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BOOK REVIEWS
Número 37
La vida interrumpida: crónicas de un regreso a Caracas de Pedro Plaza Salvati
Por Miguel Gomes
“Nuestra relación misma con su protagonista llega a vacilar entre aceptarlo como un yo confesional o como una criatura ficticia, y cuando ello acontece nos preguntamos si no se trata de un ejercicio más de la llamada ‘autoficción’.”
No ficción
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  • March, 2026

Madrid: Catarata, 2025. 190 páginas.

La vida interrumpida: crónicas de un regreso a Caracas de Pedro Plaza SalvatiLa abrupta desintegración de la democracia venezolana en los albores del siglo XXI ha nutrido un corpus literario que abarca la narrativa, la lírica, el ensayo y numerosos tipos de escritura testimonial, desde las memorias y los diarios íntimos hasta la crónica. En este último renglón, la fortaleza de una tradición que contaba con quehaceres como los de Elisa Lerner, José Ignacio Cabrujas o Milagros Socorro se ha incrementado recientemente con aportaciones insoslayables de Alberto Barrera Tyszka (Alta traición, 2008), Héctor Torres (Caracas muerde, 2012) y Antonio López Ortega (La gran regresión, 2017). Creo que a estos tres tenaces interlocutores de la era chavista ha de agregarse desde ahora el nombre de Pedro Plaza Salvati. Ganador anteriormente del Concurso Anual Transgenérico por Lo que me dijo Joan Didion: crónicas de Nueva York (2017), su nueva colección se concentra en lo que antes le servía de telón de fondo ambiguamente evocado: la experiencia caraqueña. Solo que, si en el libro sobre Nueva York sentíamos la soterrada intervención de la percepción venezolana, en la Caracas de La vida interrumpida nos asalta una impresión de extrañamiento traspasada por la multiforme extranjería que se ha adueñado de numerosas facetas de la vida nacional desde que los saqueos de 1989 y los conatos de golpe de Estado de 1992 desmantelaron las ilusiones de una república “mágica” o “saudita”. En algún pasaje, por algo, se habla de un país que “solo vive en el recuerdo”.

La premisa inicial de estas crónicas es explícita: una visita que se suponía de solo tres semanas para resolver asuntos domésticos termina extendiéndose a trece meses debido a la pandemia de coronavirus. Lo que debía ser un pronto retorno a España queda suspendido entre el cierre del espacio aéreo y la inquietud de una ciudad ominosa. En ese marco, el hablante de Plaza Salvati se configura como semipersonaje cuyo rasgo dominante es la flânerie, un deambular casi obsesivo en el que adivinamos la riña interna contra claustrofobias menos físicas que espirituales. Esa voz despliega en once piezas —que a veces no se limitan a narrar o reflexionar sobre un episodio único— la metamorfosis de una urbe herida, peligrosa y entrañable ante la cual, gracias a la acción conjunta de vivencias e intuiciones, lo colectivo se vuelve compatible con lo individual.

La crónica es una especie literaria de vertientes expresivas heterogéneas; no olvidemos que desciende del cuadro de costumbres, cuyo antecesor directo es el ensayo cuando este dio el salto al periódico en la Inglaterra del siglo XVIII. Por algo, para subrayar esas filiaciones, Juan Villoro ha descrito el género como “ornitorrinco”, en homenaje al célebre “centauro” que Alfonso Reyes había visto en el ensayo. El vetusto linaje de hibridismos se complica con influencias posteriores —como el New Journalism— y lo cierto es que determina la escritura de Plaza Salvati, oscilante entre el libro de viaje y el diario íntimo mientras mantiene el compromiso de describir —anunciado por el subtítulo del volumen: Crónicas de un regreso a Caracas— lo que desde marzo de 2020 hasta abril de 2021 encuentra en la capital venezolana. El resultado no puede ser más proteico. Nuestra relación misma con su protagonista llega a vacilar entre aceptarlo como un yo confesional o como una criatura ficticia, y cuando ello acontece nos preguntamos si no se trata de un ejercicio más de la llamada “autoficción”. Pero las dudas pronto se disipan y, pese a que hasta una foto de sus radiografías se entrevere, acabamos reconociendo que todo lo que el yo nos diga sobre sí tiene una misión testimonial que excede los intereses y las facultades de la fábula o el horizonte privado. Hasta el estremecedor relato del asesinato de miembros de su familia en 2015, en efecto, se integra en el registro de la delincuencia y la violencia brutales desbordadas en la Venezuela de los últimos veinticinco años.

“En pocas ocasiones los cronistas transforman el acto de ver en el hecho de ser. Eso, ni más ni menos, ocurre en este libro.”

No cuesta deducir que La vida interrumpida se vincula a una de las vetas más representativas de las letras venezolanas actuales cuyo telón de fondo recrea una cotidianidad signada por imaginerías del deterioro. En primer lugar, porque es claro el contexto de ese abigarrado desmoronamiento: “ataque y demolición de la empresa privada, sustitución por empresas manejadas por militares y el Gobierno, quiebra de los negocios por el Gobierno y militares, y regreso al capital privado, pero ya de tipo enchufado, de los que son parte de la nueva oligarquía junto al puñado de civiles de rojo y militares”. El cronista, más adelante, insinuará que la pérdida de un porvenir es quizá la peor consecuencia: “el pasado alcanzó el futuro de los caraqueños”.

En segundo lugar, la elocución a la hora de representar el mundo social es similar a la que hallamos en diversas obras de ficción de sus compatriotas. Una de las imágenes recurrentes es la de ruinas de distinto orden: “Ese hombre […] fue cayendo en la ruina”; “brotan malandros desde estructuras derruidas”; “Un paisaje teñido entre esplendor materialista y ruina caracteriza esta zona en la que los capitales del nuevorriquismo boliburgués sustituye a los desplazados”. Y no se necesita la mención de ruinas literales para que comprendamos que la decadencia se ha extendido a espacios, objetos, seres o estilos de vida: “En Montalbán matan a una venada para comérsela. Dicen que los animales del zoológico están pasando hambre, como las personas”; “Al chavismo no le queda más remedio que importar gasolina [de Irán]. Aquel tiempo en que PDVSA era considerada como […] una de las empresas mejor manejadas del mundo parece una anécdota del pleistoceno”; “El deterioro de los edificios impacta. Los cortes de agua y de luz, la escasez, la inflación, la moneda que no vale nada”. Desde luego, la degradación extrema no tarda en rozar la repugnancia: “[Notaba] algo que me parecía extraño: la aparición de hombres altos, fornidos y solos caminando por las calles y hurgando en la basura […]. Se procuraban alimentos y enseres”.

No todo es oscuridad, sin embargo. En medio de la abyección, hay señales de humanidad y empatía. En uno de los episodios en que el flâneur pandémico se topa en una calle con una caja de libros abandonados e intenta imaginar al propietario, las dedicatorias le permiten reconstruir historias de sufrimiento, enfermedad terminal, pero también de lealtad filial y amistad. El paseante de Plaza Salvati logra, incluso, trabar una espectral relación con el ausente: “Alfredo, dondequiera que te encuentres, gracias por el milagro”. El prodigio no es tanto el hallazgo de la caja como una transfiguración radical. Baudelaire identificaba al flâneur con el diletante, el hombre de ocio distanciado de la multitud que miraba. En La vida interrumpida, lo que comienza en esos términos deja de serlo de modo dramático: quien contempla se descubre como parte de lo contemplado. Las últimas páginas lo corroboran cuando el protagonista experimenta en carne propia, tras meses de encierro forzoso, los abusos de los guardias del aeropuerto: “Callé, como callan tantos venezolanos humillados para no terminar injustamente detenidos”. En pocas ocasiones los cronistas transforman el acto de ver en el hecho de ser. Eso, ni más ni menos, ocurre en este libro.

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