
Caracas: Círculo Amarillo Producciones. 184 páginas.
El barrio en Venezuela es quizá uno de los temas más explorados en el cine de este país. Cintas como Sicario, Maroa o Hermano así lo confirman. Algo similar también ha pasado en la televisión local. Antes del declive político y social, las telenovelas venezolanas eran parte de las conversaciones del día a día. Varias producciones fueron ambientadas en barrios, siendo Por estas calles una de las de mayor éxito, aunque también se encuentran Cosita Rica y Ciudad Bendita. Sin embargo, pareciera que en la gran pantalla siempre se busca mostrar una misma faceta: la de un entorno donde lo que abunda es la carencia, la supervivencia en un espacio tan complejo y la violencia desmedida. Aunque estos hechos son parte de la cotidianidad de los sectores populares, a veces pareciera no existir más que rudeza en los filmes venezolanos —aunque el tiempo ha logrado que los tópicos cinematográficos hayan cambiado de a poco. Pero es interesante preguntarse qué podría decir alguien que se ha criado y vivido buena parte de su juventud en el corazón de estas casas, donde la visión de sus calles no proviene de un lente foráneo, sino desde la mirada de quien ha vivido en ellas. Y más aún si esta persona cuenta su historia por medio de la literatura, donde la barriada pareciera no tener tanta representación o, al menos, una que no siga un estereotipo tan marcado. Esto lo que se ha logrado en La jevita que no encajaba: hablar del barrio desde los ojos propios.
Es este el libro que Becky Plaza (Caracas, 1986) ha publicado como carta de presentación en la literatura venezolana. Graduada de Archivología en la Universidad Central de Venezuela, con publicaciones en antologías y portales como La Vida de Nos, su ópera prima muestra una Caracas marcada por el contexto sociopolítico de mayor crisis en su historia; una ciudad donde se despierta un afán de sobrevivir en cada una de sus esquinas. Podría decirse que este es un libro arriesgado, pues se ve sin filtros la crisis provocada por una “revolución” que ha cumplido casi tres décadas, lo cual pudiera ser incómodo para ciertos personajes incorrectos.
La jevita que no encajaba es un portafolio personal de naturaleza híbrida: por momentos su estructura funge como la de un cúmulo de relatos independientes, pero dado que todos los que habitan sus páginas se (re)encuentran en distintas historias, se acerca más a una novela de no ficción o autobiográfica. Contando con un estilo narrativo directo y propio de una cronista, aquí podemos asistir a la vida de Plaza desde distintas edades, cada una signada por momentos que, debido a su dureza, la han llevado a madurar muy rápidamente; entender que está viviendo bajo circunstancias alejadas de lo pacífico.
De la protagonista de esta obra se muestra cómo todo lo que ocurre a su alrededor va aumentando su sensibilidad y, al mismo tiempo, su miedo, viéndose afectada por situaciones donde alguien cercano resulta herido o muerto. Esto le permite entender que, si desea llegar lejos, cumplir sus propósitos y seguir sus pasiones —la escritura y la fotografía—, tiene una única opción ante la tragedia que la rodea: salir del barrio. Nadie está exento a ser el blanco de una bala perdida. Es así como este libro es un ejemplo de superación personal, de cómo una persona busca las herramientas necesarias para obtener las oportunidades que su lugar de crianza le ha negado.
“…este libro es un ejemplo de superación personal, de cómo una persona busca las herramientas necesarias para obtener las oportunidades que su lugar de crianza le ha negado.”
Por ello, desde el título se indica una conexión con aquellas personas que no siguen un molde social; una estructura cliché en la que, por ser de un entorno de clase baja, pareciera no haber chance de crecer en distintos ámbitos, por lo que hay una firme decisión de abrirse paso y romper con el lugar común. La figura de la jeva —término ligado a la cultura popular caraqueña— indica una pertenencia en cuanto al lenguaje coloquial, pero que causa un conflicto por el hecho de no encajar. He aquí la figura de una muchacha que se sabe emotiva, pero también con temple para mostrar que, aunque su cuerpo está en el barrio, su mente está muy fuera de él.
Un aspecto destacado en el libro es que el lector se siente como alguien que asiste a un curso de historia de Venezuela contado desde San Agustín del Sur, un lugar que, al igual que Plaza, es también un ejemplo de cambio de mentalidad. Acá se transita por distintos momentos de cambios políticos, crisis económica y un progresivo deterioro del país, lo que hace parte de la experiencia de la autora. De esta forma, su historia personal termina convirtiéndose también en una forma de narrar la transformación reciente de Venezuela a través de distintos hechos. Uno de esos sucesos es, justamente, el de San Agustín del Sur. Recorrer estas páginas es entender que antes de que este espacio se convirtiera en un punto turístico capitalino, donde actualmente predomina la música y el baile entre distintas clases sociales, hubo una época donde esto era impensable. Asistimos, entonces, a un lugar donde lo que reina es la precariedad y el terror antes de ser el sitio colorido, musical y de tanta concurrencia en los fines de semana como lo es hoy.
La música es otro punto a favor en este acervo de memorias de Plaza, escritas ya como una migrante. Cada uno de los relatos lleva por epígrafe fragmentos de canciones, siendo la mayoría de ellos temas que pertenecen a la banda sonora de, especialmente, las zonas populares. Este recurso es un gran acierto. Son piezas elegidas con sumo cuidado. No sólo generan una mayor identificación con lectores urbanos, sino que sus compositores son también artistas que llevan la crítica y el testimonio social como firmas: Rubén Blades, Héctor Lavoe y Canserbero, por mencionar algunos.
En conjunto, La jevita que no encajaba es una obra que funciona como una mirada desde dentro hacia una realidad social presentada casi siempre desde afuera. La voz de Becky Plaza es una muy honesta e íntima, lo que significa un gran aporte a la literatura venezolana y representa a quienes vivimos en el barrio, pero, por no encajar, nos sentimos con una mentalidad que va más allá de los límites sociales que pretenden imponernos. Esta es una obra que podría llamar la atención de quienes les interesa lo testimonial—documental, la crónica urbana y cómo años de crisis han dejado cicatrices en toda una generación joven. Se está frente a algo que no es sólo una historia personal: es un contexto de país que pocas veces se cuenta con una voz tan sincera. La de Becky es una pluma que propone mirar al barrio venezolano no como una sarta de estereotipos donde predomina lo violento y lo carente, sino como un espacio donde también hay identidad, memoria y resistencia.
