Nota del editor: En esta sección compartimos textos publicados originalmente por nuestra casa matriz, World Literature Today (WLT), ahora en edición bilingüe. El presente texto fue publicado originalmente en World Literature Today Vol. 98, Nro. 6 en noviembre de 2024.
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Mariana Enriquez es la reina del nuevo gótico latinoamericano. Arroja al siglo XXI las sensaciones que produce el terror clásico, como el miedo y la repugnancia, y con el horror de sus textos propina con maestría una bofetada a cualquier tipo de fundamentalismo, desde el de los ingenuos optimistas neoliberales hasta el de los apáticos progres de izquierda. Leer a Enriquez es una experiencia que permanece en el cuerpo: podemos sentir el olor a carne humana quemada, la piel putrefacta entre los dedos, y un inquietante sabor a sangre menstrual nos queda en la boca después del café, incluso mucho después de haber terminado la lectura. El horror no está fuera de la casa o del cuerpo, sino en nuestro ser más íntimo.
Agnethe Brounbjerg Bennedsgaard: Noto un tema recurrente en tus historias: con frecuencia los personajes son muy ambivalentes. Por ejemplo, lo veo en el cuento que le da el título a tu libro Las cosas que perdimos en el fuego, en el que un grupo de mujeres activistas empiezan a prenderse fuego como oscura protesta contra los hombres que queman a las mujeres. Las opciones que tiene la protagonista de la historia son de lo peor: o se quema y apoya el movimiento de mujeres o las denuncia a la policía para detener las hogueras. Entonces, no hace nada: apatía total. Muchos de los personajes femeninos y narradoras de tus historias son muy ambivalentes en ese sentido. Tal vez porque viven en una sociedad que realmente no les da ninguna buena opción para tener una vida vivible, no hay ninguna vía moral que tomar.
Mariana Enriquez: No es solo que no haya ninguna vía moral para tomar: no hay ningún camino de vida seguro para ellas. Y la apatía no es tampoco una opción porque después una desaparece. Elegí, especialmente en “Las cosas que perdimos en el fuego”, una protagonista que también es narradora y testigo. Porque no pude escribir esa historia desde la certeza y el idealismo de las mujeres que se prenden fuego. Porque no tengo ese tipo de certezas. No solo no las tengo, sino que tampoco creo que sea tan interesante porque eso sería la radicalización. Pienso que es más interesante ver qué pasa con la persona que está cerca de la radicalización y no puede, por la razón que sea, entregarse a eso. Esta narradora, por ejemplo, en cierta medida las apoya, pero no del todo realmente.
A.B.B.: Me atrae muchísimo esa incertidumbre. Las mujeres de este cuento empiezan desde la certidumbre de que son víctimas de sus esposos o padres, que les prenden fuego; esa es su historia. Pero después inician el movimiento de autoinmolación, y están a medio camino entre víctimas y villanas. Y la narradora sobrevuela esa frontera también.
M.E.: Creo que en las sociedades que están muy divididas ideológicamente, como la de Estados Unidos, sin dudas encontramos este tipo de extremismo, de radicalización. Entonces, podemos conocer a alguien que parece una persona amable, normal, incluso aburrida, pero después vas hasta su auto y ves que en el paragolpes tiene una calcomanía que dice “No apoyamos la ciencia” o algo por el estilo. En la Argentina, es muy diferente porque es una cultura política diferente, pero aun así el país está muy dividido y la gente piensa a los otros como villanos. Y entonces, si una no está segura y no se ubica en alguno de los extremos del espectro político, la gente piensa que sos patética. Y no creo que reflexionar sobre las cosas tenga que ser algo lamentable. En la vida, me doy cuenta de que tengo cada vez más certezas, pero en la literatura, quiero la ambivalencia que no puedo tener en la vida para estar más presente.
“En la vida, me doy cuenta de que tengo cada vez más certezas, pero en la literatura, quiero la ambivalencia que no puedo tener en la vida para estar más presente.”
A.B.B.: Eso me hace pensar en la narradora del cuento “El chico sucio”. Ella también es muy ambivalente: quiere librarse de haber crecido en una familia de clase alta y por eso está viviendo en un barrio más pobre. Se hace amiga de una de las prostitutas que vive en su zona y conoce sus recorridos, y eso la enorgullece. Pero esa imagen de sí misma empieza a resquebrajarse cuando un chico de su cuadra le pide ayuda. Entonces, le compra un helado, pero luego se acuerda de que el chico andaba descalzo y ella no le compró zapatos. Y cuando aparece en las noticias el asesinato brutal de un chico de la calle que vivía en la zona, se obsesiona con el caso de tal forma que refleja verdaderamente la obsesión que tenemos en esta década con los delitos reales.
M.E.: Creo que se siente muy culpable, pero no de un modo empático. Se siente culpable en el sentido que no pudo estar a la altura de su propia imagen. Piensa que, por vivir en esa zona pobre de la ciudad, ella es mejor que otra gente.
A.B.B.: Sí, este quiebre de la imagen que tiene de sí misma resulta muy claro cuando le está gritando a la madre del chico y de repente se da cuenta de que le está gritando a una adolescente sin techo y pasada de drogas. Se pregunta: “¿Acá soy buena persona?”. Hay mucha emocionalidad como esta en tus relatos, esa vergüenza, esa culpa. La culpa en particular parece muy de clase media: pensamos que le debemos algo a la clase que está por debajo, pero tampoco somos parte de la clase alta, entonces, hay mucha culpa y no sabemos cómo manejarla.
M.E.: Creo que la clase media, en Sudamérica, pero también en general, les tiene mucho miedo a los pobres, a los marginalizados, porque no quiere convertirse en eso. Y la gente que es de clase media y de derecha es muy violenta y agresiva con los pobres. Pero los de izquierda también tienen miedo de la clase baja, solo que no quieren demostrarlo o admitirlo. Puede que no hablen al respecto con odio, porque no los odian, pero no saben qué hacer con su propio miedo, el miedo no solo a ser pobres también ellos, sino incluso el miedo a la gente.
A.B.B.: En tus relatos, el miedo suele ubicarse dentro del cuerpo, como una serie de reacciones. Los personajes reaccionan a su propia repulsión pensando: “No está bien que me sienta así, no debería sentir asco por una persona pobre, debería sentir empatía”. Puede ser una reacción ante alguien que fue quemado o ante un chico pobre en el subterráneo; en ninguno de los casos es su culpa. Pero estos personajes de clase media sienten mucha repulsión. No quieren estar cerca de ellos físicamente. Y lo interesante es que los personajes marginalizados usan esa repulsión que saben que la gente siente hacia ellos. La chica del subterráneo, quemada por su pareja, se acerca a las personas en el tren y les da un beso. Y el chico sucio… él toca los dedos de la gente. Ambos usan la repulsión que generan a su alrededor para su beneficio propio.
M.E.: Eso es cierto con respecto a los dos personajes. Uno es un niño ficticio y el otro personaje está basado en una persona real, la chica quemada del subte. La actitud que tienen es lo que define los relatos del libro: esa actitud de ser implacables y, por lo tanto, poderosos. Aprovechar para su propio beneficio eso mismo por lo que la gente quiere que sientan vergüenza, y hacerlo con cierta actitud desafiante. Todos se sienten incómodos cuando aparecen ellos. Con el chico, probablemente piensen: “Debería llevarme este chico a casa, ¿y por qué está en la calle y no con los padres? ¿Por qué el Estado no hace algo?” Pero aun a pesar de esos pensamientos, nadie le demuestra al chico nada de afecto.

“No existe ideología que pueda competir con el cuerpo, y con la reacción de miedo, que es algo absolutamente primitivo.”
A.B.B.: En ese sentido, pasa a ser una cuestión política porque nadie sabe qué hacer con el niño que literalmente está parado enfrente. La gente piensa: “Yo en general estoy en contra de que las personas vivan en la calle, pero con este chico no sé qué hacer”. Porque puede que tengamos estas opiniones muy íntegras, muy correctas, pero cuando nos vemos frente a alguien real —y me incluyo—, no sabemos qué hacer. Ahí es donde aparece la culpa.
M.E.: Yo pasé por todas esas sensaciones porque vengo de una familia de clase media baja y de izquierda. Puede que diga: “Debería haber refugios para las personas de la calle; deberíamos hacer esto o aquello, bla, bla, bla”. Y después, cuando estoy en el subte y veo a una persona de la calle que está sucia, pienso qué feo olor que tiene. Y eso hace que te des cuenta de que una cosa es el discurso y otra es la acción. No existe ideología que pueda competir con el cuerpo, y con la reacción de miedo, que es algo absolutamente primitivo.
Pero también tiene que ver con la clase social; la clase social es más fuerte de lo que pensamos. Según la clase social, la forma en que nos relacionamos con el cuerpo, la forma en que lo protegemos es diferente. Poder expresarnos y conectar con el cuerpo es un privilegio; incluso lo que significa la muerte cambia según las clases sociales. Si secuestran y matan a una chica de clase media, todo el país va a estar indignado. Pero si es una inmigrante pobre, la conmoción nacional va a durar apenas un par de días. Podría seguir siendo algo importante en el barrio, pero no va a tener la atención del país ni de otros países.
A.B.B.: Me hace acordar de cuando esos millonarios bajaron a ver el Titanic y, al mismo tiempo, unos botes enormes llenos de inmigrantes del norte de África naufragaron antes de llegar a Europa. Y la mayoría de los equipos de rescate que mandaron eran para esos cuatro millonarios. Llega un punto en que los cuerpos son tratados de forma distinta según la clase y el origen étnico.
M.E.: Exacto. Lo que importa es el cuerpo, y la clase social. Me acuerdo de ese caso, fue tan ridículo…
A.B.B.: Es algo que también aparece en tus libros, esta conexión entre la muerte y la clase social. Para los ricos, el miedo a la muerte es algo que se puede buscar. Pueden embarcarse en esas aventuras como la del Titanic, hacer bungee-jumping, solamente para sentirse vivos. Porque saben que van a vivir al menos hasta los cien años, tienen el dinero para todos los gastos médicos y las elecciones de vida que hagan. Pueden tener un entrenador personal. Y si se pierden, los van a ir a buscar. Entonces, tienen que ir en busca del miedo a la muerte para sentirse vivos. Pagan para tener miedo a morirse.
Para los pobres, el miedo a la muerte es inminente. En tus cuentos, pero también en Nuestra parte de noche, los marginados saben que podrían morirse mañana mismo. Quién sabe. A nadie le importa. Y cuando la mujer rica usa chicos pobres para abrir un pasaje a la oscuridad ritual de su culto, es simplemente un sacrificio que está dispuesta a hacer.
M.E.: Sí, y Rosario, su nieta, se cuestiona si su abuela acaso no fue demasiado lejos. Es un personaje muy ambivalente también. Por un lado, no quiere pertenecer al culto de esta familia rica, pero al mismo tiempo sí. Quiere el privilegio y estar cerca del poder. Pero piensa que deberían hacerlo ver como algo bueno, más respetable, más ético. Me acuerdo de una discusión que tuve con mi agente. Me decía: “No me gusta Rosario”. Y yo le respondía: “A mí tampoco. No hace falta que te guste. No tiene que gustarme”. Pero me gusta Juan, su amante. A él lo compró el culto. Tiene habilidades mágicas, como médium con ese otro mundo, pero estaba muy enfermo y los padres eran muy pobres y no podían pagar el tratamiento que necesitaba para vivir. En cambio, el culto… ellos pudieron comprarle vida. Juan se habría muerto de haber seguido siendo un chico pobre.
A.B.B.: Es realmente fascinante el uso que haces del horror: el horror verdadero es el de todos los días, como el del chico pobre, el que vive en la calle. Hay algunos elementos sobrenaturales, pero, a mi entender, arrojan luz sobre cosas ante las que nos hemos anestesiado. ¿Cómo lo ves?
M.E.: Eso es algo de lo que no me doy cuenta cuando escribo los personajes, pero después cuando los leo, veo las capas. Uso el terror básicamente porque lo amo. Pero el otro motivo es que todos estos horrores cotidianos están totalmente normalizados. Creo que es imposible vivir si empatizamos todo el tiempo, con cada tragedia que sucede, cada noticia que vemos, cada persona de la calle. ¿Qué vamos a hacer? Entonces, se trata de algo colectivo que nosotros, como comunidad global, no estamos haciendo. Dejamos que se muera gente en el mar o dejamos que se muera gente en las calles de las ciudades más ricas del mundo, como en Los Ángeles. Estuve en Los Ángeles y escribí un cuento sobre eso porque no podía… nunca había visto algo así, ni siquiera en Buenos Aires. Estaba sentada en un café y un tipo que estaba parado afuera en la vereda se dispara un tiro en el pie. Nadie reaccionó, nadie estaba prestando atención. Y era el centro de Los Ángeles. Yo estaba conversando con mi editor en ese café y me sorprendí solo porque no esperaba algo así en Los Ángeles. Si viviera ahí, probablemente no me habría sorprendido.
Y es justo, no es una responsabilidad individual, pero al mismo tiempo, sí. Creo que, en muchos de mis cuentos, como en “El chico sucio”, los personajes son ambivalentes, pero no malos. No es un tema que pueda resolverse de forma individual. Se necesita la ayuda de toda la comunidad. Si de algún modo la comunidad decide que esa gente es descartable, se transforma en una especie de síndrome del salvador blanco. Esto es algo que tiene que hacerse colectivamente.
Lo que trato de hacer en la literatura, porque no puedo hacerlo en la vida real, es devolverle esa cualidad terrorífica, devolverle el horror. Pero si contara estas cosas espantosas de un modo realista, en un estilo periodístico, de investigación, no funcionaría: todos los días tenemos algo así y a nadie le importa. Puedo estar mirando un documental y conmoverme mucho, y dos minutos después tener una discusión con mi mamá por teléfono. Pero con el terror, con el género, se echa luz ahí y se genera una reacción física. Le devuelve el horror, al menos por un segundo, a algo que ya no se percibía como horroroso.
A.B.B.: ¿Qué tiene el terror que lo hace tan atractivo, que hace que las personas reaccionen? ¿Son los monstruos, el miedo, algunos de los tropos? ¿Qué lo hace arrojar esa luz, despertar de inmediato al lector?
M.E.: Creo que son varias cosas, pero sobre todo los tropos son muy importantes para mí. El fantasma, por ejemplo, es la memoria; es algo que se repite, algo de lo que no podemos librarnos. Es la culpa, es el trauma. Una casa embrujada puede ser muchas cosas: un lugar donde las personas fueron infelices, un lugar donde sucedió algo terrible, tu propia casa, que de repente deja de ser un refugio. Y un tropo como el de los muertos que vuelven a la vida, eso tiene mucho que ver con la historia latinoamericana y con la historia en general. Hay tantas personas a las que mataron en situaciones injustas y que luego fueron olvidadas. Algunas veces, olvidadas literalmente, como en España, donde construyeron rutas sobre fosas comunes, solo porque no querían tener que lidiar con eso.
A.B.B.: Me hace pensar en “Chicos que vuelven”, tu novela en la que hay chicos que han desaparecido y de pronto regresan, pero no son ellos mismos. Y los padres están tan felices al principio, pero enseguida se sienten destrozados porque se dan cuenta de que los chicos no son los mismos, no son ellos. Es una mezcla de tropos, porque son casi zombis pero también doppelgängers. Y está la casa embrujada. Ubicaste ambos tropos en un contexto local y contemporáneo.
M.E.: En la Argentina, una de las organizaciones de derechos humanos decidió no aceptar que las personas hubieran “desaparecido” durante la dictadura militar. Es una posición política, porque saben que están muertos. Pero lo que dicen es “queremos el cuerpo, queremos enterrar algo, queremos saber lo que les pasó”. No vamos a aceptar la muerte, así nomás. Queremos pruebas. En las marchas por los derechos humanos, llevan carteles con fotos de las personas desaparecidas. Cuando yo era chica, tenían más o menos mi edad porque eran muy jóvenes, y cuando ahora voy, pienso que podrían ser chicos, porque no crecieron.
En la historia “Chicos que vuelven”, son los chicos los que regresan: tienen la misma edad que cuando desaparecieron, no han crecido. Esa era la idea original, que combiné con historias del folklore irlandés y escocés sobre hadas que se llevan a un niño y dejan en su lugar a otro idéntico, un changeling. Es siniestro que algo tan familiar se convierta en algo espeluznante, desconocido. Es un tropo que me gusta mucho. Es la mezcla de terror realista y terror sobrenatural en la que uno es espejo del otro. Es como subir el volumen. Cuando los chicos vuelven, subo el volumen un poco: tienen la misma edad, pero no son los mismos.
A.B.B.: Sí, esos chicos no son los mismos, y para mí, allí es donde la combinación del terror sobrenatural y el terror realista se vuelve tan potente, porque hay distintos niveles de realidad que funcionan juntos. Es una forma realista de ver algo sobrenatural; digo: se encuentran con la muerte y se superponen a eso, de acuerdo, pero en un nivel realista, esa experiencia de enfrentar la muerte los afecta, nunca pueden ser los mismos. En tus historias hay muchos personajes que vuelven de la muerte. Parece como que la muerte no es el final.
“El miedo al cuerpo y a la muerte está relacionado con la crisis climática. Es como que estamos prendiendo fuego nuestra propia casa.”
M.E.: Yo quiero desafiar la idea que tenemos de la muerte. Toda mi vida escuché que toda muerte era una tragedia. Pero no creo que sea así. La muerte es biológica. Es tremendo, nos duele. Pero la vida se termina; no tiene que durar para siempre. Y es difícil tramitar eso. Yo ahora tengo cincuenta años y me resulta absolutamente increíble. Pero hay muy poca información en la esfera pública sobre lo que le pasa al cuerpo de las mujeres cuando llegan a la menopausia, porque deja de ser un cuerpo que da vida y entonces se lo ve un poco como algo inútil.
A.B.B.: Es casi como si, para la mayoría de las sociedades, las mujeres dejaran de ser importantes una vez que pasan su etapa reproductiva.
M.E.: La menopausia también es el primer paso del cuerpo que empieza a marchitarse. Pienso que esa es otra razón por la que la menopausia es un tema tabú, o por lo menos con poca exposición, porque implicaría reconocer que la vejez y la muerte son inminentes. Yo escribí un libro sobre los cementerios y parece que nunca hay nadie en los cementerios. Están completamente abandonados porque nos cuesta aceptar la muerte. Por supuesto, es doloroso y todo eso, pero también es solo el fin de la vida. Creo que en las clases medias —de cualquier país, en realidad, porque la clase media es como una mentalidad, un país en sí mismo—, pero especialmente en las clases altas, por alguna razón tendemos a pensar que somos inmortales. Veo eso en la obsesión con el cuidado de la piel, por ejemplo. A mí me molesta mucho la edad y eso es algo que hablo con mi terapeuta. Sé que la vejez es un estado irreversible, entonces, ¿por qué me incomoda? ¿Qué es lo que se me metió en la cabeza culturalmente?
A.B.B.: Sin dudas está en la cultura, que está obsesionada con la juventud. Las mujeres tienen miedo no solo a no poder tener más hijos, sino también a no ser atractivas. Porque nos enseñan, como mujeres, que nuestra capacidad de atraer a los hombres es precisamente la razón por la que estamos en este mundo, es lo que nos hace valiosas. Y eso es muy perturbador, claro.
M.E.: Por eso los hombres, cuando tienen mi edad, son hombres maduros, atractivos; son sexis a los cincuenta años. Y la gente rica, como dijiste, piensa que puede comprar vida, algo que es todavía más retorcido.
A.B.B.: Me parece algo muy distópico. Gente que va a Marte y construye edificios subterráneos para el apocalipsis que vendrá. Es descabellado, también desde una perspectiva climática, como decir: “Ay, sí, quizás el mundo se termine, en especial, por estas conductas hiperconsumistas que tenemos, pero al menos mis amigos más cercanos, mi familia y yo vamos a sobrevivir”. Hablando del tema, una vez dijiste que todos vamos a terminar escribiendo ficción climática. ¿Qué te hizo pensar eso?
M.E.: Es que vivimos en un planeta al que estamos matando nosotros mismos. Entonces, supongo que el miedo al cuerpo y a la muerte está relacionado con la crisis climática. Es como que estamos prendiendo fuego a nuestra propia casa.
A.B.B.: ¿Te parece, entonces, que sería terror climático lo que escribirías?
M.E.: No lo sé. Pero sí hay terror climático en lo que se publica. Cuando se hace bien, puede ser muy bueno. No me gusta la distopía, porque lo que se hace ya es exagerado y como que es siempre lo mismo. Me gustan las historias alternativas en las que no aparece el mismo tropo ya gastado de la tierra yerma, sin agua. Me encanta Distancia de rescate de Samanta Schweblin. Ese es un buen terror climático. Muestra cómo el horror de la crisis climática no se genera individualmente, sino desde lo social.
A.B.B.: Sobre el tema de las historias alternativas, ¿cómo logras el equilibrio entre dos planos de realidad al mismo tiempo? Está este mundo, que parece algo familiar por los indicadores geográficos, y que, como lector, te hace pensar: “Este es algún lugar que conozco”. Avanzas bastante en la historia y, de pronto, algo sucede que hace una hendidura en la sensación de seguridad que tenías. Pero, no la abre a un mundo de fantasía, sigue estando en ese mismo plano. ¿Cómo haces eso?
M.E.: Primero, hay que desconfiar un poco de la realidad. Yo soy un poco así. No es que sea paranoica. Pero siempre pienso que, sobre todo cuando las cosas parecen muy serenas, algo está sucediendo. Debajo de esa superficie serena, algo está totalmente mal, hay algo escondido; de lo contrario, no estaría tan sereno. Pero también creo que viene de leer mucha ficción weird, especialmente de los años sesenta. Pienso en “Ringing the Changes” de Robert Aickman, donde una pareja va a un pueblo sobre el mar y todo parece estar dentro del terreno de lo posible. Pero hay una cosa muy extraña: las campanas de la iglesia repican todo el tiempo. Resulta que suenan para despertar a los muertos. Entonces, la realidad se abre, pero no del todo.
La cuestión es que el lector se siente absolutamente cómodo no solo en la realidad, sino también dentro de la historia; se reconocen los tropos, pero de pronto el terror hace una hendidura. El reconocimiento no está solo en la mímesis, sino también en la narrativa. Para crear eso, me gusta especialmente escribir sobre el trabajo —no hay mucha ficción sobre el trabajo, aunque es todo lo que hacemos—, y eso me ayuda mucho a generar una conexión realista, para que el lector se crea la historia.
Septiembre de 2023
Traducción de Alejandra Rogante