Sobre El ejército ciego (Alfaguara, 2026) de David Toscana
Una anécdota brutal del siglo XI sirve al mexicano David Toscana para proponer una reflexión de amplio alcance antropológico y político en El ejército ciego. El libro relata la historia del ejército búlgaro que fue derrotado el año 1014 por las tropas bizantinas de Basilio II. Tal como relata la crónica de Ioannis Skilitzes en un fragmento que sirve de epígrafe al libro, los hechos fueron los siguientes: no satisfecho con la victoria, Basilio mandó arrancarles los ojos a los 15.000 prisioneros enemigos, dejando un tuerto entre cada cien guerreros para que pudieran encontrar el camino a casa. Impresionado ante el retorno de estos menesterosos en la oscuridad, a pasos cortos y palpando al frente, el emperador Samuel habría muerto de la impresión. La vida de todo su pueblo se vería afectada de modo radical con la llegada de estos impactantes despojos humanos, pues “quince mil ciegos son una carga más pesada que quince mil cadáveres”.
David Toscana es dueño de una sólida trayectoria compuesta por una docena de novelas, algunas de ellas reconocidas con premios como el Xavier Villaurrutia, el José María Arguedas y, con El ejército ciego, el Premio Alfaguara de Novela 2026. Esta novela utiliza un registro propio de la fábula, conjugando el minimalismo y los personajes arquetípicos con una aparente sencillez del lenguaje, produciendo pliegues y trazos sutiles donde el sentido de las anécdotas se multiplica, al igual que la cantidad de personajes que vemos correr por sus poco más de doscientas páginas. Sin embargo, las sencillas historias de artesanos, talabarteros, criadores de cerdos, herreros, centinelas, campesinos o escribanos que vuelven a sus pueblos intentando retomar en algo la normalidad de sus vidas —aunque muchos se perdieran, voluntariamente o no, en el camino— esconden una reflexión mucho más profunda: qué tipo de mundo se construye cuando se pierde masivamente el sentido de la vista, aquel que nos permite un mínimo grado de certeza acerca de lo compartido, de aquello que vemos y nos cercioramos que es común para todos.
La crueldad de Basilio II abre paso a una acción narrativa profundamente lírica. Nos encontramos con Sóndok el lector, quien inventa un cuento fingiendo leer una hoja que es incapaz de ver —y que provenía de una biblia descoyuntada—, despertando las suspicacias del padre Alzeko ante el sacrilegio de inventar tal relato sobre un texto sagrado. O con Timotéi el titiritero, quien con su muñeca precaria y su único vestido relata historias a los ciegos que imaginan estar ante los grandes aparejos propios de un espectáculo circense de primer nivel. Las líneas argumentales no están protagonizadas solo por soldados mutilados, sino también con quienes deben afrontar estas masas de nuevos ciegos que trastocan todo el orden anterior: está el maestro Zósimo, hábil verdugo ocular del imperio bizantino, que se complace en sus finos instrumentos para arrancar los ojos a quien el emperador así lo dicte —especialmente a los traidores—, pero que ante la masividad del encargo posterior a la batalla se declara incapaz de acometer la tarea. O el judío Moskono, maestro ceramista que comienza a fabricar esferas de arcilla que imitan los globos oculares perdidos, para luego ampliar su artesanía a figuras llenas de símbolos, colores y alusiones que multiplican las posibilidades de los antiguos combatientes. Así, aparecen varias decenas de personajes que afrontan este singular castigo con originalidad y astucia, volviendo esa nueva realidad un mundo habitable por ciegos, tuertos y videntes.
“Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche”, dice en un momento el narrador de la novela, un soldado anónimo que recoge muchos de los hilos que suceden a la derrota de los búlgaros. Así como el sentido de la vista entrega una seguridad epistemológica básica —y la tradición oral, con sus múltiples dichos en torno a ella así lo corrobora: “ver para creer”, “donde mis ojos te vean”, “ojos que no ven…”, y así—, Toscana construye una muy sugerente ficción en torno a la ausencia de ella. En El ejército ciego nos encontramos con un mundo donde la imaginación adquiere un mayor peso a la hora de construir lo que nos rodea. Pero, al mismo tiempo, la consecuencia de esta catástrofe es que toda experiencia termina individualizándose de modo radical: al no tener una visión compartida de las cosas, los personajes que por aquí deambulan están encerrados en sus propias cavilaciones, como si solo por medio de la vista se tuviera la posibilidad de compartir un mundo, un modo de habitar lo común.
Las preguntas que despierta esta tragedia masiva son múltiples, y muchos son también los caminos a seguir. ¿Qué hacer con esos millares de ojos arrancados a los soldados? Lo que ven esos ojos desconectados de sus dueños, ¿incide en algo en los recuerdos o subjetividades de los cuerpos a los que ya no envían señales o percepciones? ¿Qué sucede si se entierran esos ojos; exigen acaso un cuidado distinto al de una cosa? ¿Qué pasa con la idea de belleza si ya no podemos ver y, por tanto, transmitir y compartir aquello visto? Poco a poco se dejan de lado las solemnidades, y así como ya no hay días ni noches en las vidas de los ciegos, los ojos —coloridos, limpios, conservados en salmuera— pasan a ser objetos para jugar, para arrojar o para conjurar aquella vida pasada. Las cuencas y los párpados ahora inútiles se abren también a otros significados, prácticas y ritos, creando una población donde la ceguera no es una excepción y, por lo tanto, puede marcar sus propias y originales pautas de conducta en torno a esta experiencia novedosa.
La condición de fábula no está dada solamente por ese tono mínimo y sencillo propio del Calvino de El vizconde demediado o de algunas ficciones de Baricco, sino también por el modo en que la novela juega con el propio relato histórico. En vez de condenar a los ciegos a la miseria y al imperio búlgaro a la ignominia y la derrota (a fin de cuentas, como dice el narrador, “si por el mundo corriera el rumor de la existencia del imperio de los ciegos, vendrían los persas, los francos, los moravos, los rus, los árabes, los turcos, los ávaros, los croatas, los pechenegos, los valacos, los magiares, los jázaros; vendría cualquier horda de salvajes a cazar al animal herido”), con ese mismo tono jocoso e imaginación histórica el ejército de los ciegos vuelve al ruedo. Esos seres que habitan en la noche eterna tuercen el destino y logran salvar el honor, en una peripecia sorprendente e ingeniosa que los convierte en algo muy distinto a lo que parecían condenados.
La ceguera ha demostrado ser un tema de alto alcance literario, despertando reflexiones antropológicas (a partir de Edipo Rey), distópicas (el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago) o existencialistas (el Informe sobre ciegos, de Sabato), entre otros. El ejército ciego continúa esa noble estirpe literaria y se vuelve una digna merecedora del Premio Alfaguara (que no siempre funciona como sello de calidad). Con todo, aunque esta novela no alcanza la profundidad de Sófocles ni la estilización tan característica de Saramago o Sabato, logra una ejecución correcta en torno a una fábula bien trabajada, original, además, en el contexto de la novela hispanoamericana. Con el impacto de su muy llamativa anécdota y sus breves capítulos que la dotan de un ritmo ágil, David Toscana nos entrega un libro valioso que, tal como a sus personajes, nos hace ver imaginando; es decir, que hace literatura.

