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BOOK REVIEWS
Issue 39
La vida no fue sueño de Juan Carlos Abril
Por Pedro Ruiz Pérez
Nota del editor: Pedro Ruiz Pérez, doctor en Filología Hispánica de la Universidad de Córdoba, se acerca críticamente al más reciente poemario de Juan Carlos Abril (Los Villares, Jaén, España, 1974), poeta, crítico y catedrático de didáctica de la literatura en la Universidad de Granada: “La vida no fue sueño se ordena en tres movimientos que (re)crean los pasos de la caída de la tarde, el paréntesis de la noche y el nuevo despertar, en una secuencia que lleva desde el decaimiento al ánimo, activando los sentidos de los dos referentes mayores del título, con su doble evocación de la existencial y de lo literario”.
Poesía
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  • September, 2026

Valencia: Pre-Textos, colección La Cruz del Sur. 2026. 50 páginas.

La vida no fue sueño de Juan Carlos AbrilObsesionaron a Borges (al ensayista, al narrador y al poeta), y Curtius las siguió en la historia de su eternidad. Son ese puñado de metáforas instaladas en una validez cercana a lo universal, y tanto da que nacieran con esta dimensión como que la adquiriesen con el pulimento de los siglos, con la constante atención ganada a las sensibilidades más diversas. Volviendo a Borges, son imágenes con el valor de los clásicos, porque son todo para todos. Si pensamos en ellas, difícilmente faltarán las relacionadas con el tiempo; más específicamente, aquellas que despliegan todo el peso simbólico y vital condensado en lo crepuscular. Desde la perspectiva de la existencia humana, el período que se abre en los límites de la madurez se tiñe de la melancolía equivalente a la provocada por los últimos rayos de sol diluyéndose en el horizonte. Como el otoño, la tarde metaforiza una etapa de la vida, algo que se encuentra en la imagen de la conclusión. Sin embargo, en la consideración del carácter cíclico del tiempo, de la sucesión de los días y de las estaciones, la sensación de lo irremediable, sin llegar a diluirse, dialoga con la perspectiva abierta por la esperanza. Algo muere inevitablemente; algo también está a punto de nacer; y en la difusa frontera entre ambas el ser humano se hace consciente de su propia existencia y de la del mundo; de encontrar las palabras adecuadas, la poesía se acerca aquí a uno de sus paradigmas, menos por la naturaleza propia del objeto que por la tonalidad de la que se tiñe. Los ejemplos podrían multiplicarse en la enciclopedia universal de la poesía; sin embargo, estas consideraciones solo están suscitadas para enmarcar una lectura de la última entrega de sus versos por parte de Juan Carlos Abril.

La vida no fue sueño se ordena en tres movimientos que (re)crean los pasos de la caída de la tarde, el paréntesis de la noche y el nuevo despertar, en una secuencia que lleva desde el decaimiento al ánimo, activando los sentidos de los dos referentes mayores del título, con su doble evocación de la existencial y de lo literario, de la experiencia vital e intransferible, como elemento de identidad, y de lo que funciona como un código compartido. Hay en todo ello un aire de familia con lo que ya conocíamos del autor, pero también unos elementos de renovación que podemos equiparar a los que, con la tercera parte del libro, trae el día que se abre.

Hay en Abril un claro sustrato conceptual en el que aflora la lección granadina de los años 80 y se manifiesta en una reconocida labor de crítica literaria. De la primera, el “aire de familia”, la constatación quedaría atrofiada si se intentara reducir a unas relaciones de escuela poética. Más interesante me parece atender a lo que el propio autor llama “las lecciones de Juan Carlos Rodríguez” en uno de sus ensayos recogidos en La tercera vía. La poesía española entre la tradición y la vanguardia. Justamente, la dialéctica del subtítulo de esta colección de ensayos es uno de los planteamientos fuertes en la teoría sobre la dinámica y la norma literaria del profesor granadino, y, si no en estos términos históricos, se manifiesta en La vida no fue sueño en la integración de un legado y su revitalización, en el avance sin ruptura. La “tercera vía” no es solo una salida al bucle de la negatividad, la búsqueda de la exploración de un espacio sin roturar, sino fundamentalmente una actitud de apertura para no quedar apresado en lo delimitado y establecido. Y de ello trata el libro, además de situarse en la misma posición ante lo que ya es una consolidada trayectoria de su autor.

Echando la vista atrás, llama la atención que el poema que abre el primer poemario reconocido de Juan Carlos Abril, Un intruso nos somete (1997), trate sobre la imagen que ahora ocupa espacio de centralidad en el libro más reciente: “Es fría y azul la noche (…) Ella cierra el presente (…) todo se escapa en esta noche sola”. Los temas y las imágenes que permanecen en la tradición literaria suelen hacerlo también en la obra individual; de lo que se trata es de observar cómo van adquiriendo distintas modulaciones y cómo estas responden a un crecimiento personal, también cuando este conduce a un territorio de frontera, “las ascuas de un crepúsculo / morado” donde “Todas mis esperanzas y mis ilusiones, / mis sueños y mis fantasías / se han convertido en un recuerdo”, según asienta el fragmento inicial de La vida no fue sueño, entrando en directo diálogo con el título y llevando al lector de la mano del poeta a la consideración de una y otra realidad, la vivida y la soñada, con la noche como eje, en tanto espacio de oscuridad, pero también de posibilidad de reequilibrar las pulsiones, de establecer una nueva economía del deseo y de su pérdida.

“…en La vida no fue sueño acompañamos a un sujeto poético en el que se proyecta su autor a modo de correlato autorreflexivo, a lo largo de su experiencia de viaje a través de la escritura, pues el poema se convierte en la experiencia abierta a ser compartida, donde la palabra se erige como espacio de un descubrimiento, el de la temporalidad.”

El poeta se enfrenta a su vida y extiende el ajuste de cuentas a esa metáfora del sueño que es la propia escritura, y es en el diálogo entre ambas, en la delimitación de lo que no es el sueño (también de lo que es), donde de nuevo la escritura articula la fluidez y salva a la vida de quedar represada, paralizada ante la noche.

Junto a la potencia de una imagen revitalizada, destaca en el proceso de identificación de vida y escritura la estructura adoptada por el discurso o, mejor dicho, la estructura en que se ordena el discurso. Desde el índice, el lector descubre la articulación del libro en tres elementos, con un notable paralelo con la estructura de un concierto, sugerencia que se concreta al comprobar que el tempo de cada uno de los movimientos se adapta a la estructura clásica de la forma musical, reservando el ritmo de adagio para la parte central, “Noche del arrepentimiento”; el presto de las otras dos partes, la inicial “Hacia el olvido” y la conclusiva “Balanza de sombras”, queda así acentuado y en directa relación con la temporalidad que los domina, la de la memoria subyacente a la nostalgia y la de la vida que se abre tras el paso por la oscuridad. El carácter unitario que esta estructura otorga al libro llevaría a situarlo en la tradición del “poema extenso”, tan acorde a su núcleo lírico, y no cabe descartar esta referencia, que marca una de las tonalidades de la obra. La estructura en partes libera al texto del seguimiento exacto de los modelos e introduce un principio de lógica y racionalidad contrabalanceando el impulso digresivo de lo que podría identificarse con un libre flujo de conciencia. Junto a ello, la opción más determinante me parece la articulación de cada tirada en unos fragmentos que se acercan en muchos casos a la entidad de un poema exento sin dejar de mover la fluidez del texto, hasta hacerle compartir y fundir la doble clave de la imagen y del razonamiento, de lo lírico y lo reflexivo, como lo que empieza en forma de elegía y se abre hacia la oda. La dialéctica propuesta, además de mostrarse esencial al movimiento poético que el libro muestra, dinamiza las categorías establecidas a partir de las relaciones entre poema y libro en la lírica moderna, desde Petrarca. La noción de fragmento cobra una nueva vitalidad a partir de su propuesta en una línea de ensamblaje que mantiene la paralela validez de la unidad y de sus partes, del poema-fragmento y de la composición unitaria.

Como en algunas de las propuestas de referencia en la tradición moderna, de Góngora a Eliot, de Wordsworth a Juan Ramón, la condición del poema extenso se apoya en su capacidad de asimilación de voces y ecos, de homenajes y discusiones, hasta dejar en el texto una taracea de textos anteriores, actuando como un poso del tiempo de la literatura y un pozo de sentidos de la vida. En el plano estructural de La vida no fue sueño brota con naturalidad el diálogo con Dante, cambiando, eso sí, el orden lineal y ascendente de la Commedia por un movimiento dialéctico a partir del par antitético del día y la noche, mucho más terrenal. En correspondencia, en los niveles más directos del verso resuenan, como ecos o citas literales, otras voces, que acompañan y conforman al sujeto lírico, liberando su decurso del solipsismo individualista, aunque sin caer en pretensiones de universalidad. Sujeto histórico que ha leído, que ha conformado una ideología estética con una alta dosis de conciencia histórica y literaria y que se sabe necesitado del reflejo en el espejo de los otros, en las voces que le eran inicialmente ajenas y han sido debidamente asimiladas, porque vivir es también leer. El lector atento y un rato cómplice que reclama continua y explícitamente la voz del poema puede ir descubriendo en él las citas engastadas, en una suerte de conjuro al que no faltan los dioses tutelares: el Wordsworth de la Poetry of Experience y el Splendor in the grass, el Rousseau y el Baudelaire concitados por un “paseo solitario”, el Machado que resuena en el “camino que se desliza”, el Borges de los “símbolos que se bifurcan” e, incluso, el Juan Carlos Rodríguez resonante en la “metafísica / oculta entre las máscaras / del empirismo”. Los ejemplos espigados solamente en las primeras páginas del libro son, a la vez, una argumentación de lo expuesto y una invitación al descubrimiento, pero no al de la tarea pedante del buscador de trufas literarias, sino a la reflexión propuesta sobre la dimensión del lenguaje (y del ser humano mismo) como una caja de resonancia de otras voces, de unas afinidades electivas que acaban definiéndonos y, como en este caso, pueden servir (nuevo Virgilio dantesco) como una guía en la salida de las sombras, en el paso por la noche del infierno y el sueño, por la experiencia del acabamiento.

Y damos así con una noción basal en la escritura y la lectura de la obra. “Experiencia” es aquí el punto de partida del hombre que se observa en su situación vital y anímica, que en un estado crepuscular siente lo manifestado en los citados versos iniciales, la conversión de las expectativas en memoria, el poder destructor del tiempo; en este punto lo que se pone en pie resulta inseparable del ser histórico que se mueve en las aulas granadinas con el nombre de Juan Carlos Abril. Desde los poetas lakistas y su comentador Langbaum y antes de su interesado reduccionismo, el término “experiencia” apuntaba a un particular sentido de la lírica ligado a una concepción del sujeto distanciada del mundo del clasicismo y del Ancien Régime, pero también de una teoría mimética que concebía el poema como reflejo de algo ya hecho; en su lugar, se propone como un hacerse en el que el sujeto se encuentra a sí mismo y a los otros. Este valor entra en relación con el otorgado a la experiencia en una teoría de la novela sustentada en la diferencia entre lo que le pasa al personaje y el modo en que este interioriza lo que le pasa. En síntesis, cabe decir que en La vida no fue sueño acompañamos a un sujeto poético en el que se proyecta su autor a modo de correlato autorreflexivo, a lo largo de su experiencia de viaje a través de la escritura, pues el poema se convierte en la experiencia abierta a ser compartida, donde la palabra (la que resuena en la memoria de lo leído y la que fluye) se erige como espacio de un descubrimiento, el de la temporalidad, ciertamente, pero también el de la condición histórica de quien se enfrenta a la disolución de lo sólido en la vida personal y en la compartida con les semblables, les frères, si parafraseamos la apelación de Les fleurs du mal.

Puede ahora retomarse lo adelantado acerca de las “palabras adecuadas” y su capacidad (por no decir su presencia irrenunciable) para actualizar las metáforas asentadas desde los orígenes de nuestra tradición. Dos me parecen las claves para determinarlas. En primer lugar, sortear el riesgo de la trascendencia, entendida como el abismo de lo sublime surgido de un exceso de valor de lo propio sintonizado con la eternidad de una imagen: mi tarde es la tarde, mi noche es la noche de todos, que es la forma de que no sea de nadie, una mera abstracción ideológica. En su lugar, y esta sería la clave positiva, se impone un rebajamiento del tono a la altura de la contingencia del individuo y de la historia; en sintonía con una reconocible tradición, Abril lo establece en el diálogo con el otro, con quien es a la vez el hermano y el lector, quien admite la confidencia y quien es consciente de que está leyendo un texto, una construcción verbal, la ficción de un fingidor que se está desdoblando como forma de encontrarse. Como el fragmento asume una condición humilde frente a la consagración del poema, lo conversacional trae a primer plano la imagen de la confesión personal, una forma de manifestarse con honestidad y con una superficie de llaneza. También al modo en que se descubre la complejidad de la arquitectura que lleva del fragmento al libro, la sencillez acaba revelando su condición de excipiente en el que se desliza la densidad del artificio, entendido este sin ningún matiz peyorativo, como el resultado del miglior fabbro. Tal es la raíz y el resultado de la trabazón del ritmo compositivo, de la polifonía que emerge de la transparencia, de la revitalización de una imagen con la sabia combinación de lecturas y vivencias, de la asunción de un marco pragmático, el de la conversación, que tiene tanto de modelización literaria como de práctica cotidiana, de resonancias artísticas como de cercanía.

El mecanismo (y tampoco ha de escandalizar este concepto) es imprescindible para rehuir el patetismo de la confesión sensu stricto y el valor estético de lo que puede recrearla. La gran metáfora del ocaso puede llegar cargada con una plétora de indeseables adherencias sentimentales, con presuntas identificaciones, y solo la capacidad de situarla en una determinada clave (en sentido musical, pero también con valor de cifra) puede elevarla al nivel de lo poético. Juan Carlos Abril lo alcanza en esta nueva entrega por una de las vías más difíciles: situarse en un pathos idóneo para la empatía fácil, tratarlo en una metáfora identificable y amenazada de trivialización y conseguir depurar el sentimiento más íntimo para alcanzar y ofrecer la emoción del artefacto literario y lírico, esa forma de sueño en que la vida se materializa.

 

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