Viña del Mar: Ediciones Altazor, 2025. 165 páginas.
En los años noventa, la editorial colombiana Norma publicó La pequeña biblioteca, una colección hoy más presente en la memoria de ciertos lectores que en los anaqueles de las librerías. Entre sus títulos aparecieron dos rarezas de Gesualdo Bufalino: El malpensante y Bluf de palabras, recopilaciones de prosa varia en las que el ensayo, el aforismo y la narración entran en contacto sin llegar a fijarse del todo. Años más tarde, y en otra geografía, aparece la ópera prima de un joven escritor chileno, Benjamín Carrasco Bravo: La palabra ciega, obra que habita esa zona indecisa en la que los géneros pierden sus contornos y el pensamiento avanza a partir de fragmentos.
En el prefacio, Carrasco Bravo sitúa el origen del libro en un desvío. Los proyectos que no llegaron a realizarse ceden su lugar a una acumulación paulatina de apuntes, esbozos e impresiones. Con el tiempo, a la luz de Elías Canetti y otras afinidades electivas, el autor trabaja e interviene los materiales. De ese proceso nace La palabra ciega, una escritura que, entre certezas desgastadas, recoge algunas palabras que todavía pueden sostenerse por sí mismas.
Hay en esta obra, además, algo menos frecuente: una sobriedad que no suele encontrarse en los primeros libros de un autor. Carrasco Bravo escribe como si hubiese alcanzado tempranamente la contención que exige el oficio, ajeno a toda grandilocuencia. Sus páginas no afirman; examinan. No concluyen; insisten.
El libro se divide en tres zonas de distintas densidades. La primera, “El libro contra las palabras”, inaugurada con una frase de Jorge Barón Biza, presenta fragmentos breves que, en lugar de acumular sentido, lo interrumpen. No son aforismos en el sentido clásico, pero tienden a ellos inevitablemente. Cada frase parece escrita contra la anterior. “La imaginación está para llenar los vacíos. O para ampliarlos”, escribe Carrasco Bravo. Ese “o” contiene todo el libro: la imposibilidad de decidir entre dos funciones por igual sospechosas. Como en los cuadernos de Lichtenberg o en ciertas páginas de Canetti, el pensamiento emerge en estado naciente; con todo, allí donde aquellos aún confían en la iluminación, aquí predomina la opacidad. La palabra ciega ahonda en esa vía al incorporar, sin énfasis, algunos nombres menos conocidos de la tradición alemana y su órbita centroeuropea, ampliando el horizonte hacia una vertiente más lateral.
“La palabra ciega obliga al lector a sostener aquello que el texto deja en suspenso. Propone una escritura que se interroga a sí misma. Leer este libro no es comprenderlo; es aceptar la inestabilidad como forma de lectura.”
La segunda zona, “El corazón del alabastro”, desplaza la obra hacia textos de mayor extensión y, con ello, diversifica el repertorio de formas: narraciones, notas editoriales, fragmentos de diarios, correspondencias con otros escritores, ejercicios de crítica literaria, cartas abiertas. Cada registro introduce variaciones dentro de una misma tensión reflexiva. Por momentos, ciertos pasajes recuerdan a Prosas de Hugo Gola; otros, a Papeles pegados de Georges Perros; algunas piezas narrativas, a Relatos aparentes de Gastón Fernández Carrera y a los Cuadernos de Lengua y Literatura de Mario Ortiz. Hacia el final aparece el “CUESTIONARIO MASSINGER”, pieza lúdica que —cercana a ciertos experimentos de Yaxkin Melchy— mezcla entrevista, ficción y documento, y puede leerse como inversión del célebre “cuestionario Proust”; si aquel buscaba definir una personalidad, este parece diluirla.
La tercera zona, que da título al volumen, radicaliza la operación. La prosa se vuelve más extraña y, aunque roza la sentencia, rehúye toda clausura: “Por más que lo deseares, no lo hallarás”. La frase funciona como interrupción de cualquier relato posible; no anuncia nada, señala un límite. Y, sin embargo, La palabra ciega no culmina en la abstracción. En un pasaje tardío, dedicado a Miroslav Krleža, irrumpe una escena concreta: música como refugio precario, sillón aterciopelado, murmullo de lluvia, hombre solo, oscuros ecos, cigarrillo girando, habitación vacía. Tras la sequedad de lo fragmentario, una imagen; como si el pensamiento, después de insistir en su insuficiencia, tuviera que volver al cuerpo.
En un momento en que el mundo editorial parece orientarse cada vez más hacia la inmediatez, La palabra ciega obliga al lector a sostener aquello que el texto deja en suspenso. Propone una escritura que se interroga a sí misma. Leer este libro no es comprenderlo; es aceptar la inestabilidad como forma de lectura.
