Desde la diáspora, un profesor de español observa con asombro cómo la glamorosa imagen de Estados Unidos se desvanece ante la cruda realidad de la marginalidad y la violencia en zonas como el Ward 8 en Washington D.C. Cuestiona el concepto de progreso al evidenciar la persistencia de problemas graves como la pobreza y la falta de oportunidades. Ofrece, así, un retrato tragicómico que desafía las percepciones convencionales sobre la realidad estadounidense.
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Iba a hablar sobre escribir desde la diáspora, pero ayer mataron acá a un muchacho de diecisiete años en el parqueadero de su colegio. Digo acá, pero fue al otro lado de la ciudad, en el Ward 4, bien al norte y lejos de este lado del río. Aquí, en el Ward 8, los tiroteos son el pan de cada día, a veces de cada medio día. Hace unos meses, antes de clase, algunos de mis estudiantes se dieron cita a unas cuadras del colegio y se quedaron por ahí, siendo adolescentes (ruido, groserías, humo…). Un vecino alterado salió a echarlos. A uno de los muchachos le apuntó con un arma, a otro le pegó dos tiros. Uno en la cadera, otro en el pecho. Horas más tarde vino una psicóloga a mi salón a darles la noticia a sus compañeros (y a mí). En seguida hubo silencio, un ligero cuchicheo, alguien se rio, empezaron las preguntas a medio contestar. En algún momento de la conversación surgió la pregunta: ¿quién aquí tiene un ser querido al que le hayan disparado? Todo el salón levantó la mano.
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…Pero va uno de vacaciones a Colombia y de repente la gente dice cosas como “este es mi primo, el que vive en Washington” y empiezan los chistes (malos): “¿Entonces está de vecino de Biden?”. Comentarios inesperados, tipo: “Pues felicitaciones por vivir allá”; tipo: “¿Ya se vio House of Cards?”
Año tras año sacan otra serie, otra película, otro documental sobre los tejemanejes del poder en el Capitolio y la Casa Blanca, pero poco hay sobre lo que pasa del otro lado del río. Literalmente. El Distrito de Columbia, muchos sabrán (yo no sabía), tiene la forma de un diamante con un mordisco en la parte inferior izquierda, donde el río Potomac sirve de frontera natural entre la capital y el estado de Virginia. No es ese el río al que me refiero, sino al otro. Del costado sur oriental el río Anacostia divide la ciudad de manera (casi) tajante. De un lado, el interior: donde habita el D.C. de las pantallas, en su mayoría afluente, organizado, henchido de monumentos patrioteros —Lincoln en su trono; Jefferson, el esclavista—, diverso (parece), pero más blanco. Del otro, el sudeste…
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Llegué a este pedacito de este país inmenso en plena época electoral de 2016, a tres meses de las presidenciales: Donald contra Joe. Dos meses después, el 6 de enero la estampida de furibundos trumpistas (el corrector me sugiere “trampistas”) empezó a meterse al Capitolio a las 12:49 de la tarde, mientras teníamos reunión virtual de maestros. Era el tiempo de la pandemia y yo, como ahora, hacía las veces de “profesor de español y cultura” en un centro educativo del sudeste. No habían pasado seis meses desde mi llegada y ya unos tipejos bien malos se estaban tratando de tomar el poder y destruir el mundo y la libertad: como en el cine y la tele. La reunión se suspendió muy pronto, claro, y muchos quedamos a la espera de que alguien acabara con los villanos —sobre todo con el descamisado aquel que todos vimos en las pantallas de nuestros smartphones, el “QAnon Shaman” (ayayay…), tan mal disfrazado de Jamiroquai (si alguien todavía lo recuerda).
La noticia explotó en redes sociales (y en los noticieros, me imagino). ¡Válgame Dios! Se hacía realidad uno de los miedos más visitados. Era Día de la independencia, era G.I. Joe: Contraataque y Transformers: el lado oscuro de la luna, era 2012 y Olimpo bajo fuego y Mars Attacks! y El día después de mañana y tantas pero tantas más (qué cansancio): una turba se toma por la fuerza el sagrado recinto de la democracia americana (el Capitolio o la Casa Blanca, da igual). También explotaron por todos los rincones del internet, cómo no, los memes y los tweets. Recuerdo dos. El primero: “Si Estados Unidos viera lo que ahora está pasando en Estados Unidos, Estados Unidos invadiría Estados Unidos”; el otro: “Debido a las restricciones de viaje [por aquello de la pandemia], este año Estados Unidos ha tenido que organizar el golpe de Estado en casa”. Já.
Algunos periodistas, escandalizados, lo resumieron así: “Cosas que solo pasan en países del tercer mundo”. Tal desmadre solo podía compararse con esos otros lugares del planeta donde el caos y el desorden son la norma. Era increíble que algo de tamaña naturaleza estuviera ocurriendo en los Estados Unidos de América. Como si el Distrito de Columbia fuera el distrito de Colombia. Como si estuviéramos en Bagdad o en Bengasi; o en Venezuela, o en Bolivia, o en Chili: del otro lado del otro río (Grande). Unbelievable!
“…la famosísima Capital del Mundo por donde se descuelgan Spider-Man y un sinnúmero de superhéroes más es solo una pequeña parte, de ninguna manera el todo. Pues que algo quede bien claro: este pedazote de tierra norteamericana entre México y Canadá es, en su inmensa mayoría, un país rural.”
Y sin embargo, hasta la fecha aquí van más tiroteos masivos que días en el año (día 136, tiroteo masivo 157), y acaban de asesinar a un muchacho de diecisiete años en el parqueadero de su escuela, y todos mis estudiantes adolescentes tienen al menos a un ser querido en sus cortas vidas al que le han disparado, y hay un agujero de bala en el salón de arte que todavía no arreglan, y hace un mes me escribió la madre de un alumno pidiéndome un plazo para los trabajos que me debe su hijo, que por favor le ayudara, que ojalá pudiera entender, pues al padre se lo acaba de matar la policía.
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De este lado del río, la gente tiene la piel oscura.
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Hace unas décadas, dicen, D.C era, en términos de raza, una ciudad bien distinta. Por allá en 1970, cuentan, más del setenta por ciento de su población era afrodescendiente, negra. Pero las cosas han cambiado mucho desde aquel entonces y, para ponerlo de manera simple y llana, una mayoría (de piel blanca) disfrazada de progreso, ha venido desplazando a esas comunidades afro, empujándolas y empujándolas —políticas públicas cuestionables, rentas más y más caras, precios de vivienda astronómicos…— hacia el otro lado del río, donde enseño yo, donde se dispara tanto. (Aunque en D.C. los afroamericanos representan el 47% de la población general, también representan el 87% de las personas sin hogar, el 96% de las víctimas y sospechosos en homicidios y tiroteos, la tasa de pobreza más alta de la ciudad, con más del 21%, etcétera…).
Acá, en el Ward 8, en el corazón (tan herido) de Congress Heights, todos los estudiantes empiezan su día pasando por un detector de metales. Deben quitarse el cinturón, los zapatos, dejar toda su metalurgia en una bandeja de plástico que pasa por rayos X. No entran envases de vidrio, nada demasiado sólido, nada con potencia cortopunzante. Las botellas de agua o jugo sospechosas son sometidas a un estricto olisqueo de guardia de seguridad (semanas atrás alguien intentó pasar un litro de whisky, dicen). Para algunos ya es lo normal. Luego vienen las clases y el jolgorio de siempre. Ay… Nadie llega a tiempo, o casi nadie. Los estudiantes entran y salen del aula a su parecer. Con toda calma abandonan mi salón y se van para otro de seguro más interesante. Sus compañeros, igual: van ingresando a mi clase como a una feria, a hablar a los gritos con cualquiera, a dejar o a llevarse un paquete de papas fritas, abrazarse con estruendo, insultarse con amor y gracia, averiguar qué está pasando en este sitio, oula, como ssstas, tacou, chicken buridou, chimichanga, cáiate puto, faliz navidad, faliz cumplianos, mi gustan los papas fridas, haha, f*ck this sh*t. Afuera, en los pasillos, decenas de estudiantes que prescindieron de su clase, alumnos grabando Tik Toks, carcajadas muy agudas, olor a marihuana, puertas de salones que no terminan de cerrarse, colegas que en un rincón de su escritorio intentan explicarles un ejercicio a selectos pupilos. Quizá más tarde haya una pelea o dos (la probabilidad es alta, el nivel de violencia, abrumador). Algún valiente maestro todavía se atreverá a hablar con un grupo de estudiantes en el corredor: vamos, chicos, dirá, deberían estar en clase, por favor, diríjanse a su salón. Arar en el mar, sembrar el viento. Es un día como cualquier otro acá. El Niágara en bicicleta.
También tenemos aquí algunos de los índices más bajos de lectoescritura en toda la ciudad, algunos de los índices más bajos en matemáticas y también en humanidades y en ciencias y, por supuesto, en idiomas. Cosas que solo pasan en otro tipo de países. Quién se lo iba a imaginar. Aquí mismo, en la capital del número uno, se ha colado el carnaval del tercer mundo, la vida patas arriba del platanal, como en un rincón de Bogotá o Caracas o Quito. Se los digo yo, que vengo (del “subdesarrollo”) de allá: this land is (como) my land.
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Hablo con amigos migrantes sobre su vida en otras ciudades del norte, lugares que todos hemos visto en la tele: Chicago, San Francisco, Boston, Nueva York (por supuesto Nueva York, siempre Nueva York, asediada por monstruos y villanos hasta el final de sus días). Si por allá llueve, por aquí no escampa, me dicen a su manera (yo lo digo en colombiano). ¿En cada gran ciudad de esta tierra libre, un sudeste, un east side, un otro lado del río? Puede ser, pero hay más.
Puede que, como yo, muchos otros hayan crecido viendo a los Estados Unidos en la pantalla de su televisor los domingos por la tarde, en alguna película de acción doblada al español latino (que nadie habla, pero todos entendemos). Ese extraño y fascinante país del norte estaba lleno de edificios altísimos y calles bien asfaltadas, carros a toda velocidad y puentes inmensos y luces y centros comerciales, metros y barcos y taxis y paraguas y, a veces, playas y cuerpos perfectos que se pasean por ahí, sin grasa, como si nada. Así serán las cosas allá, pensaba yo, grandes ciudades, a todo dar, por doquier. Asalto al tren del dinero, pero no Los Simpson (eso era todo un gran absurdo y por eso daba risa). Pero la famosísima Capital del Mundo por donde se descuelgan Spider-Man y un sinnúmero de superhéroes más es solo una pequeña parte, de ninguna manera el todo. Pues que algo quede bien claro: este pedazote de tierra norteamericana entre México y Canadá es, en su inmensa mayoría, un país rural.
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Intérnese cualquier persona por entre las carreteras de, digamos, Ohio o Kentucky (donde también pasé varios años) y vea con sus propios ojos otra cara de esta nación: tierra y campo y cultivos hasta donde alcanza la vista, viejos graneros de madera, casi siempre rojos, y laguitos de riego, y anuncios de restaurantes de comida rápida (solo comida rápida) y drive-thrus con regueros de papas fritas y ofertas de café ultra tostado (malo, muy malo), pitillos y tapas de todos los colores y restos de botellas plásticas rodando por parqueaderos desolados, avisos y señales de moteles con y sin piscina, con y sin bufet de desayuno, iglesias metodistas y pentecostales y luteranas y presbiterianas, publicidad de tiendas de armas, de candidatos a sheriff, de abogados que prometen justicia y millones en demandas, vallas de “Jesus is Coming” y “Hell is Real”, carreteras ahuecadas que atraviesan pueblos con casas y remolques que no se terminan de caer, piscinas inflables con restos de agualluvia, aires acondicionados de ventana a punto de destruirse, juguetes de niños regados por todo el patio, restos de ositos de felpa, barbies sin blusa y sin alguna extremidad, pelotas mareadas de sol, frisbees amarillos y amarillentos, coches con peluches heridos, latas de cerveza arrugadas, bolsas de papel traspasadas de grasa, escaleras agrietadas y suelos terrosos con islitas de pasto, hierbas crecidas, algún perro color blanco sucio, resignado, amarrado a un árbol, algún asador viejo y oxidado que yace descerebrado en el piso, el esqueleto de un carro que se hace uno con la maleza, y gente de piel clara, blanca, de ropa gastada y camionetas pickup inmensas, y sus banderas de barras y estrellas en todo lado, bandera en la puerta de la casa, bandera en la ventana, bandera en el platón de la camionetota, calcomanía de la bandera en el bómper, bandera en la camiseta, en las medias, en los chores, bandera en los camiones de repartición y en los de la basura, bandera en los inodoros portátiles y bandera en cualquier paquete de cualquier producto que se hizo en su país, y banderitas en los ataúdes y banderas en el cementerio, y banderas inmensas, colosales, prístinas, ondeando en el viento que empolva cada pueblo olvidado a lo largo de todo este estado y el que le sigue.
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Hace años que vine a este país a estudiar, como sin querer queriendo, y aquí sigo (¿escribiendo sobre la diáspora?, ¿sobre escribir en la diáspora?). Si me quedé o todavía no me voy, no sé. Tengo papeles y un trabajo estable: más (mucho más) que muchos. Extraño mi gente y mi ciudad hasta las lágrimas, pero cuando voy de visita no entiendo cómo se puede vivir así. El desorden, la inseguridad, el clasismo —nuestra propia forma de ser racistas— es de no creer. Inestabilidad política, violencia armada, educación precaria, pobreza endémica… En fin: cosas que solo pasan en el tercer mundo.