Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora. 2023. 160 páginas.
Lenguas vivas, del escritor argentino Luis Sagasti, es a primera vista un montaje de viñetas, relatos y meditaciones sutilmente entrelazadas. Pero su enfoque no es, como lo insinúa el título, aquello que el lenguaje puede expresar, sino todo lo contrario, aquello que al lenguaje se le escapa. El foco no son las historias en sí sino los espacios que se abren entre ellas. La lectura de este mosaico híbrido, caleidoscópico, requiere un salto de fe hacia el vacío. Es un canto a los espacios intersticios, a las zonas liminales.
Sugerentemente, de entre los cientos de personajes —famosos o anónimos— que desfilan a lo largo del libro, el primero que aparece es Ludwig Wittgenstein y la proposición que cierra su Tractatus logico-philosophicus: “aquello de lo que no se puede hablar debe permanecer en silencio”. Digo sugerente porque en desafío a Wittgenstein, Sagasti entreteje un juego de filigranas y correspondencias subterráneas que nos permite imaginar aquello de lo que no se puede hablar. Lenguas vivas es un texto que soslaya totalidades en favor de ecos, atisbos, huellas, vislumbres, balbuceos. Como diría el propio Sagasti de la famosa fotografía de Cartier Bresson, este texto también está “al borde de dar en el plexo de un significado”. Siempre más cerca de la música que de la literatura, Lenguas vivas se nos presenta como un Tractatus ilogico-poeticus.
Si acaso hay una lógica en la sucesión arrolladora de imágenes e historias, remite más bien a la ráfaga de pantallazos que legendariamente precede a la muerte. Valga citar algunas instancias para dar cuenta del rango de las escenas y la profusión de los relatos: la mano que ensaya el dibujo primordial en las cuevas de Lascaux y la linterna del abate Breuil que lo ilumina miles de años más tarde; Agota Kristof que escribe un diario íntimo en una lengua inventada; los soldados que se ponen a cantar en las trincheras de la Gran Guerra; fórmulas escritas por Einstein en un pizarrón; Wilson Bentley, entusiasta meteorólogo que logra la primera fotografía de un cristal de nieve; Lola Kiepja, última selknam, que canta a capela una música del paleolítico; ideogramas chinos; caligrafías; los manuscritos de la Ignota lingua creada por Hildegard von Bingen en el siglo XI; un matiz del verde que solo existe en el lenguaje del pueblo ubykh y que desaparece con su último hablante, Tevfik Esenc; versos de Ósip Mandelstam arañados en la pared de una celda… y podríamos continuar así por varias páginas más. Lenguas creadas, destruidas, olvidadas, lenguas secretas, lenguas nonatas, lenguas archivadas, lenguas muertas.
“En algunos cuentos de Lenguas vivas, la ficción se presenta como una forma de la filosofía y la metafísica como una rama de la literatura fantástica.”
Si Lenguas vivas trata no sobre lo que las lenguas dicen sino sobre lo que no alcanzan a decir, también trata, paradójicamente, sobre la muerte. En última instancia, el tema central de Lenguas vivas es la muerte (el otro lado del tiempo, el otro océano, la Gran Cordillera del Cielo); la muerte abstracta, sí, pero sobre todo la muerte como pérdida visceral, la muerte de un hijo, de un hermano. La muerte como experiencia límite que socava todo intento, incluso aproximativo, de construir significados. “Si alguien continúa con el juego [de ajedrez] aun cuando su rey ha sido decapitado, solo cabe ofrecer nuestro más piadoso silencio”. Lo que se explora en esta épica de la indeterminación es ese espacio infinitesimal que se abre entre el sentido y el sinsentido, entre la vida y la muerte.
Por eso, quizá, la imagen que se repite como leitmotiv, como núcleo organizador del texto, es la brecha: los intervalos fractales que debe recorrer Aquiles para alcanzar a la tortuga, el salto de Yves Klein, la distancia mínima entre el hombre y su reflejo en la foto de Cartier Bresson, la separación entre el dedo de Dios y el de Adán en el fresco de la capilla Sixtina o entre las manos de las bailarinas en La danza de Matisse. ¿Qué se juega en esos espacios intermedios que no terminan de cerrarse? No lo sabemos. Nos aproximamos a ellos como a un horizonte en perpetuo desplazamiento.
En la tradición argentina hay un monumento literario cuyos temas centrales también son el lenguaje y la muerte: me refiero al cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde todo un universo, concebido como proyecto literario, es contrabandeado entre las páginas de una enciclopedia mientras el narrador se dedica a revisar la traducción de un ensayo sobre la muerte y el olvido. Entre otras lecturas Lenguas vivas también puede interpretarse como un diálogo cifrado con Borges y con ese cuento en particular no solo por su prosa rigurosa y por su mundo poblado de lingüistas y mitólogos. Aquí también la ficción se presenta como una forma de la filosofía y la metafísica como una rama de la literatura fantástica.
Para Max Planck, padre de la mecánica cuántica y otro de los personajes que desfilan por el libro, nuestro conocimiento del universo tiene un límite insalvable; esa millonésima parte del segundo inicial después del Big Bang. Como queda explicado, se trata de “una fracción casi demencial del primer segundo (…) en que las leyes de la física aún no se han desplegado tal cual la conocemos”. De todas las brechas, ese parpadeo primigenio es el lapso inaugural, el resquicio por donde irrumpe nuestro universo. También en Lenguas vivas hay un universo que acecha al borde la existencia, un universo musical que podría irrumpir entre dos tonos, toda una plástica a punto de colarse entre dos matices de un mismo color, una poética que se vislumbra entre las inflexiones olvidadas de una lengua muerta.
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