Skip to content
LALT-Iso_1
  • menú
  • English
  • Español
Número 37
Autora destacada: Gabriela Cabezón Cámara

Narrar como un río caudaloso y fluido: Una entrevista a Gabriela Cabezón Cámara sobre Las niñas del naranjel

  • por Juan Camilo Rincón
Print Friendly, PDF & Email
  • March, 2026

Conversamos con la reciente ganadora del National Book Award en Literatura Traducida (labor de Robin Myers) y del Premio Ciutat de Barcelona de Literatura en lengua castellana en 2024, Gabriela Cabezón Cámara, sobre Las niñas del naranjel (Penguin Random House), una novela donde lo queer y lo selvático, el colonialismo y la violencia, la ternura y la picaresca se hibridan para narrar las conquistas y las tiranías desde otro lugar.

Antonio ha combatido, ha blandido la espada, ha usado el arcabuz, ha asesinado. En España fue Catalina de Erauso, una monja nacida en 1598 que a sus quince años huyó del convento para pensar otra vida: “Supe que debería vestirme de varón siempre que quisiera andar”. En América es ahora un soldado que recorre la selva de fuertes perfumes y aguardientes de pueblo, entre hongos y serpientes, junto a dos niñas, Michī y Mitãkuña, y varios animales, dejando atrás la aniquilación y recibiendo la ternura en los coros de los niños indios, “un ciego que empezó a ver. Estaba siendo llamado: le cantaban a él. Tenía que ser la Virgen Pura sacándolo de la oscuridad”. 

En sus cartas narra su nueva historia a la lejana tía, priora del convento, “entregado al relato como si todo lo que hubiera hecho hasta este momento hubiera tenido como único fin contárselo”, para decirle de esa nueva vida que es y no es suya. Catalina es Antonio, se ha transformado más de una vez, se ha asumido como hombre y se ha reblandecido, ha sido caballero, grumete y tendero; se baña en el río con las niñas y les explica que quemar a los pecadores pacifica a Dios. Así, la escritora argentina cuenta de otros modos la Conquista que fue genocidio, las batallas que arrasaron, las tiranías que no terminan.

Narrar como un río caudaloso y fluido: Una entrevista a Gabriela Cabezón Cámara sobre Las niñas del naranjel

Juan Camilo Rincón: Uno entra a la novela y de inmediato se encuentra con dos narradores. ¿Cómo fue la construcción de ese diálogo, de esas musicalidades distintas?

Gabriela Cabezón Cámara: Lo primero que me apareció fue la voz de Antonio, la carta a la tía, una primera persona de música barroca, medio torrencial, que cuenta y cuenta como un río que baja una montaña, abundante, caudaloso y fluido. Y no mucho después de empezar con esa voz me di cuenta de que no me alcanzaba para contar lo que la novela pedía. Entonces hay un narrador más tradicional, en el sentido de la tercera persona, en un castellano no satírico —el de Antonio es satírico— que pudiera ir, venir y meterse dentro de otros personajes, ver cosas que Antonio no veía. Así surgieron esas dos voces. Lo último que me apareció fueron las voces de las niñas que, creo yo, le dan luz, sentido y vida a la novela. 

J.C.R.: El personaje de la Monja Alférez es muy interesante, pues va viviendo una transformación con la que desarrollas la idea del fuerte vínculo entre la sexualidad y la religión. Tú cuentas que ella se te “apareció” por primera vez cuando viste una pintura. ¿Cómo le fuiste dando forma y vida a un personaje tan interesante y, tal vez, tan inesperado dentro de un contexto colonial?

G.C.C.: Hace más de veinte años, en la casa de un gran amor que tuve, vi una acuarela que representaba a una persona con una armadura y una lanza, asesinando a otra que estaba a sus pies, semidesnuda y con unas plumas en la cabeza. Era, obviamente, una escena de Conquista y abajo decía: La Monja Alférez. A mí me sorprendió y me interpeló porque, la verdad, ninguno de los dos parecía una monja. Yo ignoraba completamente que alférez era un grado militar —lo supe poco después—; yo pensaba que era un apellido. Ahí me contaron un poco de la vida de este señor y quedé muy impactada. Yo no sabía que había habido personajes con esas características en esa época y en esa gesta tan católica que fue la Conquista. Pero bueno, igual de católico era el papa de su época y le dio el derecho a la Monja Alférez de usar su nombre elegido: Antonio.

J.C.R.: Es que el catolicismo también es un fenómeno histórico.

G.C.C.: Exacto. No es monolítico, va cambiando y teniendo matices, y en ese momento se ve que este era un matiz posible para Urbano VIII sin que nadie lo bajara de la dirección de la Iglesia, por así decirlo. Yo leí su autobiografía y pensé: ¡Qué bestia esta persona, que bárbaro! y todo quedó ahí. Hace unos seis o siete años yo estaba escribiendo otras cositas y tenía un poquito de algo, otro poquito de otro, pero no se armaba; son cuestiones que comparten puntos, comparten alguna suerte de melodía o de color o de perfume, pero no se juntan, tienden a dispersarse. Hablando con mi editora, Ana Laura Pérez, ella me dice: “¿Te acordás que te encantaba el personaje de la Monja Alférez?” 

J.C.R.: Ahí fue el sacudón.

G.C.C.: Fue como ¡pum! Se armó. Porque esto pasaba antes de la pandemia, cuando hubo esos incendios de escala geológica, los de Australia, la Amazonía. En ese momento las imágenes fueron horrorosas; eran los primeros incendios de esa magnitud de los que yo veía videos y fotos; lo gestos de los animalitos carbonizados, los alambrados impidiendo la huida y sabiendo, además, que no era un accidente ni un hecho aislado, sino parte del cambio climático producido por la cantidad de emisiones de dióxido de carbono, los combustibles fósiles, el mismo petróleo, el gas, que han hecho basura de tantos lugares maravillosos y vivos que tenía este planeta, y que, dadas las actuales circunstancias geopolíticas, están amenazando nuestras posibilidades de seguir existiendo. Además de todo eso yo estaba —y estoy— muy enamorada de la selva paranaense, un lugar muy hermoso que empieza en el norte de mi país, en Misiones, y llega hasta el norte de Río de Janeiro; son miles y miles de kilómetros de una selva enorme y hermosa. 

J.C.R.: Tu novela anterior termina ahí, de alguna manera.

G.C.C.: Y yo me quería quedar ahí, entonces se juntaron todos esos ingredientes. De alguna manera este personaje, la Monja Alférez con su barbarie y su violencia, y también con su plasticidad, con su capacidad de transformarse —porque en Las niñas del naranjel su transformación de género está en el pasado y en el desarrollo de la novela—, va a enfrentar una transformación mucho más radical aún. Ella tenía esa plasticidad; si ya había hecho una transformación que, a juicio social, es tan importante como para perseguir, denostar, estigmatizar y volver locas a las personas que la hacen, pues era capaz de una transformación todavía más radical. Me servía porque vertebraba además el tema de la Conquista. Si te ponés a pensar cómo fue que empezó este modo de reventar todo el tejido de la vida y que está poniendo en peligro todas las formas de vida complejas del planeta, entre ellas a nosotros, encuentro que la Conquista no es un punto de inicio, que uno diga: Empezó acá y no se puede pensar de otra manera. Probablemente hay varios principios.

J.C.R.: Pero el de la Conquista es todo un hito. 

G.C.C.: Tanto fue así, que el proceso de llegada de España y Portugal —creo que entonces todavía solo España— al territorio de lo que hoy es América entre 1492 y 1592, fue asesinar, cometer un genocidio sobre, más o menos, el noventa y cinco por ciento de la población originaria. Eso fue tan bestia, que crecieron bosques donde antes había cultivos; bajó un poco la temperatura del planeta; en Europa hubo algo que se conoció como una pequeña glaciación (hubo dos o tres años de muy magras cosechas, si es que hubo alguna); hubo hambre, la gente estaba más flaca; cayeron un par de ratas con un bicho y pum, las pestes. La Conquista de América fue un genocidio de escala geológica. Entonces, la relación está dada ya por la historia. Igual, a mí me interesaba hablar de esa crueldad y esa violencia, pero también de la ternura. En un momento en el que estaba muy trabada con la historia, porque todo lo que salía era violencia, horror, tortura, masacre, yo no daba más, me fui a dormir pensando: ¿Cómo sigo con esta novela? —de la que, por otra parte, no podía salir porque ya estaba adentro—. Y tuve un sueño que no recuerdo en qué consistió, pero sé que me desperté con cuatro palabras en la boca: Tan cruel como tierno. Ahí aparecieron las dos niñitas y la novela pudo ser, se dejó escribir.

J.C.R.: La novela está trabajada en dos tiempos: el presente de Antonio en su encuentro en la selva con las dos niñas, con los micos, los caballos, la perra y su pasado, uno que nos muestras a través de las cartas. En el medio, una especie de ruptura que lo lleva a escribir esos textos, a entender de dónde viene y por qué ocurre su presente. Cuéntanos de esa visión de las diferentes colonias que narras ahí.

G.C.C.: Yo soy argentina. Crecí y fui educada en Argentina, un país que directamente se construye sobre el mito de la ausencia del otro. Argentina era un desierto. Nos enseñaron sobre la tierra vacía, desierta. De todos modos, era contradictorio. Ahí veo que tenés algo de Borges; en su poema “Fundación mítica de Buenos Aires” él dice: “… el sitio en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Está la noción de que había gente que vivía y sigue viviendo acá, pero también está la noción de desierto, una muy curiosa e interesante. Lo que se dio en llamar la Campaña del Desierto fue una operación militar de escala gigantesca para conquistarlo. Bueno, si necesitas un ejército gigantesco, será que el lugar no está desierto, ¿no? Fue una cosa horrorosa. Pero a la mayor parte de nosotros —incluso a los que tienen a simple vista ancestros originarios y a los que los tenemos un poco menos a simple vista, como yo— se nos educó en esa idea de que acá no había nada ni nadie, y decían que lo que había no valía nada porque era gente sin cultura, no hacían pirámides. 

J.C.R.: Muchos crecieron con ese mito.

G.C.C.: Y en esa mentira, en esa manera de negar directamente la existencia del otro; un racismo feroz de Argentina, que niega la existencia de gente que no sea de origen europeo. Tenemos ese mito del argentino como un europeo en el exilio, que yo creo que ya se ha ido cayendo, pero hasta mi generación fuimos formados en ese mito. A veces, cuando escucho a algunas personas de diversas áreas de las humanidades que solo citan a filósofos y escritores europeos, y noto que ellos se sienten europeos en el exilio, les digo: Bueno, chicos, vuelvan, vayan a Berlín, a París, a Londres y digan, “Hermanos, he vuelto”. Les van a dar una bienvenida bárbara, chicos, vayan. Es esa alienación en la que no te das cuenta que vos sos el otro de ese discurso; en ese universal vos no entras. Por ejemplo, cuando Adorno se hace esta pregunta de cómo se puede escribir poesía después de Auschwitz, o si se podrá —que a mí me parece una pregunta muy legítima porque eso fue el horror—, a uno le dan ganas de contestarle: Teodoro, revisa el Siglo de Oro; besos. Amigo, date cuenta. 

J.C.R.: Esa idea de lo no europeo como inferior.

G.C.C.: Y un poco subhumano, algo que no existía. El problema es que nosotros pensamos lo mismo. Ahí me parece que hay una operación política importantísima que tenemos que hacer. Somos maravilla, Latinoamérica es una belleza, somos hermosos, tenemos miríadas de culturas increíbles, entre nosotros vive gente que es capaz de prosperar sin matarnos a todos, sin acabar con el tejido de la vida de la Tierra. O sea, gente más racional, porque el racionalismo de Occidente no se dio cuenta de que con un planeta finito no puede haber progreso infinito —además, habría que definir eso de progreso, a quién incluye, qué significa—. Ahí no entramos todos y además el planeta tiene límites, los cuerpos tenemos límites. 

J.C.R.: Entonces, ¿te estaba dando vueltas eso de las culturas indígenas?

G.C.C.: Y, por ejemplo, Eduardo Viveiros de Castro sistematizó la cuestión de lo que se ha denominado perspectivismo amerindio. Para los pueblos amerindios, o por lo menos para los de la Amazonía, la humanidad es una cuestión de perspectiva. Cada ser capaz de tener una perspectiva, o sea, nosotros dos, los delfines que pasaron hoy por acá, el jaguar, es humano. La perspectiva te hace humano. Eso es alucinante y también permite un abordaje del resto de lo vivo, que ya hay que pensarlo más en términos de cosmopolítica. El asunto, entonces, es que con lo otro humano vos tenés que negociar; no podés ir y exterminarlo como si nada. En principio tenemos contraejemplos, estamos hablando de la Conquista, hablamos de Auschwitz, podríamos hablar ahora de Palestina, Sudán, los pueblos amazónicos, lo que se está intentando hacer con los mapuches en mi país, etcétera. Pero en principio tenés que negociar y reconocerles alguna dignidad a estos otros humanos también. Son alucinantes los pueblos amerindios. 

J.C.R.: Y es que al inicio de la novela está la idea de que a la naturaleza hay que vencerla. Pienso en La vorágine o El corazón de las tinieblas, donde se creía que, sin importar todo el daño que le hagamos, la tierra siempre se va a recuperar. Ahora, sobre esa dualidad en el caso de lo humano, es muy interesante la manera en que construyes a esta monja que es una bellaca, violenta, asesina, ladrona, delincuente, pero llegan las niñas y los animales con su ternura y la llevan a otra de sus muchas transformaciones. 

G.C.C.: Bueno, está la primera, la de género, que él le relata a su tía, la priora del convento al que fue arrojada siendo una niña —los nobles eran unas bestias; a los cuatro años se sacaban a las niñas de encima: Vaya al convento usted, vaya al seminario. Bueno, gente horrible—. Entonces tiene esa primera transformación radical que le permite vivir como se le da la gana, lo cual es muy interesante. Después, cuando se aburre de vivir como un muchacho de origen noble en España, se viene para acá, un lugar en el que todo estaba muy arreglado, pero con el rey y la corte bien lejos. De alguna manera se podía ser más libre, entiendo yo. Los europeos que llegaron acá tuvieron la oportunidad de salir un poco de ese feroz sistema de castas en el que vivían —un poco, tampoco era una locura, pero había más posibilidades que en Europa—. 

J.C.R.: Cuéntanos lo que le pasa a Antonio cuando llega acá.

G.C.C.:  Él no ve nada de lo que es América. Eso es muy interesante: vos leés su autobiografía y en un momento hace una descripción de Lima. Allá hoy, cinco siglos después, ves un montón de edificaciones, de caras, de monumentos, que claramente no son de origen occidental. Imagínate lo que habrá sido hace cinco siglos, cuando el imperio inca recién caía. Era una ciudad inca pero lo único que él ve es un monasterio, una catedral, una universidad, una municipalidad. Claro, lo que él está relatando son los signos del poder de Europa, de la conquista realizada, de los progresos realizados, pero no dice nada de lo que efectivamente es América. Y en la novela está en una situación completamente atípica; está muy en paz porque de alguna manera lo cuidan los guaraníes que andan cerca, en una selva muy generosa en cuanto a frutos, agua y belleza…

J.C.R.: Y con esas dos niñas maravillosas.

G.C.C.: Dos niñitas que, desde un lugar infantil, lo someten a un interrogatorio socrático implacable, interminable, y él está siendo afectado por la ternura de ellas. Los niños dan mucho amor, entonces de alguna manera a él le vuelve esta alegría de vivir, esta forma del amor de los niños que son felices por algún cuidado que les das, y además está siendo afectado por la belleza de la tierra, los olores, los ojos de los otros animales, este sistema en red de vida que es la selva. Está siendo afectado por primera vez y aparte no está escapándose, no lo está persiguiendo ningún ejército porque está a resguardo. Él es afectado por toda esta novedad y eso lo transforma radicalmente. A veces me pregunto: ¿Cómo hacemos nosotros, los que fuimos formados con la matriz de Occidente, para hacernos terrícolas humanos? Es una pregunta que tengo todo el tiempo y que estaba flotando mientras escribía esta novela. 

J.C.R.: ¿Y, tal vez, una pregunta por la ternura en medio de esa ferocidad?

G.C.C.: Es que nuestras subjetividades están constantemente expuestas a cosas como un niñito flotando muerto en una orilla porque cayó de una patera*, por dar un ejemplo, y luego ves a un perrito llevándole un pan a otro perrito, y enseguida ves a una modelo usando un vestido de lujo, enseguida ves un bombardeo y restos humanos tirados en el piso, luego la foto de un plato de pistacho con chocolate y fresas en un fondo de atardecer marino, y después ves una ballena paseando con su cría, después ves otro bombardeo, todo esto con el mismo soporte, sin solución de continuidad, como si todo fuera lo mismo. Nos están adormeciendo; nos dejamos adormecer voluntariamente. Nos gusta y nos divierte, o nos angustia, pero estamos ahí, nadie nos obliga. Debe ser la primera vez en la historia en la que el oprimido paga por ser oprimido. No sé cuánto cuesta un iPhone, por decir algo, pero lo pagamos. ¡Es muy loco! Ante todo eso no sé cómo recuperamos nuestra posibilidad de pensar, de estar atentos, de sentir. Lo que es horrible es horrible, lo que es hermoso es hermoso, y la ternura puede regenerar, pero si está todo al mismo nivel, dura el mismo tiempo y tiene la misma entidad, ¿cómo salimos de esa corriente en la que todo es lo mismo? ¿Cómo volvemos a sentir?, ¿cómo volvemos a esa capacidad de pensar y de prestar atención? Es una pregunta; no es que yo tengo la respuesta, pero vale la pena pensarlo.

*Pequeña embarcación que se usa para transportar a las personas migrantes en situación irregular.

 

¡Compra libros de los autores y traductores incluidos en este número en nuestra página de Bookshop!

 

Foto: Gabriela Cabezón Cámara con su gato Coco en la casa de la autora.
  • Juan Camilo Rincón

Juan Camilo Rincón is a writer, journalist, and cultural researcher focusing on Hispano-American literature. He earned his Master’s in Literary Studies from the Universidad Nacional de Colombia and is a former grantee of FONCA (Mexico). He is the author of Ser colombiano es un acto de fe: Historias de Jorge Luis Borges y Colombia, Viaje al corazón de Cortázar, Nuestra memoria es para siempre, and Colombia y México: entre la sangre y la palabra. He has written on cultural topics for outlets in Latin America and Spain, and has been a guest author at international book fairs in Bogotá, Culiacán, Guadalajara, Guayaquil, Havana, and Pachuca.

PrevAnteriorArgentina y los viajeros de siempre
SIguienteLa buena educación: Gracias, teachers, graciasNext
RELACIONADOS

La copia es el original: La problemática de las obras póstumas de Juan Luis Martínez

Por Scott Weintraub

El 30 de septiembre de 2016, los aficionados de la poesía chilena se regocijaron cuando el reconocido crítico de arte Justo Pastor Mellado twitteó una foto del galerista Pedro Montes…

Cristina Rivera Garza: La poética de la frontera

Por Aviva Kana, Sarah Booker

Pensar en Cristina Rivera Garza es pensar en la experiencia de girar, en el sentido de movimiento, de transformación, de comienzos. Al igual que la experiencia de leer su escritura:…

“Visita a la casa de Petrarca” y otros poemas 

Por Marisa Martínez Pérsico

University of Oklahoma
780 Van Vleet Oval
Kaufman Hall, Room 105
Norman, OK 73019-4037

  • Accesibilidad
  • Sostenibilidad
  • HIPAA
  • OU Búsqueda de trabajo
  • Políticas
  • Avisos legales
  • Copyright
  • Recursos y Oficinas
Actualizado: 17/11/2025 15:00:00
  • SUSCRIBIRME
Facebook-f Twitter Instagram Envelope
Latin American Literature Today
REVISTA

Número Actual

Reseñas

Números Anteriores

Índice de Autores

Índice de Traductores

PUBLICAR EN LALT

Normas de Publicación

LALT Y WLT

Participar

Oportunidades para Estudiantes

CONÓCENOS

Sobre LALT

Equipo Editorial

Misión

Comité Editorial

LALT NOW
OUR DONORS
Suscribirme
  • email

Suscripciones

Suscríbase a nuestra lista de correos.
LALT Logo SVG white letters mustard background

Subscriptions

Subscribe to our mailing list.