“Para Forster, en Borges la lectura infantil es la única en la que el lector es plenamente parte de lo que lee. La lectura adulta, en cambio, está mediada; es una lectura de distancias y de involucramientos que establecen una diferencia entre lo escrito y el acto de leer.”
I. Leer y escribir en la época Potemkin
En algún lugar de su voluminosa escritura, George Steiner nos lleva a poner la atención sobre la cuidada arquitectura y las espléndidas fachadas de ciudades europeas que fueron ferozmente bombardeadas durante la Segunda Guerra Mundial (Varsovia, Berlín, Bratislava, Hamburgo, entre tantas otras) y que en nuestro presente aparecen como si las llamas de la Historia no las hubiesen arrasado. Entre sus calles, sobre todo en las de los antiguos barrios, pareciera que el tiempo se ha detenido. Sin duda hay tráfico, gente que circula, comercios que abren y cierran en horarios establecidos. Pero cada plazoleta, cada fachada de edificios antiguos, cada techumbre, cada espacio que se nos ofrece, pareciera sacado de una bodega de utilería, desprendiendo una rara sensación de artificio. Su pretendida inmediatez resulta falsa o inadecuada. La perfección y detalle minucioso de cada milímetro restaurado, ordenado y reconstruido durante la postguerra, llega a ser fantasmagórico: la asepsia indolente arguye en cada rincón de esas ciudades un gesto inhumano, pero sonriente, empático y fríamente pertinente. Convertidas en gigantescas y grotescas versiones modernas de esos “pueblos Potemkin” que los ministros de la zarina Catalina la Grande de Rusia le ofrecían construidos con idílica premura durante sus viajes de inspección a sus territorios, es muy probable que buena parte de nuestra experiencia inmediata se vea cada vez más desplazada hacia la figuración ficticia de lo que podría considerarse solo como discurso. Apariencia y espectáculo y disolución del mundo ficcional.
Nuestra época es un “pueblo Potemkin” que se ha vuelto hiperbólico. En una época así —una época de pantallas—, volver al libro es un gesto melancólico. Es decir, un anhelo de recobrar el viejo equilibrio entre el microcosmos y el macrocosmos que se ha visto trastocado: el orden está perturbado, reina la confusión y el sujeto afectado ya no obedece a las leyes que rigen de forma inseparable el universo y su propio destino. La pantalla ha anulado el desplazamiento bajo la promesa de la inmediatez que solo es la máscara de la extrañeza. El libro nos trae esa conciencia desplazada que forma parte esencial de aquella tristeza aguda que nos incita el deseo de recobrar la vida. El libro nos abre a la reflexión sobre el desplazamiento. Es una reflexión desplazada, pues concibe a la lectura como un acto que no es fortuito ni casual y que posee en sí mismo una simbología vital e intelectiva que desearía dejar constancia del carácter numinoso del acceso, encuentro y uso del objeto libro y de las conductas ritualistas a él adyacentes. Así, tal como nos recuerda Walter Benjamin, quizás la mejor forma de leer el libro que queremos es escribirlo: el gesto melancólico por antonomasia; asunción y conjuro del desplazamiento para resistir la mirada petrificante y medusea de la pantalla Potemkin.
Ricardo Forster, en su último libro La biblioteca infinita. Leer y desleer a Borges (2024), asume el riesgo de ir contracorriente, escribiendo sobre Borges después de haberlo leído toda una vida. ¿Qué se lee en el libro de Forster?, ¿un análisis crítico al uso como pide la actual burocracia académica? Por supuesto que no. ¿Un contrapunto a esos libros hoy por hoy imprescindibles de la bibliografía borgiana como los de Sucre, Sarlo, Pauls, Rodríguez Monegal o Gutiérrez Girardot? En parte sí, en parte no. El giro personal de Forster en este libro apunta más a una exploración de esa efigie que es Borges a modo de un símbolo plural que a un mero escrutinio respecto de una herencia bibliográfica vastísima. Leer a Borges para Forster es como un viaje. Una especie de apertura asombrada y reflexiva con los mundos que presenta el autor de El Aleph. Ciertamente abordar este nuevo libro de Forster es, de alguna manera, saldar una deuda de lector: por un lado, para nosotros, es apreciar cómo acá se llega a una especie de culminación gozosa de las obsesiones de un ensayista que ha hecho de la memoria, la lectura, Walter Benjamin, la infancia, la ciudad, el judaísmo y la reflexión crítica, los avatares reiterados de una escritura que lleva décadas en ejercicio. Por otro lado, es también la deuda que Forster asume consigo mismo, en tanto ensayista, para dilucidar en Borges y por Borges su propia impronta imaginativa, cultural y política: devaneos de un ritmo personal que encauza su muy singular lucidez melancólica donde se ve involucrado el mundo de la literatura, la escritura, la enseñanza, las humanidades, la filosofía y el ensayo. Es como si en este libro sobre Borges, Forster se adentrara no en un objeto de estudio como enseña la convención universitaria, sino en la conversación infinita con las obsesiones que cruzan su trabajo intelectual de años. Acá Forster, con palabras de Borges, sueña, prevé, analiza, parafrasea y establece una red de referencias que a la larga no sabemos si son de él, de Borges o de aquel Nadie agazapado en las citas y alusiones generosas que cruzan todo el texto. En esa apasionante superposición, más que nada, se inscribe el desplazamiento: el gesto melancólico de este ensayista para vérselas de frente con la tentatio insípida de nuestra época Potemkin. Dada la derrota de la realidad, bienvenida sea la organización vertiginosa de la memoria en los recovecos que la lectura ilumina. En ese sentido, pareciera ser que para Forster, Borges es el pretexto ideal para dar cuenta de esos resabios o intersticios que permiten la aparición de esquirlas de sentido que aún sobreviven en medio de la espectacularidad atosigante de la hora presente. Más que biografía intelectual de un autor canónico, veo acá una especie de autobiografía necesaria para este siglo XXI cada vez más ágrafo y visual.
II. El bibliotecario melancólico
Walter Benjamin, en su ensayo Desembalo mi biblioteca, ofrece una profunda reflexión sobre la relación entre el individuo y los libros que lo rodean. Para Benjamin, la biblioteca no es solo un conjunto de volúmenes, sino un espacio cargado de significados, recuerdos y emociones. Cada libro es un testigo de nuestra vida, un fragmento de nuestra historia personal que evoca momentos, pensamientos y sentimientos. La melancolía, en este contexto, no es un sentir adosado a una eventual nostalgia por lo que cada libro evoca. Se trata más bien de una especie de hilo conductor que une la reflexión, la cita y la memoria. La pesantez melancólica conlleva, entre muchas otras cosas, que no olvidemos la obsesa manía de la cita, de la referencia, de la paráfrasis: un ánimo por conjurar ese vacío que tras toda textualidad se vuelve algo amenazante, mostrándonos la debacle ontológica que implica el desmantelamiento de cualquier certeza fundada sobre sí misma. El horror vacui que todo archivero, bibliotecario y, digámoslo de una buena vez, cualquier lector fiel a sí mismo, encuentra al final del anaquel, implica, muy probablemente, un volcamiento sobre las lecturas pasadas y entrañables que, revisitadas, se convierten en aliciente estético y moral para conjurar de alguna forma el vaciamiento del presente. Así, al desempacar su biblioteca, Benjamin no solo organiza sus libros, sino que también revive las experiencias asociadas a ellos. Esta acción de desempacar se transforma en un acto de introspección, donde cada título evoca recuerdos que pueden ser tanto placenteros como dolorosos. La melancolía, entonces, se manifiesta como una forma de auscultar por lo que ha sido, por las lecturas que han dejado huella en nuestra identidad.
“El libro de Forster sobre Borges es eso y más: siendo un artefacto que sobresale entre el itinerario de referencias a otros libros, es un mecanismo que se activa con aquella energía de contrastes que, a falta de otro nombre, nominamos como melancolía.”
La cita y la paráfrasis, en el hacer melancólico, se presentan como un puente entre el pasado y el presente. Al citar a otros autores, se establece un diálogo que enriquece nuestra comprensión del mundo. Sin embargo, esta práctica también puede evocar una sensación de pérdida, ya que cada cita nos recuerda que las voces del pasado ya no están presentes en nuestra realidad inmediata. La melancolía se asoma aquí, recordándonos que, aunque los libros nos conectan con otros tiempos y pensamientos, también nos confrontan con la ausencia de aquellos que han influido en nuestra formación. En esta encrucijada, el libro sobre Borges de Forster es un avezado ejercicio de archivero. Y no refiero a las tan traídas y llevadas teorías en torno al archivo que pululan en la nomenclatura cultural y literaria contemporánea. Más bien quisiera señalar lo que denominaría como el establecimiento de una discontinuidad dinámica del sentido, es decir, la radicalidad inherente a toda escritura ensayística que implica desarrollar una cultura letrada sobre las ruinas de un alfabeto abolido del cual recordamos los gestos enunciados desde la reflexión memoriosa. Algo similar a lo que el ensayista chileno Martín Cerda señala cuando intenta comprender la ruptura entre la palabra y la cosa significada, viendo en la discontinuidad más que una ruina, una ocasión para generar posibilidades expresivas y vitales en esa tierra de nadie que habíamos nominado como realidad. Creo que esa tensión, en el libro de Forster, se aprecia perfectamente cuando se reúnen ahí una serie de alusiones y “textos” que, en relación con Borges, permiten una apertura cada vez más heterogénea de referentes, creando la sensación de círculos concéntricos en expansión. Una especie de rompecabezas donde cada pieza forma parte de un todo que no es buscado como una totalidad aprehensible en la inmediatez de la comprensión, sino en la reverberación no causal de las asociaciones. Desde esa perspectiva, Borges es entre un veedor y una justificación, una ventana abierta y una confirmación, una especie de tótem sobre el cual vuelve una y otra vez, regresiva y perifrásticamente, la escritura de Forster: ciudad, memoria, judaísmo, viaje y lectura. En las diversas “repisas” de esa biblioteca que es este libro, Forster ordena, orienta y practica el arte de la deriva como todo buen ensayista que se precie. Más que una jerarquía elaborada por filiaciones prestigiosas, nuestro autor lee mientras escribe. Un modo de proceder que permite asociaciones que marcan su propia racionalidad o, más bien, su trayectoria incumbente. Porque no se trata de explicar, ni menos dirimir una versión correcta de la hermenéutica que gira en torno al mundo borgeano, sino que se trata quizás de ir dejando una serie de huellas entre los textos en que hace escala: ya sea Benjamin, ya sea Marechal, ya sea Piglia, ya sea el propio Borges, ya sea Kafka, ya sea Salgari u otro autor. Con lo dicho hasta acá, ese bibliotecario melancólico que sería como el “hablante” que discurre en el libro de Forster (como si de un poema se tratara) traza un itinerario que obedece al ejercicio del escribir mismo. Por eso es interesante apreciar que mientras avanzamos en la lectura, este libro no muestra necesariamente un plan específico. A medida que se lee, se hacen asociaciones. Sin duda una tentadora anarquía que nos incita a sentir una experiencia de libertad, pero también un ordenamiento que parece tener el rostro del azar, y que, sin embargo, muestra en su despliegue una articulación cuasi secreta que emerge en tanto la mirada discurre más allá de las referencias que activan la percepción. Por ello, creo, el título es más que pertinente; es una justificación tan borgeana y a la vez, tan propia de Forster: la biblioteca infinita como metáfora de la amplitud que nos supera y que estaríamos tentados a nominar como “vida”. Esa metáfora no es nueva para nuestro ensayista. En un ensayo suyo titulado precisamente “La biblioteca”, recopilado en dos libros anteriores como La muerte del héroe (2011) y Huellas que regresan (2018) se aprecia el cruce entre lo biográfico y bibliográfico, el ordenamiento de las pasiones imaginativas de la juventud y de la madurez como una búsqueda que hilvana experiencias y libros, que hace del libro experiencia y que permite justificar la experiencia como tal. En esos ensayos, como en el presente libro, Forster lleva a cabo una estrategia de lectura melancólica que puede ser analogable al modo de leer que posee el propio Borges: la infinitud de la biblioteca entendida como el abordaje a una enciclopedia ligada a lo imprevisto: abrir una página cualquiera implica reunir entradas no vinculantes, sino bajo la misma letra del abecedario. En aquel proceder, Forster escribe tal como lee Borges cuando este se empeña en dar forma escrita a la opacidad de sus sueños o pesadillas: aquella mezcla entre erudición, juego irónico, nostalgia, infancia, alucinaciones y obsesiones varias. Todo lector de Borges termina escribiendo sobre Borges como el bibliotecario melancólico que, seducido por la infinitud de la biblioteca que ha custodiado toda la vida, sabe que hay un gusto especial entre goce y refugio en la escritura que se espejea a sí misma. Forster, como tantos otros antes y después, es uno de esos bibliotecarios.
III. Lecturas de infancia
No es posible deslindar de este libro todas sus claves de lectura. Una tarea imposible. Habría que escribir un nuevo libro solo para eso. Aquí, para finalizar, solo deseo referirme a una de esas claves, probablemente, una de las más relevantes: la infancia.
La infancia es una etapa en la vida llena de descubrimientos, juegos y, sobre todo, historias. Haciendo un hiato arbitrario para dar cuenta de la relevancia de aquello, quizás el Romanticismo alemán es el que pone sobre la palestra aquel tema: poemas, fragmentos, cartas, cuentos, novelas o más bien, proyectos de novela y otro tipo de textos bastante inclasificables, son el soporte desde el cual se levanta un imaginario que posee en sus páginas lo fundamental: la experiencia primigenia del mundo. En Novalis, en Jean Paul, en los hermanos Schlegel y en los hermanos Grimm, en von Kleist, en Hoffmann, en tantos otros, esa experiencia es la mirada y cómo esa mirada deletrea lo circundante. Mucho confluye ahí: el asombro y el descubrimiento, el gesto aleatorio del ordenamiento de las cosas, las asociaciones inesperadas, la “primera vez” de la percepción, la seducción de ir hacia el afuera, llevando dentro de la propia subjetividad (ese “yo” amplio, versátil y lúdico) las posibles respuestas a lo que el descubrimiento propone a su ritmo. Acá descubrir es constatar, tal como el joven discípulo en Saís del relato de Novalis narra su paulatina concientización de lo que le rodea, de sí mismo y de su proyección futura. Antes que Nietzsche, parafraseando a Píndaro, dijera “debes aprender a ser lo que eres”, ya los románticos sabían que no hay un ir hacia que no signifique, a su vez, viajar hacia el mundo interior. Y ese viaje, en el caso de Borges, tiene nombre: la lectura de los libros de infancia que le permiten imaginar, pero también atesorar la experiencia de la aventura como necesidad que no se limita a lo físico o espacial. El poder de la imaginación es poderoso. Tal vez por ello los libros que leemos en la infancia no solo nos entretienen, sino también moldean nuestra percepción, nuestra capacidad para comunicarnos, nuestra capacidad para relacionarnos con nosotros mismos. La relación entre infancia y literatura es profunda y, a menudo, melancólica, no solo o exclusivamente porque esos primeros encuentros con las palabras pueden dejar una huella imborrable en nuestra vida adulta, sino porque las historias ahí plasmadas nos recrean a nosotros mismos, permitiéndonos contar nuestra propia mismidad, elaborando ese mundo del cual formamos parte hasta que se nos viene la muerte.
Forster observa agudamente que a los escritores siempre se les pregunta sobre sus influencias o lecturas relevantes, pero que la mayoría pasan por alto las lecturas de infancia. Borges, en ese sentido, da un salto y no renuncia a la infancia, porque, en algún punto, como señala nuestro ensayista, el autor de Inquisiciones fue un niño toda su vida. En verdad, Borges nunca salió de la biblioteca de su casa paterna. El mundo para él fue visto a través de los libros que leyó. En esa sutil observación, no anida la nostalgia por un mundo ya devenido, sino más bien presenciamos la estrecha ligazón que existe entre infancia y lectura. Para Forster, en Borges la lectura infantil es la única en la que el lector es plenamente parte de lo que lee. La lectura adulta, en cambio, está mediada; es una lectura de distancias y de involucramientos que establecen una diferencia entre lo escrito y el acto de leer. En cambio, la lectura infantil es una lectura de inmersión, de plenitud, pero no necesariamente de claridad prístina. Cada historia se convierte en un espejo donde reflejamos nuestra propia opacidad. De aquella manera, la experiencia borgiana emerge construida desde y en el interior de innumerables páginas leídas durante la infancia, creando una efigie equidistante entre la apariencia de cierta ingenuidad atribuible a la inocencia y el aparente distanciamiento del anacoreta respecto del mundo. Entre ambos límites, Forster identifica una experiencia continua de lectura inacabable, encontrando en los libros, ciertamente, una serie de relatos que configuran esa identidad huidiza, pero que conlleva de algún modo un viaje que implica cartografiar esos territorios ignotos donde la memoria se cruza con la invención, donde el recuerdo es también el presente de lo recién acaecido. Ahí es donde la temporalidad se vuelca sobre sí misma, apareciendo convertida en un presente que resume dentro suyo la multiplicidad de eventos de los cuales la subjetividad no puede escapar, porque simplemente le ha tocado elaborarla. De aquel modo, cada vaivén experiencial posee su propia historia de lectura, permitiendo a Forster señalar de forma muy pertinente que, en sus viajes, siendo ya un autor famoso, Borges, ciego, ve lo que ha leído: aquellas ciudades que lo retrotraen a su propia infancia donde la lectura se vuelve mediadora entre la realidad de lo leído y la realidad concreta del lugar. En aquel detalle anecdótico, Forster da en el clavo y confirma algo de suyo evidente, pero que es capital para entender cómo Borges es leal a la infancia en un presentismo camuflado de ironía y que sin embargo, en verdad, no es tal distanciamiento, sino más cercanía creativa y menos nostalgia pesarosa: en el autor de Ficciones, la aventura es siempre literaria; no hay otra forma de vivirla que no sea a través de la literatura. Por ello, Forster constata que la infancia en Borges es siempre la infancia del lector, es decir, una experiencia que no puede ser entendida excluyendo o alejando la condición de niño que lee. El niño que lee en la biblioteca paterna, en el habitáculo en donde el mundo fue concebido y donde la imaginación plasmó su realidad para hacerse más real que cualquier otra cosa. Porque detrás de eso, no solo está el volver a la lectura de Verne, Kipling, Salgari o Las mil y una noches como si aquello fuera un ensalmo compensatorio frente una realidad difícil de aprehender o aceptar, sino que ahí Borges construye, elabora y vivencia la circularidad del tiempo como un peculiar juego eterno de cosas, imágenes, presencias y palabras que retornan una y otra vez en la recreación que efectúa su propia escritura de adulto y que es leal en la radicalidad de su convicción. Forster pone atención sobre ese gran detalle que es imprescindible en Borges: su escritura es el producto de todo lo que leyó en su infancia, y por eso, su infancia es permanente.
CODA
Un libro es un artefacto (algo que está ahí) y también un mecanismo (algo que es animado por la lectura). El libro de Forster sobre Borges es eso y más: siendo un artefacto que sobresale entre el itinerario de referencias a otros libros, es un mecanismo que se activa con aquella energía de contrastes que, a falta de otro nombre, nominamos como melancolía: reflexión, ensimismamiento, evocación, densa concentración de pensar lo propio en el gesto ajeno de páginas que activan la memoria. Un mecanismo melancólico que cruza paisajes, horizontes, imágenes, palabras. Quizás Borges es todo eso y su Aleph sea la palabra aprisionada en la garganta de un subsuelo anímico que no brota, sino en fragmentos de infancia o esquirlas de realidad. Y otras cosas. Cosas que van y vienen desde el desván del asombro. Que van y vienen desde los rincones de la ciudad. Desde el jardín del juego que implica deletrear los cromos o esos signos que se llaman Kipling, Verne o Salgari. O todo eso junto, como cuando en una travesía incierta en ese viejo tren llamado lectura, contemplamos desde la ventana el crepúsculo con su rostro enrojecido; ese destello opaco que nos devuelve un reflejo: nosotros mismos, siendo otros, en el ritmo interior que ha querido ser escritura.