1
Estaba haciendo la cola para pagar unos libros de poesía en la librería de la Facultad, cuando apareció Mena. Vino por detrás, me tocó el hombro y dijo: ¿qué haces aquí, chileno? Estudio acá, dije, ¿se te olvidó? No contestó, pero preguntó de inmediato: ¿tu escribes bien? Nos habíamos conocido en un congreso de poetas hispanoamericanos (si es que algo así puede existir) en Madrid. Supongo, dije. Era (es) editor, tenía (tiene) diez años más que yo. Publicaba una revista de poesía que tenía un “succès d´estime” en los circuitos de la Barcelona culta. Dijo: mándame unos poemas, si son buenos, te los publico. Y me dio su dirección. Se los mandé. A los pocos días me llamó por teléfono: son buenos tus poemas, chileno, escribes como poeta peruano. Me reí. Pero algo de razón tenía. Yo leía a Hinostroza, a Belli, a Enrique Verástegui, a Cisneros, a Eielson y Martín Adán, sin contar a Vallejo, obviamente. Algo se le pegará a uno, además, mi madre es limeña, le conté. Ahora entiendo todo, contestó él. En realidad eres un tránsfuga. Vente a cenar esta noche, agregó. Esta noche no puedo, dije. Carajo, cómo no puedo, voy a hacer una feijoada, tienes que probar mi feijoada, es famosa en todo Barcelona. Pude. No sé si la feijoada era famosa, pero era muy buena. Él se llamaba Juan Arróspegui Mena, pero todo el mundo lo conocía como Mena. Nos hicimos amigos, cosa nada difícil en Barcelona: me lo encontraba en las Ramblas, en el Zurich, a veces en la Plaza Real. ¿Qué haces, chileno? Nada, voy a comprar cigarrillos. Vente a una fiesta donde unas amigas en el Ensanche. Siempre tenía una cena, una fiesta. O bien cocinaba él, en su departamento de la calle Madrazo. Después de cenar, casi siempre partíamos a bailar salsa al Bikini, en la Diagonal. En banda organizada, porque Mena se las arreglaba con los porteros para hacernos entrar sin pagar. Eso sí, había que esperar afuera, en una especie de cola paralela. Íbamos entrando de a uno (o una) a la vez, cada cinco o diez minutos, según el humor del portero y la afluencia de público. Nunca supe qué arreglo tenía Mena con los porteros, algunas veces era más difícil, él mismo, que entraba siempre primero, como corresponde, salía a darnos explicaciones, hoy está complicado, hermano, el portero es un morochito de Salta, no puede soportar que un peruano le pase por delante. Esperábamos, a veces hasta una hora, pero al final el portero de turno nos hacía una seña discreta y entrábamos. Una de esas noches, en la calle Madrazo, apareció el Zambo Tan. O sea, apareció: yo llegué y él estaba allí. Mi primera impresión fue: un francés de las islas —Guadalupe o Martinica, quizás La Reunión—, muy alto, muy moreno, muy bien vestido. Chaqueta de lino azul claro, camisa gris de la misma tela, pantalones blancos, zapatos grises perforados en las puntas. Un profesor de la Sorbona, pensé. De vacaciones con su mujer. Un profesor de la Sorbona porque Mena me dijo: estos son unos amigos parisinos. Pero él era peruano. Vivía en París, eso sí. Desde siempre, dijo él, cuando me lo presentaron y entablamos el tipo de conversaciones que se suelen producir en esas circunstancias. La mujer, una francesa rubia, no muy alta pero muy pálida, bailaba salsa como una cubana profesional. Nunca supe su nombre. Le decían Pistolita. Además del Zambo Tan y su mujer, esa noche había una pareja de escritoras catalanas y un crítico de arte. ¡Baila, Pistolita!, le decían. Y la francesa se paraba y comenzaba a girar moviendo las caderas, al son de Héctor Lavoe o de Henry Fiol, que eran los Homero de la salsa según Mena. ¿Por qué bailaba tan bien? Mena, acercándome un pisco sour, preparado con pisco peruano de París (el Zambo Tan le había traído la botella), me explicó: es que es japonesa, es decir, ha vivido casi toda su vida en Japón, y como tú sabes los japoneses son los mejores bailarines de salsa del mundo, la salsa allí es casi el baile nacional. Pistolita daba vueltas, en las paredes retumbaba la percusión y las voces nasales de los cantantes y parecía que el único problema en este mundo hubiese consistido en mover las caderas y girar y luego beber un pisco sour en la terraza dejándose envolver por la cálida brisa de la noche de verano. La vida parecía fácil, en suma. Y eterna. Fuimos al Bikini y, al alba, terminamos desayunando en un chiringuito de la Barceloneta que pasaba por ser uno de los mejores lugares de churros y chocolate de la ciudad. Bajo el cielo gris del amanecer, la lámina plateada del mar. Un mar en calma como una taza de leche y a lo lejos las siluetas del Zambo Tan y la francesa caminando sobre la arena. De pronto ella le da una bofetada, corre, él la persigue, la agarra por los hombros, pero ella se debate, se libera, vuelve a correr, él enciende un cigarrillo, se queda mirando el horizonte, quieto como una estatua, sólo mueve el brazo, con la mano en el extremo de ese brazo llevando el cigarrillo a la boca. Estas francesas son terribles, me dice Mena, que ha estado mirando la escena conmigo desde la terraza del puesto de churros, sobre todo cuando son medio japonesas, esa es la peor combinación, no te metas nunca con una francesa del Japón. ¿Y con una japonesa de Francia?, le pregunto. Esa es la otra cara de la misma moneda, pero en las antípodas, explica Mena, lo mejor de lo mejor, una geisha que sabe de quesos y vinos y al mismo tiempo es sintoísta, imagínate, la síntesis perfecta, dice Mena y estalla en una carcajada. Esa fue la última vez que vi al Zambo Tan. Bueno, la última vez en Barcelona.
2
Una noche, muchos años después, no frente al pelotón de fusilamiento sino Chez Gina, un restaurant peruano de París, me lo encontré. Nos reconocimos y estuvimos conversando un rato. Vestía con la misma elegancia de caballero limeño —traje gris, camisa rayada, zapatos negros, abrigo de cachemira, cruzado, con doble hilera de botones—, y se mostró extremadamente cordial y afable, a pesar de que hacía años que nos habíamos conocido aquella noche en Barcelona. Compartimos un vaso de vino y antes de marcharse, me dio su tarjeta. Yo era portero de noche en un hotel de Montparnasse, no tenía tarjeta, así que le dije: yo te llamo. Por supuesto, constestó él, no dejes de hacerlo. Al salir a la rue Rambuteau, recordé que Mena me había contado que el Zambo Tan era pintor: este Zambo es uno de los buenos pintores peruanos de París… No sé por qué vino a mi mente una fotografía de Matta. O sea no sé por qué, claro que sé: por el traje. En la fotografía aparecía Matta más o menos joven, unos cuarenta, cuarenta y cinco, la edad que el Zambo Tan tendría en ese momento, con chaqueta de tweed, corbata, pantalones de vestir y un impermeable en la mano. Matta sonríe en esa foto con la misma afabilidad con la que sonreía el Zambo Tan, una sonrisa un poco melancólica un poco pícara, una sonrisa, digamos, latinoamericana. Pero no pensé en eso: me imaginé al Zambo Tan en su taller, un espacio grande, lleno de vidrieras por donde la luz se colaba a raudales, no sólo por los modales y la elegancia del Zambo, sino porque además la tarjeta indicaba una dirección en la rue du Faubourg Saint-Honoré que es quizás la calle más reputada y cara de París. Pasaron unos tres meses, quizás más. Una noche volvíamos de cenar en un marroquí de la rue du Louvre con mi amigo Fernando Undurraga. Fernando era hijo de un exembajador de Chile que había pasado a engrosar la numerosa hueste del exilio y parecía él mismo un embajador, pero —o quizás por eso mismo— para ganarse la vida se dedicaba a conducir turistas adinerados por París en unos cochazos de lujo. Esa noche había conservado el automóvil, pues al día siguiente, muy temprano, tenía que ir a dejar a una pareja de hindúes al aeropuerto. Al salir del restaurant, Fernando me propuso: te llevo, tengo el auto aquí cerca, en un parking. Un ascensor nos dejó en el piso menos tres y subimos a un Mercedes Benz tan grande y elegante como el despacho de un ministro. El auto enfiló por la rampa, llegamos frente a una especie de caseta con una barrera, donde había que pagar. Fernando alargó el ticket y un billete al tipo que cobraba. Entonces me di cuenta de que era él. Allí, dentro de la caseta, estaba el Zambo Tan. Me bajé. Nos dimos un cálido apretón de manos, qué tal, cómo va la vida, me contó que trabajaba allí, claro, desde hacía años. Fernando esperaba con el Mercedes en marcha y detrás llegaban otros autos, así que quedamos de vernos pronto. No lo llamé, pero un par de semanas más tarde yo caminaba desde Montparnasse hacia el barrio de Pigalle, donde tenía mi “chambre de bonne” y me encontré atravesando la rue du Faubourg Saint Honoré justo frente al parking. Bajé. Dentro de la caseta, como si no se hubiese movido de allí desde la última vez que nos habíamos visto, estaba el Zambo. Me dijo que esa semana tenía turno de día: de siete de la mañana a siete de la tarde. Estuvimos conversando un rato y quedamos de vernos a la semana siguiente, porque tenía turno de noche y salía a las siete de la mañana, igual que yo, podríamos entonces encontrarnos en el café que había en la esquina. Nos encontramos un día lunes por la mañana en el café de la esquina de la rue du Louvre con la del Faubourg Saint Honoré. Me acuerdo que era lunes porque para ir a tomar el turno al hotel yo caminaba por las calles envueltas en la paz burguesa de los domingos (ese era el único momento en el que echaba de menos algo parecido a una familia, o a una casa, empanadas, carne mechada con arroz, siesta junto al partido de fútbol en la radio, cosas de la infancia perdida) y salía al día siguiente al ritmo trepidante y tristón del día lunes. El café se debía llamar Café du Louvre, o Café Saint-Honoré, era en todo caso un cafetín infecto, una especie de pasillo embutido entre dos tiendas de lujo. El Zambo me contó que vivía allí mismo, en los altos del parking, porque sus jefes eran dueños no sólo del estacionamiento sino del edificio entero y le daban una de las buhardillas del último piso a manera de sueldo. Le pregunté si eso era todo, o sea, si trabajaba sólo a cambio del alojamiento. Me dijo que sí. Aunque ahora me quieren echar, es decir, me están proponiendo que abandone la “chambre” y acepte un sueldo, porque te imaginarás que, al precio que están los alquileres en París, les saldría mucho más conveniente arrendar esa pieza y pagarme a mí como a los demás empleados del parking. Me parece obvio, pero, ¿de qué vives? Porque, como todo el mundo, además de un techo, necesitaba dinero para comer, para desplazarse, para vestirse (y se vestía caro). Me las arreglo por ahí, contestó, sin entrar en detalles. La verdad es que nunca supe mucho cómo se las podía arreglar porque tenía cuatro turnos semanales en el parking, una semana de noche y la otra de día, y eso no te deja casi ningún tiempo libre para trabajar en otra cosa. Yo lo sabía bien: estaba tres noches por semana en el hotel y apenas lograba sobrevivir, pero era incapaz ni siquiera de pensar en tener otro trabajo. La verdad, todas esas casetas de parking, esas recepciones de hotel, esos puestos de portero uniformado en las entradas de los restaurantes de lujo son la puerta abierta a un submundo del que casi nunca se sale. Hay un subsuelo más bajo que el metro y las alcantarillas parisinas: son los subterráneos donde se queman a fuego lento los sudacas y otros inmigrantes poco prestigiosos. Tú sabes cuando entras allí, nunca cuándo saldrás. Ni cómo. Con el Zambo Tan nos encontrábamos de tanto en tanto, casi siempre por las mañanas, en el café de la rue du Faubourg Saint Honoré. Por lo general cuando yo salía del hotel y subía caminando hacia Montmartre. El Zambo tenía cincuenta y cinco años, mucho más de lo que representaba, y llevaba treinta en París. ¿Llegaste a los veinticinco? A los veinticinco, hermano, es bastante tiempo, ¿no? Claro que lo era. Sobre todo: trabajaba en el estacionamiento desde hacía veinte años. Por eso no lo podían echar de la “chambre de bonne”. El contrato lo estipula clarito, me decía, no me lo pueden cambiar así como así. Más de alguna vez, deambulando por el barrio, pasé a verlo al parking y conversamos un rato dentro de la caseta. En una de esas ocasiones me contó que estaba preparando una exposición en Lima, donde él casi no había vivido. Es que yo soy de Cañete, me explicó, y además, imagínate, mi padre era chino y mi madre negra. Y cuando eres de Cañete, hijo de chino y negra y pretendes ser artista, es muy difícil hacerte un lugarcito al sol en Lima. Zambo en Lima, decía el Zambo, con suerte chofer de taxi. Nos reíamos. El caso es que le había parecido más fácil tratar de hacerse directamente un lugarcito bajo la llovizna parisina que en la capital del Virreinato. Y allí estaba. O estábamos. En pleno centro de París. Una mañana, en el café de la rue du Louvre, el Zambo quiso mostrarme sus pinturas. Subimos a su buhardilla. Yo, como he dicho, había imaginado un espacio en un último piso, del tamaño de la superficie del edificio, unos cien o ciento cincuenta metros cuadrados, separado del cielo por una vasta vidriera con cortinas blancas como un velamen, una especie de navío bajo el cielo parisino… Tonterías que se imagina uno, eso es el Grand Palais, y el cuarto del Zambo era una “chambre de bonne” típica: una cama, un anafe, un lavamanos, una ventana. El mismo espacio en el que vivía yo, cerca de Pigalle: entre ocho y doce metros cuadrados. Pero había un detalle en la casa del Zambo: la ropa. Era mucha. Y colgaba del techo, en tres barras de aluminio que cruzaban la habitación de un extremo al otro. Más que la casa o el cuarto de alguien, parecía un probador. Abrigos, camisas, ternos, todo colgaba del techo como si el cuarto hubiese sido el desván de alguna de las lujosas tiendas del Faubourg Saint-Honoré. No tengo donde guardarla, me explicó, mientras me abría paso entre las hileras de pantalones y abrigos. Frente a la cama, una mesa estrecha, pero larga, bueno larga: cruzaba de pared a pared. Debajo, varias cajoneras. En los cajones, dentro de cajas rectangulares como de camisas finas, estaban las pinturas. Eran sólo miniaturas, pequeños paisajes marinos y desérticos, en papeles de dos por dos o tres por tres centímetros. Las diminutas composiciones se presentaban como variaciones infinitas del mismo paisaje lunar: dunas, cielos, océanos. Sólo aquí debe haber unas tres o cuatro mil, me explicó. Pero allí tengo más, dijo. Abrió una pequeña puerta escondida tras una hilera de chaquetas. Era una especie de closet. Adentro había más cajas con pinturas. No sé cuántas serán en total, dijo. Pero, sin duda alguna, si hubiesen sido azulejos se habría podido recubrir la fachada de un edificio con ellas. No sé si me impresionó más la obsesión o la soledad de la que hablaba esa obsesión. No sé si las pinturas eran buenas. No entiendo nada de arte. Lo único cierto es que el Zambo Tan había dedicado la vida a esos paisajes que cabían en el hueco de la mano con una obstinación de demente, o de condenado. No pude decir nada. Él tampoco me pidió mi opinión. Me contó que había expuesto algunas en una galería de Lyon y que a través de ese galerista lo habían contactado unos muchachos que acababan de abrir una galería en Lima. A lo mejor resulta algo, comentó. Seguro, dije yo, ya verás como comienzan a pasar cosas. Conversamos todavía un rato y luego fuimos a almorzar a un chino que tenía un menú muy barato, cerca de Châtelet. En el cuarto, a causa de la ropa, no se podía cocinar nada. Aquí sólo me hago té, me explicó el Zambo, a veces, de noche, cuando hace mucho frío y no quiero salir, una sopa de sobre.
3
Estuve seis meses en Chile y cuando volví a París, alguien me consiguió un trabajo mejor que el de portero de noche. Consistía en hacer traducciones para un editor de catálogos comerciales. Me instalé a trabajar en mi “chambre de bonne” de la rue Müller. Al año siguiente, ya era el traductor oficial del Salón del Mueble, del Salón de la Lámpara y la Iluminación, del Salón de la Peluquería y los Cuidados Caninos: me pude mudar a un “deux-pièces”, en la rue André del Sarte. Del Zambo Tan no supe nunca más nada, hasta que un día sonó mi teléfono y del otro lado de la línea una voz de mujer preguntó por mí.
—Soy Sandrine —dijo—, nos conocimos en Barcelona, aunque tú no te debes acordar —pareció vacilar unos segundos y agregó —yo estaba con…quiero decir, era la pareja de Manuel Tan.
—¡El Zambo, pero claro, y tú eres Pistolita!
Escuché como una risa tímida.
—Así me decían —dijo.
Pensé: por qué me está llamando.
—¿Te molesto?
—No.
—Encontré tu teléfono en la agenda de Manuel.
Pensé: está muerto. Dije:
—¿Cómo está el Zambo?
—Por eso te llamo, está mal —contestó ella—, tiene un cáncer terminal y la verdad…
—¿Dónde está? —la interrumpí.
Le costó contestarme porque se puso a llorar. La escuché sollozar un instante, mirando la lluvia repiquetear sobre mi ventana.
—En la Pitié Salpêtrière —murmuró, al fin—, servicio de oncología, pero no creo que te dejen verlo.
4
No hay nada más triste que un hospital bajo la lluvia. Un hospital como una verdadera ciudad, con anchas alamedas entre los pabellones del siglo XIX. Entré al servicio de oncología. Pregunté por monsieur Tan. Me dijeron que no se lo podía ver. Insistí: soy un amigo de infancia. Y de alguna manera lo era. Una enfermera con pinta de venir de alguna isla africana, o antillesa, que podría haber sido la hermana del Zambo, me dijo que lo máximo que podía autorizar era que se lo viera, pero de lejos, desde el pasillo. Accedí. Me tuve que poner una bata, un gorro y unas protecciones para los zapatos, como de papel, o de una tela muy delgada, azul. La enfermera me indicó un ascensor y un número de habitación. Subí. Otra enfermera me condujo por un largo pasillo y se detuvo frente a una especie de ventana. Al interior, una habitación, una cama de hospital con el dorso levantado casi en noventa grados, una serie de monitores alrededor que emitían señales verdes y rojas, varias bolsas con sueros diferentes colgando de una varilla de aluminio y, al centro de ese dispositivo, el Zambo. O lo que quedaba de él. La piel, ahora gris, pegada al rostro, el antebrazo en el que se clavaban las agujas, la mano: huesos nomás, como una momia de esas que viven dos mil o tres mil años en el desierto de nuestros países. La enfermera había desaparecido. Abrí la puerta y entré. Parecía la sala de mando de una nave espacial. Pilotada por un muerto. Le agarré la mano. Estaba fría. Quisiera creer que, tras los párpados cerrados, los ojos se movieron, que los labios resecos, hundidos, quisieron esbozar una sonrisa. Pero probablemente sólo era mi imaginación. Está absolutamente prohibido entrar a las habitaciones, señor, susurró casi en mi oído otra enfermera. Se va a tener que marchar. Perdone, dije. Salí. Cuando estuve afuera, encendí un cigarrillo y caminé bajo la lluvia por la larga avenida bordeada de árboles añosos, plátanos orientales, castaños, y macizos de flores. Crucé el boulevard de l´Hôpital y me metí al primer café que encontré. Pedí un cognac y después otro. Fumé un par de cigarrillos más y luego regresé al bullicio de mediodía, el tráfico y la lluvia parisinos.
5
Sandrine me volvió a llamar a los dos o tres días: el Zambo había fallecido y lo velaban en el crematorio de Père Lachaise. A pesar de que era invierno, hacía un día radiante en París, un cielo azul como sólo se ve en las películas y un par de veces por año o tres en la realidad del común de los mortales. Fui. El crematorio del Père Lachaise es un edificio relativamente moderno, a un costado del cementerio. Me costó encontrarlo, pero el recorrido valía la pena, todas esas tumbas bajo el sol, un verdadero paseo. En la capilla funeraria estaba el ataúd. Sellado. Sandrine, con un abrigo corto, de piel y unos anteojos negros, un señor de terno, también negro, que me presentó como su marido. Mucho gusto. Detrás, lejos del ataúd y de nosotros, a un costado de la salida, otra señora, muy vieja, enfundada en una especie de capote militar, largo, verde oscuro. Es madame Barthélemy, me explicó Sandrine, la dueña del parking donde trabajaba Manuel. Estuvimos ahí, en esa inmensa sala vacía, en completo silencio, hasta que vinieron unos empleados, desplazaron el ataúd que reposaba sobre una especie de camilla rodante, abrieron una compuerta en el muro, metieron el ataúd adentro, cerraron la compuerta y uno de ellos dijo en voz alta, golpeando las palmas de las manos: messieurs dames, c´est fini. Y agregó que en dos horas los familiares podrían volver a recuperar las cenizas.
6
—Lo cremaron —dice Mena, ahora.
Estamos en el Cusco, en la casa de Mena, en la calle Palacio, justo detrás de la catedral. En el patio interior de esa casa, que en realidad es un edificio del siglo XVII, junto a la noria, sentados en un banco, bajo la noche y las estrellas andinas. Le estoy contando, porque él no sabía, o sea, sabía que había muerto sí, pero no los detalles.
—Siéntate aquí, chileno y cuéntame —me ha dicho hace un momento.
Y acaba de poner una botella de pisco en el borde de la noria, con dos vasitos. Tomo la botella, leo la etiqueta: Don Benedicto, Quebranta.
—Bueno para los quebrantos -digo
Mena se ríe.
—Este es verdadero pisco, huevón, no la mariconada esa que hacen en tu país. Cuenta.
Así que allí estamos, ¿cuántos años después de esa noche en Barcelona? ¿Diez, quince?
—Más bien veinte, Mena —le digo yo.
—Veinte años no es nada, chileno.
Fuimos a un bar, del otro lado del cementerio, en la avenue Gambetta. Sólo ella y yo, porque el marido tenía que volver al trabajo. Nos tomamos un café, fumamos, paseamos por el cementerio, al azar de las tumbas célebres, Balzac, Jim Morrison, Trujillo… La esperé en otro café, mientras ella iba a buscar las cenizas. Volvió con una caja de plástico. Adentro, en una bolsa de terciopelo: el Zambo.
—¿Qué hicieron con las cenizas? —me pregunta Mena ahora, en su patio cusqueño.
—Sandrine me las dio. Me explicó que ella estaba casada, tenía dos niños, y que su marido aceptaba de buen grado que ella se quedara con las pinturas, bueno, con las miniaturas, que como tú sabes eran varios miles, pero no le gustaba la idea de que conservara las cenizas y ella tampoco quería conservarlas, era algo más fuerte que ella, sencillamente no podía. Así que me las dio.
Mena, que está sirviendo los vasos, se queda con la botella suspendida en el aire y me mira abriendo mucho los ojos:
—¿Me estás diciendo que tú tienes las cenizas del Zambo?
Le quito la botella de la mano, termino de servir, bebo mi vaso al seco.
—Sí… o sea, no las tengo yo, las tiene mi amigo Fernando Undurraga en la bodega de su departamento de París.
Mena insiste, con la misma expresión de incredulidad.
—¿Tu amigo Fernando Undurraga tiene las cenizas del Zambo Tan en su bodega?
—Así es, dentro de una maleta muy grande que le dejé cuando me vine a Chile, hace ocho años, con algunos libros, dos pares de zapatos, mi colección de revistas Ritmo y las cenizas del Zambo.
Mena bebe su vaso al seco, llena los vasos de nuevo y murmura:
—Concha su madre, no puede ser.
Yo bebo el mío y digo:
—Pero es.
—Hay que organizarle una ceremonia, tirar las cenizas al Sena, tenemos que ir a París, carajo.
—Pensé en llevártelas a Barcelona —digo yo—, pero entonces me enteré de que te habías venido al Cusco.
—Concha su madre —murmura nuevamente Mena—, la vida es rara, huevón.
Y se sonríe, con una sonrisa un tanto melancólica.
—Hay otra cosa —le digo.
—¿Otra cosa?
Saco mi billetera, tras el carnet de identidad y el de conducir, extraigo las cuatro pinturas, envueltas en una bolsita de plástico.
—También me las dio Sandrine esa mañana —le explico—. Las tengo conmigo en mi billetera desde ese entonces.
Sobre el borde de la noria deposito las cuatro miniaturas. Las alumbro con un encendedor. Son pequeñas estampillas de un centímetro cuadrado: un árbol, una playa con lo que parece una ola, una casa en un páramo, una luna con estrellas plateadas sobre un cerro.
—Son tuyas.
—No, son tuyas —dice Mena.
—Elige dos —le digo.
Mena elige la casa en el páramo y la luna con las estrellas sobre el cerro.
—Vamos a acostarnos —dice—, es tarde.
Miro al cielo. Como en la miniatura, las estrellas plateadas ruedan sobre nuestras cabezas.
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