para Leda, mi hija
Las condiciones del pájaro solitario son cinco.
La primera, que se va a lo más alto;
la segunda, que no sufre compañía
aunque sea de su naturaleza;
la tercera, que pone el pico al aire;
la cuarta, que no tiene determinado color;
la quinta, que canta suavemente.
San Juan De La Cruz
Blackbird fly. Blackbird fly
Into the light of a dark black night.
Lennon / McCartney
Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña. Entre peñascos y farallones. En una casa de piso de tierra batida, paredes blanqueadas con cal, techo de niebla. Casa grande —patio enladrillado y solar con naranjales amargos y una higuera— situada en las orillas de una aldea de endemoniados, cuchilleros y pastores de cabras.
Un río color pizarra cercaba la aldea por el costado sur; y hacia el norte, entre tapiales agrietados, el camposanto. Al oeste, un bosque ralo de arbustos retorcidos, ramas sarmentosas y troncos ennegrecidos como carbón. Por las ventanas rocosas del este salía el sol.
Yo amaba el río y me dejaba arrebatar por su corriente. En los remansos flotaba como una hoja seca, y sentía un vértigo próximo a la muerte cuando giraba al igual que un trompo zumbador en el remolino.
Crecí entre cabras, alisos y boyeros, yendo y viniendo por los senderos de los maizales, jinete en mi potro de caña brava, durmiendo al sol y soñando con halcones. Recostado a una laja cenicienta contemplaba la hierba del verano, acercaba mi oído al suelo requemado y creía escuchar el rumor de una batalla: relinchos y blasfemias, choques de sables y el bramido de algún guerrero degollado.
Al llegar las lluvias, mi corazón se alborotaba. Me entregaba entonces a mi juego favorito, que consistía en saltar entre los charcos a la manera de los sapos. Empapado y con barro en las mejillas regresaba a casa al anochecer, y con apetito de buey devoraba mi ración de pan negro, leche tibia, queso y miel. Luego me retiraba a mi cuarto, y con mi careta de sapo desafiaba en sueños a un dragón.
Los perros salvajes eran mis mejores amigos, mis aliados. Aullaban bajo la luna llena, y aun dormido escuchaba su llamado. Me despertaba, dejaba atrás mi lecho caliente y me escabullía por la ventana. Más allá del lindero del bosquecito, los perros me aguardaban. Celebraban mi llegada con nuevos aullidos, danzaban erguidos en sus patas traseras, algunos de ellos esforzándose por mantener el equilibrio, pues sus cuerpos eran pesados y sus movimientos carecían de elegancia. Sin embargo, el conjunto resultaba armonioso, y a mí, particularmente me llenaba de contento contemplar aquellas sombras danzantes proyectadas en la hierba color suero. ¿Qué música resonaba en sus oídos cuando bailaban, alborozados, dando vueltas en torno de mi cuerpo? Giraban y giraban hasta quedar exhaustos. Luego se echaban a mis pies y me miraban con ojos mansos. Y yo, rey de la jauría, lanzaba mi aullido de lobo del desierto y bailaba para ellos la danza del jaguar. Improvisaba saltos y piruetas, audaces contorsiones y temerarias volteretas que, a la luz del día y delante de seres menos nobles, habría sido incapaz de repetir. Mis aliados ladraban de alegría. Algunas veces me regalaban un bocado de carne de ternera —que masticaba con delectación, demorándome en cada matiz de sabor, recordándolo, de tal manera que aún después de una semana permanecía en mi lengua aquel gusto, ligeramente dulce, a sangre fresca. En otras ocasiones era yo quien repartía entre mis compañeros una pierna ahumada de cordero o una gallina sin plumas. El canto de los primeros gallos marcaba el punto de nuestra separación. Volvía mis pasos hacia la aldea, y los perros se alejaban en lenta procesión rumbo a sus guaridas en la montaña.
Clavada en mitad del río había una enorme piedra, que a la luz del atardecer brillaba con reflejos azules como de cobalto. Quizá fuera negra o simplemente gris, pero en mi memoria arde con aquel color esencial. Una estrecha veta de cuarzo la partía en dos: vista a cierta distancia parecía como si una cinta de niebla la sujetara al lecho arenoso. Yo me encaramaba en su lomo redondeado, y le hablaba. No, no hablaba conmigo mismo, le hablaba a la piedra. En voz baja, como si temiera que el río me arrebatara las palabras, le susurraba mis secretos. No aguardaba respuestas, nunca le hice ninguna pregunta. Sólo le confiaba mis sueños, los de los ojos abiertos, y sabía con certeza que ella me escuchaba. Le conté pasajes amargos de mi combate con el dragón. También supo de mis viajes en compañía de Simbad y de mis aventuras en el país de los trogloditas. Y conoció, y seguramente aprobó, mi decisión de hacerme a la mar —cuando soplaran vientos propicios— rumbo a las islas coralinas de la Atlántida. (Yo guardaba un mapa de la región noreste de aquel continente, y en él había señalado con tinta roja las líneas de la travesía). Nadie me iría a buscar en mi lejano refugio, pues sólo la piedra azul conocía mi secreto.
Aunque no carecían de emoción, mis otros viajes eran menos ambiciosos. Un día me aventuré hasta la aldea de los alfareros. Me sorprendió el color rojizo de las casas, el rostro caballuno de las mujeres y las pirámides de tiestos secándose al sol. En corredores estrechos techados de paja o zinc, algunas mujeres, canturreando, amasaban bolas de greda; otras, con pañuelos negros atados a la frente, se afanaban delante de los hornos. Los hombres, echados en catres de lona o en esteras, dormían la siesta. El aire olía a humo de leña verde, orines de perro y bosta quemada. No se veía ningún cultivo, ni árboles; una que otra gallina escarbaba el piso o vagaba entre escombros. Y en los patios soleados, niños desnudos jugaban al gato y el ratón. Detrás de una ventana, una muchacha de pelo negro me miró con sus grandes ojos amarillos, y yo le sostuve la mirada. Me sonrió con encanto y luego se echó a reír nerviosamente como si le hicieran cosquillas con una pluma de gallo en la planta del pie. Me asusté de aquella risa y salí corriendo, prometiéndome nunca más volver.
Otro día acompañé a mi padre en un largo viaje por el páramo. Yo montaba un caballo de verdad, que se fatigaba en las cuestas, y mi padre el suyo, mañoso y retinto. Bramaba el viento y se me helaban las manos. En la tardecita llegamos a un caserío de piedras, entre las nubes. Pasamos la noche en casa de unos parientes hoscos y barbudos. Nos dieron de comer un caldo horrible, salado y grasiento, que hice a un lado dispuesto a dejarme matar si me obligaban a tomarlo. Mi padre hablaba entre dientes, los demás callaban o respondían con monosílabos desganados; y de vez en cuando se escuchaba, desde una habitación próxima, un llanto de mujer. Yo no sabía cuál era el tema de la conversación, pero imaginaba algún asunto turbio, rencores contenidos, una deuda de honor. Me caía de sueño cuando uno de mis primos se me acercó al sesgo y en voz baja, venenosa, me retó a pelear. El regreso, al día siguiente, fue un calvario. Se desató un aguacero del demonio, me ardían los rasguños y mi caballo se atascó en un barrial. Con el ala del sombrero intentaba ocultar una cortadura cerca de la ceja izquierda, y las ráfagas de lluvia me impedían levantar la mirada: sólo veía el camino enchumbado y la cola negra del caballo de mi padre. Por añadidura, maldita sea, me había cundido de piojos. Me consolaba pensando que aquél no sería mi último combate, me aguardaban nuevos desafíos y enemigos más poderosos. Qué me importaba el bochorno de la derrota si yo era capaz de confiar mis anhelos a una piedra y compartir con los perros un bocado de carne. ¿Cómo se sentiría alguno de mis enemigos victoriosos si supiera que puedo hacerme invisible? ¿Qué cara pondría si me viera volar?
***
Un día de comienzos de enero se reunió en mi casa mucha gente para cantar. Llegaron músicos a caballo, copleros de sombrero ladeado y mujeres de largas crinejas que escondían sus sonrisas con pañuelos de seda. No recuerdo el motivo de la fiesta, pero sí algunos detalles: un arco de palmas con guirnaldas, bambalinas en los corredores, caballos atados a la talanquera, el vestido verde con flores rojas de una muchacha. A escondidas me había tomado unos tragos de ponche y me sentía feliz. Con pasos resueltos recorría la casa enfiestada adoptando un aire de suficiencia que creía propio de una persona mayor. Mi atrevimiento alcanzó límites insospechados cuando decidí adornar mi sombrero con una pluma negra. Si me hubiera contemplado al espejo habría sonreído de satisfacción delante de aquel pequeño bandido.
Desde temprano anduve merodeando en la esquina del corredor donde se agrupaban los músicos. A decir verdad, no me atraía la música. No la entendía. Disfrutaba otros sonidos: el canto del gonzalito, el golpear de la lluvia contra la ventana de mi cuarto, el ruido del río que me hacía soñar. También, en mis ratos de ocio e incluso dormido, me escuchaba silbar. Sin embargo, aquel día de fiesta flotaba en el espacio algo sutil e indefinible que me reclamaba. Quizá no fuera más que cierta transparencia de la luz, acaso un aroma de laurel. Y yo, en mi curiosidad y en mi ligera embriaguez, estaba dispuesto a averiguarlo. Al atardecer supe que el llamado venía de la música, y no me sorprendí, más bien me puse triste. Me ubiqué en un lugar estratégico, apoyado en un pilar, ocultando los ojos con el ala del sombrero. Mi atención se centraba en los instrumentos de la banda, hasta que al fin descubrí cuál de ellos era el causante de mi desazón: el violín dejaba escapar un lamento casi humano, que por momentos opacaba o silenciaba por completo el sonido de la guitarra o del bandoneón. Delante de mis ojos el aire se teñía de un amarillo quemado, que las notas más agudas hacían virar hacia el ámbar, y cuando parecía que el hechizo estaba a punto de romperse, un nuevo movimiento barría el espacio, y el arco iris con sus siete colores se instalaba en una densa red de rombos transparentes que se multiplicaban dentro de una gigantesca telaraña hasta donde ya no alcanzaba la mirada. Sentí miedo y quise huir, pero una fuerza para mí desconocida me mantenía atado al pilar. Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien me estaba observando. Y mi cuerpo se puso a temblar, de pura rabia. El violinista, de reojo, me sonreía con la mirada. El muy maldito se burlaba de mí, caí en su trampa. Y ahora, como si disfrutara de su triunfo, me mostraba sus dientes torcidos. ¡Demonio! Ya le ajustaré cuentas al cabrón. Me desataré e iré a buscar la escopeta de dos cañones y se la descargaré en mitad del pecho y lo veré retorcerse en el piso bramando y ahogándose en sangre como un buey degollado. ¿Qué estoy diciendo? Desvarío. Alguien me arrebatará la escopeta. Mejor será emboscarlo. No, tampoco servirá de nada. Ya me debe haber leído el pensamiento, pues ahora ríe a carcajadas y luego bebe de una botella y vuelve a reír. Me acordé de la muchacha de la aldea de los alfareros, y, derrotado, me alejé mirando los ladrillos del patio. Después corrí hasta agotarme por completo. Me encaramé en mi árbol y ahí permanecí, agazapado entre las ramas como un pájaro bobo, escuchando el latido de mis sienes y el golpear acelerado de mi corazón. Desde mi atalaya se podían ver los techos enmohecidos de algunas casas, el vallecito de árboles enanos y piedras enormes semejantes a elefantes dormidos, y el lejano horizonte manchado de gris y de sangre.
Anochecía y arreciaba el frío cuando lo vi venir. No sé cómo logró encontrar mi escondite. Yo, que me sentía tan seguro en mi refugio, quería salir volando, pero aun cuando me convirtiera en ángel se me enredarían las alas en el follaje. Así, pues, no me quedaba otra alternativa que enfrentarlo. Inicié el descenso y antes de llegar al suelo escuché su voz: “Muchacho, no es ése el mejor procedimiento para hacerse invisible”. Percibí en aquellas palabras un timbre cálido, aterciopelado, un tono firme y seguro, no obstante, familiar. Se me quitó la rabia, pues un ser que me hablara de esa manera no podía ser mi enemigo. Luego, cuando pisé tierra firme, agregó en voz baja como si quisiera hacerme una confidencia: “Primero tienes que pasar inadvertido… Nada de andar por ahí exhibiéndote como un monigote”. Desperté de mi leve borrachera y me sentí liviano, muy liviano. Si hubiera soplado el viento del sur me habría elevado hasta las copas de los árboles —pero no había aire para sustentar mi vuelo. En mi euforia me escuché hablar, precipitadamente. Las palabras fluían de mi boca, se enredaban y se atropellaban, rodaban como un torrente. A él fui capaz de confiarle mis aventuras con los perros salvajes. Le hablé de mi travesía en alta mar, de mi amistad con ciertos pájaros y de mi costumbre de silbar en sueños. Después —demasiado tarde— caí en la cuenta de que le había ocultado, sin quererlo, ¿quién sabe?, el secreto de la piedra azul. Y nunca supe cuál fue el propósito del violinista al revelarme la fórmula que me haría invisible. Tres veces me hizo repetir el conjuro. Y se aseguró de que la posición de mis pies y el movimiento de molinete de mis brazos se correspondieran con la rotación de la tierra en torno al sol. Cuando quise preguntarle por el significado de aquella danza, me interrumpió: “No tienes por qué saberlo todo… Además, me llevaría media vida explicártelo”. Satisfecho con mi silencio, y esta vez con un hilo de voz, me advirtió: “El día que reveles el secreto, morirás”.
Cuando ya la luna extendía su manto de leche sobre los tejados, regresamos al caserón. Al separarnos, el violinista se volvió para decirme, repentinamente, como si lo hubiera descubierto en ese instante: “Eres un ser afortunado, no tienes madre”. Y mientras se alejaba, me pareció oír que comentaba: “A los infelices como yo no nos queda otro recurso que matarla”.
Al día siguiente, muy temprano, lo ataron con sogas a su caballo, cruzado sobre la montura. El violín colgando en bandolera. Un jinete pálido, montado en una yegua zaina, cabestreaba el caballo de mi amigo, que amenazaba encabritarse. Se alejaron al trote rumbo a las comarcas del otro lado de la niebla. Desde mi ventana los seguí con la mirada, un largo trecho, hasta que desaparecieron en una vuelta del camino. Y, contra mi voluntad, gruesas lágrimas surcaron mis mejillas. Lloraba la muerte de aquel desconocido, me regocijaba en ella, quién sabe si me solazaba en mi nuevo poder.
Cuarenta días después tuve un sueño. Me arrastraba en una zanja cavada entre los árboles. Me dolía la pierna izquierda y sentía un gran deseo de llorar. Entre los dientes apretaba una navaja española que me hacía sangrar. Había llovido y el barro se pegaba a mi rostro, a mis pestañas y a mi ropa haciéndome más difícil el avance. Yo ya no era un muchacho, me había estirado; veía en mis manos cicatrices de antiguas quemaduras, y mi barba crecía negrísima y enmarañada como las de mis antepasados. Sí, pero ¿quién era yo? ¿Qué hacía reptando en aquel lodazal? Me preguntaba esto y lo otro cuando escuché el resonar de los cascos de un caballo. Intenté levantarme, pero una punzada en la pierna me volvió a tumbar. Miré hacia arriba, y allí en el camino que corría paralelo a la zanja, recortado contra la hilera de árboles, estaba el caballo del violinista. El rostro sin sangre del jinete colgaba a nivel de los estribos; sus ojos amarillos, desorbitados, se movían como peces en el fondo de un lago. Sus labios, que aún conservaban un leve tinte amoratado, se movieron también. Escuché su voz: “Muchacho, no es esa la mejor manera de enfrentar al jinete sin cabeza. Levántate, que tú no eres un reptil”. Las últimas palabras, casi desdibujadas, las escuché fuera del sueño. Desperté temblando de frío y dando gritos. Luego me calmé y me refugié entre las cobijas. Tenues líneas de claridad se filtraban a través de las rendijas de la ventana. Amanecía. Me adormecí, oscilando entre la dicha y la tristeza, pues mi amigo, desde las comarcas neblinosas de la muerte, había venido para ofrecerme un nuevo enigma.
***
Volar, ciertamente, no era fácil. Pero ¿acaso no es más difícil caminar? A la manera de los pájaros, yo no volaba. Me hacían falta las alas. Me levantaba del suelo y flotaba unos instantes, a veces un largo rato hasta que se me cortaba el aliento. En una ocasión memorable me elevé hasta el techo de una casa de balcón, y al descender vi, a través de una ventana del segundo piso, a una mujer desnuda abrazada a un oso negro. De los cabellos de la mujer, largos y amarillos, alborotados, brotaban chispas de candela. Yo había oído hablar del amor, y lo asociaba con risas, pañuelos perfumados, contradanzas y canciones. ¿Sería aquel abrazo desesperado otra de sus manifestaciones? Olvidé que volaba, y el olvido casi me mata. Al caer me rompí la pierna izquierda. Anduve cojeando varios días, y, aunque después supe que el marido de la mujer del oso era un feroz cazador, durante casi un año contuve mis deseos de volar.
En sueños sí que volaba de verdad. Me estorbaban las alas. Al igual que una flecha, remontaba las nubes y me internaba en los dominios azules de la luz. Planeaba y zigzagueaba, me dejaba arrastrar por el viento del sur. Veía ciudades enormes que simulaban jaulas de monos o colmenas. Veía canales como los de Marte, batallas campales, puentes sobre el mar. Pero nada comparable al vértigo de la caída. Me desprendía desde una altura imposible y rodaba por el aire sintiendo en la garganta, las axilas y la planta del pie un hormigueo exquisito que me dejaba sin respiración. Explotaban soles amarillos dentro de mi cabeza mientras mi cuerpo se estremecía como un árbol asaeteado por relámpagos. Luego, vaciado de todo peso, me quedaba tranquilo, flotando en una barca hecha de niebla, que me conducía hasta las orillas del despertar.
A excepción de un primo pendenciero, nadie fue testigo de mis proezas en el aire. Y mi primo, que se jactaba de no sé qué hazañas en un río de las llanuras, se negaba a creer en las mías, aun cuando un par de veces me vio suspendido a varios palmos del suelo. Y a la tercera me elevé hasta alcanzar una verada madura, que luego compartimos sin mirarnos a los ojos. Decía mi primo que volar es propio de las aves. Y que era indispensable tener aire dentro de los huesos para burlar la ley de gravedad. Mi demostración no probaba nada. Algún truco habría, cuerdas invisibles o ilusionismo. No se confiaba él en las apariencias. Ya había estado en un circo, y allí delante de cien personas partían a una mujer en dos pedazos; y al terminar la función, la misma mujer, enterita, saludaba al público con una sonrisa. Yo sabía que el escepticismo de mi primo no era más que envidia, y no me preocupaba en absoluto su opinión. Sin embargo, cuando me acusó de farsante no me pude contener y lo insulté en mi lenguaje de arriero: hijo de mala madre, infeliz, cobarde, fanfarrón. Nos caímos a golpes. Di vueltas en el aire y le asesté una patada en la nuca dejándolo fuera de combate. Al día siguiente lo acompañé hasta el puente de las cabras. Nos despedimos evitando cualquier muestra de afecto o de rencor.
***
Había escuchado que los enfermos se ponen graves cuando van a morir. ¿Sería aquella la ley de gravedad? Intrigado, me armé de valor y acudí a mi padre para preguntárselo. Tuve cuidado de no hacer alusión a los enfermos, pues no quería que nadie, ni siquiera mi padre, fuera a reírse de mi ingenuidad. Le hice la pregunta directamente. Y él, con voz pausada, me respondió: “Es la fuerza que nos mantiene atados a la tierra”. Luego, como si sus propias palabras lo hubiesen sorprendido, sonrió ligeramente —era extraño verlo sonreír— y comentó en un tono menos enfático: “…Ah, has estado curioseando en los libros de tu abuelo”. “No”, le dije, “…fue mi primo el que me habló de esa ley, y él mismo no supo explicarla”. “Eso ocurre con frecuencia, hijo. La gente habla como los loros”. Atardecía, y mi padre, sentado en una silla de cuero de becerro, contemplaba la cinta ensangrentada del horizonte. Yo sabía que aquélla no era su mejor hora; sin embargo, me había llamado hijo —rareza que sonó en mis oídos como el canto del gonzalito al amanecer, palabra revestida de cierto fulgor, que abría puertas en su pecho convocando claridades—, y no iba yo a desaprovechar la oportunidad de escucharlo en tan privilegiado momento. ¿Qué pensaba mi padre de los hombres voladores? Se lo pregunté. A mi curiosidad nunca respondía con el silencio. Y no es que lo supiera todo —en otra ocasión había reconocido sus limitaciones: “¿Qué es lo que sabemos al lado de lo que ignoramos?”. Quizá consideraba que un padre se debe a su hijo, se prolonga en él. Hablar conmigo sería entonces una manera de reafirmar su condición, una prueba de su permanencia. Yo atendía embelesado sus palabras, pues a menudo sugerían nuevos interrogantes, y sus comentarios, más bien pensamientos en voz alta, despertaban en mí cierta voracidad por abarcarlo todo, un deseo quizá sacrílego de guardar el mundo dentro de mi cabeza. Esta vez tampoco me defraudó: “En el hombre, volar es un anhelo. Vuelan las aves y los ángeles y el viento. El hombre ha sido hecho para andar erguido. Volar tal como lo hacen los pájaros, arrastrarse como un reptil o saltar al igual que un sapo, son meras figuras, representaciones de su alma”. Yo no entendía muy bien aquel asunto, pero tampoco estaba seguro de compartir las opiniones de mi padre. Yo volaba y en sueños me había arrastrado por una zanja, y mi juego favorito era el salto del sapo. Entonces, ¿era yo pura alma y aquéllas mis representaciones? Me distrajo la duda y perdí el hilo del discurso. Atrapé una breve frase, desarticulada: “…nostalgia de la naturaleza”. Luego afiné el oído: “Pero el hombre no es un ser enteramente natural. Aunque viva, por así decirlo, a la intemperie, está por encima de la mosca y del buey. El instinto y la necesidad, incluso el azar, lo colocan al nivel de lo natural, pero él puede elegir… Al menos puede elegir su propia muerte”. El hombre volador se había esfumado, y a mí el nuevo tema no me interesaba. Estuve a punto de decírselo. Sí, señor, ya lo sé. Sospecho que mi madre se suicidó. Y el violinista, al confiarme su secreto, sabía que iba a morir. Todos morimos, sí, señor. Pero no se trata de eso. ¿Por qué no me habla de la vida? ¿Qué hemos hecho para merecerla? ¿Podemos elegirla o es ella la que nos impone sus propias y arbitrarias decisiones? No, no me escucha, se ha vuelto sordo como una tapia. Luego de un silencio que ya me resultaba espantoso, mi padre se levantó y con un leve movimiento de su rostro afilado me invitó a seguirlo. “Se enfría la cena”, comentó en tono conciliador. Hacía rato que el sol se había hundido tras los picachos. Venus parpadeaba como un cocuyo. Y yo quería colgarme al cuello de mi padre, sentía unos deseos terribles de abrazarlo y llorar. No sea ingrato con su hijo, no lo abandone, señor. Si usted muere esta noche, ¿a quién confiaré mis dudas, quién me escuchará sin burlarse de mí, quién tomará en serio mis preocupaciones?
Así las llamaba: preocupaciones. Había elaborado una lista, que incluía, entre otras, el suicidio de mi madre, las costumbres de las sirenas y la existencia de Dios. Los argonautas, el jinete sin cabeza. El homúnculo. La peste negra. Y también el significado de algunas palabras como ambrosía, felonía y folía. Pero aquella noche la ración se había agotado y, a pesar de mi apetito insatisfecho, tuve que conformarme. Seguí a mi padre con pasos de buey camino al matadero. El no murió esa noche, ni al día siguiente, aún le quedaban once meses de vida.
***
La lagartija se pasea por el muro. Se detiene en un trozo soleado y observa inquieta en todas direcciones. Parece que presiente algún peligro, o acaso es ésa su manera de orientarse. Qué importa, pues al entrar en mi ángulo de visión está ya condenada. Se desprende desde lo alto del muro trazando en su caída una línea fugaz que relumbra con reflejos de un verde tornasolado. No sé por qué tengo que andar asesinando a esas pequeñas bestias. Debería guardarme para un encuentro verdaderamente peligroso. Desafiar cara a cara a un búfalo de las praderas o a un poderoso dragón. Me fastidia este juego sin riesgos: mirar, disparar la mirada, matar. ¿Por qué lo hago? Quizá encuentro en el dibujo de la caída algo hermoso que me produce placer. Efímero placer, pues la memoria no lo incorpora a su caudal. Si mi padre supiera de mi oficio de cazador diría que se trata de otra figura. Planos, campos, espacios cerrados. Representaciones. Lecciones de geometría. ¿Por qué el alma tiene que adoptar tantas máscaras? ¿Acaso no puede manifestarse nítida y desnuda como una saeta? Yo miro y mato con la mirada. ¿Cuál es el problema? Soy un basilisco.
Viajar en sueños es más riesgoso, hay siempre un peligro de muerte. Encontrarse con otro que también sueña puede ser fatal. Y esos perros sarnosos acechando en los portales resultan un estorbo. Te reconocen y te amenazan con sus ladridos lastimosos. Retroceden erizados de terror como si vieran al demonio. Pobres criaturas acosando a una figura más ligera que el aire. Qué susto les daría si pudiera viajar acompañado por alguno de mis perros salvajes. Lo peor, al regreso, es la fatiga. Despiertas empapado en sudor y al mismo tiempo temblando de frío, la garganta reseca y esa sensación angustiosa de ausencia de piernas. ¿Qué juego es éste? Caminas sobre un campo minado sólo para ver un paisaje evanescente, en el cual, con mucha suerte, logras reconocer algún objeto familiar: un trompo hundido en una charca, un árbol, una pared blanca surcada por una grieta. En el fondo no es más que eso: un juego, inútil, temerario. Y si renuncio al juego de soñar, ¿qué me queda?
El más difícil, el más elaborado, es el juego del escondite. Jugarlo con un solo jugador requiere un entrenamiento riguroso, un conocimiento detallado del terreno y una fuerte dosis de imaginación. Los laberintos en los cuales puedes extraviarte resultan tan sencillos como una línea recta o imprevisibles como los caminos trazados en la noche por un enjambre de luciérnagas. Falsas voces te desorientan, un llanto dulce te confunde. Tropiezas con un monigote, en el cual reconoces tus propias facciones, y te abalanzas sobre él dando voces, creyéndote ganador. Tu rival se dobla y cae como un espantapájaros relleno de aserrín. Los loros levantan vuelo entre el maizal. Huyen chillando y parloteando. ¿Se burlan de ti? Tú también te alejas. Abres trincheras, levantas empalizadas y cimientos, remachas las ventanas de tu cuarto con clavos de acero y láminas de latón. Colocas balizas y señuelos a lo largo del camino que conduce a la colina, y allá en la cima clavas banderas desgarradas. Si sólo tú conoces las reglas de este juego maldito, ¿a quién pretendes engañar? Aún no te basta. Te ocultas en un hueco entre dos rocas, te aferras como una sanguijuela a las paredes de piedra que se entibian con tu calor. Te sientes bien ahí, ¿verdad? Sí, pero se te hace un nudo en la garganta cuando te asomas por la rendija, y allá lejos, entre los matorrales, te ves venir. Quisieras entonces cavar una fosa con tus manos, y enterrarte en ella hasta sentir el peso de la tierra sobre tu pecho y el sabor acre del limo en la punta de tu lengua. Hundido como un topo en la más pura oscuridad, allá donde no puedas encontrarte.
***
Una noche de octubre soñé con un halcón. Planeaba sobre una espesa selva alumbrada por la luna, y el brillo plateado de las copas de los árboles me enceguecía. Sobrevolaba aquel vasto y refulgente mar ignorando el propósito de mi viaje. En realidad, no me importaba. Estaba feliz con mi destino: aceptaba ser un halcón. Hacía ya mucho rato que volaba cuando descubrí entre los árboles un extenso claro rectangular, tan amplio que podría dar cabida a las casas de mi aldea y aún sobraría espacio. Aminoré la velocidad, descendí un tramo y luego volé a ras del suelo. Me sorprendió la superficie desnuda, arenosa, recubierta por una capa blanquecina como de cal. En el centro mismo de aquel campo arrasado se levantaba un monumento. Una especie de pirámide truncada, que no podía ser sino una tumba. Tuve la certeza de que allí, bajo el mármol negro, encerrada en un cajón de cedro, envuelta en un largo camisón de tela blanca —que la humedad habría marcado con manchas de orín— descansaba mi madre.
Desperté sudando frío, boqueando como un pez. Y anduve intranquilo todo el día, a ratos alelado, sensible a los ruidos y a la luz. Pensaba en el comentario del violinista acerca de mi fortuna por carecer de madre. ¿Su ausencia me convertía acaso en un ser privilegiado? ¿Cuál sería la suerte que conllevaba aquella carencia? Por primera vez me preocupé al recordar que nunca había visitado la tumba de mi madre. Haberla visto en sueños, enmarcada dentro de un paraje insólito, a través de los ojos de un halcón, constituía quizá una gracia inmerecida. Tal vez un castigo. De cualquier manera, no me sentía culpable. A ella, mi madre, no llegué a conocerla. Ningún recuerdo me ligaba a su existencia. Me intrigaba, sí, todo lo que se relacionara con su muerte. Indagaba en aquel suceso de la misma manera que me interesaba por el funcionamiento de una victrola. Pero era una curiosidad pura, ajena a los sentimientos. En mis investigaciones —que, por lo demás, se limitaban a recoger conversaciones ajenas a través de una ventana entornada, o pegando el oído a una puerta, o bien haciéndome el dormido— me enteré de tantas y tan distintas maneras de morir que tuve que elegir, entre todas, la que yo mismo hubiera deseado para ella. Cerraba los ojos y veía su piececito enredado en el estribo de la montura. Veía su cuerpo menudo arrastrado por el caballo desbocado dejando un rastro de sangre en la superficie de las piedras, su larga cabellera negra barriendo el polvo del camino. Libre de su carga ligera, la bestia regresaba a su querencia. Y en el centro del patio relinchaba. Justo ahí daba un corte a mis pensamientos, pues no quería ver la sombra de rabia e impotencia que velaba el rostro de mi padre al acercarse con pasos vacilantes desde el corredor.
Muertes sucesivas. Resurrecciones. Yo mismo elaboré y perfeccioné mi propia versión. La otra, aunque atractiva, no me pertenecía. Ésta le concedía una oportunidad a la vida, y ni siquiera dejaba un resquicio para la condena. Tampoco para el perdón. Deslumbrada por los malabarismos de una banda de gitanos —que habían plantado sus tiendas de lona agujereada en las afueras de la aldea—, mi madre huyó tras ellos. Su afición al canto y sus dotes de trapecista, sin hablar de su rara belleza y de su juventud —apenas había cumplido los diecisiete—, fueron credenciales suficientes para que aquella pandilla de vagabundos la adoptara. Mi padre aceptó la deserción, la hizo rotunda. Reservó para la fugitiva un estrecho espacio debajo de la tierra, por si algún día decidía regresar. Llegué a creer en mi fantasía hasta el punto de negarme a visitar la tumba, pues ¿qué sentido tendría echarme a llorar encima de un túmulo que ocultaba el vacío? También cancelé el proyecto de cavar un túnel desde mi habitación hasta el cementerio de la colina: se habría deshecho mi mundo si en el lugar reservado para la muchacha que me alimentó con su leche envenenada tropezaba yo con un montón de huesos blanqueados por los gusanos.
Aun cuando volara en el trapecio, la daba ya por muerta. Agonía a plazos, muerte lenta. Y si ahora, en el sueño del halcón, cobraba cierta forma de vida, no me iba a dejar seducir por aquella estratagema. ¡Qué me importaba soñarla! Vamos, la soñaría en cada nuevo sueño para olvidarla al despertar.
***
Temprano se dibujaron en el cielo signos aciagos. Aquel sería el año de la peste. El primero de enero, a medianoche, vimos pasar un jinete sin cabeza. Galopaba un caballo de fuego. Viró violentamente en la esquina norte de la plaza, trepó la calle empinada de los cabreros, y relumbró como una centella allá arriba en el Alto de la Cruz. Mis sueños se tiñeron con el color de la candela. Y me olvidé de volar. A horcajadas en un gigantesco caballo de Troya veía mi aldea sitiada por un ejército de ratas, que habían establecido su cuartel general en una nave vikinga varada en el río. Las muy asquerosas devoraban el aire: se habían propuesto rendirnos por asfixia. Clavé las espuelas en el costillar de Rocinante y cargué contra una columna enemiga que avanzaba por el puente. Salió a enfrentarme una rata pálida, vestida con un uniforme desteñido de sargento. Desenvainé mi espada de bambú, y mientras me ajustaba el yelmo se hizo la oscuridad. Desconcertado me pregunté qué había sido de mi cabeza. Desgajada de mi cuerpo reposaba sangrante en el fondo de una cesta. Escuché una voz muy dulce, para mí desconocida. Puse atención a la melodía, hablaba de una isla encantada, de muchachas con flores en el cabello atrapando peces entre sus dientes de marfil. ¿Quién me arrullaba con tan bella canción?
El día de Reyes, una pandilla de forajidos, armados de puñales mellados y escopetas, irrumpió en el templo paralizando la ceremonia. Un bandido de aspecto feroz, que se hacía llamar Melchor, menudo y ágil, pelo largo y ojos de miel, arrastrando la pierna izquierda se abrió paso entre los feligreses. De un salto preciso —que nos recordó el movimiento final de una danza de guerra o la arremetida del puma montañés— se apoderó de una muchacha. Enredó su mano de huesos de cuchillo en la larga trenza negra de la elegida, y haló de ella con delicadeza como si se tratara de una mansa bestia atada por un cabestro. La muchacha lo siguió, dócil, la mirada fija en algún punto de luz que brillaba delante de sus ojos. Afuera, en el atrio, montaron en el mismo caballo. Ella, en el anca, apoyando su mejilla radiante en la espalda sucia de sudor del antiguo rey. Mientras desaparecían entre una nube de polvo, seguidos por aquella hueste de desalmados, maldije tres veces al jinete. Melchor envuelto en humo de mirra, reyecito de mierda, desertor.
A fin de mes los trigales se convirtieron en hollín. Y por si fuera poco, el día de la Candelaria ardieron los graneros. Nos aguardaban meses de hambre. Dormíamos con puñales como almohadas, abrazados a una garrafa de agua. Desempolvamos las escopetas y salimos a cazar urracas y lagartos negros.
En marzo cumplí once años y lo celebré encaramado en mi árbol, contemplando el cielo requemado, viendo pasar zamuros, imaginando valles fértiles surcados por caminos en zigzag y regados por canales. Un ruido de cascabeles me distrajo, y caí del árbol astillándome el brazo derecho. Un curandero de El Volcán vino a sobarme. Me untó manteca de culebra, me dio de beber sábila endulzada con miel, y me entablilló el brazo con cortezas de aliso. El dolor se hizo llevadero, sólo agudizado por el relente del atardecer. Tuve sueños de zurdo.
Días después, el domingo de Ramos, apalearon a un idiota en la calle Real. Y el viernes santo, ya de noche, una infeliz mujer, concubina de un boyero, parió una criatura con pezuñas de macho cabrío.
El verano persistía. En mayo murieron las últimas vacas. Algunos bueyes, alimentados con tierra y paja seca, aún resistían. Llovían pájaros. Y el día de San Juan no hubo fogatas ni ponche ni banquete: saboreamos un mezquino hervido de raíces amargas y carne correosa de caballo.
A finales de julio cayó un aguacero. Llovió a cántaros hasta las cinco de la tarde. Volvió el sol; y el aire, a unos palmos del suelo, se cubrió con una suave neblina. Desde mi ventana vi las siluetas de siete hombres flotando entre la niebla, plantados como estacas en el centro del patio. Sus largos gabanes color plomo se agitaban como banderas empujadas por el viento. Aquellos señores de la lluvia me eran totalmente desconocidos. Como si soñara vi caminar a mi padre, a paso lento, despreocupado, en dirección a los forasteros. Escuché un estruendo, que en un primer momento confundí con un trueno. El humo de las escopetas, de un azul cielo lavado, me sacó de mi ensueño. Luego me vi a mí mismo abrazado al cuerpo sangrante de mi padre, rebuscando en sus ojos la última chispa de vida, intentando borrar la imagen siniestra de los asesinos, sustituyéndola por ésta de mi rostro dulce, acongojado. Mientras lo abrazaba con toda la ternura y con toda la rabia de que era capaz, le susurraba palabras de agradecimiento. Me despedía de él. Adiós, jinete, señor de la montaña. Adiós. Y cuando sentí que me apartaban de su lado —con voces livianas, de consuelo— supe que era libre, pues mi única atadura a la tierra se había roto. Y no iba yo a cumplir trabajos de vengador. Los matadores de mi padre, tarde o temprano hallarían su recompensa. No me convertiría en halcón para buscarlos. Yo no era un cazador sino un guerrero.
Sentado en la piedra azul lloré hasta la última lágrima. Luego, aliviado, le confié a la piedra mi decisión de abandonar aquel territorio de suelo estéril y orfandad. No aguardaré los ritos fúnebres. Me iré esta misma noche. Mi equipaje es ligero, cabe en esta talega de sisal. Un pedazo de carne y un trozo de pan duro. Mi navaja puntiaguda, un espejo, una aguja y un dedal. El mapa de la Atlántida y mis cuadernos a rayas se los dejo de herencia a los ratones, al igual que la brújula, el dos de oros y las cartas de marear.