El regreso
La tierra ofrece el ósculo de un saludo paterno . . .
Pasta un mulo la hierba mísera del camino
y la montaña luce, al tardo sol de invierno,
como una vieja aldeana su delantal de lino.
Un cielo bondadoso y un céfiro tierno . . .
La zagala descansa de codos bajo el pino,
y densos los ganados, con paso paulatino,
acuden a la música sacerdotal del cuerno.
Trayendo sobre el hombro leña para la cena,
el pastor, cuya ausencia no dura más de un día,
camina lentamente rumbo a la alquería.
Al verlo, la familia le da el enhorabuena . . .
mientras el perro, en ímpetus de lealtad amena,
describe coleando círculos de alegría.
La siesta
No late más que un único reloj: el campanario,
que cuenta los dichosos hastíos de la aldea,
el cual, al sol de enero, agriamente chispea
con su aspecto remoto de viejo refractario . . .
A la puerta, sentado, se duerme el boticario . . .
En la plaza yacente la gallina cloquea
y un tronco de ojaranzo arde en la chimenea,
junto al cual el cura medita su breviario.
Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores
bendice las faenas, reparte los sudores . . .
Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda
las ropas que el domingo sufren los campesinos . . .
Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda
huye, soltando coces, de los perros vecinos.
El Alba
Humean en la vieja cocina hospitalaria
los rústicos candiles . . . Madrugadora leña
infunde una sabrosa fragancia lugareña
y el desayuno mima la vocación agraria.
Rebota en los collados la grita rutinaria
del boyero que a ratos deja la yunta y sueña.
Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña,
ofrece a Dios la leche de su plegaria.
Acongojado el valle con sus beatos nocturnos,
salen de los establos, lentos y taciturnos,
los ganados. La joven brisa se despereza . . .
Y como una pastora, en piadoso desvelo,
con sus ojos de bruma, de una dulce pereza,
el Alba mira en éxtasis las estrellas del cielo.
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