Visita a la casa de Petrarca
Un amigo me invita a la casa de Petrarca.
Es en Arquà, cerca de Padua, en una villa del Duecento
con frescos que celebran las virtudes
de Safo y de Cleopatra.
Me aturden las clepsidras metódicas
del tiempo, la bóveda de arena
que me lleva
hasta la muerte de Laura.
Canciones con laureles y tiaras de diamantes.
Caminos espinosos y sinceros.
Chicas blancas y frías como el mármol
de angélicos cabellos sin agua oxigenada.
Amores con un alma en dos cuerpos repartida.
¿Qué se supone que haga en un museo?
]¿Ir a poner mi flor en su ventana?
¿Acariciar los muros desde afuera?
¿Hacer una pulsera con todos mis fracasos?
Iré como quien busca fósiles de focas prehistóricas,
estudia dinosaurios o ballenas,
saca fotos a esqueletos de tortugas.
A aspirar el perfume de rosas extinguidas.
Qué habría hecho Petrarca de un amor como el mío.
Cómo habría cantado
un amor como el nuestro.
Las manos en la madre
Un hombre
golpea a una mujer
en mi memoria.
Desde entonces, la infancia
es un mundo sin Dios.
Veo las nubes,
el modo en que inclina la fuerza de sus brazos,
la voz de la mujer y una tormenta
que arruina mis paisajes.
¿Cómo dudas
que exista la huella del vacío?
Yo remiendo costuras en mis sueños
desde aquel estupor.
Meditación nocturna
Asomados a las vías ferroviarias
desde lejos la vida nos parece
un estupor de agendas,
de vagones con guardas imprevistos,
de meneos de campo y de ciudad.
Pero bastan las curvas de la noche
para anclar hacia dentro
y en su pulso de sílabas dormidas
auscultar lo que importa, la presencia
de una hija en su cuarto
o explicarse un adiós.
Será porque la calma anida en los tendones
con vocación de espejo
y restituye el color a los olvidos.
Nos da la cifra exacta
que se ajusta a un dolor.
Cuadro de cielo con siluetas
Te imaginé peinando las ramas de los sauces.
La mano en alto, apenas extendida.
La cabeza apoyada entre mis piernas.
Otro modo de entrar en mis ventanas,
mar abierto y azul.
Te vi llegar de viaje con retraso.
Vos te hacías un té mientras me hablabas
del último raid en Medio Oriente,
de un paisaje con olas y el verano
de espumas por llegar.
Florecía en el cuadro una camelia
y se oía la brisa de mi nombre
basculando en tu voz.
No era un sueño, querido. Parecía
una escena tan real como un recuerdo.
Qué lúcida, a veces, la nostalgia
de lo que nunca hemos sido
y que tampoco será.
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