Madrid: Libero Editorial. 2025. 74 páginas.
Ya en la primera página, la protagonista de esta historia contada en versos ha sido asesinada. ¿Puede un poemario lograr lo que ni los archivos, ni los testigos, ni la investigación policial han conseguido: enfrentar la injusticia de un feminicidio? Nadine, protagonista y nombre que da título a este libro, expone con crudeza esos intentos fallidos de conseguir una respuesta. Con esta contundencia, Luiza Romão —poeta brasileña, slammer, actriz y maestra en Teoría Literaria y Literatura Comparada— entrega su trabajo más reciente. Desde También guardamos piedras aquí (publicado en 2021 y galardonado en múltiples ocasiones), su voz se ha ido consolidando como una de gran relevancia en la literatura latinoamericana contemporánea. Esto se reafirma en un conjunto de poemas que, por su estilo y disposición, podría leerse como el expediente fragmentado de una comisaría.
Nadine es un libro híbrido. Por su estructura podría inscribirse en un catálogo de textos poéticos, pero su propuesta va mucho más allá. Se trata de una obra que funciona como un rompecabezas de distintas voces que busca esclarecer un asesinato. Sin embargo, este coro funciona como algo más que reconstruir la verdad: se convierte en un cúmulo de prejuicios dirigidos hacia el cadáver aún tibio de una joven, opiniones que mancillaron su nombre incluso cuando aún respiraba.
Romão consigue generar una fuerte tensión en el lector al convertirlo en testigo de una polifonía cada vez más ruidosa e incómoda. De este modo, se produce una impotencia compartida entre quien lee y la propia Nadine, que no puede sino presenciar, incluso después de la muerte, cómo otras voces abordan y juzgan su cuerpo. La protagonista comprende que, aunque la poesía le haya devuelto la voz para que ella pueda narrarse, ese gesto no es suficiente para esclarecer lo ocurrido.
La autora utiliza un lenguaje directo, sin rimbombancia ni pretensiones, para ejercer una crítica social sostenida a lo largo del libro. Esto permite evidenciar no solo la banalización del asesinato de Nadine por parte de los testigos del suceso, sino también una profunda incompetencia policial. Por momentos, se percibe una aproximación a una poesía casi documental. Es un hecho que no deja de ocurrir más allá de la lírica o de la ficción, y que expone una no-respuesta reiterada por parte de las autoridades correspondientes. Hay investigación e hipótesis, pero también se denuncia un compendio de fallos: “cada historia policial tiene su giro (…) / pero hay que estar viva para eso”. El problema no es la falta de datos para esclarecer el caso, sino que, incluso cuando se intenta cerrarlo de la mejor manera posible —con todas sus torpezas, pues “en las películas policiales / las investigaciones son más higiénicas”—, ya es demasiado tarde.
“Más que una experiencia poética que se cierra luego de la página final, el libro es una invitación a permanecer atentos frente a aquellas voces que fueron calladas de manera cruel, pero que aún reclaman ser escuchadas.”
Resulta curiosa la etimología del título: el nombre “Nadine” deriva de “Nadia” en francés, que a su vez proviene de Nadezhda, palabra que en ruso significa “esperanza”. Este no es un dato menor dentro del universo que construye Romão. En el libro, la esperanza no aparece como una garantía ni como un consuelo evidente. ¿Cómo podría serlo cuando el sistema judicial falla una y otra vez? Retomando la pregunta del principio, la poesía no se encarga de reparar ni de eliminar el problema, pero sí de exponerlo e inquietar. Se convierte así en una exigencia ética que mantiene al lector alerta.
Descubrir las últimas horas de Nadine en este libro experimental implica aceptar una interpelación directa. No se trata de una historia distante: es una vida narrada bajo un estilo cercano al noir que no resulta ajeno. Es una literatura que remite a un contexto latinoamericano muy actual, donde una propuesta estética se utiliza como crítica a una potente descomposición social. Esta podría ser la vida de una compañera de clases, una amiga de la infancia o una desconocida sentada en el asiento contiguo de un autobús. Además, la disposición de los versos remite a la oralidad y a una sucesión de escenas donde un coro de voces y personajes entra y sale como en una puesta teatral. En ese escenario, el lector advierte que a ninguno de ellos parece interesarle realmente Nadine y no puede hacer más que observar los restos de un acto atravesado por la violencia. Solo después, fuera de la escena del crimen, queda la posibilidad de reflexionar sobre lo presenciado, como un testigo más frente a una historia ahogada en turbidez.
Cuando la justicia no funciona como debería, una voz como la de Nadine comienza a escucharse más allá de sí misma, de su entorno inmediato. El libro busca ampliar esa resonancia, transformando una experiencia individual en algo colectivo, en una reverberación. De allí nace una esperanza que, si bien no es cómoda debido a su origen, es al menos compartida.
Con Nadine, Luiza Romão publica una obra de la que no se sale intacto: un poemario profundamente marcado por su época, escrito desde la necesidad de enfrentar una violencia que no parece cesar a corto plazo. Más que una experiencia poética que se cierra luego de la página final, el libro es una invitación a permanecer atentos frente a aquellas voces que fueron calladas de manera cruel, pero que aún reclaman ser escuchadas.
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