Bogotá: Editorial Escarabajo. 2025. 66 páginas.
Alejandro Cortés González, poeta bogotano nacido en 1977, ha consolidado a lo largo de los años una obra que conjuga energía, rigor y una mirada crítica hacia los signos de nuestra contemporaneidad. Su último libro, Show de doloroso entretenimiento (Editorial Escarabajo, 2025), demuestra cómo la poesía puede recuperar al público de masas sin sacrificar densidad crítica y literaria, complejidad conceptual ni humor inteligente. El título mismo anuncia la naturaleza dual del libro: un espectáculo que causa risa y dolor, entretenimiento y reflexión en la misma medida.
Desde las primeras páginas, Cortés González establece un campo de acción en el que la cultura pop, el marketing, el rock y la omnipresencia del mass media se convierten en materia poética. La lectura del libro es un acto de desenmascaramiento: nos obliga a mirar la realidad mediática como una cárcel absurda del neoliberalismo, en la que la ilusión de libertad y consumo constante encubre la precariedad afectiva y cultural de nuestras sociedades. Sin embargo, este diagnóstico no es sombrío ni moralista; está teñido de un humor desternillante que recuerda al espíritu sardónico de Nicanor Parra, pero también al del artista que juega con su público, provocándolo y seduciéndolo simultáneamente. Cortés González no sigue a los viejos poetas de manera lineal; toma de Villon, Baudelaire o Parra el prisma crítico, la herramienta de disección de la realidad, para proyectarla en un escenario contemporáneo donde la publicidad, los íconos pop y los delirios del espectáculo se convierten en materia de creación y deformación del statu quo.
Para mí, Cortés González es ese niño del cuento que grita con valor que el rey va desnudo.
La acidez del libro es constante, y Cortés González la maneja con trazos gruesos y profundos, pero con precisión quirúrgica: cada verso, cada microescena poética, contiene una mordacidad que desafía prejuicios y creencias comunes, más allá de la clase social y el estatus económico, derecha o izquierda, culto o analfabeto funcional. Lo que podría ser un simple comentario de cultura pop se transforma en reflexión sobre cómo consumimos la realidad y la ficción, y cómo estas se entrelazan hasta volverse indistinguibles. En este volumen, todos, queramos o no, somos víctima y victimario de este gran reality show que no es solo entretenimiento: es un espejo deformante que apuntala nuestra complicidad con el mal de la banalidad, pero también revela la belleza inesperada de lo que rechazamos o ignoramos, “aún entre estas frías cosas”, como diría Neruda.
Uno de los rasgos más interesantes del libro es su capacidad de combinar lo comercial con lo lúdico, lo crítico con lo visceral. La poesía no se queda en la crítica intelectual, sino que se arriesga al humor, la exageración y el delirio verbal, a menudo con un ritmo que recuerda la oralidad de los grandes performers de la lírica urbana. Es un libro que reclama ser leído en voz alta, compartido y disfrutado colectivamente: una poesía que no se esconde tras la solemnidad, sino que se coloca deliberadamente del lado del espectáculo, aunque sea doloroso.
“Cortés González continúa trabajando con ahínco y energía, y este libro es un testimonio claro de que la poesía puede ser al mismo tiempo crítica, entretenida y profundamente humana.”
El libro también plantea una reflexión sobre la amistad y la complicidad entre lector y poeta. En un gesto íntimo y performático, Cortés González me dedica el libro: “Ernesto, la poesía y la amistad nos pusieron del mismo lado del show, a veces doloroso, a veces divertido”. Esta frase no es un mero saludo: es un manifiesto sobre la poesía como experiencia compartida, un acto que involucra complicidad, riesgo y placer estético. La obra se percibe como un diálogo extendido con su público, una invitación a participar del espectáculo sin perder la conciencia crítica. Un libro que se hace cargo de la basura visual occidental en la que todos estamos inmersos, allí extrae joyas y nos desencanta para hacernos más listos y menos pesados.
Académicamente, el libro puede analizarse desde varias perspectivas: literatura comparada, teoría de los medios, sociología de la cultura y estudios de performance. Su juego con el lenguaje, la intertextualidad con la cultura pop y la apropiación de iconos mediáticos —como “el oso de peluche”— permiten lecturas múltiples, desde un análisis crítico de la sociedad contemporánea hasta un estudio sobre la recepción del arte poético en espacios urbanos y masivos. Cortés González demuestra que la poesía puede ser una herramienta de análisis cultural sin perder su fuerza estética ni su capacidad de asombro, sin dejar de hablar el lenguaje del estado llano.
Lo que hace particularmente notable al libro es su equilibrio entre crítica y placer. Cada poema funciona como un microrrelato, como un instante de show que arranca una sonrisa y un escalofrío simultáneamente. La inteligencia del poeta se evidencia en cómo consigue que lo pop no se convierta en banalidad, sino en materia de reflexión: lo que el marketing, la televisión y las redes sociales producen de manera mecánica, él lo transforma en materia poética de gran densidad. Además, el sujeto se asume con coraje y valor, en los grises de esa misma herida común. Aquí pontifica, claro, pero como un ángel caído, lo que lo vuelve más verdadero y empático, aquello que hoy los algoritmos y la tecnocracia se empeñan en destruir.
En suma, Show de doloroso entretenimiento confirma a Alejandro Cortés González como un poeta sagaz y enérgico de nuestra generación castellana latinoamericana. Con mordacidad, humor, cultura rock-pop y un manejo preciso del lenguaje, nos ofrece una poesía que recupera el deseo, el daimon y al público, lo cuestiona y lo hace reflexionar, sin sacrificar profundidad ni intensidad. Es un espectáculo literario que duele y divierte, que nos obliga a mirar la realidad y la ficción con ojos renovados. Cortés González continúa trabajando con ahínco y energía, y este libro es un testimonio claro de que la poesía puede ser, al mismo tiempo, crítica, entretenida y profundamente humana. Una obra que demuestra que seguir a este poeta será un placer constante para lectores y no lectores de poesía. Y no conviene olvidar su libro anterior, Sr. Notario [Premio Santos Chocano], donde Cortés González, también narrador, apuntaló las bases de su lengua poética y deslumbró al público de manera tan intensa como lo hace hoy, porque sabe, como dice el poeta Mario Meléndez, dar una “bofetada al lector, un llamado de atención a ciertas realidades apresuradas y predecibles”, o como señala Eduardo Bechara, siguiendo a Erick Polhammer, recupera la mirada lúdica del poeta que no deja de ser niño, con un “sarcasmo exaltado y una tremenda ironía” capaz de poner una bomba en medio del postureo, la explosión de las redes sociales, las cuñas ideológicas y las mentiras que nos contamos para no vivir la vida en todo su caos.
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