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BOOK REVIEWS
Issue 38
El brillo de los niños de Gustavo Valle
By José Urriola
“En esta niñez a la que nos asoma Gustavo Valle hay sangre, huesos, colmillos que se clavan en la carne, heridas abiertas y cicatrices que forman queloides.”
Fiction
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  • June, 2026
Estoy contemplando esta tierra como si la viese por primera vez o fuese a dejarla
Eugenio Montejo

España: Pre-Textos. 2025. 266 páginas. 

El brillo de los niños de Gustavo ValleYoisiberth y Gusmarling son dos hermanos huérfanos que atraviesan una Venezuela peculiar con el fin de llevar las cenizas de su abuela Adela a la frontera, tal como era su última voluntad. Ambos niños son músicos. Él, además de su guitarra, porta en su mochila un cuaderno donde escribe. Ella carga con un único tesoro particular: su libro de poemas de Arthur Rimbaud. El brillo de los niños es una novela telúrica, profundamente conectada con el terruño, al tiempo que funciona como una distopía que por momentos roza el new weird. Es una obra tocada por lo extraño, lo siniestro, aunque iluminada también con una linterna amable, por la antorcha de quien insiste —como en La carretera, de Cormac McCarthy— en llevar el fuego a pesar de la avasallante oscuridad.

En forma y fondo, Gustavo Valle cultiva en esta, su más reciente novela, el difícil ejercicio de la libertad. El brillo de los niños es una especie de road movie cargada de poesía, no solo por el alto vuelo lírico con el que moldea el lenguaje con el que se construye, sino también porque, de hecho, hay un capítulo dedicado a las citas que Yoisi subraya en color morado sobre su poemario de Rimbaud. Sumado a esto, la historia se transforma de pronto en un guion cinematográfico; aunque también, más adelante, se viste con los trajes de la ópera, se llena entonces de música, irrumpen escenografías alucinadas y monólogos que funcionan como arias cantadas por personajes dramáticos, desbordados, delirantes.

Durante la travesía, los hermanos viajan a pie, aunque algunos trechos los recorren en autobús y otros en auto. Se dirigen hacia la frontera sin saber muy bien cuál es el destino ni tampoco si les espera algo ahí. Es un viaje hacia la incertidumbre, la búsqueda del que no sabe lo que encontrará. Todo esto inserto en un contexto distópico caracterizado por un doble extrañamiento: el del fin del mundo en el fin del mundo. En esa Venezuela rural extrañada, tenemos la sensación de que nada hubiera cambiado, al tiempo que ya nada es igual. No sabemos con precisión qué fue lo que ocurrió; no lo explica la novela y tampoco hace falta que lo haga. Solamente sabemos que el mundo está desacoplado, desplazado, como si de pronto estuviéramos en una Venezuela que queda a pocos centímetros de aquí y dentro de algunos minutos en el futuro. Y todo resulta tan familiar, al tiempo que se percibe tan perturbadoramente ajeno.

Más allá de un desplazamiento físico, El brillo de los niños nos plantea una estructura de triple fragmentación donde debemos deambular, a la vez, por los territorios del presente, la memoria y la imaginación. Y cada una de esas instancias, además, se nos muestra extrañada. Damos pasos inciertos sobre superficies cuya materia es difusa, nos hundimos en un material que reconocemos que no es la realidad, pero podría (llegar a) serlo.

“Gustavo Valle  nos atrapa como en una telaraña donde se intersectan dos pulsiones: la de detener la lectura para levantar la vista y asimilar lo que acabas de leer, y la de continuar de inmediato con esa lectura cautivante que te invita siempre a seguir una página más.”

La de Yoisi y Gus no es una infancia mitificada, edulcorada, como suele ser retratada. La infancia —lo sabemos si nos sinceramos— es complicada; lo que pasa es que luego la ablandamos desde la adultez bajo un aura de ensoñación. En esta niñez a la que nos asoma Gustavo Valle hay sangre, huesos, colmillos que se clavan en la carne, heridas abiertas y cicatrices que forman queloides. El autor se cuida en dejarnos saber que lo que ocurre desde la mirada de esos niños no es un delirio: lo que atraviesan no es producto de un trauma psicológico. Aquí los monstruos son humanos reales y son todos lobos, aunque se disfracen de corderos. Quien pretenda llegar a adulto tendrá que esperar al momento adecuado para morder, clavar uñas, saltar por ventanas, correr, renguear, salvar el pellejo, dejar el reguero atrás:

Escribir es como rascar la piel cuando nos pica. Allí, donde algo clavó su aguijón, ocurre una reacción alérgica. Esa picada nos dice: acá estoy, atiéndeme. ¿No ves que brota en mí algo que pide tus cuidados? El cuaderno opera de manera similar. Es un sarpullido invisible. La piel de nuestras obsesiones que nos llama con su urticaria para que hundamos el lápiz y rasguemos líneas (Extracto del cuaderno de Gusmarling).

El brillo de los niños parte de un trastocamiento en el tejido de la realidad, pues hasta hace poco —por lo visto— el mundo era normal (o, al menos, el mismo desastre al que ya estamos habituados). Yoisi y Gus cuentan que en esa cotidianidad perdida no hace mucho, además de vivir con sus ahora ausentes padres, se pudieron formar como músicos en El Sistema, lo que hace pensar que hace apenas unos años seguía existiendo el Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela. De manera que la memoria reciente de Yoisi y Gus es la de un mundo similar al que conocemos; pero ahora que tienen 11 y 15 años, respectivamente, algo pasó y ya la realidad no es la misma. El presente en la novela está casi desprovisto de tecnología: es un mundo más descaradamente hobbesiano, sin vestigios de contrato social. Un mundo poblado por hombres lobos de otros hombres, donde los niños que crecen en él podrían perfectamente decir: “He visto cosas que ustedes, adultos de tiempos cómodos, no podrían siquiera imaginar”.

No es un trayecto cómodo al que se nos invita; esto no es música ligera. Pero la novela se cuida muy bien de no caer en lo efectista ni en lo petulante. Es una obra retadora, sí, pero en su justa medida. Es como un punk elegante, refinado. O como un gore pulcro, incluso de buen gusto.

El trayecto por esta obra está también plagado de huevos de pascua, de guiños, de invitaciones. Alguien debería asumir la tarea —por ejemplo— de armar la banda sonora de esta novela. Esa lista de reproducción sugerida por Valle a lo largo de El brillo de los niños promete un recorrido similar al de Yoisi y Gus, aunque distinto: como si fuera una cámara alterna que ofrece otro punto de vista. La misma película, pero vista desde otra perspectiva. Un paisaje sonoro sobre la vida que se abre paso, a pesar de todo, en lo más recóndito de un país que intenta reponerse después de atravesar su particular versión del fin del mundo.

Gustavo Valle, en su más reciente novela, nos atrapa como en una telaraña donde se intersectan dos pulsiones: la de detener la lectura para levantar la vista y asimilar lo que acabas de leer, y la de continuar de inmediato con esa lectura cautivante que te invita siempre a seguir una página más. Una red delicada pero portentosa, tejida asimismo por el lenguaje: un vehículo poético para retratar la belleza salpicada de horror y para el horror que se resquebraja para dar cabida a la belleza. Meter todas esas cosas, de tan diversa naturaleza, lograr coserlas, amarrarlas, convertirlas en un tejido congruente, no es tarea fácil. Se requiere mucho talento. Hacerlo, además, con frescura, que todo eso fluya y se hibride de una manera tan orgánica, nos habla de maestría. Estamos frente a una de las novelas más importantes y mejor logradas de los últimos años.

 

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Updated 06/27/2024 12:00:00
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