La escritora mexicana Andrea Chapela ha sido reconocida con premios que hoy la convierten en una de las narradoras más interesantes en Hispanoamérica. Entre el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez (2019), el Premio Nacional de Literatura Juan José Arreola (2020) y su inclusión en la afamada lista Granta como una de las mejores novelistas jóvenes en español en 2021, la autora nos entrega Todos los fines del mundo (Penguin Random House), una novela híbrida de tiempos, espacios y amores difusos y confusos, desastres ambientales y futuros que prometen poco.
Su protagonista, Angélica, escribe para contar su vida y compartir el pasado; escribe como un acto de fe para no perder a Manu y a Susana, con quienes ha construido una relación de ambigüedades donde se mezclan el amor y la amistad, y que le abre todas las interrogaciones en lugar de darle certezas. En esta novela, los tres jóvenes pasan juntos los días en Madrid (ciudad ubicada en uno de los Países del Bienestar), lanzados a lo desconocido frente a la catástrofe climática que trae días con 55 grados de temperatura. Así sobreviven y construyen su propia pequeña comunidad —para no morir de tristeza— entre baterías recargables y parlantes portátiles, leyendo, hablando y bailando pese al afuera, tan hostil, aunque saben que todo proyecto de futuro es una pantomima.
Un día cualquiera, Angélica se pregunta con quién pasarían el inevitable fin del mundo, ahora que el colapso ambiental es inminente y ella se ha visto obligada a regresar a su México natal para refugiarse en un pueblo remoto con una nueva comunidad y un presente en el que Manu y Susana son solo un recuerdo. Sobrevive con otros y quiere pensar, con ellos y ellas, que existe un mañana, mientras siente que, cuando habla del pasado, es como si contara una ficción que inventó. Al final, nos dice: “Nunca hay que confiar en la narradora”.

Natalia Consuegra: En la novela hay muchas preguntas sobre las relaciones sexoafectivas, el amor, la amistad (“¿A qué nos referimos cuando decimos ‘No pasó nada’? ¿Crees que volverías a enamorarte de la gente con la que estuviste antes? ¿Qué tanto del deseo viene de dentro y qué tanto es aprendido? ¿Se puede realmente querer sin el cuerpo?”). ¿También te haces esas preguntas? ¿Has podido responderlas?
Andrea Chapela: Sí, me las hago. De hecho, aunque el libro no es autoficción, las preguntas centrales del libro son mías, y creo que al escribirlo llegué a una respuesta que me basta para el momento en el que estoy, acerca de cómo son las relaciones para mí, cuáles son las relaciones que me hacen feliz y me sientan bien, cuál es el rol del deseo y del cuerpo en las relaciones para mí. Pero sobre todo creo que llegué a la conclusión de que las relaciones personales son eso, súper personales; que los sentimientos que tenemos también dependen mucho de nuestro momento de la vida; que tenemos que permitirnos a nosotros mismos crecer y cambiar de opinión, y que las cosas que nos pasan ahora a lo mejor serán distintas en unos años, a lo mejor nos enamoraremos de personas que nunca habíamos pensado, y me gusta la idea de mantener esa posibilidad abierta. Cuando comencé a escribir este libro yo pensaba que la manera en la que yo sentía y transitaba el mundo, sobre todo en estos temas, era errónea porque no calzaba. Ahora me doy cuenta de que, más bien, yo tengo que abrir mi visión del mundo para que puedan entrar las cosas que yo siento, y me doy cuenta de que lo que siento no puede estar mal. En ese sentido me ha dado mucha paz escribir la novela, publicarla, conversarla.
N.C.: ¿Cómo crees que se vivirán entonces los cataclismos, los colapsos climáticos y las catástrofes ambientales a la luz de las relaciones afectivas y viceversa?
A.C: Intuitivamente, cuando comencé a escribir el libro, yo pensé que había algo entre esta idea del fin del mundo y las relaciones. Al comienzo era solo la intuición de que el fin del mundo extremaba la sensación de añoranza, pero esto cambió con la pandemia. Por ejemplo, este asunto de la falta de los abrazos, la lejanía de las personas, quedarte después de un cataclismo con un grupo de personas que te ayudan a la supervivencia, pero no son las personas importantes de tu vida, las que te han entendido o con las que te has sentido más cerca, es para mí un tema que viene también del mundo pandémico. Para mí sí hay una respuesta en los colapsos respecto a la necesidad de tener una comunidad cerca y cómo, mucho más que las cosas o que los bienes materiales, son las personas las que rescatan la vida. En ese sentido creo que las relaciones afectivas son centrales; ayudan a pasar los cataclismos, ayudan a entenderlos. Ya nos hemos asentado en lugares hostiles y siento que la respuesta a tratar de vivir en lugares hostiles siempre ha sido estar cerca y cuidarnos unos a otros.
N.C.: Hablemos precisamente sobre esas dos “formas” de comunidad en el futuro: una más pequeña, la que conforman Manu, Susana y Angélica, antes del colapso, y otra después, que son las ciento diecisiete personas que viven en el pueblo. ¿Cómo las imaginas afuera de la novela?
A.C: Yo quería explorar, por un lado, este tipo de formas de comunidad donde seleccionas a las personas de pequeños pueblos y cómo puedes hacer funcionar algo como eso. Muchas veces la respuesta es que ese tipo de cosas funcionan sobre todo en el aislamiento, donde no hay un peligro externo. Esa pequeña comunidad funciona, en parte, por la magia de la ciencia ficción; tienen todo lo que necesitan, pero también están muy aisladas y eso les permite no preocuparse demasiado por el afuera.
N.C.: Algo similar a lo que pasa con Manu, Susana y Angélica, que también asumen otro tipo de aislamiento.
A.C: Sí, y como alguien que vive en la Ciudad de México, creo que a veces las comunidades y nuestros entornos son gigantescos, y nos parece imposible pensar en abarcarlo todo y que eso te acompañe. A lo mejor voy comenzando a construir de lo pequeño hacia lo grande. Creo que la novela se queda un poco corta en esta idea de las comunidades del futuro, pero yo quería explorar dos cosas: una, que la forma en la que nos queremos a pequeña escala se reproduce a gran escala; eso lo creo sin duda. Lo cierto es que hemos ido reproduciendo el modelo de la familia nuclear como un montón de pequeñas familias nucleares viviendo unas junto a las otras, y que debe de haber otro tipo de formas de comunidad. Aquí se rompe un poco esa idea de la familia nuclear con Manu, Susana y Angélica, y luego también se fractura la idea de familias separadas, pues tienes a una comunidad en la que todos dependen de todos. Lo segundo es poner sobre la mesa que lo que hace alguien afecta a todos, los recursos que tenemos son los que hay. Para mí eso puede luego escalarse fácilmente hacia cuál podría ser la importancia de esas comunidades en el futuro.
N.C.: ¿Cómo lees la relación entre el cambio climático y la política migratoria en nuestros días?
A.C: Ya estamos comenzando a ver lo que se ha denominado migración e inmigración climática, y creo que ese es un gran tema. La novela lo toca muy tangencialmente porque trata otras cosas; toca mucho más esta idea de que ante el mundo más hostil que, de muchas maneras, ha generado el cambio climático, hay mucha más inseguridad y mucha menos capacidad de predecir el futuro. Creo que siempre ha sido normal que los países se cierren ante esas cosas y traten de mantener el statu quo lo máximo posible. Por eso no me extraña que haya una política migratoria cerrada, pero bueno, también estoy contestando esta pregunta después de los ataques de Trump a Venezuela y en un momento político muy distinto a cuando estaba escribiendo la novela, en el que el cambio climático también va a ser una guerra de recursos, lo cual traerá consigo el desplazamiento humano, entre otras cosas. Creo que las políticas migratorias se recrudecerán más ante todo este tipo de migraciones.
N.C.: En tu narrativa siempre hay una pregunta sobre el tiempo (aquí lo planteas desde el teatro, desde el amor, desde el desastre climático). ¿Cómo cambias las perspectivas sobre el tiempo en los dos momentos centrales de la novela?
A.C: El tiempo me fascina y es verdad que hay una pregunta sobre este, sobre cómo lo experimentamos y cómo las emociones lo modifican, y también sobre cómo el mundo mismo lo modifica. En el primer apartado el tiempo es uno de rememoración, y se juega mucho con el ir y venir de “Estoy contando este año, pero vengo y voy y trenzando”, que trata de preservar la manera en la que pensamos el tiempo desde la memoria. Es muy distinta a la manera en la que vemos el tiempo en el presente; cuando estamos recordando apachurramos el tiempo; las cosas ya no necesariamente están en orden cronológico, hay otros órdenes que integran la narración.
N.C.: El tiempo de la segunda es muy distinto.
A.C.: … porque es como un tiempo congelado, además de que hay un nuevo tiempo que se instaura. Me interesaba mucho esta idea de que hay un tiempo claro, el día, la noche, pero luego hay uno que hemos acordado y que nos hemos inventado, los relojes, los calendarios, y que podríamos inventarnos de otro modo. Eso también me fascina. De alguna manera, en la segunda parte ese tiempo inventado ya no existe; es un tiempo mucho más congelado, no por el amor o por la memoria, sino por el mismo paso del tiempo, que es más lento. También creo que es un mundo en el que, como todo está más desconectado porque no hay internet, no hay comunicaciones, también volverían a un tiempo más primigenio, más lento, de otro tipo. Me interesa mucho la manera en la que vivimos el tiempo y lo recordamos. Creo que la novela intenta plasmarlo de cierta manera. De hecho, muchas veces me preocupó que la segunda parte fuera demasiado lenta y pensé mucho en cómo hacerla funcionar a pesar de esa lentitud.
N.C.: Cuéntanos sobre la idea de nuestra necesidad de narrar, de contar, de llevar registro, de poner en un lugar todo lo que nos pasa, para apresarlo dentro de una historia (como ocurre con el diario que lleva Angélica, por ejemplo).
A.C: En la novela hay tres grandes registros: la narración de su año en Madrid, el diario que lleva durante su segunda parte y luego la sorpresa de que todo es en realidad una novela. Para mí todo viene de pensar cómo el acto de escribir nos ayuda a pensar y a poner orden sobre la realidad; nos obliga a poner una cronología, a contar una cosa primero, una cosa después. Es una de las maneras más claras que tenemos de comunicarnos con el futuro y de saber sobre el pasado. Para mí este libro, que tanto habla acerca de los colapsos y de las relaciones importantes de la vida, trata también sobre la necesidad de apresar las cosas en la historia, de contarlas y de compartirlas, y de cómo ese intento de compartir algo también crea esas relaciones.
N.C.: Es una manera de lidiar con lo que nos ha pasado.
A.C: Es que a veces recordar no es suficiente, o hasta que no se hace algo con eso que uno recuerda, no se vuelve del todo real. Angélica duda mucho de su propia versión de los hechos; siempre dice que a lo mejor ella no está presentándolos como son, y para mí es importante dejar muy al descubierto estas formas de escritura, esto de: A lo mejor hay otras versiones que yo no sé, a lo mejor las cosas eran de otra manera, esta duda de lo que sucede cuando estamos tan cerrados en nuestro propio punto de vista, y cómo a veces es tan complicado salir de él incluso cuando estamos tratando de ser fieles a lo que sucedió.
N.C.: En ese sentido, ¿crees, como Manu, que las palabras son insuficientes y que las pocas que tenemos terminan por encasillar?
A.C: Esa es una pregunta que a lo mejor descubrí y que me hago desde Grados de miopía (ensayo), donde por primera vez me enfrenté a la idea de que el lenguaje es menos fiable y más maleable de lo que yo creía. Lo mismo ocurre en Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio (cuento), un libro acerca de intentar comunicarse y las maneras en las que eso puede ser problemático, sobre todo cuando la tecnología es parte de esa comunicación. De alguna manera, en Todos los fines del mundo regreso a eso desde otro lugar: el asunto de que el lenguaje es todo lo que tenemos para expresarnos y es maravilloso en ese sentido, pero a la vez nunca es lo suficientemente amplio. Creo que es en esa tensión, en la de ser todo lo que tenemos y no ser suficiente, donde están la poesía, la literatura y la necesidad de utilizar más palabras para expresar lo que nos pasa dentro. Yo no sé si me siento muy encasillada por el lenguaje; creo que elegir la literatura como profesión me hace pensar de alguna manera —a lo mejor errónea— que soy una persona que controla el lenguaje más que otros. De lo que sí tengo certeza es de mi fascinación por esos momentos del límite del lenguaje.
N.C.: ¿Qué fue lo más complejo en este ejercicio de escritura del yo?
A.C: Hubo muchas cosas muy complejas. Esta novela me hizo sentir insegura, no por los hechos de la narración, no por la posible interpretación y cercanía de Angélica conmigo, sino porque había una versión de mis ideas y de mis preguntas sobre el mundo. Me daba cierto tipo de miedo, de vergüenza, de pudor, y eso hizo el ejercicio más difícil. Escribí esta novela a lo largo de cinco años y la voz de Angélica se fue volviendo cada vez más fácil de encontrar y de conectarme con ella, pero fue difícil encontrar todas las distintas formas en las que se expresa esa voz, cómo lograr que reflexionara sobre las cosas que yo quería y, sobre todo, que yo no sintiera temor o esta preocupación de qué van a pensar los otros cuando lean esto sobre mí, no sobre Angélica. Eso siempre estuvo ahí y fue difícil; había mucho ruido alrededor mío y expectativas que yo tenía sobre mí misma mientras escribía. Ese fue uno de los grandes retos.
N.C.: ¿Qué cuestiones pudiste pensar sobre la escritura a través de la creación de Todos los fines del mundo?
A.C.: Pensé mucho sobre la forma novela, sobre las distintas maneras en que se pueden hacer este tipo de novelas más fragmentadas o cómo cada parte de una novela puede ser una apuesta nueva. Pensé mucho en la creación de las voces. Para mí también había un ejercicio, a lo mejor arquitectónico, de hacer funcionar esa estructura, esos giros, la apuesta de este tipo de estructura narrativa donde cada parte te va recontextualizando la anterior y cambiando un poco el juego. Quería saber si yo era capaz de escribir una novela otra vez. Este libro me reenamoró de la forma novela y de sus muchísimas posibilidades; también me llevó a hacerme muchas preguntas sobre la ficción, el cambio climático, las ficciones climáticas. Aunque varias de ellas todavía no tienen respuesta, siento que es hacia donde voy ahora. Si bien con esta novela comencé a entrar en las posibilidades de lo que implica escribir sobre el cambio climático, sobre el futuro, sobre estos colapsos, lo que me di cuenta al terminarla es que ahí había un hilo que no había jalado del todo y que debo seguir jalando. Siento que con este libro también adquiero una deuda respecto al tipo de ficción que quiero hacer hacia adelante.
¡Compra libros de los autores y traductores incluidos en este número en nuestra página de Bookshop!

