
Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana. 2025. 329 páginas.
Al cerrar las últimas páginas de la novela El simulacro de los espejos, obra merecedora del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2025, uno siente un escalofrío sutil pero persistente: el mundo que describe Vicente Battista no es una distopía lejana, sino un reflejo distorsionado —y por eso más inquietante— de nuestra realidad hipervigilada y voluntariamente expuesta. La novela no recurre a grandes explosiones ni a giros espectaculares; su fuerza reside en la acumulación de detalles cotidianos que, poco a poco, erosionan la intimidad y la libertad. Octavio ingresa a “El Lugar” por decisión propia, tras exámenes y entrevistas, y allí descubre que la opresión no necesita cadenas visibles: basta con rutinas repetitivas, diálogos circulares y una Administración invisible que lo regula todo. Es una lectura que interpela directamente: ¿cuánto de “El Lugar” ya habitamos sin darnos cuenta?
Vicente Battista (Buenos Aires, 1940) es una figura esencial y discreta de la narrativa argentina contemporánea. Con una trayectoria que abarca novelas, cuentos, ensayos y periodismo cultural, se destacó temprano con obras como Sucesos argentinos (1981) y La huella del crimen (1990), y consolidó su madurez en títulos posteriores como El libro de los dolores (2005) y El árbol de las tentaciones (2012). Su estilo siempre ha sido preciso, despojado de retórica innecesaria y atento al misterio cotidiano. En esta novela, su principal referente es Franz Kafka —influencia explícita y dominante—, pero también resuenan ecos de Borges y Bioy Casares en la lógica implacable de los universos cerrados, y de la tradición distópica (Orwell, Huxley, Saramago) en la crítica a los poderes invisibles y la pérdida de intimidad. Battista actualiza estos referentes sin imitación: los traslada al siglo XXI, donde la vigilancia es consentida y el espectáculo contamina la existencia diaria.
El simulacro de los espejos narra con aparente sencillez la llegada de Octavio Premisse a “El Lugar”, un espacio cerrado donde los residentes son llamados “Escogidos”. Tras un proceso selectivo riguroso, ingresa voluntariamente y se encuentra con rutinas monótonas: comidas insípidas, habitaciones sin espejos, objetos personales confiscados temporalmente (como fotos de antiguas parejas), y una Administración que decide desde el menú hasta los símbolos religiosos permitidos. Los diálogos con compañeros como Artemio, Braulio y Carmelo revelan contradicciones y resignación; nadie se rebela abiertamente, y los intentos de romper el orden terminan en exclusión o desaparición. La atmósfera kafkiana se construye con precisión: no hay explicación total del sistema, solo su presencia asfixiante.
“Recomendada especialmente para quienes leen a Kafka, Orwell, Saramago o Atwood, y para todo aquel que se pregunte cuánto de ‘El Lugar’ ya forma parte de nuestra cotidianidad consentida.”
La evaluación crítica debe destacar varios logros fundamentales. Primero, la construcción de una atmósfera opresiva sostenida con economía narrativa admirable. Battista evita adjetivos excesivos y discursos panfletarios; muestra el poder a través de detalles banales: el mozo que siempre se equivoca con el pedido, las mesas que cambian de forma “mágicamente”, la devolución parcial de objetos personales, la prohibición de visitas entre cuartos. Estos elementos generan claustrofobia sin necesidad de violencia explícita, y reflejan temas centrales: la vigilancia consentida por los vigilados, la lógica del show que contamina política y vida social, el diluvio de mensajes vacíos, el vacío espiritual y la imposibilidad de proteger la intimidad de la mirada morbosa de los otros.
El estilo de la novela es otra virtud mayor, se presentan diálogos breves y repetitivos que transmiten monotonía y tensión latente, descripciones precisas que evitan la grandilocuencia. Octavio es un protagonista kafkiano ideal: curioso, angustiado y progresivamente resignado, sin caer en el heroísmo. Los secundarios funcionan como arquetipos de adaptación al sistema (el funcionario complaciente, el contradictorio), lo que refuerza el anonimato del poder. Battista actualiza el kafkismo al siglo XXI, donde la burocracia ya no es solo estatal, sino digital y consentida; el absurdo se normaliza en nombre de la “seguridad” y el espectáculo. No obstante, la obra posee unas debilidades, pues las primeras cincuenta páginas pueden sentirse algo lentas y repetitivas (interacciones circulares con Braulio y Carmelo), aunque esta repetición contribuye deliberadamente a la monotonía del encierro. Algunos personajes secundarios permanecen esquemáticos, pero parece una elección intencional para enfatizar la despersonalización del sistema.
El simulacro de los espejos es una de las novelas más lúcidas y perturbadoras publicadas en español en los últimos años. Battista logra una actualización magistral del universo kafkiano sin imitación, ya que ofrece una radiografía implacable de sociedades donde la vigilancia es voluntaria, la intimidad imposible y el vacío espiritual se disfraza de normalidad. Su sobriedad narrativa la hace más demoledora que cualquier grito distópico. Se trata de una obra imprescindible para lectores interesados en la literatura distópica contemporánea, en la crítica a la sociedad del espectáculo y de la vigilancia digital, y en la exploración de la libertad perdida. Recomendada especialmente para quienes leen a Kafka, Orwell, Saramago o Atwood, y para todo aquel que se pregunte cuánto de “El Lugar” ya forma parte de nuestra cotidianidad consentida.
