Lima: Banco Central de Reserva del Perú. 2023. 249 páginas.
Durante los años 80, en el sur andino peruano se gestó un circuito poético que cuestionó el canon limeño y reflexionó sobre identidad, migración y el contexto político social desde una perspectiva descentralizada. Dentro de este contexto, se formó Alfredo Herrera Flores (Lampa, Puno, 1965), autor de catorce poemarios, entre ellos Montaña de Jade (Premio Copé de Poesía 1995), y prolífico ensayista y articulista de prensa. Herrera traslada ahora su escritura a la narrativa con Las alas de la libélula, ganadora del Premio Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro” (2023) del Banco Central de Reserva del Perú. En esta obra explora la memoria histórica del país, a través de tres historias distanciadas por el tiempo que se superponen en un mismo espacio simbólico y ancestral: la ciudad del Cusco, antigua capital del Imperio Incaico y hoy activo foco del turismo internacional.
La estructura intercalada de la novela refleja la persistencia a lo largo de la historia peruana de conflictos y debilidades que parecen repetir una misma crisis. En Las alas de la libélula, Herrera construye una poética del retorno: una ficción que sugiere que la historia no avanza, sino que reaparece, transformada, en cada nueva tragedia. La primera trama del libro nos presenta a Robert y Ruth, una pareja de extranjeros que llegan a un Cusco contemporáneo durante unas protestas ciudadanas. Robert es un arqueólogo prestigioso que, en medio de su investigación académica, termina involucrado en un hecho delictivo. La segunda historia ocurre en la etapa previa a la Independencia y se centra en las primas Alicia y Jovita Guevara, cuya vida familiar será atravesada por los sucesos de la Rebelión del Cusco, sublevación en contra de la Corona española. El tercer hilo narrativo nos muestra a un escritor que trata de contar una historia, a partir de una explosión ocurrida en una emisora de radio. Esta detonación sucede en el contexto de violencia política que afectó al Perú durante las últimas décadas del siglo XX.
Estas tres historias no se entrecruzan en el plano argumental, sino que comparten una alegoría temporal, ligada a la cosmovisión andina. La novela adopta una concepción circular del tiempo, donde los acontecimientos no avanzan de forma lineal. No hay un principio y final como en la visión occidental, sino que los sucesos retornan bajo nuevas formas. Desde esta perspectiva, la historia de un país se conecta y dialoga con el pasado y presente conforme avanzan los episodios. Las fracturas del siglo XIX se reflejan en las protestas del Cusco contemporáneo o en la violencia política de décadas pasadas.
La escena del sacrificio de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas, cuya rebelión en el siglo XVIII refleja sobre la revuelta que viven las primas Guevara en siglo XIX, funciona como punto de convergencia simbólica en la novela. No es una reconstrucción historiográfica, más bien se evoca un episodio que condensa tensiones coloniales, mestizaje y violencia estatal. Se introduce una dimensión casi mítica que complejiza la frontera entre historia y literatura. En lugar de fijar el pasado en una narrativa épica, el autor presenta escenas muy definidas que modelan las emociones colectivas. Con este recurso, los personajes comparten una misma sensibilidad que revela las tensiones acumuladas o invisibilizadas a lo largo de más de dos siglos de vida republicana.
“En Las alas de la libélula se interroga la forma en que el pasado persiste en el presente. Al desafiar la linealidad temporal, la novela ofrece perspectivas múltiples para comprender las crisis del Perú contemporáneo.”
En el libro se utiliza con armonía y eficiencia la lección narrativa de Cortázar al superponer planos y tiempos. De este modo, se intercalan distintas imágenes, que coexisten en un mismo escenario y proyectan en los protagonistas una representación histórica o ética que resiste al paso de los años. El montaje de escenas y cambio de perspectivas, con vena cinematográfica, también contribuye a lograr este efecto.
La novela se potencia por el uso de otros símbolos, entre ellos, la libélula como una metáfora de la fragilidad y resistencia de la condición humana. Las alas de la libélula son delicadas y, a la vez, capaces de sostener el vuelo constante y veloz de este insecto. En la novela, el amor, la lealtad y los vínculos afectivos se revelan simultáneamente sólidos y endebles dentro del tejido social. Esta vulnerabilidad, presente en los personajes, es la que permite reconocernos como parte de una comunidad; y también abre la posibilidad de fundar una convivencia mucho más armónica en el futuro.
Herrera también explora una dimensión metaficcional, que conecta con la búsqueda de sentido del individuo en la contemporaneidad. Este elemento está presente en la tercera historia, la del escritor que intenta explicar la noticia de la explosión. Desde su incertidumbre y divagaciones, el personaje encarna la desorientación del individuo actual. En estas secciones de la novela, la escritura se vuelve fragmentaria, como si fuese una libreta de apuntes, con imágenes que traducen la percepción de un hombre atravesado por la duda.
A pesar de estas simbologías, la novela evita la tentación de la alegoría cerrada. No ofrece un mensaje explícito ni una tesis doctrinaria. Los personajes funcionan como proyecciones éticas y subjetivas más que como representaciones históricas precisas. Los grandes acontecimientos enmarcan experiencias cotidianas que adquieren sentido retrospectivamente. Las alas de la libélula dialoga con la narrativa peruana surgida tras el conflicto armado interno (1980-2000), pero no se inscribe plenamente en ella. A diferencia de La hora azul de Alonso Cueto o Abril rojo de Santiago Roncagliolo, donde la violencia y el trauma de ese periodo constituye el núcleo central de la trama, Herrera integra esas fracturas dentro de una arquitectura temporal mucho más amplia, y reflexiona sobre la recurrencia de las pugnas y crisis a lo largo de nuestra historia.
La novela articula tramas íntimas que se engranan con procesos históricos más complejos. Así, sugiere que la historia nacional y la identidad peruana no solo se construye con los hitos oficiales, sino también desde experiencias cotidianas que configuran la subjetividad colectiva. Desde esta mirada, la literatura actúa como un repositorio de la memoria de una sociedad. Frente a la inmediatez del periodismo —que narra el acontecimiento en su urgencia— la literatura se presenta como un archivo de aquello que no alcanza a ser noticioso: lo cotidiano, lo silenciado, lo aparentemente menor cuyas consecuencias se revelan con el tiempo.
En Las alas de la libélula se interroga la forma en que el pasado persiste en el presente. Al desafiar la linealidad temporal, la novela ofrece perspectivas múltiples para comprender las crisis del Perú contemporáneo. Herrera propone una escritura de retornos y correspondencias, donde cada episodio encuentra su eco en otro tiempo. Sucesos en apariencia pequeños revelan claves que adquieren sentido al conectarse dentro de una trama histórica más amplia. Estos ecos circulan para hacer visible lo ignorado y construir memoria. En ese movimiento, la literatura reafirma su capacidad de convertirse en un espacio de articulación simbólica, allí donde la historia oficial fragmenta, oculta y olvida.
