Los Wilkinson siempre tomaban una copa al atardecer. En rigor de verdad, los Wilkinson siempre tomaban una copa —o dos, o tres o varias—, a cualquier hora, en cualquier parte. Durante los buenos tiempos, habían viajado mucho. No es que hicieran largos viajes. Pero habían viajado muchísimo y decenas de fotografías ilustraban la sala de su departamento. Wilkinson y señora en una playa de Hawai; camisas coloridas, ukelele y hula-hula. Un batido de ron con una sombrillita de papel, él. Con una flor origami, ella. Los Wilkinson en la terrasse de un café. Dos aceitunas chicas, verdes, en el dry martini frío que comparten, sonrientes, en Las Vegas. Los Wilkinson en medio de un campo de golf, cada cual con su petaca y cara poco deportiva. Los Wilkinson en Viena, chop a cuestas. Venecia, viva el chianti. El sake allá en Hong Kong. Los Wilkinson boca arriba, apuntando a la lluvia de una bota española. Los Wilkinson en México. Sombreros de mariachi y caras de pescado. Los Wilkinson en las poltronas blancas del Copacabana Palace, reino de la caipirinha. Turbante de ananá a la Miranda para ella. Un panamá fuera de lugar en la cabeza de él. Y así por todos lados. Polonia, entonces vodka. Berlín y liebfraumilch. Escocia bienamada. Irlanda bienvenida. Pero si hubiera que fijar un instante, más repetido que los otros, como esos gestos que, después de algunos años, imprimen una arruga, ahí tendríamos a los Wilkinson, siempre sentados, cada uno con su copa, cerca de la ventana que se abría, panorámica, a la plaza San Martín, con el auspicio de las campanas que tocaban las siete de la tarde en la Torre de los Ingleses.
Hubiera sido la foto en rayos X de la pareja. Una de esas fotos que un fotógrafo aficionado no se hubiera perdido. Yo, por ejemplo. Lástima que esa foto era imposible. Los Wilkinson tomaban ese trago y siempre estaban solos. Así que nada de fotógrafo en el medio. Pero hubiera sido la foto perfecta, irreemplazable aún por la suma de todas las otras. Clic. Al álbum que no existe.
Zulema Wilkinson usaba, como casi todas las dipsomaníacas de la era Susan Hayward, un vestido negro, de esos más bien simples, de modista. Simplicidad sólo aparente, ya que entre la seriedad opaca de su exterior y el forro de satén había una red de costuras y puntadas milimétricas porque nada da tanto trabajo como la sobriedad.
Hyram Wilkinson tenía una camisa azul con bolsillos de cazador y estaba bastante cansado de la vida.
Los Wilkinson tomaban cualquier cosa. La cosa era tomar. Se habían conocido, rondando los cuarenta, en la barra gastada de un bar. Celebraron la discreta boda con brindis y más brindis. Tomaban cuando discutían y en la reconciliación. Tomaban al mismo tiempo —es decir siempre—, aun cuando Hyram viajaba para visitar a sus parientes y se hablaban por teléfono.
—¿Qué tomás, Zulema?
—Un manhattan, Hyram.
—¿Qué estás tomando, Hyram?
—Un Jack Daniels, Zulema. Salud.
También tomaban cuando se entregaban a eufóricas discusiones sobre temas que los dos consideraban indudablemente apasionantes. Tomaban para olvidar y para recordar lo que habían olvidado por descuido. Cuando las cosas empezaron a ponerse difíciles, siguieron siendo grandes bebedores. Primero, para darse valor. Al tiempo para ahogar las penas. Algunas tardes porque ya no quedaba otra cosa que hacer. Otras, porque las dedicaban a mirar fotos para avivar una memoria común, que se agotaba sin remedio. Todas las noches antes, durante y después de la comida. Cuando las cosas también se pusieron mal entre ellos, tomaban con tal de no dirigirse la palabra. Y también tomaban por separado, uno en la cocina, la otra en el escritorio o el baño, mientras practicaban esa manera un poco triste de orbitar la secuencia de la noche que se llama insomnio. Todo daba para tomar.
Los Wilkinson eran una pareja sólida. Quiero decir: se llevaban bastante mal y estaban llenos de problemas. Una pareja estable, como dicen, de esas que juegan al bridge o al tenis para acercarse cuando todo se complica. Los Wilkinson no jugaban ni al bridge ni al tenis —ocupaciones demasiado caras para ellos— pero bebían y últimamente casi no hacían el amor porque, como bien dijo Shakespeare, el alcohol aumenta el deseo y disminuye la performance. Pero eran una familia. Las familias se forman, con hijos o sin ellos, entre personas o personas y animales —y a veces entre personas y objetos—, y ya no hay nada que hacer. Puede formarse un diamante, un iceberg o una zona de necrosis, pero es una formación así que cualquier cambio se vive como una monstruosidad. Los Wilkinson eran, entonces, una de esas familias que uno califica de estables con ambigüedad, de esas que habían compartido, sin garantía de éxito, duros momentos, siempre juntos. El 23 de febrero de 1946, Zulema recibió el siguiente telegrama:
Madre muerta. Stop. Stop. Stop. Padre vivo.
La hoja con el mensaje no tembló entre sus manos. Un telegrama es un telegrama. Se lee lo que está escrito, sobre todo cuando dicta noticias como esta. Los telegramas se dejan caer, se tiran, se guardan, se pasan, se responden, o no, casi en el mismo momento en que fueron abiertos. Peor para el que escucha, porque algo propio de los telegramas es que exigen ser leídos en voz alta. Zulema miró a Hyram, y le dijo:
—Madre muerta. Stop. Stop. Stop. Padre vivo.
Y Hyram entendió. Entonces hablaron. Así:
—Fondo blanco.
—Fondo blanco, Hyram.
Yo vivía en el mismo piso, puerta de servicio de por medio. Todas las mañanas, cuando sacaba a pasear a Orson, veía la montaña de botellas modeladas con formas increíbles. Licores en enormes tubos de ensayo y botellas para tirar mensajes al mar desde el naufragio. Vinos con nombres impactantes. Barrilitos de cerveza. Orson olisqueaba la montaña transparente con su trompa de trompada en el hocico. Yo le chistaba y seguíamos. Un día me enteré de que en una reunión de consorcio les preguntaron por qué no tiraban las botellas por el incinerador.
—Ustedes lo quisieron —dijo Hyram.
—Nosotros lo sentimos tanto —aseguró Zulema. Caminando como patos, alcanzaron la puerta del ascensor.
El resultado se hizo oír durante cuatro noches. Lo que fue eso. Las botellas bajaban al sótano y golpeaban las paredes del túnel y el ruido rebotaba como una voz por su garganta. Una voz que no desafinaba. A veces tiraban dos juntas. No sé si les presentaron una queja o si fue una iniciativa de ellos. Pero después del cuarto día, dejaron de hacerlo.
Todos los sábados, iban a una tienda, aquí, a la vuelta. Zulema Wilkinson, como quien se acuerda de algo, se detenía y miraba para los costados. Siempre en la misma esquina. Respiraba como un ciervo. Hyram Wilkinson la sostenía del brazo y se secaba la frente con un pañuelo, siempre, también en invierno. Muchas veces me pregunté si transpiraba por vergüenza, por cansancio, o por las dos cosas juntas. Una noche tuve que subir con ellos al ascensor. A Zulema Wilkinson se le había ido la mano. Para empezar, se la agarró con Orson. Ay, qué cara, decía, contorsionando la suya como una chica tentada en medio de una ceremonia. En el segundo piso preguntó, en un dialecto entre vascuence y flamenco, qué haríamos en caso de quedar atrapados en el ascensor. Con toda sinceridad, le dije que me moriría. Zulema Wilkinson me miró de arriba abajo y me dijo:
—Usted es muy poco práctica, ¿no es cierto?
Del cuarto al quinto desplegó otras opiniones y conductas que por respeto me abstengo de contar. Cuando finalmente llegamos al séptimo y Hyram abrió, veloz y galante, la puerta del ascensor, Zulema se fue de cara al piso y era difícil saber si se reía a carcajadas o estaba agonizando con pompa de elefante. Hyram se inclinó, la levantó del brazo, y dijo:
—Creo que todos necesitamos un trago. Menos el perro.
Me fui derechito y callada a mi departamento. Estaba tan apurada por entrar que me dejé la bolsa con las compras afuera, en el pasillo. Cuando abrí la puerta para recuperarla, vi un zapato de mujer en el piso. Seguro que era de Zulema. Era chico y más ancho de lo que hubiera calculado y el taco estaba gastado del lado de afuera. Ahora, o bien había seguido hasta su puerta con un zapato puesto, o Hyram la había alzado y llevado a casa, con el pañuelo en una de las manos para secarse la frente en cuanto la recostara en un sillón. Y en la acrobacia se le había caído el zapato y no se dieron cuenta. Cenicienta Wilkinson, descubrí esa noche, sabía lo que era bueno. En el zapato vi el óvalo plateado, como un espejito, típico de Jackie, la zapatería a medida. Orson estornudaba desde la puerta y yo le di el zapato, que con el tiempo se convirtió en su juguete preferido. Esa noche me costó dormir pero hice el trabajo necesario y entonces pude, como siempre.
A la mañana siguiente, me desperté por culpa de unos golpes en la puerta. Eso era una mala señal, considerando que mi casa tiene un timbre. Pero las sorpresas desagradables golpean la puerta y al diablo con el timbre. Orson ladró. Abrí, sin preguntar y vi, parado ahí, el traje anguloso a rayas, las manos a los costados, a un hombre bastante alto y gordo que me preguntó:
—¿Están los señores?
Orson y yo ladeamos la cabeza al mismo tiempo.
—Dígale a los señores que está su sobrino.
—Creo que se equivoca de departamento —dije.
—Lo de Wilkinson —dijo, mirando a Orson con desprecio.
—Allá —le señalé la puerta.
Me agradeció levantando, apenas, el sombrero, para volver a ajustarlo en su lugar. Dio media vuelta y caminó hasta lo de Wilkinson. Algo olía muy mal en el pasillo. El hombre golpeó la puerta de los Wilkinson, a pesar de que ellos también tenían timbre. Dijo, en voz alta, tíos. Después dijo el nombre Zulema y pronunció muy mal el nombre Hyram. La puerta se entornó. El hombre estaba adentro.
No pude volver a dormirme. En el departamento de Zulema y Hyram Wilkinson estaba pasando algo. Algo que podía oírse muy bien. Primero risas, después un grito, después el ruido de algo chocando contra algo. Por último, un portazo. Cuando oí que se cerraban las puertas del ascensor, llegué hasta su puerta, con Orson y todo. Yo sí que toqué el timbre.
Zulema abrió, vestida de entrecasa, con una bata. Tenía una redecilla en el pelo. Oí las campanadas del Santísimo. Era una mañana de domingo.
Los ojos de Zulema estaban todos inyectados, esta vez por la narcosis del disgusto. Se cerraba la bata y me sonreía.
—¿Está todo bien? —quise saber.
Oí la voz de Hyram, que llegaba desde el fondo.
—¿Quién es, querida?
—La chica del perro, Hyram.
—¿Con hielo, Zulema?
—Por supuesto.
Me quedé ahí parada, como una idiota, a la espera de algo. Con la idea peregrina de que algo tenía que pasar. Y algo pasó.
—Perdón por lo del otro día —dijo Zulema Wilkinson.
Negué, con la cabeza y, ya que estaba, le pedí que me prestara un poco de azúcar. ¿Para hacerla sentir bien porque así me daba algo y le aliviaba la culpa? ¿Para cambiar veloz y mágica de tema? ¿Para poder entrar y echarle un vistazo al departamento? ¿Por qué lo hice? Porque no tenía azúcar, por supuesto.
Los Wilkinson tampoco pero quisieron reemplazarla, si era para el café, con no sé qué filtro elaborado con Cointreau y con whisky. Yo dije no. Ellos tomaron el primer trago al mismo tiempo. Habíamos pasado a la cocina y nos sentamos como amigos a compartir el momento. Sobre la mesa cubierta con un mantel impermeable lleno de flores, vi la billetera abierta de Hyram y la cartera, también abierta, de Zulema. Una libreta de ahorros al lado. Ese sobrino era un verdadero desgraciado.
Pero no hablamos de eso y por ser franca no hablamos sobre nada. Yo miraba lo que pasaba entre ellos. El vaso a la boca. Medio segundo de solemnidad. La sonrisa planetaria. Y otro trago. Cada tanto, alguno de los dos, negaba, melancólico, con la cabeza. Y el otro asentía, bajando la vista al suelo. Después se convidaban otro trago y se miraban, sin hablar. Les pedí disculpas, di las gracias y enfilé para la salida. Los tres, antecedidos por Orson, caminamos por el pasillo, estrecho y largo, hasta la puerta. Ella dijo:
—Bueno, quizá nos encontremos otra vez en el ascensor.
Ni siquiera me dijeron hasta luego.
Todas las tardes, a eso de la siete, Zulema y Hyram Wilkinson tomaban una copa mirando, en silencio, la plaza San Martín. Cada tanto veían las explosiones resumidas de las fotos que la gente se sacaba en los peldaños de la estatua. El sobrino volvió el domingo a la noche. Y el lunes a la tarde. El martes subí al ascensor con Zulema y le pregunté por su marido. Orson olía como el diablo. Había humedad y eso exageraba un poco todo.
—Ahí, en el sanatorio. Un disgusto. El corazón.
Esa noche oí dos botellas vacías en carrera por el túnel del incinerador. Zulema Wilkinson era una esposa abnegada. Salía temprano, al sanatorio. Volvía tarde, a la cama. El vestido negro le colgaba cuando su marido volvió a casa. A la semana me los crucé en la esquina. Ella se había quedado quieta y él la sostenía con un brazo mientras se secaba la frente con el pañuelo. Pero algo había cambiado. Esa vez no siguieron camino. Se dijeron algo y dieron media vuelta. A la noche, Paredes, el portero, me avisó que Zulema Wilkinson había muerto.
El consorcio hizo una colecta para comprar una corona. Yo puse por dos, por Orson y por mí. Una faja violeta con letras y borde dorado cruzaba, en diagonal, la rueda de flores y hojas, como una prohibición que parecía, más bien, un cuadro de Arcimboldo. Pregunté a qué hora y dónde era el entierro. Al otro día, a la mañana, en el cementerio de la Recoleta.
Cuando llegué al lugar encontré a Hyram Wilkinson, sentado sobre un peldaño, secándose la frente con el pañuelo. Lo vi tan indefenso y solo entre tanta mampostería fúnebre, que pensé que lo mejor que podía ofrecerle era tomar un trago juntos. Hyram Wilkinson me miró. Eso fue todo. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. Me quedé ahí de pie por unos minutos, el tiempo que lleva rezar un padrenuestro a las apuradas. Orson estaba ahí, sentado y a la espera, la correa de cuero negro con el lazo que lo ataba a una reja. Pensé que la capilla ardiente parecía el puesto de aduanas de un aeropuerto.
Al otro día, a pesar de mis reparos, toqué el timbre del departamento de los Wilkinson. ¿Por qué? Porque me había quedado sin teléfono y tenía que hacer una llamada.
Al lado de los sillones, había cajas de cartón, una encima de la otra. En la última, todavía abierta, vi un par de zapatos con el taco gastado hacia fuera y el óvalo plateado de la casa Jackie. Las cosas de Zulema.
—Todo va para la iglesia, mañana reparten ropa y mantas recibidas en donación —dijo Hyram.
Asentí, me lo dictó la conciencia.
—Habrá más de una Zulema andando por el barrio —dijo Hyram.
Orson se había instalado al lado de una de las pilas de cajas. Como no sabía qué decir y pensé que Wilkinson ya estaría totalmente borracho, di media vuelta y le dirigí a Orson un reto que fue una de las acciones más injustas que cometí en la vida. Pero Hyram me explicó:
—Zulema era tan clásica —dijo.
Hice lo que se hace. Es decir que hice mi llamada y tras asentir con toda la incredulidad del mundo, le chisté a Orson y nos fuimos.
Eran las siete de la tarde, al otro día, y bajaba con Orson por la calle de la iglesia. Vi dos mujeres vestidas iguales, cada una con un vestido negro idéntico al de la otra, que caminaban medio de costado, cargando bolsas. Se sentaron sobre las bolsas y empezaron a pedir limosna. Orson levantó la pata contra un poste, a pocos metros de ellas. Eran las cosas de Zulema. Salud.