamado a prolongar la experiencia literaria que Reyes —en una mutación que habría fascinado a George Santayana— había dejado en su fase pagana. Por ello resultan lógicos (aunque sean un tanto abusivos y contraproducentes) los empeños del Zaid maduro por sacar a don Alfonso del limbo gracias a las pruebas doblemente reveladoras que el catolicismo habría dejado en algunos de sus poemas religiosos.
El poeta que se dirige a la ciudad es un humanista católico hablándole a los filisteos con la convicción erasmiana de que nadie puede ser excluido de la lectura de las escrituras ni de la comunión con una palabra poética que Zaid asocia, con la modestia metodológica propia de Santayana, con la raíz de la religión. A lo largo de toda su carrera como crítico, Zaid será fiel a esa andadura de estudiante medieval, estrategia de ocultamiento más epicúrea que cristiana que le permite vivaquear sin rumbo fijo entre los legos y los profanos, sacando a las humanidades de los claustros académicos y de las torres de marfil. Ello explica tanto la amplitud como las restricciones que Zaid busca y se impone, haciendo gala de esa falsa modestia que Chamfort considera como el más tolerable de los pecados mundanos: publicar en revistas didácticas masivas y negarse a traspasar el límite de la palabra escrita, pues quien añade ciencia, añade dolor y suficientemente pesada es la vanidad del saber como para agregarle el fardo de la vanidad del mundo.
Ese proyecto de humanista cristiano se topó con un mundo —el de los años sesenta del siglo pasado— donde ciertas pautas renacentistas habrían de chocar con la crudeza de nuevas guerras de religión. El clima del Concilio Vaticano II, que tuvo en Zaid a uno de sus más sutiles intérpretes culturales, devino en América Latina en la conversión de los reformadores eclesiásticos en sacerdotes guerrilleros. La crítica demoledora que hizo Zaid de los universitarios en el poder en México, en Nicaragua y en El Salvador muestra el carácter erasmiano del sabio que ve a los antiguos escolásticos transformados en luteranos, calvinistas, zuinglianos, enfebrecidos profetas dividiendo lo que debería ser indivisible: la catolicidad.
A Zaid no le interesa una condena del mundo moderno y en ese sentido Paz se equivocó al decir que era un tradicionalista. Hay en Zaid un optimismo evangélico —el de Pellicer y el padre Manuel Ponce, sus poetas electivos más que López Velarde. Y esa alegría ve al espíritu reaccionario en todo milenarismo, provenga de la izquierda o de la derecha. A cambio, Zaid considera que la construcción utópica de la ciudad de Dios es una tarea cotidiana basada en el rediseño permanente de la humanidad de las leyes, Legum humanitas que en el siglo XXI sólo puede expresarse a través de un anarquismo conservador que se solidarice con las pequeñas empresas, las comunidades agrarias autosuficientes o el consumo cultural como la aduana que separa a la barbarie de la civilización.
En el pensamiento de Zaid, como en todo pensamiento complejo y más aún en aquel que se quiere simple, hay un drama sin solución dramática. En su renuncia conceptual a imponer un sistema hay una profunda necesidad utópica, y al ofrecer soluciones prácticas a problemas complejos, Zaid puede acertar mil veces, y sin embargo quedar como un utopista cuyos pequeños diseños aspiran a una inmensa ingeniería social que en apariencia no es de este mundo. Ante el problema del libre albedrío que separaba a Roma de la Reforma, Erasmo dejó insatisfechas a ambas partes pues no estaba en su espíritu la postulación de una teología ni el ofrecimiento de una solución dogmática. Pero entre las cenizas de las guerras de religión la vocación erasminiana de probar que la gracia y el libre albedrío colaboraban felizmente en la cotidiana divinidad de lo humano, valió más que los tratados, los anatemas y las argucias. A Zaid no le tocó hablar desde el púlpito ni desde la tribuna política, sino desde la literatura, la única posición en la cual el mundo contemporáneo podía garantizar su libertad. La suya es una concepción utilitaria de la literatura donde la inspiración y el sentido común han cooperado teologalmente para crear una de esas raras obras donde la nobleza de una inteligencia redime a una época de sus infamias.
Christopher Domínguez Michael, Diccionario crítico de la literatura mexicana, 1955-2011
(México: Fondo de Cultura Económica, 2012), 618-631.