Lima: Peisa, 2024. 565 páginas.
“Era más tranca vivir que narrar”. Esta frase, que aparece temprano en Vocación durante un reencuentro de dos escritores peruanos —Ludo Herrero y Jacobo Balboa—, cifra el dilema de muchas de las criaturas de esta novela, con la cual el escritor Luis Hernán Castañeda parece haber cerrado un ciclo fecundo de esa obra que empezó hace veinte años con Casa de Islandia (2004).
Desde ese título medular, Castañeda expandió su universo a través de narraciones en las que una serie de avatares ficcionales viven la trágica brecha entre la experiencia de crear y el dolor de existir. De ellas destacan Un escritor rural (2021), suerte de dietario del escritor anacoreta, apenas sostenido por sus reflexiones, y Mi madre soñaba en francés (2017), novela íntima y honda, en la que el autor indaga en una mujer, acaso su madre, que se debate entre el dolor y la poesía de César Moro. Nunca antes, sin embargo, la asincronía entre la experiencia y el relato había estado presente con el detenimiento y la ambición de este libro.
A diferencia de la lírica, femenina y algo ensimismada de Mi madre soñaba en francés, Vocación presenta de un modo más exterior y territorial y masculino, a ratos tóxico, el periplo de un escritor con su “lado de allá” y su “lado de acá”. En esta “novela de novelas” Castañeda ha fagocitado motivos de su ya prolífica obra. El amplio arco narrativo lo permite. La novela acompaña a Herrero, joven peruano que pasa de artista joven a adulto en crisis a través de un calvario vital que concatena estaciones como la escuela, la universidad, la cofradía de aspirantes a escritores y la academia norteamericana. En todas estas instancias, Herrero va edificando una obra que se erige como balsa de refugio ante múltiples vicisitudes emocionales, muchas conmovedoras y otras esperpénticas. Perú y Estados Unidos se suceden antes de un desenlace próximo en Europa. Tensiones, celos y agresiones con colegas y compañeros (los estudiantes de la escuela Pembroke, los jóvenes de Neverland, los colegas boulderitas) y relaciones tormentosas (de Jocelyn a Navia, pasando por la explosiva Ale-Qaeda) marcan un descenso a los infiernos que tiene su clímax en el primer tramo de la novela. Si la necesidad de reencontrarse con la vida es perentoria y se hace desde una ambigua tercera persona (el lector sospecha que narra el propio Ludo), es porque luego de ese reencuentro con Balboa en el que ambos se intoxican de alcohol, Herrero recae en los espacios más sórdidos de la ciudad como trasunto de su hoyo existencial: es un hombre que ha dejado de escribir y acaba de arruinar su matrimonio y de dinamitar su estabilidad.
“La visión del sistema literario es burlesca, acaso porque su protagonista, que viene de una relación turbulenta con su padre biológico, establece vínculos de atracción y repulsión con las figuras masculinas mayores que él.”
Las fuentes literarias se revelan. En las ranuras de las relaciones de parejas y la dificultad del personaje para crecer se advierte la estela de los distraídos escritores de Bryce Echenique y las fugas sórdidas del fracaso de los geniecillos dominicales de Ribeyro (el nombre Ludo es un reverso del infértil Ludo Totem). Vocación es consciente de sostenerse sobre una tradición de novelas de escritores peruanos con evidentes tintes autobiográficos. Desde sus primeras lecturas de Vargas Llosa en la escuela Pembroke, Herrero ha visto nacer su vocación a la sombra del canon nacional. No es extraño, entonces, que las discusiones entre los escritores jóvenes sean a través de referentes como Reynoso o Loayza, o que un escritor en ciernes como Balboa, importante amigo del protagonista, haya escapado del mundo de los periodistas decadentes de Conversación en La Catedral para escribir libros ambiciosos en la academia. Y mucho menos que el otro escritor gravitante para Ludo, guía de sus primeros años y especie de padre, sea Florián Tyson, un trasunto evidente del escritor peruano Iván Thays. El mundo de Castañeda es de personajes erráticos y, muchas veces, patéticos y, a ratos, entrañables, pero es un universo fértil en creación.
Es en la tensión entre los modelos de Tyson y Balboa donde se juega el estilo del libro. Antes que nada, Herrero busca un padre, y tanto el cuidado de la forma y la buena prosa de Tyson como el vitalismo enérgico de Balboa, por un lado, y el contrapunto entre el pesimismo de Tyson (es notable el momento en que habla de Loayza antes de despedir a Ludo) y el optimismo fanático de Balboa (capaz de cantar huaynos en los campus gringos), son polos sobre los que se debate la conciencia en crecimiento del joven artista. Acaso de ambas orillas provenga el particular tono del libro, que oscila entre la forma culta y el delirio esperpéntico.
Por ello, aunque aquí los escritores crean, no se piense que el libro es celebratorio. La visión del sistema literario es burlesca, acaso porque su protagonista, que viene de una relación turbulenta con su padre biológico, establece vínculos de atracción y repulsión con las figuras masculinas mayores que él: a Tyson y Balboa, que son zaheridos y ridiculizados con gracia, se suman el profesor Manimal y otras autoridades referidas con sobrenombres delirantes. Entre ellos, Herrero va recontando sus pasos hasta llegar a la crisis que abre el libro y activa el recuento autobiográfico.
Vocación tiene muchos hallazgos, pero yo señalaría tres: no conozco una descripción tan persuasiva y lapidaria, por castrante, de la escuela de Letras de la Universidad Católica, con sus rencillas, mezquindades, egos heridos y envidias, y tampoco una representación tan descarnada y adolorida del lado B del mundo académico norteamericano y las pesadillas de tantos estudiantes que migran al norte en pos de una esperanza y atraviesan experiencias terribles (en ese acápite destacan las páginas dedicadas a Missouri). Lo otro es el tono del libro, extraño como pocos: mezcla de ese oficio y elegancia propios de Casa de Islandia, pero con un lenguaje esperpéntico y desacralizador que remite a Estrella solitaria de Jerónimo Pimentel. La literatura es seria, sí, pero también risible y jocosa. Y Castañeda, que ha entregado sus primeras páginas realmente conmovedoras, se ríe hasta la carcajada de las miserias de este universo a la vez que tributa a sus maestros y colegas.
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