
Finalista del III Concurso de Ensayos Literarios de LALT 2025
Nota del editor: “Un eco trascendental: algunas reconfiguraciones del mito de la sirena”, de la escritora y académica venezolana Mariana Libertad Suárez, figuró entre los finalistas en nuestro III Concurso de Ensayos Literarios LALT 2025. La autora analiza los orígenes simbólicos de las sirenas, al mismo tiempo que rastrea su presencia en obras de la literatura latinoamericana. En ese proceso, Libertad Suárez también plantea algunas interrogantes: “¿cómo aquellas figuras homéricas que no tenían un aspecto físico definido, pero que, según la maga Circe, hechizaban a todos los marinos ‘con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca’, se convirtieron en una hembras frágiles y solitarias capaces de renunciar a sí mismas por amor?, ¿cuándo las sirenas perdieron las alas que les atribuyeron los primeros escultores, adquirieron dos colas de pez que, en un par de siglos, se hicieron una, y terminaron desechando lo que las hacía únicas para conseguir la aceptación masculina?”
Al final, todo lo mítico se evapora, se trivializa y se desmitifica. Esas sirenas que vemos pintadas en el escaparate de un café o una taberna (…) son un eco trivial de las seductoras de antaño. Los encantos de las sirenas se han difuminado, y ahora son apenas destellos mínimos, un vago espejismo. Pero vale la pena, creo, recordar cuán largo camino hizo su mito y cómo cambiaron las figuras y los encantos de estas damas de antaño. Una intrigante historia, de múltiples ecos poéticos y pictóricos.
Carlos García Gual, Sirenas: Seducciones y metamorfosis
A diferencia de muchas criaturas míticas de la Grecia clásica, que con el tiempo fueron perdiendo fuerza simbólica o quedaron ancladas en una imagen inmutable, las sirenas han demostrado una capacidad única para adaptarse, transformarse y perdurar. Estas figuras –liminares por excelencia– no fueron borradas del imaginario colectivo ni se mantuvieron estáticas, como las lamias o el minotauro, sino que, por el contrario, atravesaron siglos de historia, fueron reconfiguradas una y otra vez por distintas sensibilidades y, hoy por hoy, siguen siendo leídas desde diversos regímenes sentimentales. Desde el siglo VIII antes de la era cristiana hasta la actualidad, las sirenas han sido objeto de reapropiaciones constantes, de ahí que podamos rastrear su presencia en los capiteles de iglesias medievales, en las pinturas de El Bosco durante el Renacimiento o en escenarios tan distantes a las rocas de Escila y Caribdis como la Iglesia de Santa María Magdalena en Lima, Perú o el Templo de San Lorenzo en Potosí, Bolivia.
En el frontispicio de la Catedral de Puno, construida en el siglo XVIII, se ve a una sirena que toca un charango, pero en vez de intimidar, como hacían las sirenas homéricas, esta imagen invita a pasar a la iglesia. La figura es tan llamativa que dio pie a la construcción de una leyenda contemporánea. Se dice que había un minero explotador del cerro de Laykacota que vivía abusando de los indígenas, los golpeaba y los hacía trabajar excesivamente. Frente a los maltratos sostenidos, todos estaban extenuados, por eso trataban de dormir la mayor cantidad de tiempo posible; sin embargo, había uno muy callado que todas las noches se iba y regresaba con la luz del sol. Cuando los otros mineros descubrieron que este hombre se escabullía para hacer el amor a diario con una sirena, él decidió marcharse con su amada. Sabía que iba a ser feliz; no obstante, le daba pena abandonar a sus compañeros, así que talló la imagen de la sirena en la catedral, para que todos pudieran verla y sentir el mismo alivio que él cuando la tenía en sus brazos. Cristina Jiménez Gómez explica que, entre los siglos XVI y XVII, las prostitutas eran frecuentemente comparadas con sirenas, porque se asumía que estos seres corrompían la virtud y estaban cargados de lujuria. Es decir, poco antes de la construcción de la Catedral de Puno, las sirenas, en otros lugares del mundo, más que sosiego, despertaban caos en el orden familiar deseado. En ese sentido, se podría decir que la leyenda de Puno parece reconstruir un modelo que nació en el siglo XIX y que curiosamente goza de una alta popularidad en el siglo XXI, la de la sirena que ama a los seres humanos.
Aunque se diferencia mucho de la sirena puneña porque ama sin ser amada, el caso más emblemático del monstruo que no seduce, sino que tiene sentimientos nobles, es la protagonista de “La sirenita”, el cuento de Hans Christian Andersen. Este personaje, con su familia en el fondo del mar, se enamora de un humano y decide renunciar a su cola de pez, es decir, a la marca de identidad que la hacía semejante a su entorno, para poder casarse con él. Con ayuda de una bruja hace la transición, pero siente un dolor terrible cuando camina. Sus hermanas intentan conseguir un antídoto y le llevan un cuchillo con el que debe matar al príncipe, pero la sirenita prefiere convertirse en espuma antes que asesinar al hombre por el cual renunció a su esencia y a toda posibilidad de pertenencia.
En este marco, valdría preguntarse entonces: ¿cómo aquellas figuras homéricas que no tenían un aspecto físico definido, pero que, según la maga Circe, hechizaban a todos los marinos “con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca”, se convirtieron en una hembras frágiles y solitarias capaces de renunciar a sí mismas por amor?, ¿cuándo las sirenas perdieron las alas que les atribuyeron los primeros escultores, adquirieron dos colas de pez que, en un par de siglos, se hicieron una, y terminaron desechando lo que las hacía únicas para conseguir la aceptación masculina? Viendo someramente los textos antes referidos, resulta más o menos transparente el hecho de que las modificaciones físicas, tímico-pasionales y psicológicas que ha sufrido este monstruo están íntimamente ligadas a la posición autorial desde la que es enunciado; es decir, que la voz encargada de representar a las sirenas tiende a modificar su morfología para otorgar así un significado contextual que resulta útil en el proceso de expresión de una serie de ideas.
¿Qué ocurriría entonces si se revisan algunas sirenas de la literatura latinoamericana? En el cuento “Las ondinas”, de Rafaela Contreras Cañas, publicado a finales del siglo XIX, se cuenta cómo Coralina, una sirena que tiene dos hermanas menores, decide salir al mundo exterior y, como ocurre con el personaje de Andersen, acaba renunciando a su cola de pez para ser amada por un artista; no obstante, se aburre al poco tiempo de la convivencia y decide marcharse. Ella sigue su camino y el hombre termina enamorado de alguien más. Con este discurso, la escritora no solo aleja a la sirena de la figura de la heroína romántica, sino que también niega que sea una mujer fatal, pues Armando, el hombre abandonado, sobrevive a la ruptura y tiene la capacidad de seguir funcionando en sociedad. Claramente hay una relectura de los códigos éticos del romanticismo y, al mismo tiempo, un desplazamiento de la estética modernista. Contreras usa la figura de la sirena para humanizar a la mujer, para mostrar que es un ser inscrito en la historia y, por tanto, sus pasiones y sus convicciones se transformarán a lo largo del tiempo.
De igual forma, cuando en los años sesenta, el escritor argentino Marco Denevi escribió:
Cuando las Sirenas vieron pasar el barco de Ulises y advirtieron que aquellos hombres se habían tapado las orejas para no oírlas cantar (¡a ellas, las mujeres más hermosas y seductoras!) sonrieron desdeñosamente y se dijeron: ¿Qué clase de hombres son estos que se resisten voluntariamente a las Sirenas? Permanecieron, pues, calladas, y los dejaron ir en medio de un silencio que era el peor de los insultos.
Estaba fijando posición frente a, al menos, dos debates que presentaron los estudios literarios y el feminismo en la segunda mitad del siglo XX. En primer lugar, habla sobre el poder interpelador del silencio, un tema que dos décadas después de la aparición de este texto de Denevi expuso magistralmente Josefina Ludmer al hablar de Sor Juana Inés de la Cruz en “Las tretas del débil”; y, en segundo término, visibiliza la separación del deseo femenino, la práctica sexual y la voluntad de reproducción que atravesó el Movimiento de Liberación de las mujeres de Estados Unidos. No deja de ser curioso que dentro de esta minificción no se habla de monstruos marinos ni de seres mitológicos, sino de “mujeres hermosas”, pues eso también deja al descubierto el proceso de resignificación que lleva a cabo el autor.
Ya en los años setenta, aparece una sirena en un cuento muy raro tanto para el canon literario venezolano de la época, como para la obra de su creadora: “Así me dijo el mar”, de Gloria Stolk. La historia forma parte del libro Cuentos del Caribe, editado en 1975, por Monte Ávila. Cuando esta obra sale de imprenta, ya Gloria Stolk dictaba la cátedra de Literatura Contemporánea en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica Andrés Bello, había sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores Venezolanos, presidenta de la Asociación Venezolana de Mujeres y había dirigido la Unión de Mujeres Americanas. También había sido miembro directivo de la Asociación “José María Vargas” y la primera presidenta del Instituto de Cultura y Bellas Artes. Además, con su novela Amargo el fondo (1956), había ganado el premio “Arístides Rojas”. Era, pues, una intelectual consolidada, quizás, por ello causó tanta conmoción en el espacio público que cuatro años más tarde, en 1979, decidiera suicidarse.
Más allá del riesgo de caer en el biografismo que pudiera implicar esta lectura, es posible entender “Así me dijo el mar” como una carta de despedida, una declaración de intenciones que, por medio de una sirena caribeña, hizo circular Stolk entre sus lectores. En el cuento se narra cómo Alfida, una niña, tiene que aprender a vivir con una particularidad inexplicable: solo puede comunicarse cantando. Desde pequeña repite lecciones con melodías, lo que desespera a su madre, quien recurre sin éxito a curanderas y hechiceras para sanar ese mal. A medida que Alfida crece, su canto se intensifica. Un poeta señala que “en otra vida fue sirena”, pero su madre, avergonzada, insiste en que solo es una tonta. La comunidad las margina por su rareza, y Alfida comienza a sentirse culpable por el aislamiento de su madre y a entender el canto como una maldición. Un día, se enamora del mar y le canta durante horas, incluso de madrugada. Una mañana no regresa a casa. Su madre, al notar la ausencia, imagina que se fugó con alguien, aunque no puede concebir quién querría llevarse a una mujer tan extraña.
Si algo caracterizó la vida de Stolk fue su imposibilidad de callar ante las injusticias, su reclamo de igualdad frente a la sociedad y, sobre todo, su incapacidad absoluta de incorporarse al mundo sin cuestionarlo. Al igual que Alfida, su forma de expresarse fue muchas veces cuestionada y vista como un gesto de rebeldía innecesario. Su rareza dentro del campo cultural venezolano hizo que se le acusara de traicionar a la patria, porque una de las heroínas de sus novelas se enamoraba de un extranjero; mientras, como indica Carmen Victoria Vivas, el intelectual Pedro Pablo Paredes se encargaba de desmontar su lectura crítica de la literatura venezolana desde una postura pedagógica, pues la tomaba como ejemplo de lo que no se debe hacer. A la par del reconocimiento y la centralidad que pocas mujeres de su tiempo tuvieron en el campo intelectual venezolano, estuvo su no pertenencia a la Biblioteca femenina venezolana y, como bien destaca Raquel Rivas Rojas, el hecho de que sus fábulas de identidad difuminaran las fronteras de lo nacional, lo que convertía su discurso en el anverso de Ifigenia, de Teresa de la Parra, novela en la que se representa una historia de arraigo forzado. Es decir, el discurso de Stolk no solo establecía un contrapunto crítico al relato patriarcal galleguiano, como lo hicieron otras de sus contemporáneas –Ada Pérez Guevara, Dinorah Ramos o Lucila Palacios, por ejemplo–, sino que, además, se distanciaba de los relatos femeninos que se centraban en denunciar la situación de la mujer. Stolk era una figura inquietante, que –al igual que Alfida– desconcertaba a todos con su canto.
Ahora bien, la ambigüedad del final, el hecho de que se diga que la historia proviene de un rumor, el que se hable del amor hacia el mar, de la fuga con un amado o de una disipación sin más habla del deseo de desaparecer. Alfida es una sirena que no aterroriza como las homéricas; que no despierta un amor incondicional, como la de la catedral de Puno, y que no tiene ninguna agencia, a diferencia de la de Rafaela Contreras Cañas. Es un ser monstruoso e híbrido como todas las sirenas de la historia, pero su morfología no normativa la obliga a agudizar el aislamiento que ha vivido hasta borrarse por completo. Se podría decir que, oculta dentro de los archivos de la literatura venezolana, está una sirena que ha sido repolitizada, pues si bien es eliminada, desaparece por un acto de voluntad, lo que evidencia que las sirenas como símbolo no solo permiten reimaginar las fronteras del género, la identidad y la pertenencia, sino que también han sido usadas como emblemas de la rebelión, el sometimiento y la resistencia frente a las estructuras que han intentado, durante siglos, limitar y definir a la mujer.
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