Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, es un escritor que “aporta nuevas y desusadas perspectivas al panorama literario”. Con su primer libro de cuentos, Los que duermen (Salto de Página, 2012), obtuvo el Premio Tormenta al Mejor Autor Revelación. Es autor de las novelas El cielo de Lima (Salto de Página, 2014; Seix Barral, 2023), Kanada (Sexto Piso, 2017) o Mapa de soledades (Seix Barral, 2024). Conversamos con el escritor cántabro sobre su obra y su manera de entender la literatura, tras la publicación de su última novela, Abril o nunca (Seix Barral, 2026).
Eduardo Suárez Fernández-Miranda: En 2023, Seix Barral publicó El cielo de Lima, un libro originalmente editado en 2014 por Salto de Página. ¿Has revisado el texto o se ha llevado a imprenta tal como apareció hace diez años?
Juan Gómez Bárcena: Descontando algunas correcciones imperceptibles para los lectores, el texto es el mismo que se publicó hace diez años. En un primer momento valoré la posibilidad de introducir algunas mejoras e incluso reescribir algunos pasajes más torpes o más alejados de mis intereses actuales. Afortunadamente, muy pronto comprendí que intervenir el texto era correr el riesgo de borrar todo el libro y reescribirlo de nuevo: algo, por otro lado, imposible, porque hoy no escribiría una novela como El cielo de Lima. Esto no quiere decir que me arrepienta de haberla publicado. Pero creo que los libros son fotos fijas que representan las diferentes etapas de un itinerario que nos lleva a ser la clase de escritor que somos: volver atrás sería para mí algo antinatural y tal vez incluso paródico, como esas imágenes que circulan por las redes, en las que décadas más tarde los miembros de una familia reproducen sus fotografías de infancia.
E.S.F-M.: El cielo de Lima recoge la historia de una mentira. José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, tratando de conseguir los libros de su idolatrado Juan Ramón Jiménez, deciden escribirle haciéndose pasar por una joven llamada Georgina Hübner. ¿Cómo conociste esta historia? ¿Qué te indujo a escribir una novela basada en estos hechos?
J.G.B.: La primera vez que escuché hablar de Georgina Hübner fue en 2.º de ESO, cuando hacía un trabajo sobre Juan Ramón Jiménez en clase de Lengua y Literatura. Seguramente ya entonces la anécdota me produjo una emoción profunda, porque nunca llegué a olvidarla. Años más tarde decidí escribir un pequeño relato sobre el tema, que, para mi desesperación, fue creciendo hasta convertirse en una novela de trescientas páginas. Lo que me fascinaba de la historia era que demostraba que una ficción, cuando consigue engañar a las personas adecuadas, puede llegar a producir consecuencias indudablemente reales. Juan Ramón Jiménez se enamoró de un mito llamado Georgina Hübner, a quien nunca conoció y, así, podría decirse que se volvió más verdadera para él de lo que fueron otras muchas mujeres de carne y hueso que conoció en esa misma época.
E.S.F-M.: En la novela incluyes el poema “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”. En los últimos versos J.R.J. se lamenta: “Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran, / ¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor, / hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?”. Estos versos parecen premonitorios. ¿Crees que el poeta de Moguer fue consciente del engaño?
J.G.B.: Parece que, efectivamente, Juan Ramón llegó a conocer la verdad. Dijo al respecto unas palabras que me parecen bellísimas y que en buena medida enlazan con esa idea de que las fronteras entre la realidad y el simulacro son más difusas de lo que parece. “Sea como sea, yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara”. Pero lo más interesante es que no conoció la verdad hasta mucho tiempo después de la publicación de su poema. Es decir, la mención al niño idiota que juega con pompas de jabón es varios años anterior al auténtico descubrimiento de que un niño idiota —dos, en realidad— le habían estado tomando el pelo. Me gusta pensar que, a través de su yo poético, mucho más perspicaz que su yo biográfico, fue de algún modo consciente de que algo no encajaba con el personaje de Georgina Hübner: de que tal vez estaba demasiado bien construida para ser real.
E.S.F-M.: Lo demás es aire (Seix Barral, 2022) es una especie de máquina del tiempo. Una pequeña aldea cántabra, Toñanes (Cantabria), es el escenario por el que transitan sus habitantes a lo largo de los siglos. ¿Cuál fue tu intención al escribir esta novela? ¿Se trata de un homenaje a esa región?
J.G.B.: Mi intención no era tanto homenajear una región concreta como hacer consciente al lector del peso abrumador de la historia. Para ello decidí concentrarme en un punto muy concreto del espacio, lo más pequeño posible, y proponer una lectura no cronológica, sino simultánea de todos sus estratos de tiempo. Que ese punto concreto del espacio sea la pequeña aldea de Toñanes es importante para mí, pero no para los lectores. No quería homenajear a Cantabria, ni mucho menos elogiar la vida de los pueblos en su conjunto, que, dependiendo del caso, puede ser tan negativa como positiva. La idea era que, a través de mi amor y mi curiosidad por Toñanes, los lectores pudieran establecer vínculos con otros espacios que fueran importantes para ellos, como Toñanes lo es para mí.
E.S.F-M.: Imagino que la escritura de este libro habrá supuesto una investigación histórica previa. ¿De qué documentación te has servido?
J.G.B.: El proceso de documentación se extendió intermitentemente durante más de veinte años, como una especie de pasatiempo o sudoku que iba rellenando en mis ratos libres. Tardé mucho tiempo en descubrir que todo este material algún día se convertiría en la base de una novela. Manejé una cantidad ingente de fuentes escritas: testamentos, litigios, mapas, catastros, antiguos libros de cuentas, prensa microfilmada. Sin embargo, la información más útil procedió de los libros parroquiales, que pueden considerarse los únicos documentos verdaderamente democráticos del pasado. Porque en el Antiguo Régimen solo hace testamento quien tiene algo que legar a sus descendientes, y solo litiga quien tiene algo que ganar y que perder —casi siempre varones; casi siempre de cierta posición social—; pero todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, ancianos y niños, nacieron y murieron en algún momento, y los párrocos se esforzaban en dar testimonio de sus vidas por igual.
Pero no solo manejé fuentes escritas: las entrevistas a los vecinos de Toñanes fueron también decisivas para conocer la memoria colectiva, que, como los mitos, tiende a ser más imprecisa que los documentos, pero también arroja alguna clase de verdad que la letra escrita no logra arañar.
E.S.F-M.: En la novela estamos, simultáneamente, en años y en siglos diferentes. Pareces utilizar estrategias cinematográficas para conseguir este efecto. ¿Por qué elegiste esta estructura en Lo demás es aire?
J.G.B.: Tendemos a explicar la historia de un lugar o de una persona de manera lineal y cronológica, pero esta no es sino una de las muchas formas que tenemos de ordenar el tiempo. A veces entendemos mejor la historia si podemos jugar a reordenarla, uniendo episodios muy distantes en el tiempo que pueden ser interpretados conjuntamente. Eso es lo que yo me propuse en Lo demás es aire: que el desorden cronológico, lejos de ser caprichoso, trazara un discurso que nos permitiera entender de maneras alternativas el pasado. Para ello recurrí, en efecto, a técnicas del montaje cinematográfico, que me ayudaron a eslabonar de manera fluida y dinámica tiempos y contextos muy distintos. Por eso me gusta decir que Lo demás es aire es una novela de inspiración fundamentalmente cinematográfica. Eisenstein, Kubrick, Lynch o Hitchcock tienen una influencia en el resultado final mucho mayor que la obra de cualquier escritor.
E.S.F-M.: Los que duermen (Salto de Página, 2012; Sexto Piso, 2019) fue tu primer libro de relatos. ¿Crees que sigue siendo más difícil publicar un libro de relatos que una novela?
J.G.B.: Sí, o al menos eso es lo que me manifiestan muchos editores: que el libro de relatos continúa siendo más difícil de vender y sobre todo de colocar en el extranjero. Cuando comencé a publicar, hace más de una década, escuchaba a menudo decir que el relato acabaría ganando cada vez más presencia en el mercado, pues por su brevedad y por su carácter fragmentario era el género perfecto para acompañarnos en nuestras vidas cada vez más aceleradas y frenéticas. Todavía escucho de vez en cuando discursos semejantes. Sin embargo, me inclino por creer exactamente lo contrario: en una época en la que cada vez tenemos menos tiempo para leer y menos capacidad de concentración, el público demanda novelas que creen un mundo narrativo duradero, al que regresar cada vez que nos sentamos a leer.
Por supuesto, esto no significa que no haya notorias excepciones. Un buen ejemplo lo encuentro en mi propia casa: mi pareja, Marta Jiménez Serrano, publicó el año pasado un libro de relatos —No todo el mundo— que ha conseguido un número verdaderamente extraordinario de lectores.
E.S.F-M.: La traducción al inglés de Ni siquiera los muertos / Not Even the Dead (Sexto Piso, 2020; Open Letter, 2023) fue incluida entre los 100 mejores libros del año publicados en Estados Unidos por el New York Times Book Review. ¿Qué ha supuesto para ti esta mención?
J.G.B.: En primer lugar, una enorme sorpresa. Cuando Ni siquiera los muertos se publicó en España, en una fecha además muy desafortunada —llegó a las librerías en marzo de 2020, en el mismo momento en que comenzaba el confinamiento— fueron pocos los medios que lo eligieron entre lo mejor del año. Lo último que podía esperar era que un mercado como el americano, muchísimo más amplio y, por lo general, poco abierto a la literatura traducida, acabara haciéndolo. La alegría, además, ha sido doble, porque es una novela parcialmente ambientada en Estados Unidos: me alegra que ciertos críticos y lectores hayan considerado que tenía algo interesante que decir sobre su país.

E.S.F-M.: En la novela Kanada (Sexto Piso, 2017) abordas el tema de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de los que regresan del conflicto, de los supervivientes. ¿Qué nos puedes contar de este libro?
J.G.B.: En 2010 recibí una beca para trabajar en la Embajada de España en Budapest. Me instalé en un piso de la judería, que todavía tenía melladuras de bala en las paredes. Me pregunté, sin éxito, a qué familia judía habría pertenecido aquella casa: si sus habitantes habían sobrevivido al Holocausto, y de haberlo hecho, qué clase de vida habían encontrado al volver a casa. De esa pregunta surge Kanada. La novela cuenta la experiencia de un superviviente de Auschwitz aquejado por un grave síndrome de estrés postraumático que, tras regresar a su ciudad, decide no volver a salir de casa y reproducir así de manera simbólica el encierro que ha padecido en el campo de concentración.
E.S.F-M.: Mapa de soledades (Seix Barral, 2024) es una especie de ensayo en el que reflexionas sobre la experiencia de la soledad. Es una especie de guía en la que van apareciendo personajes cuya soledad parece consustancial a sus vidas. ¿Cómo surgió este libro?
J.G.B.: La escritura de Lo demás es aire fue muy exigente, por la amplitud histórica de la trama y la variedad de temas que me vi obligado a poner en juego, de forma que podría decirse que Mapa de soledades fue producto del agotamiento. Sentía que si me lanzaba a escribir otra novela volvería a tocar estrategias narrativas parecidas, y algo que me define es la búsqueda permanente de técnicas nuevas. Escribir un ensayo fue, por lo tanto, mi manera de apartarme de terrenos conocidos y así obligarme a explorar caminos narrativos nuevos, sin riesgo de repetición o redundancia.

E.S.F-M.: Abril o nunca (Seix Barral, 2026) es una novela en la que el personaje principal desea, desesperantemente, regresar a un momento determinante de su vida a través de un “viaje en el tiempo”. ¿Fue difícil construir una historia con un elemento fantástico sin que dejara de tener un fuerte componente de verosimilitud? ¿Es la paternidad o las relaciones familiares el tema fundamental de la novela?
J.G.B.: Creo que has tocado el punto más sensible del libro, tal y como lo concebí: cómo lograr que una novela que se movía dentro de los límites del realismo, que incluso coqueteaba con el costumbrismo, pudiera desplazarse hacia los terrenos más cenagosos de lo fantástico. Lo más complicado fue hacer verosímil para el lector que una persona completamente normal acabe, gracias a algunas lecturas en internet y al suceso traumático de una pérdida, convencida de que los viajes en el tiempo son efectivamente posibles. En cuanto a las relaciones paternofiliales, son efectivamente muchos los lectores y críticos que han señalado el protagonismo de este tema en la novela, pero confieso que nunca lo concebí como un libro sobre la familia o la paternidad. Fue una elección condicionada por otro objetivo: señalar cómo no habitamos un único tiempo sino muchos tiempos —pues el tiempo, además de una magnitud física, es una experiencia individual— y cómo durante el duelo podemos llegar a sentir que nuestra fe en el tiempo lineal y cronológico se desmorona.
E.S.F-M.: John1419 es un cibernauta al que sigue Daniel, en su intento de “regresar” al pasado. Me recuerda al John Titor —otro viajero del tiempo cibernauta— de Steins;Gate. No sé si conoces este manga o el anime y si te ha influido a la hora de crear este personaje.
J.G.B.: Te confieso que no conozco la referencia, aunque me has intrigado: ¡ahora tengo que leerlo! Pero no me sorprende que haya ciertos vínculos entre ambos personajes: es muy habitual en la ciencia ficción el papel del guía iniciático, una suerte de Virgilio o de Morpheus en Matrix, que nos explica las reglas de ese mundo fantástico en el que estamos a punto de adentrarnos.
E.S.F-M.: Bajo treinta (Salto de Página, 2013) es una antología de relatos. En ella elegiste a catorce escritores de menos de treinta años. ¿Qué criterio seguiste para realizar esta selección? ¿Qué utilidad pueden tener para el lector o las editoriales libros como este o como Bogotá 39 (Galaxia Gutenberg, 2018)?
J.G.B.: Me basé en criterios de estricta calidad, lo que por supuesto no quiere decir que como antólogo no tuviera mis sesgos y mis puntos ciegos. Pasados los años, creo que la selección tiene no pocos aciertos. Me alegro de haber identificado a algunos autores que han seguido escribiendo obras de gran calidad y reconocimiento, como Cristina Morales, Víctor Balcells, Aixa de la Cruz o Guillermo Aguirre, por citar algunos. Por supuesto, también tiene grandes ausencias: en mi defensa he de decir que algunos miembros de la generación que se han revelado como brillantes narradores en los años siguientes aún no habían publicado sus primeros libros en el momento en que apareció la antología.
La utilidad de este tipo de listas es ayudar a establecer un discurso sobre la literatura del presente, así como brindarnos una forma rápida de adentrarnos en nuevas propuestas narrativas. Para mí mismo fue esencial como lector la antología Granta que se publicó en 2010, gracias a la cual escuché hablar por primera vez de algunos narradores extraordinarios.
E.S.F-M.: Obtuviste la beca de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. ¿Puedes hablarnos de esta experiencia?
J.G.B.: Fue una experiencia muy importante en mi carrera como escritor, porque llegó en un momento crucial. Acababa de terminar la carrera y mis padres, que, como es comprensible, se preocupaban por mi estabilidad laboral, me incitaban a estudiar una oposición. Pero yo presentía que si me apartaba durante tanto tiempo de mi sueño de publicar un libro, ya nunca lograría convertirme en un escritor profesional. Cuando fui becado por la Fundación Antonio Gala respiré con alivio, porque me proporcionaba una maravillosa coartada: la oportunidad de seguir escribiendo sin remordimientos, ahora con el aval de una institución de prestigio. Posteriormente he recibido otras muchas becas y residencias, pero ninguna llegó en un momento tan oportuno como esta. Además, en la Fundación Antonio Gala conocí a muchos colegas y amigos que me ayudaron a nutrirme de otras disciplinas artísticas. Solo gracias a su amistad y a su influencia he podido llegar a ser la clase de escritor y de persona que soy.
E.S.F-M.: Impartes clases de literatura creativa. Es una actividad a la que suelen dedicarse los escritores. ¿Podrías hablarnos un poco sobre tus clases en el taller literario?
J.G.B.: En mis talleres se reúnen un máximo de trece alumnos, casi siempre con perfiles e intereses muy variados. Solo tienen en común una cosa: todos buscan comprometerse en la escritura de un proyecto de largo aliento, ya sea una novela, un libro de relatos o un libro de no ficción. Generalmente tienen edades y niveles muy diferentes, y está bien que sea así: los alumnos más fogueados en la escritura se convierten en un modelo para los menos experimentados, y estos ofrecen a los primeros una referencia muy útil: un ejemplo del modo en que sus textos van a ser interpretados por el lector medio. Por mi parte, yo actúo como una suerte de tutor que guía a cada alumno en la dirección que necesita para planificar y desarrollar su proyecto, y también enseño algunas nociones teóricas cuando es necesario.
E.S.F-M.: Para terminar, nos gustaría saber si estás trabajando en algún nuevo proyecto literario.
J.G.B.: Existe algo mucho más modesto que un proyecto. Se trata apenas de un vislumbre, una idea feliz —al menos así lo espero— que lleva varios años haciéndose eco en mi cabeza: el sueño de escribir una novela enciclopédica que recoja la historia del valor y sus sucesivas transformaciones —la propiedad comunal, el trueque, el dinero, la criptomoneda— a lo largo de la historia.
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