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Número 37
Dossier: Cerdos & Peces

El barco en el pavimento

  • por Vera Land
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  • March, 2026

En los últimos años cada vez que algún periodista, estudiante de comunicación, cineasta o escritor me buscó para hablar de la revista Cerdos & Peces, me negué o no contesté porque, entre otras cosas, me parecía que no era necesario agregar nada. Transcribo algunas frases que flotaban en mi mente cuando me convocaban: “Lo que tenía para dar en relación con Cerdos & Peces, poco o mucho, ya lo di”. Otra: “Mi vida está en el presente”. Mi favorita: “Me siento muy joven para acomodarme en un sillón a recibir a la nueva generación para hablar del pasado”. Y por supuesto: “El tiempo dorado es este”. Además, yo tenía la certeza de que aquellos interesados en hablar conmigo buscaban la confirmación de una historia que ellos o ellas ya habían concluido y que inexorablemente no coincidía con la mía. 

Durante ese tiempo pensé que todos los que escribían, opinaban o producían algún material cultural relacionado con Cerdos & Peces tenían derecho a hacerlo con total libertad, podían darle la relectura y la interpretación que sintieran o la valoración o crítica que les pareciera, porque no existían dueños de una verdad sobre Cerdos & Peces, el detalle era que como yo no coincidía con ninguna de las versiones que circulaban, ni siquiera con la que daba Enrique Symns, me reservaba el derecho de no ser parte, de no contribuir.  

Entonces, este texto está dedicado a todas las personas que intentaron hablar conmigo sobre Cerdos & Peces y a las cuales no respondí o respondí negativamente. Está dedicado a todos los que fueron parte de la revista y ya no están. Esa es una lista larga. Y, por supuesto, casi no hace falta decirlo, está dedicado a los lectores de las distintas épocas. 

Cuando cierro los ojos y pienso en la redacción de Cerdos & Peces, las imágenes que vienen a mi mente muestran gente trabajando. Dibujantes entrando con sus carpetas, fotógrafos con sus contactos o negativos, tableros de diseño con hojas de diagramación, las máquinas de escribir repiqueteando, reuniones intensas sin límite de horario, conversaciones apasionadas y, algo que en aquel momento nos parecía normal, pero que en retrospectiva resulta asombroso: artistas poniendo a disposición parte de su obra sin esperar remuneración. Esas imágenes de gente en la redacción exponiendo y debatiendo ideas, narrando y analizando experiencias, no creo que tengan gran interés para nadie y las anécdotas alocadas, que suelen buscar los periodistas y entusiasman a los editores o bien no las tengo, o si logro recordarlas, no me parecen divertidas sino trágicas o dolorosas. 

Estar en una revista es compartir un espacio con gente que piensa distinto a uno, indefectiblemente. Cuando entré a Cerdos & Peces la línea ya estaba creada y determinada, por eso a veces pienso que muchos me dan un lugar demasiado preponderante. Lo he dicho otras veces: yo sentía que mi estilo era muy liviano y mi escritura muy ingenua para Cerdos & Peces, sentía que no encajaba en la revista, pero quería estar. El barco pirata, con el loco capitán ebrio, había avanzado por la ciudad, había derretido el pavimento y había llegado hasta el cordón de la vereda, donde yo estaba sentada, aburrida, mascando chicle. Por nada quería perderme la aventura. Me esforcé para subir el tono y funcionó. También pude ir un poco más lejos y agregar algo propio y abrir el espacio para otros, con libertad, pude influir, pero no tuve poder de veto. Es importante aclarar esto: yo no estaba de acuerdo con mucho de lo que se publicaba en Cerdos & Peces y parte de mi escritura tenía el objetivo de hacer un contrapeso. Un intento fallido porque mi producción terminaba englobándose dentro de lo mismo. Claro que en el momento no me daba cuenta. 

Cuando recuerdo la etapa warholiana de Cerdos & Peces, la más extrema, lo veo a Ignacio Sourrouille acercándose a mi escritorio con una carpeta de fotos. ¡Ese escritorio de metal, enorme, feo y funcional que yo tenía en la redacción de Lavalle y en el que tanta gente desplegaba sus materiales para que los viera! Pero ese mediodía Ignacio no traía sus fotos sino una serie de copias, impecables, del extraordinario Robert Mapplethorpe. Recuerdo el impacto que esas fotos me provocaron. Pensé: “esto tenemos que publicarlo”; y me fui a buscar a Symns. 

Nombrar personas es injusto porque es a la vez omitir a otras que fueron fundamentales. Suelo pasar meses o años sin evocar Cerdos & Peces, pero si abro mi mente a los recuerdos, las imágenes comienzan a surgir como una película y no como vivencias propias. Es extraño, en mis recuerdos de la etapa más intensa de Cerdos & Peces me veo desde afuera y las imágenes son en blanco y negro y entonces el bar, mis vestidos, la redacción, el humo, el sol pálido, las máquinas de escribir, la avenida Pueyrredón, la cara sonriente de Leonardo Sacco, todo lo recuerdo en blanco y negro. 

Mi Cerdos & Peces favorita, la que más satisfacción me dio, se inicia con José Llovet en 1996. ¿Por qué será que pude disfrutar tanto de ese retorno? Tal vez, porque tenía la sensación de que volvíamos luego de mil años. Era una segunda oportunidad, sin duda. Estábamos cambiados. En mi caso, tenía la experiencia, sabía cómo hacer una revista. No me abrumaba. Además, como no fue una experiencia exitosa en términos de venta, no sentí el asedio de los otros. 

Al principio no barajábamos la posibilidad de sacar una revista, nos reuníamos en la casa de Guillermo Monserrat a tomar té con limón y pensar en un proyecto que nos entusiasmara. Había cuatro personas dispuestas a invertir una cifra interesante para fundar un Centro Cultural con bar. Nos encantaba la idea de que no fuera simplemente un bar, sino que pudiéramos proyectar otras actividades. José Llovet, amigo de Guillermo, era el impulsor y quien tenía el contacto con los potenciales inversores. 

Tirados en los sillones de Guille, leíamos los clasificados del diario Clarín buscando locales o casas que pudieran servir para desarrollar el plan. Nos recuerdo a los tres tomando un colectivo hacia zona norte para ver un caserón antiguo increíble, perfecto para nuestra idea. Todo iba de maravillas hasta que tres de los potenciales inversores se retiraron antes de que se concretara el proyecto y las reuniones en la casa de Guille terminaron.

Los días posteriores la pasé mal. No lograba resignarme. Siempre se trató de lo mismo, antes y ahora: estar en un proyecto con amigos. Cuando eso se diluye, baja la intensidad de la vida. Una de esas tardes estaba en casa tirada en la cama, el teléfono inalámbrico gris apoyado en la panza, las cortinas de la ventana que se movían por la brisa cálida. Mi novio estaba de viaje y habíamos hablado por teléfono un rato largo y habíamos cortado. Yo tenía treinta años. Llevaba una vida tranquila y placentera. Estaba enamorada. Había dejado atrás el caos juvenil. Dedicaba el tiempo a cuidarme, leer, ver películas, comprarme ropa y salir con mi novio. Tenía con él una relación estable y apasionada a la vez. No convivíamos, pero éramos fieles y leales. Yo sentía que había encontrado el formato de pareja ideal para mí. La pasaba bien mientras esperaba la llegada de la próxima aventura. Esa tarde me despedí de mi novio, apreté el botón y me quedé mirando las paredes, el cuadro de Kandinsky y la ventana, los cortinados, las paletas lentas del ventilador de techo. Y de pronto me encontré haciendo cuentas simples: cuánto podía salir una imprenta, cuánto el papel, cuál podía ser el precio de tapa. Me levanté de un salto, busqué una revista cualquiera y me fijé debajo del staff —donde siempre está la dirección y el teléfono de la imprenta— y llamé para pedir costos. Me tomó unos días conseguir los precios porque no me querían dar los presupuestos por teléfono. Tuve que ir a las imprentas y tener entrevistas con los dueños. Cuando volví a la casa de Guille, dije la frase mágica:

—Con esa plata, podemos hacer una revista. 

Pasamos el resto del verano hablando de La Revista. 

Enrique y yo coincidíamos en algo: necesitábamos tener asegurado un distribuidor. Ese era el paso dos. No íbamos a escribir ni una sola línea hasta no tener un distribuidor. Enrique propuso a la empresa Vaccaro-Sánchez y Llovet los contactó y acordó una reunión. Fue entonces cuando decidimos que la revista fuera la Cerdos & Peces, para que el distribuidor nos aceptara y para que los kiosqueros nos dieran bola de entrada. Hasta ese momento habíamos hablado de La Revista, sin darle ningún nombre. 

Llovet me pidió que lo acompañara a la reunión con el posible distribuidor. Vaccaro ya no trabajaba con Sánchez. Nos recibió Sánchez en una oficina en el centro. Fue muy amable. Hablamos de la distribución en Capital y en el interior y de cuánto teníamos que tirar para poder completar el recorrido. Para mí era muy importante que me garantizara llegar a las provincias. 

—Diez mil ejemplares —nos dijo. 

Cuando le estaba dando la mano a Sánchez, en el final de la reunión, Llovet hizo un comentario referido a la colección de rinocerontes expuesta sobre un mueble ubicado a un costado del escritorio de Sánchez y, aunque los tres ya estábamos de pie, se inició una nueva conversación. 

Había rinocerontes de piedras, maderas, metales, opacos, brillantes, grandes, chicos, con colores intensos, aterciopelados, con patas gordas, rugosas, en fin, eran muchos. En pedestales o plataformas o apoyados directo en la repisa. Sánchez nos mostró cuál era el rinoceronte que había iniciado su original pasatiempo y nos contó la historia de esa primera adquisición. Por esos misterios de la mente ese relato lo tengo borrado. Lo que sí recuerdo bien es que, al concluir, Sánchez se rió complacido y resignado ante lo inevitable: su colección no tenía otra posibilidad que seguir creciendo, porque las personas, al verla, deseaban sumar un rinoceronte nuevo. 

Cuando salimos del edificio, el sol del final de la tarde de verano nos dio en la cara. Caminamos hasta Corrientes, muy contentos y satisfechos. Llovet ya había decidido que a la siguiente reunión iba a llevar un rinoceronte. La cuestión era encontrar uno que fuera especial. También me dijo que, a partir de ese momento, el tema del distribuidor quedaba a su cargo y me agradeció por haberlo acompañado. Ya teníamos distribuidor. Ahora había que ponerse a hacer la revista. 

Me dediqué a pensar el sumario tentativo. Tenía en mente la palabra “clásica”. Cerdos & Peces Clásica. Y trataba de convencer a Enrique de que teníamos que tomar los tópicos vigentes de Cerdos & Peces, los que aún nos parecieran válidos y trabajar sobre ellos: seguir defendiendo a las minorías excluidas, denunciar los atropellos y los crímenes de Estado, en una época en la que las fuerzas de seguridad estaban puestas contra el pueblo en general y en especial contra los jóvenes, darle un espacio importante al rock, la literatura, el cine, el cómic y cubrir la noche y la efervescencia artística que sucedía en la ciudad. Por supuesto que Enrique me escuchaba atentamente. Él siempre fue muy permeable a mis palabras. Claro que después hacía todo a su manera. Pero algo de aquella idea de convertirnos en un clásico se plasmó en esa etapa. El ingrediente que yo no tuve en cuenta en esas charlas previas con Enrique, y que después se incorporó de forma natural, fue la irrupción de la resistencia cultural con un enfoque de oposición política, una impronta característica de toda la movida cultural de los noventa y que la revista transitó con su propio estilo. 

En ese primer número del retorno, escribí una reseña de Pulp, la última novela de Charles Bukowski, y la titulé “El Legado”. En Pulp, la escritura de Bukowski había cambiado, se había movido hacia otra zona, aunque mantenía su característica respiración. Luego de escribir Pulp, Bukowski había muerto. Nos dejaba, a los que en ese momento éramos sus lectores, a los que habíamos crecido leyendo sus libros, la apertura de un camino nuevo que él solo había alcanzado a transitar en una novela corta y de género. Yo sentía que ese legado era a la vez liberador. No era una mochila pesada. 

Enrique escribió la nota de tapa de ese número. Un material que cuestionaba el rol de los periodistas y de los medios de comunicación en la transformación de las tragedias anónimas en célebres acontecimientos públicos. Un tema que siempre le había interesado a Enrique y que en la revista ya se había abordado en otros tiempos. Pero esa vez, el enfoque estaba puesto en la cuestión de la intromisión de los medios en la vida de las víctimas y las distintas formas de morbosidad y manipulación del dolor. Quiso protagonizar la producción fotográfica, con un traje y un micrófono, empujando la puerta de entrada de un departamento, junto a un camarógrafo, una imagen representativa del planteo de la nota, y el hecho de estar él representando al periodista acosador de víctimas, fue una forma obvia de autoincriminación, de cuestionar un sistema de comunicación del que se sentía parte, aunque fuera desde los márgenes. 

Podría escribir cincuenta páginas sobre los meses en los que tuvimos la redacción en lo que había sido el departamento de soltero de José Llovet en San Cristóbal. Recuerdo especialmente dos cosas. Y las dos tienen que ver con pintura. Una sucedió durante la primera semana. Estaban pintando la entrada del edificio y una escalera estaba abierta en el angosto pasillo. Como yo no soy supersticiosa pasé por debajo de la escalera docenas de veces durante esa primera semana. Pero me sorprendió ver a tantos intelectuales haciendo piruetas y acrobacias para entrar a la redacción sin pasar por debajo de la escalera. Lo otro que recuerdo es que la segunda semana me harté de bajar a abrirle a los colaboradores y fui al cerrajero e hice veinte copias de la llave de abajo y pinté cada una con esmalte de uñas, y se las fui entregando a los que venían más seguido. 

Nuestros parámetros de ventas pasadas eran de ocho mil como fracaso y dieciocho mil como éxito. Cuando llegó el primer informe de la distribuidora nos quedamos helados. La venta del primer número del retorno no llegaba a tres mil. Y en los meses siguientes se puso peor: bajamos en vez de subir. No nos desanimamos. Seguimos adelante como si la cifra de venta fuera un error que en breve se iba a corregir. 

Cuando esa etapa voló por el aire, mucho antes de que lográramos aburrirnos o acostumbrarnos, pasó algo inesperado, algo que está fuera o en contra de la dudosa y célebre Ley de Murphy: estábamos a punto de volver al momento anterior a las reuniones en el living de Guille, cuando apareció Lido Iacomini, con un libro bajo el brazo. Yo estaba guardando las fotos en cajas y levantando lo que tenía en esa redacción de San Cristóbal. Lido entró, y sin sentarse, me dijo que él podía bancar el diseño, la imprenta y ocuparse de la distribución. Pero que no podía poner un peso para pagar nada más. Terminó de decir eso y me mostró el libro que tenía en la mano y me preguntó si conocía a ese autor y si había leído esa novela. 

—No, no lo leí, no lo conozco. 

—Tomá, leelo, te va a encantar —dijo y se fue. 

El libro era Leviatán de Paul Auster. Por supuesto que lo leí y pasé el resto de la década del noventa poniéndome al día con todo lo que ya estaba publicado de Paul Auster, incluso leí los poemas. Luego del cambio de milenio, al finalizar la lectura de cada nuevo libro, me quedaba esperando que Paul Auster terminara de escribir el siguiente. El apasionamiento por las novelas de Paul Auster fue para mí tan vertiginoso como su prosa y su frecuencia de publicación, a tal punto que todavía no he tenido la oportunidad de detenerme a revisarlo, a releerlo. Si un día lo hago, espero no desencantarme. Nunca se sabe. 

¿Una redacción de Cerdos & Peces en el sótano de un bar de San Telmo? ¿Qué lugar podía ser más apropiado? Cuando volamos de lo que había sido el departamento de soltero de José Llovet, porque las cuentas no daban, porque no se podía pagar nada con lo que vendíamos, cuando todo parecía irse al carajo, además de Lido con Leviatán, apareció Nicolás ofreciéndonos el sótano de su bar El Mirador para instalar la redacción. Sabíamos que estábamos viviendo uno de los mejores momentos de la vida. No teníamos plata. La revista vendía poco. Pero todo era fantástico. Nicolás era un ser extraordinario. En esos ocho o diez meses que pasamos en El Mirador entramos en otro orden, otro sistema. Relanzamos la revista bajo la protección y la influencia silenciosa de Nicolás que, si no recuerdo mal, estaba formado en el anarquismo. El sótano era el epicentro de nuestra escritura. Teníamos dos escritorios, tal vez uno de ellos era simplemente una tabla con caballetes, dos Macintosh ochentosas, una máquina de escribir y las cajas con fotos y papeles. Las reuniones eran arriba, en el bar, que era un típico pub con barra de madera y mesas contra las ventanas que daban al parque. Se entraba por la puerta de la ochava. Yo solía llegar a las tres o cuatro de la tarde y me quedaba hasta la noche. A veces las reuniones se prolongaban y seguíamos conversando con el bar cerrado. Álvaro era el barman y encargado del lugar. No vivía en el bar, pero en el entrepiso, donde debía funcionar la oficina de Nicolás, tenía una especie de búnker acondicionado para pernoctar un par de veces en la semana. 

Si tengo que definir en dos palabras la etapa en la que la revista funcionó en El Mirador, digo: libertad y armonía. Coincidió además con una revitalización de San Telmo, una más, de tantas, pero aquella no estaba incentivada por proyectos inmobiliarios, sino que se trataba de faros, El Mirador era uno, y otros faros se iban prendiendo en el barrio. Casas y locales que se abrían con intenciones contraculturales, utópicas, románticas. Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que parte de lo que planeamos en los sillones de Guille se cumplió en El Mirador: El Cabaret Poético de Tom Lupo, los talleres de periodismo, la revista Vestite y andate, las bandas, los shows, las fiestas. Enrique escribía el editorial en el sótano, sacaba la hoja de la Olivetti y subía a leerlo al público del bar. Así de inmediato. Sin intermediación. 

Hubo una fiesta que duró hasta el amanecer. Al terminar, la gente se quedó un rato en la esquina del bar. Supongo que Álvaro intentaba bajar las persianas mientras todos seguían charlando entusiasmados. Yo también estaba hablando con alguien, tal vez Juan Mendoza o Jorge Sarmiento, y de pronto lo veo a Enrique delante de un coche que estaba a punto de arrancar. Me acerqué. Parado sacando pecho, Enrique puteaba a los tipos que estaban en el auto y los invitaba a pelear. Le pregunté qué pasa y me dijo que los tipos eran policías y se estaban llevando a dos chicas detenidas. El coche era color crema y la patente de la provincia de Buenos Aires. Decidimos bajar a las chicas del coche. Todo fue muy rápido. Fuimos uno de cada lado, abrimos las puertas y las bajamos. Los supuestos policías no hicieron nada para impedirlo. Recuerdo que mientras estaba tironeando de la que me había tocado bajar a mí, me pareció raro que me costara tanto darle impulso. Cuando las dos estaban en la vereda entendí la dificultad; todos estábamos achispados, pero ellas estaban en un estado de ebriedad fatal. Las puertas de atrás del coche quedaron abiertas. Los supuestos policías cerraron las puertas y se fueron. 

 

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Foto: Andrea Álvarez Mujica, también conocida como Vera Land, en el bar cultural La Paz Arriba, por Florencia Cosin.

 

  • Vera Land

Andrea Álvarez Mujica is a journalist, writer, and editor, and is co-founder of the independent press Hormigas Negras. She is the author of the biography Estelares: detrás de las canciones (2022), the book of short stories Destructible (2024), the compilation of music journalism Horas de rock (2017), and the novels Los novios muertos (2015) and La vida es extraña (2021). From 2011 to 2021, she participated in the literary workshops of Juan Forn. She is currently a literary columnist for the radio program Cosa de Negros. Under the pseudonym of Vera Land, she published her first novel, Tu maquillaje de fuga se evapora con la luz (2002), along with the biographies Páez (1995) and Los Tres, la última canción (2002), both of which she co-authored with Enrique Symns. She formed part of the founding team of Chilean periodical The Clinic, and she has worked as an editor of sections and supplements of various Argentine outlets, including the cultural weekly La Maga and the magazine Cerdos & Peces. She also worked as a columnist for the program Es lo que hay on Rock & Pop radio (1998).

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