En febrero de 2025, la editorial miamense Alliteration Publishing publicó Domestic Life, edición bilingüe de La vida doméstica de Marcelo Rioseco, libro ganador del Premio Academia 2016 de la Academia Chilena de la Lengua, con traducción al inglés de Arthur Malcolm Dixon.
Nos complace compartir cinco poemas del poemario con los lectores de LALT.
La vida doméstica
La vida doméstica
es la manera más rápida de matar la locura de un poeta
y también es la manera más rápida de matar al poeta.
Le leo mi poema sobre Roberto Bolaño a Claudia.
Claudia me mira y después de una pausa
pregunta: “¿Quieres comer? Los filetes de salmón
todavía están en el refrigerador.”
Bolaño desde los desiertos de la muerte
donde está ahora, me guiña un ojo y dice:
“No sabía que te gustaban
los filetes de salmón, Mauricio.”
Claudia se ha ido, pero al rato regresa,
como Cristo cuando andaba aburrido.
Mientras tanto yo trato de comprender
cuál es el problema con el salmón
y si debo o no escribir este poema.
“No derrames más la leche en la cocina”, exclama.
Busco a Bolaño, pero esta vez su imagen
se ha evaporado entre mis libros
y los platos sucios con comida.
Quizás ya estamos todos muertos
como los peces inmóviles que arrastra el río.
Congreso de poesía
Después de 10 años de vivir fuera de Chile,
pensé que los poetas
ya habrían arreglado todas sus disputas
pero (como siempre) me equivocaba.
Al llegar al aeropuerto
Neruda estaba tratando de golpear a Huidobro.
“¡Este hijo de puta!”, gritaba.
“Habla mal de mí en todos lados.”
En el lobby del hotel me encontré con De Rokha.
Estaba borracho como una cuba,
afuera alguien había amarrado a un poste
un caballo pintado de verde.
“Te prometo que voy a partirle la cara”, me susurró
al oído y luego se quedó dormido.
Supongo que sé a quién se refería.
Era el hotel de los poetas y los críticos.
Durante el Congreso alguien afirmó
que había que comprender
el cuerpo como un espacio ideológico
y por todas partes se oían
los graznidos de los cuervos de la muerte
devorándose el cuerpo reseco del espacio ideológico.
La Dra. Weismeister habló de Bolaño
y todos se reían y reían sin parar.
“No sé qué es lo que les causa tanta gracia!”, exclamó.
“Tú, preciosa, tú eres la gracia.”
Era Bolaño desde el inframundo de Comala.
“Tú eres la mayor gracia del mundo”, le dijo.
Allá estaba con Rulfo
hablando de los jóvenes poetas de Sudamérica
y los muertos que caminan como borrachos
entre iglesias oscuras y abandonadas.
Al parecer, los perros románticos
habían cedido su lugar a los perros rabiosos de Chile.
Luego llegaron los poetas jóvenes.
Dijeron estar trabajando
la poética del resentimiento y la ternura
(todo al mismo tiempo).
Leían poemas desde sus celulares
y cuando no leían
revisaban sus cuentas de Facebook.
Así era cómo nos divertíamos
en el último agujero de dios.
Yo estaba con Huidobro
sentado al final de la sala de lecturas.
Le pregunté qué le parecía todo esto.
Huidobro se encogió de hombros.
“Yo lo hacía mejor a esa edad”, afirmó.
En eso llegó De Rokha con Neruda.
Pensé que la cosa iba a ponerse fea.
“Vámonos a tomar un trago, Bicho”, pidió Neruda.
“Estos poetas me aburren.”
“Sí, vamos”, dijo el otro Pablo
(todavía se veía un poco mareado)
“Luego nos daremos de puñetazos afuera del hotel.”
“Fantástico”, contestó Huidobro. “No esperaba menos.”
Entonces Neruda me apuntó con el dedo:
“¿Y éste?”, preguntó.
Los tres me miraron sin decir nada.
Huidobro se volvió a encoger de hombros.
“Vamos”, dijo Neruda.
Me levanté y me fui con ellos.
Chávez y la poesía chilena
En el 2004
vivía como estudiante en Cincinnati.
Era un poco vergonzoso
para mi edad y mi currículo.
Ese año
llegó a la Universidad
el poeta Antonio Gutiérrez.
Él era venezolano
y yo, chileno.
Así es que nos tocaba
hablar de Chávez y la poesía chilena.
En las mañanas cuando íbamos a la Facultad
Chávez y la poesía chilena.
Al almuerzo, Chávez y la poesía chilena.
A la noche, nada
(tampoco estábamos tan locos.)
Un día fuimos a Washington en auto.
16 horas manejando de ida
y otras 16 de vuelta.
Otro año fuimos a New York
a ver una exposición del pintor Reverón,
otras 16 horas de ida y lo mismo a la vuelta.
A esas alturas
yo era experto en Venezuela
y Antonio ya daba clases de poesía chilena.
Sin embargo, la última vez no fuimos
ni a Washington ni a New York,
solo cruzamos el río Ohio
a través de ese puente
al cual Huidobro le dedicó un poema.
No hablamos de Chávez o la poesía chilena,
esa vez permanecimos en silencio.
Kentucky emergía lentamente
como sacado de un pantanoso sueño.
Chávez parecía tan muerto como la poesía chilena
y el firmamento se partía en dos,
como un gran pájaro amarillo
desprendiéndose del cielo
sin hacer el menor ruido.
Rayuela a las 7 de la tarde
“Y pensábamos en esa cosa increíble
que habíamos leído, que un pez solo
en una pecera se entristece y entonces
basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento.”
— Julio Cortázar, Rayuela, Capítulo 8
A las 7 de la tarde
agobiado por el Club de la Serpiente
y su interminable palabrería mental
abandono mi lectura de Rayuela.
“Habría que acabar con Oliveira y sus amigos”, me digo.
No hay verdadero amor
tampoco hay verdadero misterio
en pensar de este modo.
Así es que sentado en el sillón del living,
esperando una pizza de Domino’s
me pregunto en qué momento
comenzamos a asomarnos al desastre
y llegamos a ese punto
donde es imposible retroceder
sin hacerle daño a los demás,
en qué momento el absurdo
se transforma en una telaraña de repeticiones
y actos equivocados
y nos conduce hacia la peor muerte de todas:
la del anonimato, la del tedio,
la de un lector desesperado.
Esta tarde me siento como Oliveira
caminando bajo la lluvia en París,
sentado en un teatro semivacío
donde alguien ofrece
un absurdo concierto de piano,
haciendo de cualquier nimiedad
un pretexto para zambullirme
en los artificiales ríos de la metafísica
y pescar con las manos
peces magníficos e ilusorios.
A las 7 de la tarde,
sin hacer nada más,
espero una pizza de mozzarella y aceitunas
enfrascado mentalmente
(como Oliveira en la habitación de La Maga)
en cosas ajenas e inútiles,
como un pez recordando su antiguo rostro
en el espejo de su propia pecera.
Mi país
Si Fitzgerald hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de frívolo.
Si Truman Capote hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de aprovechador y arribista.
Si Hemingway hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de arrogante,
atropellador o cerdo chovinista.
Si T.S. Eliot hubiese nacido en mi país
lo hubiesen acusado de desclasado y académico.
Pero ellos no nacieron en mi país
(afortunadamente)
porque en mi país el gran Gatsby, old sport,
se hubiese muerto del aburrimiento.
Truman Capote se habría ido a vivir a New York
donde al menos alguien hubiese leído sus libros.
Hemingway se hubiese suicidado a los 25 años
y Eliot sería indudablemente argentino.
Mi país, como una gran tierra baldía
está librado a su suerte y a la locura de sus dioses.
Mi país, como un páramo desolado
sacudido por una oscura tormenta roja,
también significa muerte, tiempo y olvido.