I
Estoy soñando que escribo este relato. Las imágenes se suceden y giran a mi alrededor en un torbellino vertiginoso. Me veo escribiendo en el cuaderno como si estuviera encerrado en un paréntesis dentro del sueño, en el centro inmóvil de un vórtice de figuras que me son a la vez familiares y desconocidas, que emergen de la niebla, se manifiestan un instante, circulan, hablan, gesticulan, luego se quedan quietas como fotografías, antes de perderse en el abismo de la noche, abrumadas por la avalancha de olvido y sumirse en la quietud inquietante de las aguas del lago. Las palabras que escucho mientras sueño que escribo parecen venir de un más allá, desde una vigilia remota en el tiempo y en el espacio, y aunque las oigo con claridad no las entiendo, como si estuvieran dichas en una lengua vestigial o ya olvidada. Todo está inscrito en la brumosa lejanía del olvido y los seres y las cosas aparecen envueltos en esa lentitud de lo que apenas empieza a ser recordado, de lo que acaba de despertar a la vida renovada de la memoria. Sobre la página del cuaderno en que escribo el sueño proyecta, difusas e imprecisas, las imágenes que guardan todavía el torpor y la laxitud de su propio sueño de olvido. Me veo llegar por primera vez a esa ciudad en compañía de mi padre, a quien sus calles y sus gentes le son familiares y acostumbradas. El aeropuerto estaba repleto de soldados y marineros, sanos y heridos. Las wacs y las enfermeras iban y venían afanosas por las inmensas salas de espera. Las paredes estaban tapizadas con avisos y carteles de propaganda entre los que, por su profusión y notoriedad, me llamó poderosamente la atención uno que representaba a un hombrecillo pálido y sañudo, de ojos claros con lentes de bordes esmerilados y gruesos arillos de carey. De los lívidos y apretados labios le salía una boquilla de ámbar con un cigarrillo recién encendido cuya lumbre rozaba casi el filo del ala caída de su sombrero de fieltro. Llevaba el cuello de su trench coat subido hasta las orejas. Atrás se vislumbraba no recuerdo bien si un tramo del Golden Gate con la bahía de San Francisco al fondo o el skyline de New York con la Estatua de la Libertad al frente. El hombrecillo estaba en actitud de escuchar atenta pero displicente y solapadamente lo que se decía a su alrededor. BE CAREFUL! … decía el cartel con grandes letras en la parte superior, y abajo… HE MIGHT BE LISTENING! ¿Quién es ese del sombrero? le pregunté a mi papá. Góbbels, me contestó maliciosamente. Pasaríamos unos días juntos antes de que yo fuera a casa de mis tíos a hacer los preparativos para la entrada a la escuela. Nos quedamos en el Biltmore. Se alojaban allí los oficiales que venían de licencia de la guerra en el Pacífico. Sus maletas de lona se apilaban en el lobby. Cuando abrimos las nuestras mi padre se dio cuenta de que no llevaba pañuelos. Se ve que no saben hacer su maleta, pensé. Era temprano. Bajamos a la tienda de Gus S. May que estaba en la planta baja del hotel, sobre la calle Olive a un lado de la puerta principal. Compró una docena de los más finos y para mí una billetera de cuero de cochino con compartimento secreto y las esquinas de plata. En el compartimento puso un billete doblado en ocho. Por si alguna vez tienes mucha urgencia de dinero, dijo, pero era tan secreto y tan difícil de desentrañar que durante muchos meses me olvidé de ello. Reveo en el sueño los restaurants y las tiendas a donde fuimos, los personajes que me señalaba: la imponente masa acromegálica de Primo Carnera, sentado en una mesa contigua a la nuestra en el Mike Liman’s, a las estrellas famosas que bailaban, cantaban o decían chistes en el tablado que el USO había erigido en el centro de Pershing Square y que podíamos ver desde nuestro cuarto. Un día antes de su regreso lo acompañé a Hollywood a sus negocios. Comimos en Lawry’s con sus amigos: Luego fuimos de compras y entramos un rato en un newsreel theater. Anochecía tarde en esa época del año, Cuando regresamos al Downtown vimos en el camino muchos heridos que reposaban, convalecientes, al sol de la tarde, tendidos en sus camillas o inmóviles en sus sillas de ruedas y cubiertos de horribles escayolas y accesorios médicos, sobre el césped del front lawn, rodeados de sus padres, de sus mujeres, de sus hijos pequeños o de sus enfermeras. Muchas casas ostentaban en la vidriera de la puerta principal o en alguna de las ventanas de la fachada pendones de seda blanca con flecos dorados y con estrellas; estrellas plateadas para los hombres que estaban en el frente; estrellas doradas para los que ya habían caído. Se formaban todas las combinaciones hasta de cinco… una dorada y tres plateadas, una plateada y una dorada, dos plateadas, tres doradas y dos plateadas, una afortunada estrella plateada… tres terribles doradas. Cenamos chili con carne en la cafetería del Biltmore y cuando me metí a la cama y pensé en lo que había visto, por primera vez me di cuenta de que de veras vivía yo en un país en guerra. Al día siguiente, camino al aeropuerto, mi padre me dejó en casa de mis tíos. Estaba sobre la colina donde acababa la Calle Quinta. Ostentaba en la puerta principal, detrás de la vidriera, un pendón con una sola estrella dorada. Para evitarse una visita penosa, era la hermana mayor de mi madre, mi tía salió a recibirme a las escalerillas del porch de la entrada. Mi papá bajó del coche, se saludaron afablemente, pero con cierta frialdad. Era, a pesar de su edad y de su pena, una mujer hermosa y jovial. Muy alta y bien plantada; muy blanca, de grandes ojos negros y pelo castaño un poco encanecido en las sienes. Tenía un cuerpo a la vez sensual e ideal. Años después oí decir de ella, en inglés, … really fit for the wares she sells! Era desde hacía mucho tiempo Head de Ladies’ Fine Lingerie en una tienda muy elegante del Downtown. El luto le sentaba divinamente, como a casi todas las mujeres. Había tomado unos días off para ayudarme a preparar mi ingreso en la escuela. Ocuparía yo una de las habitaciones de abajo. Un día me dio permiso de subir a ver el cuarto de mi primo. Estaba en el ático y tenía el techo inclinado. Parecía que acabara de salir su dueño, aunque todo estaba en orden perfecto. En las paredes había fotografías, algunas de grupo, otras de parientes, una de una muchacha de sweater Love, Laverne, un banderín deportivo Westlake High; de la alfarda colgaba el modelo a escala de un biplano Jenny. Al fondo había una ventana. Me asomé a ella. Daba al oriente y desde allí se podía ver el panorama de todo el Downtown y dirigiendo la vista un poco hacia el norte se alcanzaba a divisar la enorme torre blanca del City Hall con su remate de cobre verdizo. Junto a la ventana había un escritorio; sobre una cubierta de terciopelo azul había un portarretratos con la fotografía de mi primo en uniforme, sus medallas y trofeos, insignias alemanas, una daga de los SS. Tuve entonces por primera vez una sensación que luego se ha repetido a lo largo de mi vida y que no sé si es debida a una facultad común a toda la gente o propia de un efecto fotográfico mágico: la de saber, con solo ver su fotografía, si el modelo está vivo o muerto. Se veía luego que Laverne estaba viva y que mi primo estaba muerto. Mis tíos habían conseguido unos cupones extra para gasolina, que estaba estrictamente racionada igual que los cigarrillos y, en su coche que nunca usaban, me llevarían a la escuela. Con mi tía al volante salimos temprano aquel domingo. Pasa como en un sueño dentro de otro sueño la carretera hacia levante. Queda atrás el inmenso gasómetro, las fábricas, los patios del ferrocarril, los interminables aledaños y los shanty-towns que acusan los signos inconfundibles de una mexicanidad miserable y abyecta. Poco a poco el sueño frutícola de Luther Burbank va cobrando preeminencia en el paisaje y suplantando la endeble arquitectura doméstica urbana de light-frame. Hacia el mediodía llegamos al Knott’s Berry Farm, inmenso restaurant de pollo frito, donde nos paramos a comer. Ahora lo considero un presagio significativo. Después de visitar apresuradamente el Far West Village, con su horca, su banco, su cárcel, su saloon, seguimos nuestro camino entre hortalizas cuidadas por hombres rubios bronceados por el sol de California, enfundados en sus camisolas grises que dicen con grandes letras negras POW; más adelante otros hombres, morenos, tocados con sombreros mexicanos de palma pero con iguales camisolas se afanan entre los viñedos. Alemanes e italianos que han recorrido el largo trayecto de la guerra desde el desierto de Tobruk hasta el de Mojave. Hacia las tres de la tarde llegamos a nuestro destino, punto final de una tortuosa y estrecha carretera condal: Lake Elsinore. Más allá de las montañas que rodean el lago, decían —no a ciencia cierta, claro— que no había más que el desierto y el misterio. Una leyenda paradisiaca penetraría la imaginación y el sueño, se prolongaría a lo largo de los meses y de los años en otro sueño y éste a su vez se mezclaría con otros y así sucesivamente hasta que la vida entera quedaba rodeada de sueños, aprisionando en su centro un sueño único que ahora que lo estoy soñando otra vez por escrito los abarca a todos y en el que todos se confunden en una sola imagen: la del Deseo. Fuera del sueño, sobre el mapa, el Lago Elsinore se extendía de este a oeste a lo largo de unas seis o siete millas, pero su anchura mayor no era más de una. Estas proporciones lo hacían ideal para pista de carreras de lanchas de alta velocidad. El lugar había tenido su apogeo al final de los años veinte. Los noticieros de la época abundan en bellas bañistas que presencian las carreras de lanchas. Elsinore era la sede veraniega de Aimée Sample McPhearson, fundadora de una religión entusiasta, y los newsreels la mostraban cruzando a nado el lago desde la playa junto a la iglesia hasta el embarcadero del Southern California Automobile Club, en la otra ribera. Sobre todos estos recuerdos presidía el mito legendario e impreciso de Olympic Gardens, situados en algún lugar detrás de las montañas que bordeaban el lago hacia el sur y que tenían fama secreta y malévola entre los adeptos a la vida, por llamarla de alguna manera, naturista y a las revistas subrepticias de desnudo al natural. La Escuela Naval y Militar de Elsinore, mejor conocida en mi memoria por su sigla ENMS, situada en la ribera meridional del lago más cerca de su extremo occidental, no era sino el centro nervioso del vasto imperio del Coronel Hunter. De allí partían las consignas que regían una hacienda que muchas millas a la redonda lo abarcaba todo: las nogaleras, los naranjales, las porquerizas, los establos, las cuadras, las granjas avícolas, los inmensos gallineros de las ponedoras —los más grandes que había al oeste de las Montañas Rocosas— y el lago mismo —sobre el que detentaba droit de passage, simbólicamente, claro— eran de su propiedad. El edificio que ocupaba la escuela era el trasunto adaptado de lo que había sido el SCAC, meta natatoria de Aimée Samplé, que el Coronel Hunter había podido adquirir, junto con las tierras ribereñas y aledañas, en condiciones ventajosas después del crack del 29. Ecónomo perspicaz, al Coronel no le fue muy difícil hacer fructificar sus dominios desolados por la depresión convirtiendo la cuenca abandonada por el turismo en un emporio agropecuario y satisfacer al mismo tiempo una vocación militar frustrada por esa edad intermedia que no le había permitido participar ni en la Primera ni en la Segunda con una fachada pedagógica para la formación de jóvenes destinados a la carrera de las armas, ya fuera en el Army o en la Navy. El carácter naval de la escuela se reducía casi exclusivamente a la proximidad del lago y a la existencia de un muelle destartalado que la desecación había dejado tierra adentro hacía mucho tiempo. Ninguna embarcación surcaba las aguas tranquilas del lago. Esa perspicacia también le había permitido al Coronel Hunter fundar la más prestigiada, la más fotogénica, la más exclusiva, e igual que sus pavos de triple pechuga, la mejor escuela militar al oeste de las Montañas Rocallosas, y, sobre todas las cosas, la más segura. Nunca, desde que se había fundado en 1930, ningún cadete había conseguido escapar. Geográfica y topográficamente era imposible salir de allí después de haber entrado. El emporio estaba noblemente administrado, Todo estaba más o menos en familia. El Coronel Hunter presidía sobre todos y Mrs. Hunter sobre las actividades sociales, fiestas, bailes y esas cosas. Tenían una hija, Diana, interna en una escuela, LaRue School for Girls, que estaba en un pueblo cercano a Elsinore. Las hermanas de Mrs. Hunter también participaban junto con sus maridos en la administración de la escuela y la hacienda. Mrs. Lang se encargaba de la sección de los pequeños y administraba las sesiones de Sunday school. Su marido el Capt. Lang era algo así como el intendente general de la finca. A otra no la recuerdo, pero su marido, el Capt. Murchison, era el Senior Commander del Cuerpo de Cadetes, encargado del orden y la disciplina; su hija Margie preparaba los milkshakes en el Kadets’ Korner, la cafetería. Había un gran número de mujeres; algunas de ellas tenían a sus hijos como cadetes. Tal era el caso de otra de las hermanas de Mrs. Hunter, Mrs. Congrave, la profesora de Historia, madre del Lt. Congrave, sobrino del Coronel Hunter, encargado de la armería. También Mrs. Sakall, la dietista, blanca, lívida y siempre vestida de blanco de pies a cabeza. Hablaba con una voz muy dulce, casi inaudible, pero con fuerte acento eslavo. Era viuda de guerra. Su hijo estaba con los pequeños. Compartía un bungalow con una de sus ayudantes en la cocina: Grandma Boren, una viejecita sorda que solo sabía unas cuantas palabras en inglés. Su nieto era ya sargento. Y Mrs. Reed, la secretaria, tenía un hijo en el junior yard igual que Mrs. Dubois, sureña que hablaba con el acento desganado de su región y se ocupaba de la ropería: tenía uno con los pequeños… Una señora, Ma Dowson, se ocupaba de la clínica y enfermería de urgencia. Era enfermera titulada, siempre llevaba su cofia blanca y su uniforme y usaba invariablemente y para todo la primera persona del plural… Did our bowels move today? La profesora de mecanografía era viuda de guerra. Los días calurosos daba su clase en shorts. No recuerdo su nombre porque a mí no me tocaba todavía typing, pero sí sus piernas. Compartía un bungalow grande con Mr. Stockwell, el profesor de literatura, afeminado, clásico. Una vez, con muchas reticencias y muecas de desagrado, nos habló de Poe y nos hizo leer The Raven, pero, claro, su favorito era Whitman; insistía mucho en O Captain, My Captain…! Había muchos más, hombres y mujeres. Todos acusaban alguna irregularidad vital indefinible, de edad, de nacionalidad, de condición. Un inmenso alemán conocido como Swede al que le faltaba parte del cráneo, todos los dientes y la mano izquierda y que, ayudado de unos complicados correajes, conducía con pasmosa habilidad el enorme bulldozer. Otro alemán gordo y rozagante, con su gorro blanco, era el chef de cocina; Karl, el janitor, era idéntico, con todo y el cigarrillo y los anteojos de gruesos arillos, al espía de los carteles. Nunca escuché su voz, y mientras encorvado sobre su cubeta y su exprimidor de rodillos mopeaba los corredores de la escuela parecía estar escuchando solapadamente lo que podía. T. Lt. Kennedy, el contador, que nos repartía el allowance semanal y que a pesar de las disposiciones muy estrictas del Coronel Hunter, que sostenía la vigencia del Volstead Act en sus dominios, bebía secretamente de un frasco de bolsillo que guardaba en el fondo del último cajón de su escritorio —pero siempre se le notaba por el rubor de las narices y además era indispensable. El gordo Gene, que servía un poco para todo. De día supervisaba los almacenes, conducía el school-bus, la camioneta del servicio y los otros coches; después de la jornada hacía de peluquero. Padecía de meteorismo crónico y delante de los cadetes no se reprimía produciendo la hilaridad de los que esperábamos nuestro turno, pero su aspecto siempre congestionado lo hacía poco simpático. El número de mexicanos empleados por el Coronel Hunter variaba con los años y con las temporadas. Vivían en unas barracas cerca de la ribera del lago y del extremo de los gallineros hacia el poniente, pero más allá del perímetro de la ronda de guardia que solo comprendía los bungalows de los profesores y los gallineros así que, con excepción de unos cuantos que trabajaban en la escuela, se les veía poco. Hice, entre esos, amistad con un hombre singular; se llamaba Porfirio Díaz. Era sobreviviente del Potrero del Llano y le faltaba el índice de la mano derecha que había perdido, decía, en el hundimiento de ese barco. Era el jardinero y se ocupaba de cortar el césped, podar los rosales y barrer las hojas secas de la plataforma del asta bandera en el jardín que bordeaba la fachada de la escuela, donde tenía lugar todos los días el cambio de guardia. Aunque era de carácter reservado y serio yo me había ganado su confianza haciendo pequeños negocios con él. En mis ratos libres, mientras iba y venía empujando su máquina podadora, me contaba sus aventuras marinas y me daba su versión del hundimiento en que había perdido el dedo. Era también el conducto por el que tenía vagas noticias de la vida en las barracas de los braceros, entre todos los cuales destacaba muy notablemente por su incongruencia la pareja formada por Diosdado y el Yuca, extremoso compendio de la etnografía mexicana. Diosdado era un norteño de imponente estatura, fornido, un poco torpe de movimientos y parco de palabra. Era de tez muy blanca y en medio de su rostro, que no afectaba más que un bigotillo recortado, brillaban sus ojos pequeños y negros como dos cuentecillas de azabache. Iba siempre enfundado en un overol de peto y tirantes cruzados a la espalda y calzaba unos rudos botines de obrero, todo lo cual lo hacía verse más grande todavía. Cuando hacía frío se ponía una parka de cuadros de vivos colores. El Yuca, su compañero inseparable, no le llegaba al codo, a pesar de que usaba unos botines texanos de altos tacones y de los estrechos pantalones de vaquero con los que pretendía verse un poco menos pequeño de lo que para su desgracia era, sobre todo visto junto a Diosdado. Su tez era clara aunque teñida de ese tono oliváceo característico de las gentes de su tierra. Tenía la nariz grande y en forma de pico de pájaro, pero los ojos verdes bajo las cejas arqueadas, rasgo del que se envanecía secretamente y por el que se consolaba de su deficiente estatura. Era vivaz y tonto, pero sociable, y se veía luego que era afecto a la jarana y de temperamento tropical. Por las tardes, cuando hacía frío, se ponía una de esas chamarras de cuero forradas de piel de borrego que llamaban de bombardero. Tal era la dispareja pareja en que la serpiente de nuestra nacionalidad se mordía la cola y que se ocupaba de recolectar los huevos de las Buff Orpington que por el piso inclinado de las jaulas rodaban suavemente hasta una canal exterior de donde los recogían. Cabe señalar de paso, y en homenaje a las instalaciones del Coronel Hunter, que así como cada naranjo tenía su calefactor de petróleo que se encendía automáticamente en las noches de invierno así también cada gallina tenía en su jaula una pequeña ducha que en los días calurosos echaba, automáticamente, su refrescante aspersión. A veces conversaba yo largamente con Porfirio Díaz. Entreveraba en sus aventuras de marino alguno que otro comentario acerca de los incidentes de la vida en las barracas de los braceros. La crónica social existe hasta en los estratos más rudimentarios de la vida. Como ya se dijo, el alcohol estaba estrictamente prohibido en todos los dominios del Coronel Hunter. Porfirio, que era abstemio, me contaba cómo Diosdado y el Yuca, que ocupaban solos una de las barracas, conseguían meter una botella de vez en cuando. Seguramente eran los días en que se escuchaba la jarana a lo lejos. A esa edad uno de los temas más socorridos son las mujeres. A este respecto Porfirio se mostraba más bien reservado. Me contó que era casado y que su mujer y su hijo vivían en Tampico. Las mujeres también estaban prohibidas, pero a veces, daba a entender Porfirio, conseguían llegar a las barracas. ¿Putas? Movía la cabeza entre dudoso y mordaz. Quién sabe; a la mera hora… ¿De dónde venían? ¿De Riverside? Quién sabe; a la mera hora… ¿Cuánto costaba cogerse una? Quién sabe; a la mera hora nada… y seguía yendo y viniendo con su podadora. He intentado una descripción de las cosas y seres más interesantes de la parte occidental de los terrenos de la escuela propiamente dichos. Al oriente una callecita arbolada de eucaliptos del lado de la escuela y de nogales en el otro bajaba desde la carretera hasta la orilla del lago. En el extremo, junto a la carretera, estaba la clínica y enfermería de Ma Dowson. En la otra punta de la calle, ya cerca de la ribera del lago, había un pequeño cottage cubierto de hiedra y sombreado por los retorcidos nogales y los viejos naranjos. Parecía que estaba abandonado, pero vivía allí un vecino por todos motivos singular e inolvidable: Bela Lugosi, el Conde Drácula. Pasaba por aquel entonces un eclipse del que no saldría hasta pasados unos años, cuando ya se había generalizado la televisión y resucitaron sus viejas películas. A unos metros de esa casa estaba de interno su hijo de igual nombre, que introducía entre nosotros, en la vida ordenada militarmente, el elemento terrorífico y misterioso, dando lugar a bromas de mal gusto acerca de su papá: . . . Does he sleep in a coffin the old bloodsucker? etcétera. De la vida de interno pongo solamente lo más memorable. Seguí el precepto de Gracián. Hablé primero con los vivos y durante las primeras seis semanas de mi estancia allí, aprendí el idioma y hasta ahora el inglés ha sido mi segunda lengua. En algunas circunstancias de mi vida, a lo largo de los años que han pasado, en momentos difíciles y gloriosos, la primera. Durante el primer año me dediqué a los negocios. Con el billete que mi papá me había puesto en el compartimento secreto de la billetera y asociado con mi compañero de cuarto, un tal Friedman, fundé un banco usurario que retenía prendas en garantía y mediante el consabido IOU cobraba 25% de intereses semanalmente con aumento por saldos insolutos hasta el rescate total de la prenda empeñada. El honor militar obligaba al pago puntual. Pero al fin nuestra empresa fue intervenida y expropiada. Friedman fue mudado a otro cuarto y allí quedó la cosa. Salimos a mano, más o menos. Durante las primeras vacaciones de verano que pasé en México, me inicié en las artes carnales con la recamarera Irene y a mi regreso a Los Angeles para el segundo curso en el otoño, me detuve en la librería que estaba en Pershing Square. Compré Van Nostrand’s Scientific and Technical Encyclopaedia y una edición en inglés de la Psychopathia Sexualis. Ansiaba saberlo todo… El célebre manual del Profesor Krafft-Ebing iba noche a noche de cuarto en cuarto y de mano en mano a razón de two bits la noche con derecho a traducción de las locuciones latinas, lo que se me facilitaba por el español secretis vaginae suae ad membrum viri so that the dog, attracted by the smell, membrum quoque lambebat. Hasta que no fue descubierto, decomisado y hecho desaparecer como por arte de magia, me rindió buenas ganancias y mis clientes no me delataron. Tres años habían pasado sin que mi vocación a las armas despertara más que muy débilmente. Me conformaba con el orden y la disciplina que, contrariamente a lo que todos creen, eximen de todo esfuerzo individual; las marchas forzadas, las paradas de gala, los ejercicios ecuestres, las rondas nocturnas de guardia y los deportes obligatorios, lejos de templar el espíritu lo disolvían en una rutina automática y sin gracia. Fui buen tirador y le tenía un cierto afecto a mi rifle que podía desarmar, limpiar y volver a armar con los ojos vendados. Todavía recuerdo el número de serie con que estaba registrado en la Armería Nacional de Springfield el que me tocó el último año: 1005740013075. De la vida en ENMS pongo lo más memorable, casi todo lo cual pasó durante mi último año allí. Al poco tiempo de haber comenzado el año escolar —debe de haber sido en septiembre u octubre— ocurrió un hecho extraordinario que me valió mi primer ascenso y que si no se hubiera producido delante de mí me hubiera mantenido en la condición de cadete raso sin obtener siquiera el grado más bajo del escalafón: PFC, soldado de primera clase. Estando de guardia una noche, mientras hacía la ronda detrás del ala de los salones de clase, hacia los gallineros y ya cerca de las barracas de los mexicanos me llamó la atención el sonido de una guitarra con la que se acompañaba en voz de falsete una lánguida y triste canción mexicana… Yo sé que nunca… Las luces de una barraca estaban encendidas pero todo estaba sin novedad. Debe de haber sido cerca de la medianoche cuando hice la contrarronda. La voz que cantaba se había callado y las luces de la barraca se habían apagado. Oí un tronido como de madera que se raja y, en menos tiempo del que me toma escribirlo, un extremo de los gallineros estaba envuelto en llamas. El fuego aumentaba y avanzaba a gran velocidad. Durante unos segundos no supe qué hacer primero, si tocar el silbato o dar la voz de alarma. Toqué el silbato y me fui corriendo hacia los bungalows de los profesores. Fire! Fire! grité, luego fui hacia las barracas de los les de entender que las del amor. Mi amistad con braceros y grité en español iFuego! iFuego! Volví, a sonar el silbato. Vi, como quien ve pasar su propio reflejo en una vidriera, pasar una silueta, pero no me detuve a investigar. Me fui corriendo hacia el edificio central por el campo de parada gritando Fire! Fire! y tocando la señal de alarma en mi silbato. Las gallinas son material altamente inflamable y combustible. Dos horas más tarde no quedaba nada de los gallineros más grandes al oeste de las Montañas Rocallosas. Al día siguiente hubo asueto y pudimos dormir hasta media mañana. Por la tarde, durante la retreta, se anunció mi ascenso a PFC. Por fortuna nos dieron de cenar corned beef hash porque el olor de plumas quemadas y de pollo rostizado, que me en sus ratos francos. Fred confiaba en que durante recordaban el Knott’s Berry Farm, persistió en todo el Valle de Elsinore durante mucho tiempo. De hecho, hasta que llegó la fiesta del Día de Gracias, último jueves de noviembre, que iría a pasar a Pasadena en casa de mi amigo Fred.
Título original: Elsinore: un cuaderno, de Salvador Elizondo, 3ª ed., pp. 9-28
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