Edición, estudio y notas de Renato Guizado-Yampi. Colección Rimana, 1. Lima: Universidad de Piura, 2024. 146 páginas.
Al cuidado de Renato Guizado Yampi, se han publicado en un volumen los últimos poemarios de Ricardo Peña Barrenechea (Lima, 1896-1939). La edición, bajo el sello de la Universidad de Piura, inauguró la colección Rimana, dirigida por el Centro de Estudios de la Poesía Peruana de dicha universidad. El lanzamiento parece oportuno, pues coincide con los cien años de Floración, primer poemario publicado por el autor, y noventa de Discurso de los amantes que vuelven, primero de los ofrecidos aquí y que supuso un cambio y maduración en la obra de Peña Barrenechea. Junto a ello, y como se indica en la nota a la edición, la necesidad de difundir una obra de relevancia que tiene dentro del panorama poético peruano, cuya edición más reciente, la imprescindible Obra poética completa (2005), preparada en dos tomos por Ricardo Silva-Santisteban, no resulta hoy día fácil de adquirir. En este volumen, Guizado recoge sus últimos cinco poemarios, dando noticia precisa de las ediciones utilizadas; un detenido prólogo que aborda la producción y evolución poética de Peña Barrenechea; y tres pinturas del autor, previamente aparecidas en la revista 3. En notas al pie en los textos, se ofrecen las variantes respecto a otras versiones y ciertas aclaraciones lingüísticas y referenciales. De todo ello resulta un trabajo muy completo.
Ricardo Peña Barrenechea, adscrito a la generación peruana del 30, solo publicó en vida algunas de sus obras —Floración (1924), Eclipse de una tarde gongorina y burla de don Luis de Góngora (1932), Discurso de los amantes que vuelven (1934) y Romancero de las sierras (1938)—, siendo póstumamente rescatadas varias otras hasta completar su trayectoria poética. Aunque es más conocido por su producción lírica, fue también dramaturgo, llegando a estrenar su obra Bandolero niño (1935), e igualmente cuenta con obra pictórica. Partiendo de unos inicios con reminiscencias aún modernistas, que abandonó pronto, fomentó la cercanía con poetas como Martín Adán, José María Eguren, Luis Fabio Xammar y Emilio Adolfo Westphalen, asumiendo de forma diferenciada algunos de los perfiles surrealistas de las vanguardias, en conjunción con la vuelta al orden, la atención a la forma y el retorno a moldes tradicionales llevados a cabo en esos momentos por los poetas de la generación española del 27. En este contexto, Peña Barrenechea hubo de viajar a Río de Janeiro —como secretario de una comisión diplomática— entre 1933 y 1934, encontrándose allí con otros intelectuales y resultando un periodo creativo intenso y rico que culminará con la publicación de Discurso de los amantes que vuelven, recibido por la crítica como cumbre de su trayectoria. Lo conforman siete romances de gran sutileza, envueltos en una atmósfera pálida y a ratos melancólica. Peña Barrenechea ya había utilizado este esquema métrico, y volverá a él en Romancero de las sierras (1938), activando con ello en América una forma rediseñada por los poetas del 27 español, como Federico García Lorca, de la que bebe Peña Barrenechea, así como de los romances medievales rescatados por Ramón Menéndez Pidal en Flor nueva de romances viejos, pero conformándolos con características propias que, como indica el editor, señalan diferencias tanto a nivel formal como temático. En palabras de Javier Sologuren, el romance en Peña Barrenechea deviene “íntimo, neblinoso”, de “rumoroso lirismo”, como lo son los que conforman el Romancero de las sierras, producto de un viaje a Bongará (Amazonas) que además presta atención a lo peruano en su aspecto más apegado a la tierra y la naturaleza, aunque trascendiéndolas. Según el criterio de Silva-Santisteban, estamos ante los mejores romances de la poesía peruana, lo que convierte a estas dos obras en libros “únicos”.
“Es tarea necesaria superar la etiqueta de poeta exclusivamente interiorista a la que se adscribe a Ricardo Peña Barrenechea, marcar la línea definitoria de una poesía en constante renovación.”
Paralelamente, desde 1935, año marcado por el fallecimiento de su madre, continuó publicando de forma dispersa en revistas. Fue Sologuren quien, póstumamente, en 1943, reunió y dio a la luz —bajo el sello de la revista Signo— varios conjuntos escritos hasta su muerte, que se ofrecen en este volumen, a saber: Lucimiento y desvelo, en el que da cabida con metros variados al amor pasional, con un lenguaje que se desborda con fuerza en imágenes de poderosa intensidad, que a la vez se muestran teñidas por el sentimiento nostálgico de la soledad, pues la amada ya no está entre los vivos; Cántico lineal, que dedica a su madre y donde se respira de forma elegíaca su ausencia y su muerte, una muerte sin embargo que es compañera de la luz, de la blancura, que es inherente a la vida y está latente en la pureza de la flor, en su inocencia, en el gris de los cabellos; una muerte que se transforma en agua, en fuego, que pasa a ser tierra o aire; Eco de la luz, finalmente, acoge las que probablemente fueran sus últimas composiciones, pues en ellas tienen más cabida el silencio poético y la sugerencia, así como una mayor libertad métrica, productos ambos sin duda de una maduración que truncó la neumonía que lo llevó a una muerte demasiado temprana.
Junto con su hermano Enrique, Ricardo Peña Barrenechea fue uno de los ocho que conformaron esa singular y deliciosa antología La poesía contemporánea del Perú (1946), preparada por Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren, con dibujos de Fernando de Szyszlo, que marcó un nuevo rumbo en las polémicas sobre las cualidades que debían caracterizar la poesía peruana. Para Salazar Bondy, Ricardo Peña Barrenechea, así como su hermano, asumen las conquistas tanto de Eguren como de Vallejo —superando así la marcada división establecida entre los poetas herederos de Eguren, por un lado, y de Vallejo, por otro— creando “una poesía que, ajena a todo lo que les antecedía, va pareja con una definición más universal y perdurable del arte”. En el caso de Ricardo Peña Barrenechea, Salazar Bondy habla de “fresco y grácil lirismo”, mientras que Sologuren pone el acento en su “voluptuosa contemplación y expresión de la hermosura, enajenando a lo largo de su vida, el luciente tesoro —humano y divino— del amor y de la muerte”. Los antólogos de La poesía contemporánea del Perú, partiendo desde sus inicios líricos, definen el cauce poético de Ricardo Peña como “amorosa disposición y sensual aprisionamiento de mundo y criatura” a través de un “logradísimo módulo gongorino de muy atrayente factura moderna”; Guizado Yampi incide en este perfil, pero va más allá al desgranar las diferentes sensibilidades del poeta que se muestran en evolución estética en su obra y, específicamente, a partir de Discurso de los amantes que vuelven.
Porque es tarea necesaria superar la etiqueta de poeta exclusivamente interiorista a la que se adscribe a Ricardo Peña Barrenechea, marcar la línea definitoria de una poesía en constante renovación y abordar el análisis detenido de la obra de quien ha sido llamado el “poeta de las transformaciones”, que además, como afirma Silva-Santisteban, llena el vacío existente entre César Vallejo más las vanguardias de sus contemporáneos y los poetas jóvenes nacidos a finales de los años veinte del siglo pasado.
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